lunes, 12 de mayo de 2014

Asado en el verdadero Santuario de San Nicolás


Pablo Makovsky, Gran Gato en el zodíaco chino y por tanto Gran Sibarita, es de nosotros quien más sabe de vinos. Llevó un elixir mágico. Con una gota de su vino se cubría la estatua de San Martín que una vez marcó el oeste desde la plaza de Savio y Belgrano, junto a la ENET Nº1 que volvió a reunirnos 50 años después.
La asombrosa Adriana Jambeaut, dueña de la sede, conocida desde este asado como El Santuario, desplegó anfitrionía proverbial y con el vasco XXL Javier Tisera se ocuparon de compartir la trama de San Nicolás de los Arroyos, de la que saben todo.


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Inusitado encuentro entre Eduardo Orlov y Javier. El asado, como el mate, pone a todo el mundo en el mismo nivel. Empareja, socializa, democratiza. Estos dos ya en Primero-Séptima del Industrial eran los grandotes. Los dos, amigos de Jorge Duarte, eran pilares del equipo de rugby de la escuela.



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El Gran Gato Sibarita con los inspiradores Celia López y Adolfo Vergara, organizadores de la velada, en casa de Adolfo, legado de generaciones de arroyeños.


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Cuando teníamos 10 años nos escribíamos cartas entre San Nicolás y Nueva York. Nos seguimos entendiendo de la misma manera. Ahora vamos a hacer un librito juntos.


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Eduardo y Gabriela van de Singapur a Nueva York. Se dedican a traducir mundos.



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Pablo destapa otro gran vino. Celia y Adolfo.
  




Tres de nosotros




Pablo, Gustavo, Adolfo.

Tres de nosotros en un sillón.

Más de 150 años entre los tres, un cuarto de milenio, sumando el sillón.


La hija del anarquista


Tengo en un taller una viejita de esas que es imposible sustraerse a las ganas de abrazarla y mirarla. Hoy trabajamos con una crónica de Hemingway sobre los fascistas y al terminar el encuentro me vino a contar que su papá era anarquista. Yo sabía de él por una novela de Bayer. Fue un anarquista fuerte. Cuando conocí el pensamiento de los anarquistas se me prendió fuego la cabeza, como ellos querían que ardieran las iglesias —y yo que había sido un católico empedernido. Luego, cuando empecé a tratar a los anarquistas de carne y hueso en la Biblioteca José Hernández fui descubriendo algo mucho más maravilloso que la lengua de fuego de Bakunin: que las ideas salvajes, bestiales, intransigentes hasta la irracionalidad que tenía aquella gente de igualdad y compañerismo se les hacía carne en su vida. Yo descubría hasta qué punto el cuestionamiento que hacían de la propiedad privada había corroído su sentido de la posesión, por ejemplo. Observaba cómo realmente sentían como un igual a cualquiera, perdido todo sentido de las jerarquías. Y notaba que eso, que provenía de un optimismo y una fe casi inocente en la Humanidad, los hacía mejores personas. Personas decentes. La viejita de esta mañana está tallada con esos sentimientos que surgieron de aquellas ideas. Es una persona idealista, confiable y hermosa.



viernes, 9 de mayo de 2014

La maldita generación del celular


Me hace mucha gracia, siento una vergüenza horrible y me da una rabia infinita cada vez que alguien de mi generación despotrica contra los jóvenes.
Ya es un clásico estar atacadísimos contra el celular. Entrevistan a un rockero de ayer en un programa de radio. Se hace festejar por los conductores contando sus excesos y locuras de "aquellas épocas", y luego arremete: "a los jóvenes de ahora no les conocés la cara porque están todo el día mirando para abajo, al celular". Así inaugura una serie de acusaciones contra los jóvenes.
Obviamente se le podría ocurrir que los jóvenes no lo miran a él porque están conectados con miles de personas, y además saben qué cara de amargo reproche tiene en ese momento. Pero no se le ocurre porque quiere tener qué reprocharle a los jóvenes, porque les tiene bronca y les teme.

Por otro lado, está el caso de mi madre. Desde que mi hija tiene celular —se lo dimos hace seis años, cuando cumplió 12— mi madre, su abuela, se queja de que la atiende "cuando quiere". Yo me siento un poco responsable y le digo a mi hija que se deje de joder y atienda a su abuela, pero de lo digo sin gran convicción y lejos de la angustia con que se lo dice mi madre. Incluso creo que más bien refuerzo su punto de vista.

