viernes, 22 de mayo de 2015

Mi prima Graciela, la que le gustan las facturas


Mi prima Graciela es bastante rellenita. Así dicen la mamá y mis otras tías.

Cuando llegan nuestros abuelos y paran en la casa que tienen de la calle Arenales, ella los va a visitar a la mañana temprano con una docena de facturas de la panadería Martínez.

Siempre que va de visita a la casa de un pariente lleva facturas.

Una amiga de ella se fue a vivir a Norteamérica y un día que volvió, contó que allá no hay facturas. Eso provocó un largo tema de conversación.

Yo creo que a mi prima Graciela lo que más le gusta son las facturas. Las ama.

Una vez me pidió que fuera a comprar y cuando abrió el paquete dijo “¡qué trajiste, nene!” Se enojó porque había llevado scons y medialunas.

“¡¡¡¿¿¿No trajiste ninguna con crema pastelera???!!! ¿Quién te enseñó a elegir facturas? ¡Qué inútil!”

¡¡¡Estaba recaliente!!!


Ese día conocí a la verdadera Graciela.




lunes, 18 de mayo de 2015

El día que Lévi-Strauss se tiró a dormir la siesta


Ya se nos fue mayo…
Se nos termina el otoño —y parece que nunca empezó, sólo amagó unos pocos días, porque hoy aún es verano…
Se nos va terminando la mitad del año —y ayer nomás era tan nuevito, que parecía que siempre iba a brillar…
Se nos arruinó el 2015, casi.
Este fluir del tiempo tan desquiciadamente acelerado me llena de congoja y me causa una angustia que no hay modo de reparar.
Y entonces me da por recordar los indios que conoció Lévi-Strauss en el Amazonas.
Gente que ¿qué hacía? Nada. La perfecta nada. No se peinaban ni se cortaban el pelo, sino que disfrutaban sus crenchas y sus piojos, porque los piojos eran ocasión de mimarse unos a otros.
No construían casas, no corrían el colectivo para no llegar tarde al trabajo, no iban de una ventanilla a la otra de la obra social, no pagaban penalidades por atrasarse en la cuota del seguro de vida, no iban a la reunión con el psicopedagogo que les informaría que su hijo tiene un síndrome de hiperactividad, no iban a la clínica veterinaria porque a su mascota le había salido un pequeño bulto preocupante.
Nada de eso.
No hacían nada.
Estaban tirados. Sobre la tierra de la selva.
Acostados, tocándose, apartando los niños con la mano para hacerse el amor, contándose historias y charloteando de un millón de cosas de realidades mucho mejores que la nuestra.
Se levantaban, sí: para ir y bajar un panal de avispas, molestarse un poco porque los picaron y luego traer la miel. Y se volvían a tirar, ahora embardunándose de miel.
O se levantaban para ir al baño, o para ir a tomar agua. O se levantaban porque estaban cansados de estar tirados.
Lévi-Strauss se afanó en entender cómo esos indios tenían su pensamiento estructurado. ¿Había algo con menos onda para hacer con esas personas?
Seguro que Lévi-Strauss también se divirtió un poco. Quizás, incluso, haya llegado a tirarse en el piso.






Monólogo final de 8 y 1/2

Le dice Guido a Luisa, su esposa:


Perdónenme, dulcísimas criaturas.
No lo había entendido. No lo sabía.
Es tan natural aceptarlas a ustedes, amarlas…
Y es tan simple.
Luisa, me siento liberado. Todo me parece bueno, tiene sentido, todo es verdad.
¡Cómo me gustaría poder explicar! Pero no sé cómo…
Ahora todo se vuelve como al principio, confuso.
Pero esta confusión soy yo, como soy y no como quisiera ser.
Ya no tengo miedo de decir la verdad, de decir lo que no sé, lo que busco y no he encontrado.
Sólo así me siento vivo.
No puedo mirar tus ojos fieles sin sentir vergüenza.
La vida es una fiesta, vivámosla juntos.

No sé qué más decirte, Luisa. Ni a vos ni a los demás.






domingo, 17 de mayo de 2015

Lo que vendrá


La vida entera te la pasás empujando hacia el Gran Estallido.

