Sentado en una reposera sobre el pasto del parque, veo volar cosas.
Hay trillones de pendejos, y padres con hijos, y hasta pibas, pateando pelotas.
Vuelan tantas pelotas en el aire de este parque.
También vuelan pelotas chicas, las que le tiran a los perros.
Y vuelan las cotorras verdes.
Y una brisa de temperatura e intensidad tan perfectas que parece otro país.
O te hace pensar en este país, la política una cloaca y este otoño bendito, con estos eucaliptos gigantes, las casuarinas oscuras, el pasto verde brillante, la luz anaranjada del sol que se va a poner en un rato.
Y vuelan los gritos de los chicos, vuelan insectos, vuela un frisbee, vuelan palos, también para que los perros vayan a buscarlos, vuelan a buscarlo los perros entusiastas.
Vuela lentamente la voz de dos pibas que caminan conversando y vuela el bajo de una banda que toca a la gorra, y el resto de la banda. Vuelan las nubes allá arriba. Vuelan los pensamientos. Vuelan los chillidos de los pájaros. Vuelan los colores de la gente. Vuela cada tanto un olorcito a porro. Vuela acá arriba el magnetismo del agua que corre, el Arroyo Medrano, desplazándose a la misma velocidad abajo de la tierra, y yo sentado viendo todo lo que vuela.
Cuando yo ya no esté, todo seguirá volando, el sonido del bajo, los insectos, las vibraciones del río.
Esta fiesta será el Cielo y yo tendré nostalgia de ella.
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