lunes, 13 de abril de 2026

Pibes y perros



Cuando yo era muy chico, mi madre me contaba que cuando ella era chica vivía en un campo muy grande, que en un monte de ese campo había encontrado una higuera vieja y que se iba sola allí a leer.

Cuando fui más grande, habiendo olvidado aquella historia, yo mismo, en la ciudad, encontré mi santuario personal. En la cresta de la barranca alta que daba al río, había una construcción abandonada. Era una casa de dos plantas. Sólo estaba hecha la estructura de cemento armado —pilares y pisos. La obra estaba cerrada con chapas y madera; yo había encontrado la forma de colarme, subiendo a un tapial, luego al techo de una casa, y al fin corriendo unas tablas pesadas. Tenía 11 años.

Solía ir a ese lugar y me quedaba mucho tiempo. La estructura de cemento estaba muerta, ni siquiera tenía insectos, pero estaba completamente abierta al delta del río Paraná, que allí se llama Islas Lechiguanas. Eran cientos de islas de un verde incendiado, entre cintas de agua marrón que el sol hacía brillar como si fueran metálicas, todo bajo un cielo azul gigante.



Como mi madre en la higuera, yo iba a leer. También escribía, o pensaba, o sólo estaba allí en silencio. A veces me quedaba dormido. Un día me desperté de noche. Otra vez me dieron un premio y antes de llevárselo a mis padres, me fui a aquel lugar, a estar a solas con el trofeo rojo y dorado.

Tanto mi madre, como yo habíamos encontrado un lugar adonde escaparnos para ser nosotros, salvaguardados de la mirada de los mayores.

En este momento, en que los mayores sólo arruinamos todo, deseo que los pibes se encuentren en espacios propios, fuera de nuestro alcance.

 


Es lo que encontré en las pinturas de Emiliano Guerresi 

Los pibes —no abstractos; los pibes nuestros, con los barbijos de la pandemia— están solos, de a uno, de a dos, en los intersticios de la Argentina destartalada por los saqueadores.

La naturaleza es baldío. Son árboles y pajonales altos y lagunas, pero no son vírgenes: allí mismo hay un mar de basura, de escombros, de restos de algo que sostuvo una vida cotidiana.

Hay chicos y gatos y perros. Como en una película de Leonardo Favio, en las que, dijo, “adónde puedo, siempre pongo un perro”.

Los restos de la crisis social en la naturaleza, la naturaleza como casa de la crisis social, es el intersticio de las pinturas de Emiliano.

La crisis recarga todo de un negro que brota del interior de las cosas. En las antípodas de Gummo (Harmony Korine), sin embargo, los colores no son vencidos por el negro y el ocre, porque la naturaleza resiste y siempre renace y porque el centro de las escenas son los pibes, de los que brota la vida.

 





Nuevamente, la chance que tenemos de superar el desastre que nos empantana está en lo que esos pibes hagan cuando nos hayan dejado atrás, lo que hagan afuera de nosotros, más allá, más adelante de nuestro mundo.

Lo demuestra el mismo Emiliano, que es uno de esos pibes.

 


Esto no pretende ser una crítica de arte. Digo nada más lo que siento.

Y gracias Verónica Gómez por presentarme a Emiliano.

 

miércoles, 1 de abril de 2026

El final de Annie Hall

 Como a una masa de personas, el final de la película Annie Hall de Woody Allen, me toca el corazón.

Me dan ganas de darle un sopapo a Woody Allen porque lo que dice es una estupidez, pero el bar donde se encuentran, la cámara que los toma desde adentro, el repaso de los momentos verdaderos que vivieron y, especialmente la música, lo hacen uno de los más finales de películas más lindos que vi en mi vida.





martes, 31 de marzo de 2026

La panadería de la otra cuadra

Antes algunas personas tenían la costumbre de charlar con otras caminando.

Se iban a caminar para poder charlar.

“¿Caminamos un rato?”

“¿Me acompañás a la panadería de la otra cuadra?”, y la otra cuadra se hacían 30 cuadras.


Otras personas, cuando querían decirle algo a alguien, a veces lo invitaban a cenar.


Personas más especiales invitaban a un parque.


A la costa del río.


