Los vampiros siempre controlaron Argentina.
Hubo momentos en que un gobierno les disputó el control para distribuir un poco mejor la riqueza que se genera en nuestro país.
En 1976 los vampiros pusieron a sus perros militares a aterrorizar a la gente y de esa manera poder chupar toda la sangre que querían sin que nadie los molestara.
Ese fue el objetivo de la dictadura militar y los vampiros nunca abandonaron el empeño por seguir con el plan.
Entre 2003 y 2015 el Gobierno le discutió el poder. Antes y después fue su lacayo.
Hoy tienen a un alcahuete salido de una de comparsa y no se ve asomar a nadie que tenga la decisión de correrlo, el coraje de enfrentar a los vampiros ni la ambición de representar a la gente a la que los vampiros están llevando a un estado de vileza.
Entre los argentinos, sin embargo, pervive un sentido de dignidad que no acepta a esta basura de chupasangre y no naturaliza la vida humillante que buscan imponerle.
Quien tenga esa consciencia y ese sentimiento, es bueno que haga algo con eso.
Cualquier cosa. Aunque sea poco, aunque sea mal.
Agradecemos a Nicolás Varchausky y toda la gente que trabajó con él en el Parque de la Memoria para advertir que no olvidamos los crímenes de los militares y ni aceptamos que nuestros hijos sean en su alimento.
Varchausky convirtió los nombres de algunas personas secuestradas, torturadas y asesinadas por orden de los vampiros, en breves melodías, reemplazando las letras de los nombres por notas musicales.
El piano tocando nombres de desaparecidos fue un rito.
Los ritos están para mantener en el presente algo que sucedió para superarlo.
Eso sucedió ayer en el Parque de la Memoria, en una tarde que se ofreció como un lugar adecuado para el rito.




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