Parece que es lo único que querés.

Y cada vez que estás cerca, aflojás.

¿Por qué aflojás?

Porque lo que te gusta es esa sensación de se viene el estallido —ese burbujear en todas partes, los animales huyendo despavoridos, la ilusión de la revolución de la realidad, el temblor en el piso, el advenimiento de la Gran Destrucción y la Gran Construcción.

De eso que estás enamorado.

De eso que estás enamorado, no del estallido.

Amás la exquisita tensión del peligro, el riesgo, la amenaza.

Tu vida es lo que vendrá.






Bravo por ustedes

Los dos con lentes oscuros que les quedan perfectos, además con peinados exactos y recargados de estilo. La barba corta, la ropa, el color de piel, los tatuajes, todo hace juego. Están en plan domingo. Cada uno en una bicicleta impecable, uno flaco, de cuerpo trabajado, el otro delicadamente rellenito. El plan es bici, parque, mate, galletitas veganas que hicieron con ingredientes comprados en una feria orgánica y amor. Sin tensión, sin contradicción, sin conflicto. Han recorrido un largo camino, chicos.






viernes, 15 de mayo de 2015

En torno al agujero negro


Martín es nuestro amigo y no sé dónde está. Nos dicen otros pasajeros del Parador Nocturno que tuvo un ataque en la entrada, el jueves, y que lo llevaron al Hospital Fernández. El coordinador del lugar, el psicólogo, la gente de seguridad confirman. Pero no saben qué pasó después de que la ambulancia se lo llevara. Y nosotros no sabíamos nada.
¿Qué querré decir con "amigo"?
Martín es un pasajero que se volvió voluntario de la Biblioteca que hacemos en el Parador para que los que no tienen casa, por lo menos tengan mundos para leer.
Es epiléptico. Cuando tiene convulsiona, se cae para adelante y pega muchas veces la cara contra el piso.
No sabemos por qué no vive con el papá o la mamá —lo que los pasajeros no nos cuentan, por pudor no preguntamos.
Cuando nos contaron del ataque de epilepsia, lo culpaban. Uno dijo que Martín tiene invitación a un lugar donde lo controlarían, pero "prefiere andar por la calle". Otro puso en duda que le dijera al médico la verdad sobre cuántas pastillas estaba tomando.
Otro pasajero, luego de escuchar que acusaban a Martín, una vez que quedamos solos nos dijo: "este lugar no está preparado para alojar gente como ese chico. La otra vez tuvo el ataque en el baño y dejó un charco de sangre y nadie se animaba a tocarlo. Y tampoco puede estar acá el cieguito, ni este otro, que es retrasado. Nadie sabe cómo tratarlos. Los otros días el retrasado se puso a bailar y apareció un guardia furioso, que le gritó, sacado, y lo amenazó con echarlo del Parador. ¡Porque estaba bailando, y los otros se reían! ¿Te das cuenta que esa gente no está capacitada?"
El que bailaba me trajo varios libros hoy, unos libros llenos de ilustraciones. Como un chico me mostraba una página para que yo le preguntara "¿esto qué es?", "un oso", "¿y esto?", "tortuga", y así. Me trajo un libro tras otro. Estaba contento. Se había tomado el asunto como una tarea que debía cumplir. Tenía una expresión angelical, la más pura de todo el Parador, en su cara gigante de hombre de 40 años.
Hay noches que voy al Parador, que me parecen de una sordidez eterna. Quizás me contagio de los pasajeros el estado de tiesura de terror por caer a un vacío infinito.
Hace un rato salimos del lugar y veníamos caminando con Marcelo, uno de los compañeros bibliotecarios, por las calles de alrededor, que no tienen luz, por la que andan caminando los bultos de unas personas a las que no se puede distinguir. Esas calles son uno de los agujeros negros de Buenos Aires. Charlábamos, como siempre, para atravesar esas cuadras. En un momento se me hizo un nudo en la garganta cuando nos pusimos a pensar a qué venimos al Parador Nocturno.  Yo le decía que podíamos estar con nuestras familias, calentitos en nuestras casas, pasándola con amigos, en un cine, un pub, un teatro, y en cambio estábamos en ese galpón que nuestra sociedad reserva para amontonar allí dentro sus fracasos, como un rincón donde se acumulan los trastos que se rompen para arreglarlos “algún día”. Le pregunté a Marcelo si creía que somos unos arrogantes que vamos a la Biblioteca para presumir de salvadores de almas perdidas, y él me dijo que no. Me dijo que vamos porque por una vez hacemos lo que pensamos, y eso nos hace sólidos, y nos arma, nos pone de pie, y que así macizos somos mejores padres, mejores amigos, mejores hermanos, y que aunque no nos demos cuenta, transmitimos eso que hacemos a los pasajeros del Parador Nocturno a través de los libros que prestamos, aconsejando tal o cual lectura, escuchando a alguien que tiene una necesidad desesperada de habla, de ser alojado, de ser escuchado para no deshacerse.
Nos despedimos cuando llegó el colectivo que me sacaría de allí. Nos dimos un abrazo y Marcelo se fue a esperar su colectivo.
La semana que viene volveremos al Parador, a hacer la Biblioteca.