A un museo.


A un lugar particular, “¿Vamos a ver cómo están demoliendo el matadero?”, “¿vamos a ver cómo quedó el boulevard?”, “¿Vamos a ver cómo refaccionaron la confitería Gómez?”


Personas más especiales aún proponían ir al cementerio, a una laguna, a un lugar abandonado, o al patio de una iglesia.


Al contrario, las personas más normales, invitaban a un café.


O a tomar unos mates.


“Venite a tomar unos mates” es maravilloso.


No siempre se dice “vamos a charlar”.


A veces el otro entiende, a veces no.


La pandemia —cuya superación, recuerdo, no fue declarada— lastimó mucho esta hermosa costumbre.

Quizás valga la pena tomar consciencia de eso y retomar con la decisión lo que antes hacíamos naturalmente.


Y claramente vamos comprobando que no ha sido bien reemplazada por el whatsapp.







lunes, 23 de marzo de 2026

Un rito por los 50 años de la dictadura militar

Los vampiros siempre controlaron Argentina.

Hubo momentos en que un gobierno les disputó el control para distribuir un poco mejor la riqueza que se genera en nuestro país.

En 1976 los vampiros pusieron a sus perros militares a aterrorizar a la gente y de esa manera poder chupar toda la sangre que querían sin que nadie los molestara.

Ese fue el objetivo de la dictadura militar y los vampiros nunca abandonaron el empeño por seguir con el plan.

Entre 2003 y 2015 el Gobierno le discutió el poder. Antes y después fue su lacayo.

Hoy tienen a un alcahuete salido de una de comparsa y no se ve asomar a nadie que tenga la decisión de correrlo, el coraje de enfrentar a los vampiros ni la ambición de representar a la gente a la que los vampiros están llevando a un estado de vileza.

Entre los argentinos, sin embargo, pervive un sentido de dignidad que no acepta a esta basura de chupasangre y no naturaliza la vida humillante que buscan imponerle.

Quien tenga esa consciencia y ese sentimiento, es bueno que haga algo con eso.

Cualquier cosa. Aunque sea poco, aunque sea mal.

Agradecemos a Nicolás Varchausky y toda la gente que trabajó con él en el Parque de la Memoria para advertir que no olvidamos los crímenes de los militares y ni aceptamos que nuestros hijos sean en su alimento.

Varchausky convirtió los nombres de algunas personas secuestradas, torturadas y asesinadas por orden de los vampiros, en breves melodías, reemplazando las letras de los nombres por notas musicales.

El piano tocando nombres de desaparecidos fue un rito.

Los ritos están para mantener en el presente algo que sucedió para superarlo.

Eso sucedió ayer en el Parque de la Memoria, en una tarde que se ofreció como un lugar adecuado para el rito.










sábado, 21 de marzo de 2026

Libro sobre China bajando la pobreza: tres pescados y una caña en cómodas cuotas

El jueves pasado presentamos el último libro que escribimos con Néstor Restivo, “China, una muralla contra la pobreza”.

Informamos de las entrevistas que fuimos teniendo con académicos, funcionarios del gobierno e intelectuales durante siete años, en los que también recorrimos proyectos de alivio de la pobreza en las provincias de Guangdong, Gansu y Qinghai y en las regiones de Tibet, Guangxi y Xinjiang. El jueves compartimos fotos y detalles de tres de esos proyectos.

Presentamos el libro a un centenar de amigos y de gente que ya entiende que China es parte de nuestra realidad. Gente que, sobre todo, no acepta que en un país como Argentina haya gente viviendo en la calle y chicos que no comen bien.

¿Por qué, si China, con 1400 millones de personas, pudo acabar con la pobreza?


Contamos que los políticos no estaban rosqueando, chupándole las medias a Trump, ni entregándole el país a los chupasangre, sino que anduvieron por los lugares más inhóspitos de China discutiendo con los pobres cómo hacer para que no fueran más pobres.

Explicamos que el gobierno solucionó la situación de la gente menos con subsidios que con créditos razonables para actividades que funcionaron porque la economía crece.