Esta semana, sin embargo, para mi sorpresa, cuando mi madre me presentó su consabida queja de que "casi me muero: tu hija me atendió", no lo dijo sufriente, sino feliz. Innovó. Y cuando le prometí que le daría una paliza, me contradijo. "Yo ya me convencí de que los chicos de ahora son así. Ellos manejan todo. No toman decisiones apuradas, no actúan por culpa, no hacen nada hasta que están seguros. Te podés morir rogándoles, pero ellos se mantienen en su criterio y no ceden. Y hacen bien. Yo creo que son superiores. Son mejores que nosotros".


Recientemente ha habido reacomodaciones interesantes en la vida de mi madre. Se deshizo de sus propiedades, se buscó un novio, se operó las cataratas, se compró un auto, ahora sacó turno para rendir el examen para obtener la licencia de conducir. Me gratifica infinitamente que haya decidido vivir.



martes, 6 de mayo de 2014

El famoso yo despedazado por los gérmenes


Interesantes las personas que tienen fobia y están paranoicas con los gérmenes. Para ellas las empresas fabricantes de productos de limpieza inventan cada semana una marca nueva que “elimina los gérmenes”.

Dice en una conferencia el paleoantropólogo Alan Walker: "hay en nuestro cuerpo diez veces más bacterias que células nuestras. Podemos preguntarnos quiénes somos".

Añade: “Podemos preguntarnos por nuestra individualidad. Aprendimos que somos un individuo cuando nos separaron de nuestra madre, pero lo que realmente somos es ecosistema en trabajo”.


Además: “Y por supuesto, hay muchos más virus que bacterias dentro de ustedes. Hay virus inclusive dentro de su ADN. Hasta el 8% de su ADN está hecho de virus. Ni siquiera el ADN del que están ustedes hechos les pertenece”.





lunes, 5 de mayo de 2014

Aquel futuro



Sé que hay en algún lugar de mi casa, guardado, perdido, un futuro que tenía hace un tiempo.
Debería encontrarlo, porque me llevó mucho trabajo concebirlo y tenía muchas cosas buenísimas, pero la verdad es que me desalienta perder el tiempo buscando lo que debería existir, y entonces me pongo a hacer el futuro que puedo. A los ponchazos con el presente, claro.










viernes, 2 de mayo de 2014

Adolfo y Celia


Me pasan dos cosas cuando voy a ver amigos que hace mucho no veo.

Por un lado tengo una curiosidad angurrienta por saber cómo fue su vida. Es como caminar hacia una novela viviente que leeré en unos minutos, enterándome de algunos datos, observando marcas de momentos felices, de quebrantos, de revoluciones, de hastíos, y marcas de años de persistencia, logros, tal vez de cultivo de vocaciones; marcas en las manos, en la vitalidad, en el pelo, el modo de vestir, la postura del cuerpo, las arrugas de la cara, la mirada.
Siempre tengo esa curiosidad, como la de haber visto huevos bajo una gallina que los empolla y luego ir a descubrir cómo son los pollitos. No me puedo curar de ese interés.

Por otra parte, la experiencia me ha dejado como saldo el miedo a encontrar que a alguien no le pasó nada. Estar frente a una vida desperdiciada me espanta. Me siento en el infierno.

Bien. Hace unos días Adolfo le hizo una fiesta sorpresa a Celia, su novia. Somos amigos desde hace casi 40 años, cuando éramos alumnos de una Escuela Industrial. Ellos se reencontraron hace poco y se enamoraron.
Lo que me pasó en la fiesta no fue ni leer una novela fascinante en unos minutos, ni la decepción espantosa. Perdí el interés por el pasado. Detecté a algunos muertos, a quienes no me interesa volver a ver, pero encontré hombres y mujeres maduros, a quien me unía unos antiguos lazos enterrados bajo la tierra, vivos aún como las raíces, con una savia que alimenta ahora mis ganas de verlos de nuevo, no por nostalgia ni por ganas de conocer la vida que vivimos todos estos años, sino por lo que vendrá.

Esto me ha sido provocado por el juego en el que se entretienen Adolfo y Celia. Hacen del pasado un chiste, el presente los hace vivir y el futuro no es más que un torrentoso regalo de la Providencia hecho de una montaña de presentes.


Bravo por ellos.