miércoles, 13 de mayo de 2015

Emoticoneros, los nuevos artistas


Hay quien está convencido de que el asunto humano empieza con el lenguaje.

Adán iba creando la Naturaleza al inventar nombres para las criaturas y plantas y cosas.

Papá adquiere forma, entidad, desde que aprendo a escuchar y a decir "papá".

Chucho es Chucho porque se llama Chucho.

Etcétera. Papo conocido en la lingüística, el psicoanálisis, todo eso.

La existencia, la realidad existe en tanto realidad porque la nombramos.

Hay quien está convencido de que el lenguaje crea aquello que otros están convencidos de que el lenguaje expresa.

Yo me inclino bastante por los primeros. Y pienso en los emoticones. Alguien en algún momento pensará seriamente en los emoticones. Una parte de mí los considera atajos para escribir menos, una niñería, un subproducto nefasto de las nuevas comunicaciones que imponen el facilismo, la tilinguería, la superficialidad.

Pero otra parte de mí sospecha que los emoticones enseñan los estados anímicos, las reacciones, los sentimientos. Una paleta muy elemental tendrá emoticones que más bien expresan: alegría, tristeza, mucha alegría, etc. Pero esas paletas ya quedaron atrás. Los actuales tienen una cantidad de emoticones que los adultos descartamos porque no sabemos interpretar -"esta carita no sé qué quiere decir". Pero los más chicos no descartan lo que no conocen, porque hay demasiadas cosas que no conocen; antes bien las aprenden. Entonces, así como aprenden la palabra "suscitar", aprenden un determinado emoticón, que en principio le era igual de desconocido.

¿Y quién les enseña a sentir a los chicos a través de los emoticones? El creador del emoticón.

Piensen en ese personaje. Nos resulta completamente anónimo. Quizás sea un adulto (eso nos suena algo perverso), o un adolescente (lo que nos suena bastante ajeno). ¿Serán mujeres? ¿Serán equipos? ¿serán máquinas? ¿serán nerds de la computación? ¿serán artistas contratados por empresas de las nuevas comunicaciones? ¿serán psicólogos, sociólogos, antropólogos, comunicólogos?

Todo un mundo que parece demasiado desconocido por demasiado nuevo.

Pero nada de esto es nuevo.

La fidelidad a un amigo puede no volver a ser la misma, puede cambiar para siempre, una nueva fidelidad puede ser creada en una persona luego de leer la Elegía de Miguel Hernández.

Y no había ningún emoticón involucrado.

Miles de tipos aprendieron a ser románticos duros con Humphrey Bogart.

Y no había ningún emoticón involucrado.

Quizás sí hubiera la reflexión de cómo un poema, una novela, una película, una sinfonía crean nuevos estados de ánimo, nuevas maneras de ser y sentir, nuevos sentidos, nuevas formas de ver la vida.

Como ahora pareciera que nadie percibe que es exactamente eso lo que producen los emoticones.

Prestaré atención, por tanto, a sus autores, que se perfilan para ser los verdaderos artistas de este momento, mucho más que Picasso, con sus cuadros de 179 millones de dólares.