El Estado no hizo eso de “no le des pescado al pobre, enséñale a pescar”, sino que les vendió las cañas a los pobres (en cómodas cuotas), les enseñó a pescar, les dio tres pescados a los que venían con hambre atrasada y sembró una población descomunal de peces en el río para que el que tuviera la iniciativa, pescara.

Dijimos que aún en una situación de desigualdad social muy incómoda, terminar con la pobreza no fue un fin en sí mismo, sino una consecuencia de elevar el nivel de vida de todos los chinos. Los ricos más ricos, los pobres menos pobres.


Advertimos que no hay una receta china que, aplicada a la Argentina, de cómo resultado el fin de la pobreza. Lo que China ofrece es la esperanza, porque hace 80 años estaba destrozada, con millones de pobres muriendo de hambre y todos viviendo en la miseria, y hoy han acabado con la pobreza.

Si ellos pudieron, también otros, nosotros, podemos sacarnos a los chupasangre de encima como para poder producir lo suficiente para que la gente tenga trabajo y todas las familias tengan tres platos en la mesa cada día.








 

 

  

domingo, 15 de marzo de 2026

TONY

En el barrio de Saavedra vivió, o estuvo, o pasó, un hombre llamado Tony. 

Un día descubrí que había hecho un banco de hierro en la esquina de Ruiz Huidobro y Roque Pérez. 

Es un banco muy, muy pequeño, que montó el aire libre, entre tres postes de luz que están juntos. Toni, se ve, tenía vocación u oficio de herrero, porque toda la armazón es de hierro, tiene muchas soldaduras, cinchos y tornillos, y aunque es muy incómodo para sentarse, lo decoró con arabescos de hierro y también, en el breve respaldo le puso una letra T, luego el número 1920, luego las letras ON, luego el 2020, y al fin una Y. Número y letras son de hierro, y las letras, están soldadas sobre chapitas. Pintó el banco de violeta y como asiento le hizo una base de cemento sobre la que pegó cerámicas azules para el piso.




A un par de metros, sobre una pared de una escuela, instaló otro banco, y en la misma pared en la altura, arriba de la señal donde dice el nombre de la calle, colocó una mariposa que también hizo con hierro, que tiene escrito “SONRIE QUE LA VIDA VUELA”. 

Cuando descubrí estas obras, pensé que el tal Tony trabajaba en mantenimiento en el conjunto de escuela, convento e iglesia de la cuadra, de modo que fui a preguntar por él a la sacristía. Para mi sorpresa, nadie tenía idea. Ni siquiera habían visto los bancos. 

Extrañado, fui a preguntar a un kiosco que estaba frente al banco, cruzando la calle. Era un viejo kiosco, atendido por un viejo kiosquero. Me señaló una casa y me dijo que le parecía que vivía allí.

—¿No sabe por qué instaló ese banquito? 

El hombre meneó la cabeza mientras su gesto era de perfecta indiferencia.

— ¿Pero quién era? —le insistí.

— No sé.

Me quedé esperando. No dijo nada. El viejo no tenía el mínimo interés en el asunto.

Un poco me impacienté.

— ¿No sabe quién era, que puso ese banco? ¿No le parece extraño que alguien ponga un banco para los demás, ahí enfrente?

No me miró más.

Fui a tocar el timbre a la casa que me había indicado y sin abrirme la puerta, un hombre me dijo que le habían alquilado el garaje, y que se había ido durante la pandemia.

El banco tenía el número 2020, año de la pandemia. 



Consulté más tarde en una librería y su dueña me dijo que tampoco sabía casi nada, sólo que el hombre estaba muy mal, “me parece que tenía demencia senil”, y que creía que estaba viviendo del otro lado del parque.

¿Por qué creía eso? ¿Cómo sabía? ¿Tenía familia, el hombre? ¿Qué más sabía de él?

No obtuve respuesta.

Todo lo que queda de Tony es el banquito, el otro banco y la mariposa. 

Tal vez era viudo. Tal vez tenía hijos que vivían 233lejos. Tal vez no vivía solo.

¿Por qué escribió 1920?

¿Por qué hizo el banquito?

Quizás tenía mucho para dar.

Quizás quería mucho dar algo.

Quizás no tenía a quien dárselo. Quizás no tenía para quien vivir y pensaba que cualquier cosa que hiciera, no le serviría a nadie.

