martes, 1 de septiembre de 2026

El Guangxi y la Tercera Posición

 1

Hace poco, en una presentación de la revista DangDai, traté de contar de qué manera Laura Ma Qian no hace contacto con las personas sino que tiende lazos. 

Más que lazos: tiende un espacio familiar comunitario. 

Mete a sus amigos allí dentro y así sus amigos pertenecemos. 

Se acabó la licitación constante que es la forma de la amistad occidental: si decís algo que no soporto, si te mandaste una macana, hasta acá llegó nuestra amistad. 

Digo “familia comunitaria”: puedo decir, comunidad, familiar, o en chino, 家 jiā, hogar. Allí lo privado no está escindido de lo público, como en los hutongs, donde los espacios entre las casas son pasillos públicos y a la vez patios privados.


Laura recrea, en la lógica de lo contingente, del puede estar o no estar, la lógica de la seguridad: podemos pelearnos, podemos discordar, podemos maltratarnos, podemos incluso traicionarnos, pero no podemos dejar de ser parte de nuestro nosotros.


Esto abre la puerta a la impunidad, claro. Podemos ser desagradables, porque de todos modos seguiremos juntos.


Esta es la explicación a lo infinitamente desagradable, que se pone Liu Xiaoming. 


Más aún, Liu es desagradable a propósito para crear ese espacio. 


Eso es el guangxi .


Institucionalizar la relación.


2

Alguien planteó que si la relación artística entre países era controlada por los gobiernos, inevitablemente se producía una colonización del más fuerte. Por tanto, el único contacto horizontal posible era el individual. Otro objetó que en ese caso, el intercambio quedaba en manos de los poquísimos artistas que podían pagarse el viaje a China, y que sería mejor buscar una institucionalización que no estuviera en manos de los poderosos. 

Es lo que veo estos días en la reunión de ONGs de la APEC. 

El mundo de las ONG es un asunto peludo también, pero quizás no se trata tanto de encontrar la solución perfecta, sino de ir buscando por dónde es mejor andar. Deng Xiaoping decía: el río se cruza, tanteando las piedras que se pisan. No es muy diferente que plantear una tercera posición, es decir, un camino propio, en vez debe de obedecer recetas de afuera.




Volamos todos

 El imperio americano comenzó a decaer hace rato. No hay ninguna novedad. Empezó a decaer antes de que fuera americano; tenía la semilla de su decadencia en el demonio de la crueldad y la violencia. ¿Puede decirse que fueron otra cosa que decadencia sus conquistas a fuerza de genocidios? ¿Qué fueron, si no, las guerras mundiales? Si la decadencia no es nueva, sí lo es el punto de inflexión del poder, menos determinado por la caída que por el ascenso de una masa de pueblos que han sufrido la brutalidad de Occidente.

Tuve una pastilla de ese momento de inflexión en el vuelo de África a Asia —Etiopía a China. Un pequeño incidente, que me recordó vivamente a ese hermoso capítulo del libro Tristes trópicos dedicado a los mercados de los pobres países del Tercer Mundo, que le resultaron al tan europeo, Cloaude Lévy-Strauss tan vívidos y coloridos como horrorosos y ajenos.


La salida del vuelo de Ethiopian Airlines de Addis Abeba hacia Guangzhou no se diferenció mucho de un vuelo doméstico que tomé en Perú en 1992, cuando el despegue se demoró porque había un pasajero demás: un colado. En el preembarque del aeropuerto internacional de Addis Abeba había una multitud en la que se mezclaban personas que estaban para tomar diferentes vuelos. No había nadie que informara ni que ordenara. En un momento, muchos pasajeros empezaron a gritar hasta que terminaron volteándose los vallas y todos corrieron a su puerta de embarque. En cada puerta volvió a formarse una apelotonamiento agitado, en el que viejos, padres con niños, gente en sillas de rueda, y todos los demás, se apretujaban mezclados sin piedad.

