sábado, 21 de marzo de 2015

Los otoños


Nunca sé cuándo empieza el verano, el invierno ni la primavera —y eso que la primavera tiene su marketing. Me entero que ya empezó, o lo escucho o lo veo en el almanaque, pero no son señales de la Naturaleza a la que pertenecen las estaciones. No son indicios reales.
En cambio, el Otoño, personaje triste, digno, mustio y solemne, siempre se me presenta con formalidad. Como si tocaran el timbre (“¿quién será, a esta hora, hoy? No espero a nadie…”) y allí estuviera él, muy parado, frontal y taciturno. “Buenos días, vengo a presentarme: soy el Otoño. Usted ha conocido a mis predecesores. Vengo a quedarme un tiempo. Pese a mi carácter melancólico, espero que pueda darle algunos buenos momentos”.
Muchos otoños se han presentado con una tormenta. Empiezan las tormentas locas al final del verano, hasta que algunas empiezan a madurar y amagan con dejar el frío, pero no, al agua y a un fresco pasajero sigue un calor que tiene todo lo peor del calor malo del verano: pesado, bruto, húmedo, incesante. Y cuando uno ya piensa que así será todo el año, entonces viene otra tormenta, una más, que quizás dura un más que las anteriores, y con un frío interior que se acomoda, se instala, y cuando pasa la tormenta, ya queda, naturalmente, como si siempre hubiese existido.
Me gusta mucho la llegada del otoño. Nos hemos hecho amigos. La verdad es que sí espero el momento en que me toque el timbre. Este año se ha presentado no con una tormenta, sino con este viento pampero impetuoso que llegó con puntualidad autoritaria para limpiar todo. Y a nadie le han quedado dudas de que llegó.

Quisiera que me quedaran muchísimos otoños. Quizás no me queden tantos. Quizás pueda calcular cuántos —prefiero no hacerlo. Seguramente pueda contarlos.





jueves, 19 de marzo de 2015

Sin apuro


Un jugador cachorrito confunde la velocidad con la tensión.


Pero todos los novatos, atolondrados, torpes del mundo, allí tienen a Riquelme, que toda su larga carrera insistió en que aprendieran que la rapidez no está ligada con la desesperación o siquiera el apuro, sino que se logra con lo contrario, la calma tomarse el tiempo, jugar con el ocio.




sábado, 7 de marzo de 2015

Las mariposas y la solterona. Textos de Irina Ng

Admiro a mi hija.
Los otros días me mostró algunas cosas que está escribiendo. Me autorizó a compartir en este blog estos dos textos.


Las mariposas surgían de las vías del tren. De pronto, salían una, dos, revoloteando, dando vueltas entre sí, vuelta naranja y negro, naranja y negro,. Puntos brillantes bajo el sol, subiendo primero por el andén y finalmente por los árboles y edificios. Y suena la campanilla que anuncia la venida del tren de las mariposas.


*     *     *

Era un pueblo tranquilo. Te lo digo yo. Te lo dice el librero. Te lo dice la joven viuda. Te lo dice el viejo de los dientes. Te lo dice la señora que vende animalitos de caramelo; y te lo dice la solterona eterna.
Habíase creado en paz, desarrollado en paz, y seguía en paz. Incluso cuando un hombre nació de un huevo, detrás de la panadería, seguimos en paz. Nada podía perturbarla. Así que, para no romper la sagrada tranquilidad pueblerina, decidió adoptarlo la solterona eterna. Si no lo hubiese hecho, seguramente habría revueltas, extrañezas, porque, ¿Qué ser humano nace de un huevo, y se comporta como tal? Alguien debía tomarlo como hijo, y criarlo como si fuese normal. De otra manera, quizá hubiésemos recordado con mayor avidez que nació de un huevo mientras caminaba por la calle, o quizá hubiese ido a otro pueblo y lo hubiese contado, y con eso, habría venido gente de otros países a revisar el pueblo. Y eso, habría interrumpido nuestra tranquilidad.


El caso es que esta solterona eterna, que soñaba con tener un hijo a su avanzada edad, sin necesidad de un hombre, logró su cometido. Apenas el pequeño nació detrás de la panadería, donde los hijos del panadero empollaban el huevo con la esperanza de obtener lagartijas o iguanas, ella lo adoptó.







viernes, 6 de marzo de 2015

Hable con él

En un sueño, entré por la ventana de la planta alta a una casa en un barrio de chalets. Había una revolución. Todo era un caos, no había gobierno, ya no había propiedad privada, todo se había subvertido. La calles estaban desiertas, salvo cuando aparecían algunas personas corriendo. Yo había andado todo el día y estaba agotado. Entré en un cuarto chiquito, con una cama individual, un ropero y una silla, y me tiré a dormir. Desperté (siempre dentro del sueño) en la última claridad del día, cuando ya nada se puede distinguir, y había una persona sentada en la silla, vestida de negro y con la cara negra. No me asusté, pero le pregunté quién era, y antes de que respondiera ya vi que era el Demonio. Me dijo que no era malo, que en algún momento los hombres tomaron su cara para ponerle imagen al Mal, pero él no tenía la culpa. Su tono de voz apacible me convenció y charlamos agradablemente durante un largo rato, hasta que volví a dormirme.