Todo lo que tenía para dar era hacer un banquito para que quien anduviera caminando por Saavedra y se cansara, tuviera dónde sentarse. 

No es un personaje del barrio. Nadie lo menciona, nadie lo recuerda. Nadie sabe si está vivo, ni sabe nada de su vida.

Dejó algo, con una intención angelical, y desapareció, quizás en la locura.

Para todos, es menos que un recuerdo. Nadie le prestó ninguna atención. Pasó como un fantasma.

Tal vez hizo el banquito para que alguien, algunos años después, piense en esta dimensión de la vida. Vivimos 60, 70, 80 años, no más del tiempo necesario para un repentino aletazo de una mariposa; para que llegue al piso, desde la rama de la que se desprende, una hoja de un árbol. Lo que tarda una gota en entrar en el agua. 

No más. 

Nos afanamos con tantas cosas, con ideales, con sacrificios, con amores, con anhelos, con fracasos, éxitos, hijos, y sin embargo nuestra vida, como la de Tony, es un solo tintineo de una estrella. 

Y sin embargo, algunos tenemos la necesidad de dar algo, dejar algo, crear algo que le sirva a otro, aunque sea a un caminante que necesita sentarse un minuto en un banco muy incómodo.






Aprendiz de brujo

En Cenital, Alejandra Kohan se detiene a pensar en la "subjetividad de la época".

Piglia veía en Borges que la literatura no refleja la realidad, sino que de un modo particular la antecede. 

En realidad, se trata de algo dialéctico, entre la premonición y la instalación de la premonición —algo parecido a la profecía autocumplida.

Piglia veía que Borges detectaba tramas lógicas o conflictos que aún no se han manifestado plenamente en la historia, y al escribir sobre ello, los lectores empiezan a ver el mundo desde ese punto de vista.

Borges no era un adivino, sino que su genio le permitía identificar las estructuras de poder y lenguaje que terminarían dominando la sociedad (por eso, cuando suceden algunas cosas, decimos “esto es borgeano”).

Presenta lo que ve en un formato paranoide, como en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, en que una sociedad secreta inventa un mundo que termina reemplazando al mundo real.

Piglia induce que el fondo del tema en Borges es que veía que la realidad se construye como un texto. De ello se deriva que si alguien (la oligarquía, una corporación, la Iglesia, un grupo de sabios) tiene el poder de imponer un relato, la realidad se plegará a él.

El proceso de construcción de ese texto es la ficción. Borges no solo narraba, sino que en sus cuentos y ensayos ponía a prueba hipótesis sobre cómo funciona el universo o la política.

Para Piglia, Borges no profetizó, sino que diseñó una arquitectura ontológica con la que luego la sociedad fue interpretando la realidad.


Estos son textuales de la clase de Piglia (https://www.youtube.com/watch?v=m3htEzn1BIc):

El problema no es cómo está la realidad en la ficción, que es lo que en general se busca, cómo una novela representa la época. Más que tratarse de ver cómo está la realidad en la ficción el problema es ver cómo está la ficción en la realidad. Esa es la vuelta que dio (Borges). ¿Cómo actúa la ficción en la realidad? ¿Dónde la buscamos a la ficción en la realidad? Porque si ustedes me permiten una traducción, es lo que Gramsci llamaba Hegemonía ¿no? Lo que Valery llama… Valery tiene una frase lindísima, dice: “No se pude gobernar con la pura coerción, hacen falta fuerzas ficticias”. Hay que crear un consenso. Por lo tanto, hay que construir utopías, ficciones, ilusiones, cuestiones. Macedonio y Borges empezaron a hacer eso, empezaron a buscar eso, a percibir cómo eso funciona.

En Tlön está la realidad y después está un texto escrito que incide sobre la realidad y la transforma. (…) Si uno lee la Enciclopedia Británica sabe cómo es el mundo en el que estamos moviéndonos. Tiene alguna idea, por lo menos. Hasta ahí estamos bien, es un mundo paralelo. Pero resulta que el mundo paralelo de Tlön empieza a intervenir en la realidad y la empieza a transformar. El final del relato es extraordinario. Dice: El mundo será Tlön.