lunes, 10 de noviembre de 2014

Nuestra música con la señora Arbetman


Una vez vivía al lado de mi departamento la señora Arbetman. Era muy, muy viejecita, estaba encorvada hasta muy bajito, como un signo de interrogación un poco achatado. No tenía muy buena onda, era más bien parca. Nos saludábamos muy escuetamente cuando nos cruzábamos, cada tanto. Yo tengo la costumbre de que si una música me gusta, me entusiasma, siento al fin que vuelo, y la pongo al volumen que esa música y mi sentimiento piden, que en general no es un volumen bajo. A veces algunos vecinos me habían pedido si podía escuchar la música más bajo y yo me sentía culpable, pero cuando aparecía un tema muy bueno no podía reprimirme. Quien más afectada debía estar por mi música debía ser la señora Arbetman, quien sin embargo nunca me dijo nada. Hasta que un día tomamos el ascensor juntos y entonces lo largó.
    A usted le gusta la música, ¿no?
    Sí, alguna música me gusta mucho. Le pido disculpas si la molesto...
     No, no, para nada. Yo disfruto mucho de su música. Me gusta que cante.
Habíamos compartido durante años a Philip Glass, Beatles, Bruce Springsteen, David Byrne, Bowie y Jaime Roos. Con nadie había tenido tanta intimidad.



Dos días de primavera en Miramar



















El tiempo en el museo dentro del bosque






Es el museo más fresco en el que jamás estuve.  Cuando llegamos, uno de sus dos responsables, Mariano Magnessen, estaba limpiando el cráneo de un animal que vivió hace 8, 10 o 15 mil años. Aparecen muchos fósiles de esos animales en Miramar, ciudad que tiene un bosque y dentro del bosque, este Museo “Punta Hermengo”.



Mariano tiene inclinación por la fantástica vida prehistórica desde chico. “Junto huesos desde los 10 años”, dice. Cuando vio en una juguetería los muñequitos de la película La Era del Hielo los compró, y un día en que estaba pensando con el Director del museo, Daniel Boh, qué hacer para las vacaciones de invierno, se les ocurrió usar los muñequitos para que cuando llegaran los alumnos, miraran los huesos fosilizados, que justamente pertenecen a los mismos animales: el tigre dientes de sable de nombre mexicano, el gliptodonte gordito, la ardilla que persigue la avellana. Jugaron, y como cada vez que los adultos juegan, los chicos se entusiasmaron. La muestra fue un éxito, pese a que está en un espacio de 5 metros cuadrados y fue montada con menos dinero que el que uno de los baños del National Museum of Natural History de New York recauda en un día.

 

 


En el mismo espacio, se muestra, fuera de vitrina, la cabeza de un húmero de una ballena, de variedad aún no identificada, que “apareció en las inundaciones de hace tres meses”. Más de una vez Daniel y Mariano, junto al explorador campeón del pueblo, Gonzalo Auriti, fueron a alguna playa lejana para carnear el cadáver de una ballena que el mar había arrojado a tierra firme. “A cuatro cuadras no se puede estar del dolor”. Y los huesos están aquí, en este museo minúsculo. En el camino iban encontrando por la playa perros amigos de Gonzalo, que, dice él, “viven de lo que trae el mar, pescados, a veces pingüinos. Yo los he visto cazar un lobo de mar enorme”.



En un panel del museo se muestran también varios mapas, todos con el contorno actual de la provincia de Buenos Aires a lo largo del tiempo, sobreimpreso a diferentes mapas físicos. Los dos responsables del museo explican la evolución del territorio con la naturalidad con que se explicaría cómo bloquear un contacto en facebook. Hace entre 3 y 5 millones de años el mar había tapado toda la provincia, sólo emergían las sierra de Tandilia y Ventania; luego, hace 3,5 millones de años el mar se retiró y lo que hoy es Miramar quedó en el medio de la pampa. Hace 120.000 años volvió el mar a subir y la provincia quedó casi como es ahora, pero más chica. En la última glaciación, hace 20.000 años la tierra volvió a ganar terreno, y hace unos 7.000 años comenzó la costa a atener aproximadamente los límites actuales. “En un tiempo volverá el mar a avanzar. Es el movimiento natural. Hay que acostumbrarse”, dicen relajados, como si estuvieran jugando.