No sé qué ocurrió en las demás puertas; la B7, la que me correspondía según los tableros de información, estaba clausurada como para la eternidad. La avalancha se aprisionaba contra los vidrios peligrosamente, hasta que apareció un petiso, abrió la puerta y se fue rajando. Los pasajeros se lanzaron al otro lado, donde no encontraron una manga, sino una fila de conectivo estacionados, bastante parecidos a los de la línea 823, que va de Lomas de Zamora a Berazategui por una ruta en la que no escasean los  prostíbulos. 

Llovía a cántaros. La gente corrió bajo la lluvia a meterse en los colectivos, que terminaron hinchados, igual que los 823 en hora pico, con gente en el estribo agarrada con una mano de una baranda y teniendo la valija en la otra. No tengo idea de qué habrá de la gente en sillas de ruedass, entre ellos  viejitos chinos y un gordo africano del tamaño de tres gordos comunes, que me tenía obsesionado preguntándome cómo iban a subirlo a la aeronave. 

Los colectivos recorrieron bajo la lluvia, torrencial las pistas durante 20 minutos —ya había pasado el horario de despegue hacía más de media hora—, hasta que llegaron a un avión, donde abrieron sus puertas para que cientos de personas se empujaran para poder meterse primero en una escalerita.

Mientras repartía codazos a tronche y moche, yo tenía una sola duda: ¿estaría abordando el avión correcto? ¿O tal vez iría a parar a Georgia, Libia o tal vez Hawaii?

Pero en fin, fue una duda de un tipo que se las quiere dar de fino, de un wannabe quejoso, de un “¡Mis Derechos!”,  porque bastó llegar al avión y encontrar una azafata para que ella confirmara que era el vuelo six-to-six to Guangzhou. Tanta angustia de vieja de Recloleta para que las cosas estuvieran en orden — y no era un asunto menor, no era un viaje por el conurbano, ni siquiera por adentro de Perú: era un flor de vuelo internacional, 10 horas en un avión gigantesco que llevaba muchísima gente. 

Las varias multitudes, como a la de la valla, las de las puerta de embarque, las de los colectivos, la de la escalerilla, no sólo mezclaban pasajeros de primera, con mamás con bebés de brazos, negros, chinos, árabes, el gordo en silla de ruedas y todos los demás, sino que entreveraban a unos pocos europeos con gente de una diversidad de países que hace unos años eran, y aún siguen siendo, colonias, No Alineados, periféricos, subdesarrollados y hasta algunos inventados por los imperios de Occidente.

El quilombo era proverbial, pero estaba viajando mucha gente que antes no podía viajar, así como ocurrió cuando fue recuperada Aerolineas Argentinas y empezaron a conocer la Argentina muchas personas que nunca habían soñado con subirse a un avión.

En el año en que encontraron al colado en el vuelo de Perú, también volé de Buenos Aires a La Habana en Cubana de Aviación. Fue en un avión soviético. Militar, austero, frío. Todo era cuadrado, de hierro y fijo. Las asientos no reclinaban y uno se sentaba sobre un almohadón tan chato que no se sentía. Las azafatas tenían los uniformes impecables, pero las telas estaban gastadas y estaban cocidos y vueltos a cocer donde se habían roto. Ellas cumplían con su deber como soldadas puestas a servirle a pasajeros capitalistas. La diferencia con las aerolíneas que yo conocía, eran notables. La atención eran tan irreprochable como distante, incluso robótica. Aquellas mujeres eran desalmadas. 

Pero el vuelo duraba nueve horas. Una vez que quedó claro que eran profesionales, cuando quedó establecido que primero el deber, entonces se empezaron a aflojar. Los pasajeros argentinos y las azafatas empezaron a entender la situación y poco a poco se fueron aflojando. Ya una azafata se quedaba charlando con unas chicas, ya otras dos sonreían con los chistes que le hacían unos muchachos. Las caras de soldados iban ganando las ganas de vivir caribeñas. Ya en la última parte del viaje, todo el avión tenía un clima de familiaridad y buen humor, y si en los parlantes hubiera sonado música cubana, estaríamos todos bailando.


