El imperio americano comenzó a decaer hace rato. No hay ninguna novedad. Empezó a decaer antes de que fuera americano; tenía la semilla de su decadencia en el demonio de la crueldad y la violencia. ¿Puede decirse que fueron otra cosa que decadencia sus conquistas a fuerza de genocidios? ¿Qué fueron, si no, las guerras mundiales? Si la decadencia no es nueva, sí lo es el punto de inflexión del poder, menos determinado por la caída que por el ascenso de una masa de pueblos que han sufrido la brutalidad de Occidente.
Tuve una pastilla de ese momento de inflexión en el vuelo de África a Asia —Etiopía a China. Un pequeño incidente, que me recordó vivamente a ese hermoso capítulo del libro Tristes trópicos dedicado a los mercados de los pobres países del Tercer Mundo, que le resultaron al tan europeo, Cloaude Lévy-Strauss tan vívidos y coloridos como horrorosos y ajenos.
La salida del vuelo de Ethiopian Airlines de Addis Abeba hacia Guangzhou no se diferenció mucho de un vuelo doméstico que tomé en Perú en 1992, cuando el despegue se demoró porque había un pasajero demás: un colado. En el preembarque del aeropuerto internacional de Addis Abeba había una multitud en la que se mezclaban personas que estaban para tomar diferentes vuelos. No había nadie que informara ni que ordenara. En un momento, muchos pasajeros empezaron a gritar hasta que terminaron volteándose los vallas y todos corrieron a su puerta de embarque. En cada puerta volvió a formarse una apelotonamiento agitado, en el que viejos, padres con niños, gente en sillas de rueda, y todos los demás, se apretujaban mezclados sin piedad.
No sé qué ocurrió en las demás puertas; la B7, la que me correspondía según los tableros de información, estaba clausurada como para la eternidad. La avalancha se aprisionaba contra los vidrios peligrosamente, hasta que apareció un petiso, abrió la puerta y se fue rajando. Los pasajeros se lanzaron al otro lado, donde no encontraron una manga, sino una fila de conectivo estacionados, bastante parecidos a los de la línea 823, que va de Lomas de Zamora a Berazategui por una ruta en la que no escasean los prostíbulos.
Llovía a cántaros. La gente corrió bajo la lluvia a meterse en los colectivos, que terminaron hinchados, igual que los 823 en hora pico, con gente en el estribo agarrada con una mano de una baranda y teniendo la valija en la otra. No tengo idea de qué habrá de la gente en sillas de ruedass, entre ellos viejitos chinos y un gordo africano del tamaño de tres gordos comunes, que me tenía obsesionado preguntándome cómo iban a subirlo a la aeronave.
Los colectivos recorrieron bajo la lluvia, torrencial las pistas durante 20 minutos —ya había pasado el horario de despegue hacía más de media hora—, hasta que llegaron a un avión, donde abrieron sus puertas para que cientos de personas se empujaran para poder meterse primero en una escalerita.
Mientras repartía codazos a tronche y moche, yo tenía una sola duda: ¿estaría abordando el avión correcto? ¿O tal vez iría a parar a Georgia, Libia o tal vez Hawaii?
Pero en fin, fue una duda de un tipo que se las quiere dar de fino, de un wannabe quejoso, de un “¡Mis Derechos!”, porque bastó llegar al avión y encontrar una azafata para que ella confirmara que era el vuelo six-to-six to Guangzhou. Tanta angustia de vieja de Recloleta para que las cosas estuvieran en orden — y no era un asunto menor, no era un viaje por el conurbano, ni siquiera por adentro de Perú: era un flor de vuelo internacional, 10 horas en un avión gigantesco que llevaba muchísima gente.
Las varias multitudes, como a la de la valla, las de las puerta de embarque, las de los colectivos, la de la escalerilla, no sólo mezclaban pasajeros de primera, con mamás con bebés de brazos, negros, chinos, árabes, el gordo en silla de ruedas y todos los demás, sino que entreveraban a unos pocos europeos con gente de una diversidad de países que hace unos años eran, y aún siguen siendo, colonias, No Alineados, periféricos, subdesarrollados y hasta algunos inventados por los imperios de Occidente.
El quilombo era proverbial, pero estaba viajando mucha gente que antes no podía viajar, así como ocurrió cuando fue recuperada Aerolineas Argentinas y empezaron a conocer la Argentina muchas personas que nunca habían soñado con subirse a un avión.
En el año en que encontraron al colado en el vuelo de Perú, también volé de Buenos Aires a La Habana en Cubana de Aviación. Fue en un avión soviético. Militar, austero, frío. Todo era cuadrado, de hierro y fijo. Las asientos no reclinaban y uno se sentaba sobre un almohadón tan chato que no se sentía. Las azafatas tenían los uniformes impecables, pero las telas estaban gastadas y estaban cocidos y vueltos a cocer donde se habían roto. Ellas cumplían con su deber como soldadas puestas a servirle a pasajeros capitalistas. La diferencia con las aerolíneas que yo conocía, eran notables. La atención eran tan irreprochable como distante, incluso robótica. Aquellas mujeres eran desalmadas.
Pero el vuelo duraba nueve horas. Una vez que quedó claro que eran profesionales, cuando quedó establecido que primero el deber, entonces se empezaron a aflojar. Los pasajeros argentinos y las azafatas empezaron a entender la situación y poco a poco se fueron aflojando. Ya una azafata se quedaba charlando con unas chicas, ya otras dos sonreían con los chistes que le hacían unos muchachos. Las caras de soldados iban ganando las ganas de vivir caribeñas. Ya en la última parte del viaje, todo el avión tenía un clima de familiaridad y buen humor, y si en los parlantes hubiera sonado música cubana, estaríamos todos bailando.
(En el vuelo ET606, de Addis Abeba a Guangzhou).