La competencia entre los jóvenes chinos es el medio natural y angustiosamente generalizado en el que transcurren sus vidas.
Sin embargo, podría ser un modo que no sale de ellos, sino del ritmo y el modo del desarrollo de China.
Escucho adultos que se quejan de que la falta de entusiasmo de los jóvenes por competir conduce a la frustración ya una resistencia que se manifiesta en una infantilización crónica.
Podría ser un fenómeno que no nos es del todo ajeno a los occidentales.
Podría suceder que algunos de nuestros jóvenes estén siendo más y más indiferentes respecto a temas en los que sus padres y abuelos nos iba la vida.
Ni siquiera son reticentes: son completamente indiferentes respecto de la política.
Los pobres, los explotados, las mujeres castigadas hasta el asesinato, los niños que se drogan, la corrupción ambiental, la creciente cantidad de familias que carecen de vivienda y duermen en la calle, los ancianos solos, enfermos, y sin atención, los adolescentes, chicos, adultos que no tienen qué comer, en fin, los desastres sociales, no los convocan, ni los ven, ni les son propios.
Quizás haya algunos que cada vez les interesa menos el sexo, que fue obligatorio para sus padres, el placer obligatorio para resistir la represión puritana.
Quizás haya cada vez menos interesados en la buena salud.
Quizás no les interese ganar dinero.
Ser famosos.
Quizás sean perfectamente desapacibles ante la carrera para ser superiores. Quizás ser superiores o inferiores no les signifique nada.
Quizás tampoco les signifique nada tener posesiones, autos, cadenas de oro, ropa de marca, un departamento en un barrio de jerarquía, estatus, un récord de viajes.
Quizás la indiferencia que acaso está creciendo sea desapacible incluso ante la misma rebeldía. La indiferencia no sería una forma de resistencia.
Quizás no tengan la intención de ser insolentes, ni irritantes. Quizás no les importen causar nada.
Sin embargo, explotaron con la selección argentina, les gusta que un líder apueste a fondo, les apasiona apostar online, les gusta jugar, poner la realidad en juego, tener el poder de dar vuelta las cosas patas arriba.
Cuando se prohibió hablar de Malvinas, aullaron de locura en el momento que los jugadores de la selección mostraron una bandera improvisada, perfectamente de espaldas a la inteligencia artificial.
Es posible, entonces, que su desidia ante temas que creemos que deben asumir, las banderas que les legamos que deben enarbolar, se debe a que, sin saberlo, tengan la mirada puesta en otro lugar, que nosotros no vemos en absoluto.
Un lugar al que se dirigen por un camino en el que nuestros temas son una distracción. Quizás estén yendo directo a algo que no conocemos.
O quizás no.
La tasa de nacimientos cae en picada y la tasa de suicidios aumenta horrorosamente.
Puede ser que en parte esto sea explicado porque la vida no les interesa, o tal vez porque no encuentran la manera de ir hacia donde quieren ir.
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