(En el vuelo ET606, de Addis Abeba a Guangzhou). 




jueves, 27 de agosto de 2026

Espera la Cabra, pastando estrellas

Es verdad que muchas Cabras son artistas (horóscopo chino).

Más verdad es que el arte explica a las Cabras.

El arte como formalización de la irrupción de otra realidad en esta realidad.

Pensemos en una expresión muy literal de esta fórmula, el surrealismo.


Su objetivo era darle forma a las fuerzas que están reprimidas en la mente.

Los surrealistas pensaban en fuerzas psíquicas, concediéndole así a la psiquis un poder casi supremo.

No les interesó detenerse a pensar en ese poder.

¿De dónde surge?

¿Cuál es su naturaleza?

 

Más tarde, Carl Jung, Walter Benjamin y otros le dieron una vuelta rosca, en sí interesante, pero cuyo valor más incisivo fue poner en evidencia la superstición y la soberbia de los surrealistas —una soberbia anticlerical, sólidamente justificada por siglos de opresión eclesiástica, que atribuía toda fuerza al Dios judeocristiano.

(Debe notarse que también le dio una vuelta más, dentro del surealismo, el cubano Wilfredo Lam, al materializar en sus pinturas no lo inconsciente, sino seres surgidos de la profundidad indeterminada de las junglas originarias).

 

El pensamiento occidental ofrece elementos para pensar en la naturaleza de esas fuerzas en Kant (la cosa en sí), Homero (el thymó), Merleau-Ponty (el yo reflexivo), Nietzsche (la atracción del poder), Shopenhauer (la voluntad), Sócrates (los dáimon). En Asia, desde Confucio hasta los taoístas hablan del qi.

La tarea aún está abierta.

 

Y es incitada —acá en Argentina, país que se hunde en un Occidente que se hunde— por la obra de Verónica Gómez.

 

Pararse frente a una de sus pinturas es recibir como un viento, una fuerza cuyo nombre no es posible pronunciar y que conmueve el animal de fondo que vive en algún lugar dentro de nosotros.

 

Eso es el arte, lo que define a la Cabra que reinará el 2027.







Este viernes 28 de agosto a las 19 se inaugura en Galería Cott (Perú 973, San Telmo, CABA) la muestra “Juntar los bordes de la noche”, en la que podrán verse obras de Verónica Gómez.



 

 

 

jueves, 20 de agosto de 2026

Doctora Laura

Quiero bosquejar algunas cosas que fui sabiendo de nuestra querida Ma Qian, Laura Ma porque creo que en su vida aparecen rasgos profundos del mundo de las mujeres chinas en Argentina —las mujeres de origen chino que se criaron en Argentina, las chinas que parieron y criaron chinos en Argentina, o argentinos de sangre china: las mujeres que tienen dos identidades y sienten que no son ni chinas ni argentinas, las que tienen dos identidades más una tercera, las fundadoras del componente cultural y físico chino en la sociedad argentina de aquí en más, para sumarlo al originario, al español, al boliviano, al italiano, al judio, al paraguayo, al sirio libanes, al vasco, al peruano, al  alemán, al inglés, etcétera.


Sólo voy a contarles diez escenas, como unos pocos pedazos de un rompecabezas muy grande.


Escena 1: El señor chino que atiende en la rotisería de la calle Viamonte casi Azcuénaga, por donde pasan judios ortodoxos y compradores de telas, me dice que su hija estudia en la universidad. Le pregunto qué estudia y me dice “Medicina” con un orgullo que le pinta una sonrisa de amor en la cara. A propósito, es la primera vez que veo en su cara un gesto diferente de la impasibilidad. 

Su esposa está oculta en la cocina de la  rotisería que no mide más de 20 metros cuadrados. Contra la vidriera está el horno donde dan vuelta los pollos cocinándose al spiedo. Pollo al spiedo y chaufan con una gaseosa es lo que todos los clientes vamos a buscar.

