Un señor, un vecino, que nunca supe su nombre, aunque sé que era italiano, vivía solo. Estaba muy grande. Se había quedado viudo hacía una vida entera. Dicen que tenía un hijo que se había ido a otro país y no tuvo más contacto.
Este vecino no era un tipo muy sociable. A su vecina le parecía que no le
importaba ser amigo de nadie, ni caer simpático ni entablar conversación con
nadie.
Sin embargo, eso no significaba que se sintiera bien
estando solo. Tanto que un día superó su apatía, o antipatía, y le contó a ella
que se sentía muy mal, tan solo.
Le dijo que le hubiera gustado tener familia o amigos, o conocidos, pero no los
tenía.
A la vecina le dio pena y cuando barría la vereda o cuando volvía de hacer
algún mandado y tenía tiempo, le tocaba el timbre y le preguntaba al hombre
cómo estaba.
Con el tiempo, el vecino le dijo si quería pasar. Y así,
poco a poco, fueron tratándose.
Como vecinos.
Hasta que un día el vecino le agradeció a la señora que se tomara molestias por
él y le hizo una propuesta. Le dijo que él estaba bien de salud, pero se
olvidaba de muchas cosas, y a veces se quedaba sin comer porque no tenía ganas
de ir a comprar comida. No le pedía que lo acompañara ni nada de eso, nada más
le proponía que ella lo escuchara y lo ayudara, porque se iba a ir poniendo más
viejo y empeoraría.
Y a cambio él le dejaría la casa.
Y así hicieron.
Cuando el vecino murió, la señora recibió la casa y ahora está viviendo ahí su
hijo.

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