Hoy cumple años mi tía muy querida, mi tía Rosita.
Pienso por qué quiere tanto a Evita.
Evita recibía a la gente que iba a pedirle cosas o plantearle sus problemas.
Todos los días recibía gente.
Desde que Perón fue presidente en el 46 hasta que ella murió, a los 32 años, en el 52.
Se pasaba 15, 20 horas recibiendo gente, aún cuando ya estaba con cáncer.
Atendía en la Secretaría de Trabajo y Previsión (en el edificio de la CGT) y, más tarde, en la Quinta de Olivos, o en la Fundación Eva Perón. Cuando viajaba al interior, también recibía gente,
Empezaba a recibir temprano en la mañana y a veces se quedaba hasta la medianoche atendiendo.
Se presentaba cualquiera, no había que sacar turno ni pedir audiencia, La gente hacía filas que daban vuelta a la manzana. Algunos viajaban desde las provincias y dormían en la calle esperando que se hiciera la hora para ser atendidos por Evita.
Evita recibía a todos en persona, a alguien que iba solo o a una familia.
Despreciaba la burocracia. Si alguien pedía algo, ella decidía en el momento lo que se le daría y mandaba a los que estaban con ella, que eran de la Fundación (Eva Perón), que consiguieran lo que ella mandaba, un puesto de trabajo, dinero, atención en un hospital, ropa, una pensión graciable, comida, una máquina de coser, una carretilla, una casa, una camioneta, lo que fuera.
En la Fundación había ropa, alimentos, muebles, herramientas, las cosas que la gente le pedía. La Fundación recibía donaciones y coordinaba las entregas. Trabajaban cientos de personas para que las decisiones de Evita se cumplieran rápido, desde choferes que llevaban ayuda hasta obreros que construían casas.
En las audiencias la gente lloraba, le agradecía a Evita, le besaba las manos. Le llevaban regalos humildes, gallinas, dulce, tejidos, una torta, leche.
Con cada uno hablaba. Preguntaba “¿cuántos hijos tenés?”, “¿qué te pasó?”, “¿cómo lo vas a solucionar?”
El pintor Daniel Santoro dice que Evita no hacía caridad.
Evita quería solucionar el problema de fondo de la gente, que era la pobreza.
Una vez mandó sacar de la Residencia Presidencial, donde atendía, un colchón para un hombre que dormía en el piso, porque no había colchones en el depósito, y esos gestos inducían la sensación de que Evita sólo sacaba del apuro a la gente.
Pero no era así.
Evita quería que dejaran de ser pobres.
Las audiencias eran para solucionar los problemas inmediatos, que era indispensable solucionar, pero ella quería que los chicos pobres se educaran para que no fueran más pobres, quería que la gente viviera en casas dignas, como las casas que la gente veía en las películas, como las que quería tener la gente de la clase media.
¿Por qué alguien de clase media podía tener un chalet y un pobre no?
Evita mandó hacer un barrio. Los arquitectos le trajeron un proyecto de casas muy humildes, porque así se podían hacer muchas. Ella les dijo “ustedes diseñaron casas para pobres. Yo quiero que la gente no sea más pobre”, y los mandó a que diseñaran barrios de chalets, barrios hermosos, y así se hicieron Ciudad Evita y Los Perales.
Las casas tenían que tener las comodidades que quería la clase media, agua corriente, electricidad, muebles lindos, cortinas, pisos de parquet. Entregaba las casas con camas, mesas, sillas, vajilla. Y la ropa que repartía la Fundación no eran harapos usados, sino prendas nuevas o de calidad.
Pensaba que las personas que llegaban a verla en alpargatas y mal comidas merecía vivir como ciudadanos plenos, no como pobres.
Creía que la gente podía progresar si se le daban los medios. Por eso le importaba mucho que los chicos pobres estuvieran bien. Hizo ciudades infantiles, no sólo la República de los Niños, donde los chicos pobres jugaban a ser choferes, pero también banqueros, policías, médicos.
Para ella en el bienestar de los niños estaba el futuro de una Argentina sin pobres. Por eso empezó las colonias de vacaciones para los chicos pobres, con pileta, deportes y actividades culturales. Hasta ese momento, sólo los chicos de familias ricas disfrutaban de eso.
A una de las audiencias llegó una madre con su hijo. Le pidió a Evita que le consiguiera clases de piano. Evita habló con el chico y se quedó impresionada por su inteligencia. Entonces mandó conseguirle una beca en una escuela privada inglesa, que era carísima y tenía mucho prestigio. Sólo la clase alta podía mandar los chicos allí. Y allí fue ese chico. (Por eso la odiaban los ricos, también).
Daniel Santoro lo sintetizó así: “no quería que ni un solo chico pobre tuviera que envidiar a un chico rico”.
Ella iba más allá de la necesidad, prestaba atención al deseo de la gente. Era revolucionaria porque no quería pan para los pobres, sino pan dulce.
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