lunes, 6 de julio de 2026

El humano fogón

 Qué mirás cuando vas a la casa de alguien.

 

Los adornos, cuadros, muebles, cosas que pone para que puedan ser miradas.

 

Las plantas.

 

Las cosas que tiene en la cocina.

 

Las cosas del dormitorio.

 

Los recuerdos.

 

Las cosas del baño.

 

Lo que se ve por las ventanas.

 

Las fotos de la familia.

 

Los libros de la biblioteca.

 

Las marcas de otras épocas.

 

Nada. No te fijás en nada.

 

 

Pero si miras, todo lo que veas, te hablará de las personas que habitan la casa.

 

Si ya las conocías, probablemente te confirmen lo que sabés.

 

Aunque tal vez te cambien un poquito la imagen que tenés de ellas.

 

Por ejemplo, mi amiga, la Cló es medio chusma. Si va a la casa de alguien, le revisa el botiquín del baño, los cajones de la cómoda, lo que tiene en la heladera; si hay una cajita, la abre, si encuentra un lavadero, se mete y mira todo. Una vez encontró en la casa de su amiga T., en un cajón de su placar, una cosa larga, negra, como de goma, que terminaba en una forma inconfundible. No podía ser otra cosa. Era enorme. La Cló hasta medio se asustó por el tamaño. Desde entonces, T. le pareció una persona más interesante. T. no entendía por qué la Cló le hablaba diferente, con más interés y más empatía.

 

También puede suceder que entrás en la casa de gente que no conocés mucho, y entonces lo que ves o mirás te dice mucho de quiénes son.

 

Un árbol genealógico que viene desde el siglo XVII, en un pergamino enmarcado y colgado en el hall de entrada.

 

Un gato malísimo.

 

Libros que vos consideras de tu intimidad.

 

Un altar a un gurú indio.

 

Un cuadro que pintó cuando era niña o niño y es muy bueno.

 

Una colección de piedras.

 


Los espejos, los objetos espejos de vidrio, te devuelven una imagen de vos.
Es sólo una imagen. Una entre infinitas imágenes de vos.

 

Las demás personas, que han mirado tu casa, que han escuchado tus pensamientos, que conocen tus gustos; las demás personas que han visto lo que hiciste, han padecido decisiones tuyas, se han beneficiado con tus acciones o las han hecho felices; esas personas también son espejos.

Esas personas te dicen quién sos.

 

La inteligencia artificial se parece al espejo de vidrio.

No es humana.

Quizás muchas personas se estén encaminando a relacionarse con el mundo a través de la inteligencia artificial.

Corren el riesgo de terminar tan alienadas como le pasa a cualquiera que se mira mucho tiempo en el espejo y empieza a desconocerse.

Conviene no perder la vieja costumbre de juntarse alrededor de un fogón.

 

 

Fogata de San Juan, en el Centro Cultural El Obrador, Rosario.
Fogata de San Juan, en el Centro Cultural El Obrador, Rosario.

miércoles, 1 de julio de 2026

Para andar con alguien

 Las personas que empiezan a andar juntas en la vida quizás no necesiten ajustar nada para estar juntas o quizás necesiten ajustar mucho.

 

Por ejemplo, si nacieron y se criaron en el mismo pueblo, y sus familias se conocen, o más aún, si pertenecen a la misma familia, posiblemente tengan poco que ajustar —salvo que uno de los dos, o los dos, sea un personaje peculiarísimo, que no tiene nada que ver con la gente de su pueblo o de su familia.

 

¿Qué cosas tienen que ajustar?

¿Qué significa ajustar?

 

Ropa de marca o de La Salada.

Auto o transporte público.

Fútbol con los muchachos.

Gato o no.

Madre en casa o en el geriátrico.

Con ajo o sin ajo.

Miami o Praga.

Derecho a roce con amigos o no amigos, o full fidelidad.

Barrio donde vivir.

L-Gante.
Seguir estudiando.

Hijos.

Ajustar: adaptarse. Acomodarse. Ceder. Limar. Amoldarse.

Definir qué queda dentro de la intersección “nosotros” y qué no.

 




Mis padres se fueron a vivir a Nueva York.

Al año mi madre dijo que quería que volviéramos a Argentina y mi padre dijo que quería que nos quedáramos en Nueva York.
Negociaron: mi madre volvería con los hijos y mi padre se quedaría dos o tres años para traer un capital.

Pero pasaron dos, tres años, y pasaron cuatro, seis, y el séptimo mi madre le dijo a mi padre: “¿qué hacemos?”, y él: “vos vivís en Argentina y yo en Nueva York. Una vez por año venís con los chicos, y yo voy otra vez por año”.
Para mi padre esa distancia entre él y su pareja, estaba bien.

Para mi madre, no.

Cosa que tenían que ajustar: la distancia.


Se separaron.

Aún así, siempre me pregunté cómo habían llegado a un ajuste que los llevó tan lejos, siendo él chino y ella argentina —en la década de 1950.

Tuvieron que ajustar casi todo. Pertenecían a mundos tan diferentes que tenían muy poco en común, costumbres, valores, aspiraciones, visión del mundo.

La solución que encontraron para construir una familia y estar 15 años juntos fue que mi padre tuvo la habilidad de ponerse en modo argentino y también que cuando se juntaron supieron entre los dos encontrar coincidencias profundas, como el amor a sus mayores, la aspiración a ascender socialmente y la indiferencia política.

Pero los dos lamentaron el divorcio, porque tenían esta otra cosa en común: unidos hasta que la muerte los separara.