jueves, 16 de abril de 2026

Cosa de machos

Esto les sucedió a tres hermanos. 

Miguel quería ser especial para su novia. 

Ser el único, como su madre lo había convencido de que era para ella. 


Rafael sabía que para su novia él era un chongo más. 

Perfectamente intercambiable con cualquier otro. 


Gabriel estaba en en el medio, o más bien afuera del esquema: su novia estaba con él sólo porque era él. Estaba enamorada de él, de lo que había de único en él, de cuánto era específico. 

Sin embargo, no era especial para ella. No era su amo, ni era todo para ella, ni el centro exclusivo de su amor. Un día, podía estar con otro.






martes, 14 de abril de 2026

Ser más, tener más

— Mugriento —le dijo Robespierre a D’Anton, cuando entró al Palacio de Versailles horas después de la revolución, y lo encontró en una orgía de sexo y comida, disfrazado con las ropas de un Luis—. Mugriento. ¿Para esto hacemos la revolución, para seguir con los mismos lujos decadentes? ¿No es para acabar con esto por lo que dimos la vida?

D’Anton le señala este detalle: con él hay una multitud de pobres y desarrapados, todos gozando los lujos de la realeza. Él, sólo uno más de aquella hora, le respondió:

— Hacemos la revolución para que todos disfrutemos por igual de lo bueno que tiene Francia.


Hay una pequeña confusión que ha resultado en posicionamientos opuestos y extremos: la diferencia entre ser más y ser más que otros.

Entre tener más y tener más de lo que otros tienen.

Entre tener y tener lo que otros no tienen.


Es D’Anton y Robespierre y son las joyas de Evita.

Es peronismo y antiperonismo.







lunes, 13 de abril de 2026

Pibes y perros



Cuando yo era muy chico, mi madre me contaba que cuando ella era chica vivía en un campo muy grande, que en un monte de ese campo había encontrado una higuera vieja y que se iba sola allí a leer.

Cuando fui más grande, habiendo olvidado aquella historia, yo mismo, en la ciudad, encontré mi santuario personal. En la cresta de la barranca alta que daba al río, había una construcción abandonada. Era una casa de dos plantas. Sólo estaba hecha la estructura de cemento armado —pilares y pisos. La obra estaba cerrada con chapas y madera; yo había encontrado la forma de colarme, subiendo a un tapial, luego al techo de una casa, y al fin corriendo unas tablas pesadas. Tenía 11 años.

Solía ir a ese lugar y me quedaba mucho tiempo. La estructura de cemento estaba muerta, ni siquiera tenía insectos, pero estaba completamente abierta al delta del río Paraná, que allí se llama Islas Lechiguanas. Eran cientos de islas de un verde incendiado, entre cintas de agua marrón que el sol hacía brillar como si fueran metálicas, todo bajo un cielo azul gigante.



Como mi madre en la higuera, yo iba a leer. También escribía, o pensaba, o sólo estaba allí en silencio. A veces me quedaba dormido. Un día me desperté de noche. Otra vez me dieron un premio y antes de llevárselo a mis padres, me fui a aquel lugar, a estar a solas con el trofeo rojo y dorado.

Tanto mi madre, como yo habíamos encontrado un lugar adonde escaparnos para ser nosotros, salvaguardados de la mirada de los mayores.

En este momento, en que los mayores sólo arruinamos todo, deseo que los pibes se encuentren en espacios propios, fuera de nuestro alcance.

 


Es lo que encontré en las pinturas de Emiliano Guerresi 

Los pibes —no abstractos; los pibes nuestros, con los barbijos de la pandemia— están solos, de a uno, de a dos, en los intersticios de la Argentina destartalada por los saqueadores.

La naturaleza es baldío. Son árboles y pajonales altos y lagunas, pero no son vírgenes: allí mismo hay un mar de basura, de escombros, de restos de algo que sostuvo una vida cotidiana.

Hay chicos y gatos y perros. Como en una película de Leonardo Favio, en las que, dijo, “adónde puedo, siempre pongo un perro”.

Los restos de la crisis social en la naturaleza, la naturaleza como casa de la crisis social, es el intersticio de las pinturas de Emiliano.

La crisis recarga todo de un negro que brota del interior de las cosas. En las antípodas de Gummo (Harmony Korine), sin embargo, los colores no son vencidos por el negro y el ocre, porque la naturaleza resiste y siempre renace y porque el centro de las escenas son los pibes, de los que brota la vida.

 





Nuevamente, la chance que tenemos de superar el desastre que nos empantana está en lo que esos pibes hagan cuando nos hayan dejado atrás, lo que hagan afuera de nosotros, más allá, más adelante de nuestro mundo.

Lo demuestra el mismo Emiliano, que es uno de esos pibes.

 


Esto no pretende ser una crítica de arte. Digo nada más lo que siento.

Y gracias Verónica Gómez por presentarme a Emiliano.

 

miércoles, 1 de abril de 2026

El final de Annie Hall

 Como a una masa de personas, el final de la película Annie Hall de Woody Allen, me toca el corazón.

Me dan ganas de darle un sopapo a Woody Allen porque lo que dice es una estupidez, pero el bar donde se encuentran, la cámara que los toma desde adentro, el repaso de los momentos verdaderos que vivieron y, especialmente la música, lo hacen uno de los más finales de películas más lindos que vi en mi vida.