Ayer al mediodía en avenida Paseo Colón, frente al Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, un tipo de unos 45 años, bastante rotoso, aunque no demasiado sucio ni quebrado, cruzó lo calle con la cara bañada en sangre. En mitad de la calle se cruzó con una mujer de su misma edad, que iba en dirección contraria con una botellita de agua. El hombre le pidió un poco de agua, la mujer se paró con un susto en la cara, le extendió la botella con dos dedos y apuró el paso. Cuando llegó a la vereda se dió vuelta para mirar al hombre, que ya había llegado a la otra vereda y se estaba lavando la cara con el agua de la botellita.
Lo que impactó a la mujer fue la sangre, el encuentro con el hombre, que él hiciera contacto.
No volvió a cruzar para ver si el hombre estaba bien, para llamar al SAME. A la gente de la calle les pasan cosas así.
La mujer estaba sacudida por el choque con el sujeto, pero no estaba impresionada por todo lo que había sucedido para que él llegara a aquel estado indigno.
Por la cabeza de la mujer pasaban las frases “es un borracho”, “es un vago”, “es un violador”, “está en la calle porque no le importó sostener una vida, seguramente ha dejado una mujer a hijos en la miseria”. Las frases culpaban al hombre.
Las frases culpaban a todos los hombres y las mujeres que duermen en la calle.
Sólo a la noche, muy tarde pensó que a lo mejor al otro día pasaba por el lugar y el hombre estaba acostado, y que ella lo vería dormido, y estaba muerto.
Pensó cuántas personas tiradas en la calle están muertas y la gente normal pasa al lado y no se da cuenta.
Esto no fue siempre así.
Sentimos que fue siempre así porque permitimos que nos obliguen a naturalizar la inhumanidad.






