Una insignificante Dirección de Cultura de un pequeñito pueblo de una provincia que pasa casi perfectamente desapercibida en los medios de comunicación y las redes sociales, está a cargo de una pequeñita señora.
La pequeñez de la señora no hace sombra sobre su dignidad de llevar un apellido
precolombino.
Su sueldo es exiguo, tan exiguo como el presupuesto para
su dirección.
Transigiendo de buena voluntad con esa limitación, la señora Inmerenciana
Quispe ha implementado un programa cultural dedicado a la música que consiste
en lo siguiente.
En lugares muy privados, casi secretos, colocó
instrumentos musicales.
Una guitarra dentro de una bóveda en desuso en el fondo
del cementerio.
Un xilofón en un patio de invierno abandonado del antiguo
palacio municipal.
Un piano en el sótano del museo histórico del pueblo —el
único que hay.
Un bongó en las ruinas de lo que fue el matadero.
Un chelo en una casa abandonada.
Una flauta dulce en otra.
Un violín en otra.
Todos los lugares están cerrados. Quien desee, pide la
llave, va y entra a tocar.
Algunas personas piden la llave, y en la quietud del aire del pequeño pueblo,
la gente escucha, a lo lejos, el murmullo de la intimidad de alguna persona —que
seguramente conoce.
Escucha música.

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