Nuevamente es hora de pensar en nuestra democracia.
Hay una base, que es la prohibición de poner la democracia en cuestión, porque eso equivale a aceptar siquiera la posibilidad de una dictadura —que para nosotros los argentinos es la dictadura militar de 1976–1983, el gobierno más asesino que tuvimos en nuestra historia.
Pero esa prohibición ha sido utilizada por la oligarquía para explotar al resto de la sociedad, porque la democracia que hemos tenido habilitó una dictadura económica.
Por supuesto, esto no es una novedad; desde el final de la dictadura muchos intelectuales advertían que una democracia formal es el instrumento político del poder económico concentrado del capitalismo.
Sin embargo, esta advertencia quedó siempre en la espesura de la torre de marfil donde viven los intelectuales, completamente desvinculados del sentido común y desvinculados de la práctica de los políticos.
Un objetivo inclaudicable, básico, pilar de los gobiernos más cercanos al campo popular que hemos tenido, ha sido preservar la institucionalidad, respetar la Constitución y las leyes como forma de sostener la democracia. Jamás se permitieron dudar de la democracia, porque eso sería permitir el regreso de los militares.
Paradójicamente, al quedarse clavados en la defensa de la institucionalidad, al no moverse un milímetro de la democracia que era esencialmente no-dictadura, terminaron habilitando el surgimiento de las fuerzas que generaron la dictadura del 76: el odio a los pobres, el individualismo, el autoritarismo, la violencia y, en definitiva, la indiferencia ante la ley.
Entre las personas bien intencionadas, inocentes, democráticas, impacta la sorpresa de que la mayor parte de la sociedad elige la sustancia de la dictadura.
Esa sorpresa sería menor si la voz de los intelectuales hubiera salido de ellos y hubiera llegado a la gente hasta hacerse consciencia.
¿Por qué van a preferir la democracia las personas a quienes la democracia no alimentó, no le dio casa, no le dio trabajo, no le dio la perspectiva de un mejor futuro, sino que, al contrario, ven que la vida de sus hijos es mucho más difícil que la de ellos?
Es cierto que en los años del kirchnerismo, en esos años del progresismo en América Latina, hubo un avance innegable en las condiciones de vida. Sin embargo, aquellos gobiernos no dejaron instalada una nueva realidad. Fueron desbancados por derechas que volvieron a entregarle nuestras sociedades de pies y manos a la explotación capitalista. En este momento está cayendo Lula, que acaso haya llegado milagrosamente hasta hoy.
En este sentido podrían abrirse dos campos para analizar. Por un lado, que las derechas parecen tener la fragilidad de haber ganado las elecciones por porcentajes escasos, lo que significa que las fuerzas progresistas, aun con sus líderes desactivados, desanimados, apáticos, sin deseo ni ambición, tienen un enorme apoyo popular.
Por otro, si nos hemos convencido de un círculo que parece una caricatura —el del 1) la gente pobre vota un gobierno popular, 2) el gobierno popular convierte a los pobres en clase media, 3) los ahora clase media votan gobiernos de derecha, 4) los gobiernos de derecha los empobrecen, 5) pobres, votan a un gobierno popular, etc.); si creemos que esto sucede en la realidad, convendría intentar comprender por qué los gobiernos populistas no se aplican a representar a las clases medias que crean.
El avance de las derechas en Argentina, América Latina, Occidente es un avance contra la democracia. Pero también los gobiernos que nuestros progresistas ven como una promesa de superación de la distopía en la que ya entramos, pueden, de lleno, ser calificados como no democráticos: India, Rusia, China.
China está haciendo el planteo que a nosotros nos convendría hacernos internamente: ¿de qué hablamos cuando hablamos hoy de democracia? ¿Qué democracia queremos?
Ojalá nuestros intelectuales hablen para la gente, ojalá la gente los escuche; ojalá los escuchen los políticos, ojalá las nuevas generaciones piensen en esto en las décadas por venir. No creo que hablen de democracia, pero ojalá hablen de la posibilidad de que todas las personas de una sociedad vivan dignamente.