Es la comida con la que me alimente todos mis años de universitario, y es la comida que le pagó a Laura su carrera de Medicina.


Escena 2: La doctora Laura Ma se acerca a nuestro grupo de amigos y periodistas de la revista DangDai. Comienza a venir a las presentaciones de cada edición y a las reuniones de cumpleanos y otros encuentros que hacemos sólo para juntarnos. 

Laura es medio china y medio argentina: está ahora con un grupo medio chino y medio argentino.


Escena 3: Laura trata de charlar con una señora china que está internada hace muchos años en el hospital psiquiátrico Moyano. La familia la ha abandonado allí y Laura, que no la conoce de antes, va a estar con ella. Le lleva comida, le toma la mano.


Escena 4: Laura habla con sus excompañeros de la escuela china, adónde fueron de adolescentes. A diferencia de ella, que vino de China continental, son casi todos taiwaneses. También es taiwanes su marido. Naturalmente Laura no pone un separador entre los chinos y los argentinos. Para ella son toda gente amiga. 


Escena 5: Laura nos comparte al grupo de amigos de DangDai las historias de China que se cuentan en las reuniones de su familia. Historias trágicas, lejanas, pero que le sucedieron a sus abuelos, a sus tíos.
Laura nos regala esas intimidades, algunas misteriosas, que apenas entendemos porque no tenemos suficientes conocimientos del contexto. Comprendemos que Laura viene de otro mundo, de otra historia, y sentimos su bondad de incorporarnos al legado de su familia.


Escena 6: Laura está en un hospital. Le sostiene la mano a una chica de 22 años que está allí para tener a su bebe. El médico le hace preguntas en español a la parturienta y Laura traduce la conversación.
Laura hace eso una y otra vez, con muchas parturientas chinas que no pueden comunicarse con médicas, médicos y enfermeras.
Es un trabajo voluntario.
Si esas chicas no se pudieran comunicar, ¿como harian?

Cuando Laura llega del hospital, donde ha estado acompañando durantetres días a una mujer a tener su hijo, y nos cuenta, nos quedamos en silencio. Un silencio de asombro y de admiración.

Laura no alardea. Termina de contar con una anécdota: antes de que ella fuera, una enfermera, para que la chica puje, pregunta “¿como le digo?” Nadie sabe responderle y entonces la enfermera le dice a la chica lo único que sabe en chino: “chaufan!, chaufan!”


Escena 7: Los cuentos de hadas son lindos porque son simples. Creímos que papá Ma y mamá Ma vinieron de China con sus dos hijitos, se compraron una casita, trabajaron, los chicos estudiaron y todos progresaron. Un dibujito. La verdad es siempre más rica. Cuando la familia llegó a Argentina, el abuelo Ma ya había hecho una vida. Había creado una escuela de artes marciales, la escuela había prosperado, muchos alumnos abrieron su propia escuela. Quien mira a Laura en el dibujito de la familia, tal vez la sienta una recién llegada, pero Laura vino a vivir a una ciudad sembrada de escuelas de artes marciales que tienen en la cabecera del salón principal la foto enmarcada de su abuelo.


Escena 8: El grupo de amigos de la revista DangDai es una mezcla de partidarios de la IV Internacional y la izquierda peronista. Laura interviene con planteos ideológicos que están muy lejos de aquella intersección. Inevitablemente se producen desencuentros. Pero Laura está determinada a sostener el encuentro. Se banca los topetazos como en una discusión familiar. Está en las antípodas de la posición dicotómica que manda: “si no piensan como yo, me voy”.

Escena 9: Le cuento a mi padre de Laura. Mi padre se interesa. Desde Nueva York, llamamos a Laura para hacer una videollamada. Laura atiende, se queda charlando con mi padre (hablan en español, porque Laura no entiende el cantones de mi padre y mi padre no entiende el mandarín de Laura). Me voy, los dejo charlando.
Durante un tiempo, mi padre me pregunta por Laura. Luego no me pregunta más. 