Zamba para no morir


La Zamba para no morir está hecha de un desgarro que ni el mismo autor de la letra, Hamlet Lima Quintana, ni los diferentes intérpretes que han cantado, han llegado a comprender. Un poco mejor comprendieron quienes hicieron la música, Norberto Jorge Ambrós y Héctor Alfredo Rosales.
El poema de Lima Quintana tiene toques inspirados en medio de una cantidad de convencionalidades. Dice “con el cuero asombrado me iré” y “Veo el campo (…) y estas ganas de amar”. Es un caso muy típico de un artista que consigue convocar algo suculento y luego le da forma con lo que tiene a mano, en general materia mediocre.
Entre los cantantes que hicieron versiones, abrió camino el estridente Hernán Figueroa Reyes, que entendió la zamba con todo lo que tenía, no más que una voz tersa y estridencia. Luego encuentro en youtube, que Abel Pintos hizo algo perfecto; más perfecta aún hay una rareza de L'Arpeggiata, formación de una austríaca Christina Pluhar que grabó con instrumentos barrocos una colección de temas folclóricos latinoamericanos, cantada por un soprano Vincenzo Capezzuto. León Gieco tiene una versión más cercana a la tragedia que es el asunto del tema. Y Mercedes Sosa hizo la mejor versión, que parece insuperable. Como muchas cosas que hizo ella, luego de escucharla no se sabe cómo podrá hacerse otra vez. Sin embargo, tiene el pecado insoportable de creer que la música es linda porque se la haga agradable.





miércoles, 25 de febrero de 2015

El sudafricano



No conozco el nombre de este señor. Lo sabe Romina, que ayer le hizo la ficha para registrarlo como socio de la Biblioteca.
Desde que armamos la Biblioteca en el Parador Retiro lo vemos. Cuando le pregunté por qué iba a dormir al Parador me dijo que estaba esperando que una empresa portuaria o naval volviera a contratarlo.
También me dijo que es sudafricano, de Ciudad del Cabo. Como habla en inglés, varias veces fui a ofrecerle libros en inglés, pero amablemente dijo que no podía aceptarlos, hasta anoche, que finalmente, consintió en llevarse The Old Man and the Sea.
Es de piel y cabellos muy oscuros, pero sus rasgos son caucásicos. Siempre está solo, leyendo algo. Nunca busca a nadie para charlar, pero siempre abandona lo que está haciendo para contestar cuando se le pregunta o pide algo. Cada vez que me acerqué a hablar, hemos tenido largas charlas. Nuestro tema favorito es el rugby. Me asombró mucho la pormenorizada información que tenía del seleccionado argentino. Cada vez que jugaron Los Pumas comentamos el partido.
Luego de que se ausentara un tiempo le pregunté qué le había pasado y me dijo que había estado en un hospital internado. "Mis pulmones", me dijo en inglés. Sigue tosiendo mucho. Quizás no esté en condiciones de trabajar en un barco. No sé qué será de él, en ese caso. Espero que estos días disfrute del libro de Hemingway, que cuenta la historia de un viejo pescador a quien nadie malquiere pero de quien sólo un muchachito se ocupa, y ni aún éste conoce su vida. El muchachito no sabe que el viejo navegó muchos mares en su brava juventud, y aunque ha charlado de temas que nadie hablaba con el viejo, como las hazañas del gran DiMaggio, el viejo no le contó de aquel sueño que muchas veces tenía, que tuvo una y otra vez en alta mar en los días que luchó con el magnífico pez espada hasta agotar todas sus fuerzas, y que vuelve a tener luego del fracaso final, para cerrar el libro: un sueño con leones, enormes leones que jugaban y retozaban en la arena de una playa como cachorros.

Fue Fernando, el a esta altura medio legendario Fernando, quien trajo de su fabulosa librería Libros Ref, esa novela.
Hizo un esfuerzo importante para poder estar en el Parador, en parte porque el sacudón que le da la realidad de casi doscientos tipos que la pelean por seguir, pese a que la vida se ha ensañado con ellos, le carga la consciencia de asuntos que no quiere pasar por alto.
Y todos los que mantienen la Biblioteca hacen un largo viaje cada vez que van, por un territorio dé vidas, amistades, empeños, abandonos, tragedias, amores, y vuelven heridos y más sólidos.

El lunes pasado fue un feriado de verano, que se chorreaba de caliente y desagradable, y les dije que no se obligaran a ir. Después me enteré de que Adri y Marcelo habían ido. Adri me mostró por qué: había un mensaje de Javi, uno de los muchachos que duermen en el Parador, que decía "ya faltan pocos minutos para que ustedes vengan".

martes, 24 de febrero de 2015

Siempre había una máquina más grande

En algún lugar del mundo está la máquina más grande que jamás se construyó.
Cada día extrae 240.000 toneladas de carbón, equivalente a un campo de fútbol excavado 30 veces hacia abajo, y que necesita ser transportado en 2.400 vagones de tren.
Cada día.
Mide 240 metros de largo, 106 de alto y 46 de ancho, pesa 12.804 toneladas y se desplaza con 12 juegos de orugas de 3,8 metros de ancho cada una.
Mi tía Chela dijo "tantos edificios y tantas máquinas que se están construyendo... todo el tiempo tengo miedo de que el planeta se caiga para abajo".