 





Luna roja


La noche anterior vi la luna enorme subiendo en el este. La descubrí cuando ya estaba bastante alta, pero aún tenía un velo de almíbar denso y noté que iba derecho hacia el cenit, así que concluí que había surgido del horizonte perpendicularmente y muy grande, y roja. Yo trabajaba atendiendo a periodistas, pero estaba en Miramar, y esa luna tan poderosa saldría del mar. Al principio estuve inquieto, pensando cómo haría para escaparme a la hora que saliera la luna para ir a verla y fotografiarla. Le pedí a una amiga, formidable amiga, que averiguara a qué hora saldría esa luna donde yo estaba y me contestó que a las 21.22. A esa hora yo estaría cenando con los periodistas. Al fin les blanqueé la situación, invitándolos a atrasar la cena una hora para ir a ver la luna al mar, a lo que accedieron encantados.
Fuimos, entonces, al muelle. Mientras esperamos contamos anécdotas de otras salidas de la luna. Se fue haciendo la hora y nada ocurría. Esperábamos ese resplandor en el cielo que anticipa la Reina Luna, pero no apareció, hasta que muy repentinamente, al final de línea de luces que salía del pueblo y hacía una curva en la oscuridad lejana, surgió otra luz, más grande, y roja. Emergió como un cuerpo orgánico, más que cósmico. Parecía una gota de sangre que había caído desde el mar hacia arriba y se había encontrado un cielo de vaselina, que la contendía como una burbuja y le permitía avanzar muy lentamente. Nuestra expectativa se vio defraudada. No tenía nada de gracia aquella luna. La fotografiábamos frenéticamente, pero a la vez sabiendo que no haríamos nada con esas fotos. Era una luna boba, que no decía nada, cuyo único interés estaba dado porque parecía tener vergüenza de ser vista tan gorda y desnuda y sola en el cielo negro. La dejamos terminar de subir, y que se fuera; nos dimos vuelta y la olvidamos.
Pero he aquí que vuelvo a verla una noche después, ya mordido un pedazo por la negrura del menguante. Voy en el ómnibus, la luna está sobre Dock Sud. Parece una parte de su paisaje, de tanques gigantes, torres, paredones, estructuras de metal, edificios cuadrados. La luna tiene el conejo tajeado por el humo de una chimenea, flota sobre el vaho en que se mezclan los combustibles de las refinerías y el aliento fétido que sube del Riachuelo, de podredumbre que trae de los basurales. Allí, entre esas siluetas malignas, la luna roja encuentra su sentido. Está más gloriosa que nunca.










Remedio



El cura FitzPatrick fue mi confesor. Me decía, cuando estaba internado en el hospital: "nunca sentí realmente aquello de encomendarle a Dios mi espíritu. A tu edad temía morir. Luego temí morir y sufrir. Ahora ya no temo a la muerte, sólo rezo por no sufrir. Ya taché la generala doble, si no tengo un golpe de suerte y me llevan rápido, deberé trabajar para tachar la generala. Duelo, pero no hay otro remedio".







viernes, 7 de noviembre de 2014

En la punta de la birome


Una chica, loca y bella como un hada que pasa zumbando, transparente y de carne de mujer, chispeante, brillante, levantisca; una chica, digo, que vive en la última punta de la lapicera cuando se apoya contra el papel para escribir. La tensión de su vida es la presión sobre la bolita que al irse hacia adentro, deja salir la tinta, todo esto mientras se escribe rápido, línea tras línea, página a página. No tiene otra vida que esa, y esa vida es un remolino de tormentas planetarias, tropillas masivas de caballos corriendo por el desierto, nubes de galaxias que enceguece mirarlas. Su vida son novelas, una tras otra, tras otra, tras otra, mientras va en el subte, mientras escucha los chimentos de una amiga, mientras ve dos chicos entrando a una iglesia, mientras besa, mientras lee.


 


sábado, 1 de noviembre de 2014

San Pedro escucha nuestras súplicas






La flecha apunta a un poste al lado de una fuente.
El poste tiene sólo un botón verde.
Apretás el botón y te disolvés.

La quiebra de las empresas de jubilación privada.
La quiebra de los geriátricos.
La quiebra de las funerarias.
La quiebra de los sistemas de salud que te mantienen "vivo" durante 15 años enchufado a 12 cables y 22 aparatos.


San Pedro es nuestra salvación.