¿Qué ha pasado?
Que comenzaron a comunicarse directamente.
Mi padre le manda cada día un sticker chino, ella le responde.
Habla con mi padre mucho más de lo que hablo yo.
Comprendo que Laura soporta a su suegra tirana igual que soporta a los argentinos revolucionarios no porque acepte el autoritarismo ni porque quiera hacer contacto: es porque crea lazos.
Crea lazos comunitarios.
Crea comunidad.
Tiene en ella esa sabiduría maravillosa de los chinos.

Escena 10: Esta es una escena doble.

Por un lado, tengo la foto de mi padre chino tomando mate con mi abuela argentina.

Por otro lado, en la madrugada, Laura busca y rebusca en su departamento y no encuentra yerba para hacerse unos mates. Termina haciéndose un mate con té.
El supermercado chino aún no ha abierto y ella tiene que ir al hospital a atender a una parturienta.









martes, 18 de agosto de 2026

Haremos las cosas mal, pero nosotros

Estamos a NADA de pudrirnos de que la IA haga todo bastante mal y volvamos a hacer las cosas bastante mal, pero nosotros.





A la mitad del Año del Caballo

 Está siendo un típico Año del Caballo: quilombo.

 Cambios que tienden a la desmesura.

 A esta altura, lo que podría estar empezando a suceder, o ya sucede a pleno, es que llega la ola de la gran desorientación.

 Como el Caballo no tiene mecanismo de recule, no tiene marcha atrás, podría aparecer la sensación de que no hay lugar adonde volver.

 No hay pertenencia a la que se pueda regresar para refugiarse.

 La vida es sólo avance, sólo adelante.

 Los intentos de aferrarse a la madriguera, donde todo es previsible y seguro, no resultan, porque la madriguera se ha vuelto desconocida o ya no está.

 En su lugar, hay un vacío.

 Conviene sufrir esta falta.

Conviene desesperarse por perder lo que hasta hoy hacía de uno, propio.

Conviene llorar hasta que nos sequemos de lágrimas.

Llegará el momento de ponerse de pie.

Y entonces, tendremos frente a los ojos un mundo nuevo.

Será entonces la hora de detenerse unos instantes, de suspender el tiempo, y mirar todo, hasta elegir un punto al que dirigirse.

Por favor, paren el tiempo, Caballos y animales influidos por el Caballo, antes de largarse a correr. No permitan que su impaciencia e impulsividad les haga elegir cualquier cosa.

Porque el impulso de galopar en una dirección, el cauce en el que entren, puede permanecer más allá del Año del Caballo— de hecho, por lo menos unos cinco años.




Para decidir adónde ir tenemos el mundo entero.

Más que el mundo: tenemos el Paraíso.

Toda la realidad es una invitación a que hagamos algo con ella.

En el Año del Caballo, todos somos Adán y Eva.


lunes, 17 de agosto de 2026

17 de Agosto, día de San Martín

 Hay dos tipos de personas que habitan la Argentina.

Están los que sienten que la historia argentina es parte de su mundo

Luego están los que sienten que la historia argentina es asunto de los argentinos y ellos se sienten de afuera.

Se han publicado muchos libros que proporcionan material para que la gente sienta que la historia argentina le es propia. Libros como los de Felipe Pigna, y todos los que humanizan a los próceres de la Patria, revelan sus chismes y secretos. Hacen que las personas hablen de, por ejemplo, Juárez Celman, como si fuera el marido de una tía.

Por otra parte, como hijo de un chino y de una familia de gallegos, vascos e italianos que se encapsularon en su origen, puedo escuchar una discusión entre alguien que defiende a Artigas y otro que lo defenestra, pero no me siento autorizado a meterme.

Quizás estas dos posiciones están por afuera de ese triste homenajismo que convierte a muchas personas en un busto de bronce.

Hoy, para algunas personas, San Martín no es de bronce, sino un personaje familiar, mientras para otros, San Martín es ese que está en todas partes y que los argentinos veneran.