sábado, 24 de enero de 2026

Muerto vivo

 



El abuelo del Señor Nakamura es aún acusado en China de haber torturado campesinos en la provincia de Guandong durante la invasión japonesa. Pocos años después de su regreso a Japón murió como militar retirado cuando explotó la bomba en Hiroshima. También murió su esposa, pero quedó viva su hija, la que sería la madre del Señor Nakamura. 

La piel de la espalda de aquella niña parecía un mapa del infierno. Con el tiempo perdió los dedos de las manos y aunque su rostro era bello, había algo depravado en su gesto, como si su cara fuera una careta que ocultara una deformidad mayor que su espalda. 

El Señor Nakamura fue maquillador en un teatro de la prefectura de Okinawa. Cuando el teatro cerró porque el público dejó de concurrir, él fue despedido. Consiguió trabajo en una empresa funeraria, donde maquilló a las personas muertas. Con el tiempo, el dueño de la funeraria le comunicó que el señor Hiroshi se retiraría por su avanzada edad, y él debía reemplazarlo en la función de embalsamador.

El señor Hiroshi le enseñó el oficio impecable y fríamente. El Señor Nakamura lo aprendió y ejerció durante muchos años.

Cuando el dueño de la empresa funeraria falleció, sus hijos le encargaron al Señor Nakamura, que lo embalsamara, y le dijeron que sería el último cuerpo con el que trabajaría en ese lugar, porque cerrarían la empresa. 

El Señor Nakamura migró entonces a Sudamérica, adonde muchas personas de su vecindario se habían asentado buscando una nueva vida.

Se mudó con su esposa a Buenos Aires y consiguió trabajo en una casa de velatorios de la comunidad okinawense. 

Sólo dos años después su esposa murió. El señor Nakamura la embalsamó y pese a que las personas de la comunidad le dijeron que debía llevarla a un cementerio, él la retuvo en su casa. Más tarde le diría a un juez que Argentina no era su país y que sentía que enterrar a su esposa en tierra desconocida era abandonar lejos de su patria a la única persona con quien compartió su vida.

A su vecino el Señor Ono le dijo que despreciaba profundamente a los nativos. “Parecen bestias entregadas a sus pasiones y sus revueltas sociales. Odio las multitudes prepotentes que hay aquí; la rebeldía contra las autoridades, los reclamos sociales hechos con insolencia y soberbia”.

Acostó a su mujer en una hermosa caja de madera en su comedor y continuó su vida con ella allí. 

Pero un día dos policías le golpearon la puerta, entraron en su casa y sacaron a su esposa y se llevaron al Señor Nakamura, que no opuso resistencia.

Había cometido un delito penal. El fiscal, incluso acusó al Señor Nakamura de haber asesinado a su esposa, en vista de que no se había registrado ingreso a ningún centro de salud y no había certificado de defunción.

El Señor Nakamura fue encerrado en la cárcel. 

Cuatro años después fue liberado de modo condicional.

No pasaron muchos días antes de qué un paisano de Okinawa le propusiera un trabajo. 

Era una tarea muy extraña, casi absurda: tenía que embalsamar a un hombre que estaba vivo. 

Se trataba de un joven adulto. Misteriosamente, su cuerpo estaba descomponiéndose. Su piel había comenzado a alejarse, había perdido todo el cabello y su olor nauseabundo era insoportable.

El Señor Nakamura decidió que tratar de darle un aspecto vital le daría un aspecto demasiado falso. Era mejor disimular su corrupción con corrupción. Siempre el mejor disfraz es la verdad.

Le pintó la cara con el polvo blanco de arroz que había usado muchos años antes en el teatro y le colocó una peluca que conservaba de su mujer, maltratada por el polvo y el abandono.

Luego le diseñó una ropa muy gruesa para que el hedor se no se difundiera demasiado, a la vez que no dejaba de sentirse.

Al terminar su obra tuvo ante sí un cadáver furioso. 

Furioso porque su alma había huido y furioso porque su ética y sus sentimientos se iban pudriendo con su cuerpo, y observaba que se comportaba como un gusano. Su moral se deshacía como el suero de su cuerpo en que chapoteaban sus pies, y que derramaba por su espalda. 

Estaba furioso porque no lo dejaban morir.

Quería arrancarse la cabeza, echarse al fuego, tirarse bajo un tren.

Pero entonces vendrían los demonios que lo habían convertido en lo que era, y el Señor Nakamura lo reconstruiría, y seguiría infernalmente vivo.

El señor Nakamura le deseó a aquel desgraciado descansar en paz.







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