domingo, 10 de mayo de 2020

Amsterdam


Vamos a sentir la brutalidad más cruda en unos sujetos. Elegimos hombres, marineros. Panzones. Sucios. Degenerados. Los hacemos dormir, los hacemos beber cerveza hasta reventar, comer pescado y eructar, mientras se suben la bragueta tambaleándose. Los hacemos cantar borrachos y los hacemos bailar. Los ponemos con putas, a quienes les refriegan sus panzas mientras bailan. Humanidades bestiales, cuerpos groseros, la tosquedad más desagradable, en un estado que ha sepultado cualquier atisbo de conciencia. Son la más oscura animalidad.
Pero ¿por qué? ¿Por qué han caído a ese estado mugriento, repugnante? ¿Y por qué Jacques Brel le hace una canción a esa pesada inmundicia?
Esos monstruos compran con una moneda la virtud de las “damas”, y ven cómo otros compran sus “bonitos cuerpos”.
“Damas” de “bonitos cuerpos”, dice Jacques Brel en la canción Amsterdam, y habla desde la abombada consciencia de los atroces marineros.
¿Por qué el sarcasmo? Porque esos brutos pueden soportar todo, pero quizás no terminen de digerir que esas chicas, esas señoras, tengan que someterse al horrible engendro en que ellos se han convertido.

En una canción la letra sin la música y la música sin la letra deberían perder el sentido que han atrapado formando una sola cosa.
Les dejo la letra de Amsterdam, pero verán que leída como un poema es anodina, a lo sumo costumbrista, pero cuando la canta Brel, todo se entiende.




viernes, 8 de mayo de 2020

Admiración




Admiro nomás a los que doman los animales en los que su alma pone el ojo.



Un judío


En la serie Shtisel un artista se compromete a entregar obra y no cumple.
El artista es un joven judío ultraortodoxo con una intensa vocación por la pintura. Entre su empeño por pintar y el destino, se ha ganado el favor de un mecenazgo, pero su novia, una chiquilla de 23 años, se opone a su proyecto de vida y le anuncia que no se casará con él si no abandona el arte.
El muchacho se somete a la condición de su novia y entonces ella, sin avisarle, va a hablar con el galerista con el que él tiene el compromiso.
Le explica que su novio dejará de pintar algunos años.
Azorado, el galerista le pregunta por qué y ella le refiere la historia de su papá, un tipo completamente mundano, gobernado por la ambición del dinero.
La chica cuenta que desde que ella lo conoce, su papá tenía una pasión vehemente por la música. Puntualmente, todos los días escuchaba la Quinta Sinfonía de Mahler.
Un día ella llegó a la casa, y para su horror descubrió que el cassette donde estaba la sinfonía estaba en blanco.
Le preguntó el padre y el padre le dijo que la había borrado.
“Un judío debe saber cuándo se va a ahogar en algo”, le dijo la chica al galerista.
No es que la frase no me parezca prudente, pero quedo preguntándome qué es un judío.






jueves, 7 de mayo de 2020

No llores por mí Argentina, en Lanzhou



En Buenos Aires éramos compinches con Polo, Ziqian Feng. Cuando estaba por viajar a China por primera vez, le conté que visitaría Lanzhou, su ciudad. Con la hospitalidad asombrosa de los chinos, él habló con sus padres para que me recibieran allí.
Eran gente maravillosa, de una buena voluntad que me desarmaba. Estaban más felices que yo de recibirme. Me dieron un departamento y Feng Zheng, el papá, se tomó unos días en el trabajo para llevarme a conocer Xiahe, donde se concentraba la mayor cantidad de templos budistas de China, fuera de Lhasa, capital del Tibet.
Antes de partir, me invitaron a comer en su preciosa casa, donde vivían con el papá de la señora, un anciano muy honorable, a quien trataban con una dulce devoción.
Mientras la señora preparaba la comida, Feng Zhen me mostró algunas reliquias que había ido adquiriendo en Xiahe. Nos comunicábamos por señas y con muy pocas palabras, porque él sólo hablaba chino, idioma que ignoro lastimosamente. Sin embargo, de alguna manera nos comprendíamos, de modo que yo podía ir sabiendo qué piezas eran las que me mostraba y su valor histórico.
En el recorrido por sus colecciones, en la medida en que sentíamos que el idioma no era un impedimento para nuestra empatía, nos fuimos alegrando más y más de estar juntos.
Ese sentimiento de camaradería alcanzó un pico cuando llegamos a su biblioteca y fue sacando, una tras otra, ¡siete biografías del Che Guevara!
Llegué a decirle que había vivido en Cuba, y entonces hicimos grandes exclamaciones, y él me abrazó. Nos miramos con los ojos brillantes de dicha.
Al almuerzo llegó un amigo de Feng Zhen, Feng Qiu, quien en un inglés muy rudimentario consiguió decirme que iríamos los tres juntos en el viaje, y que él sería el traductor.
También me dijo que trabajaba como policía y que estaba estudiando derecho. Dos años después me enteraría de que había terminado la carrera y había abandonado el cuerpo policial para dedicarse a la abogacía.



Ese mismo día salimos en la camioneta de Feng Zhen a Xiahe, que quedaba en el sur de la provincia en la que estábamos, Gansu. Fue un viaje increíble, en el que la amistad se nos fue mezclando con templos budistas de miles de años, montañas esculpidas en forma de terrazas de cultivo que habían sostenido a la población durante siglos y ahora estaban desertificadas, pequeños pueblos donde viven chinos musulmanes, de pocas casas pobres y mezquitas palaciegas que brillaban como joyas bajo el sol, y enormes paisajes monocromos en los que aquí y allí estaballaban lejanos conjuntos multicolor de banderas budistas.
Durante cinco días recorrimos muchos kilómetros y nos metimos en todas partes; dormimos en cualquier lugar y comimos la comida regional, que le resultaba extraña incluso a ellos. Cuando pensé que no podíamos ir más lejos dentro de China, Feng Zhen anunció que entraríamos en la provincia de Qinghai para visitar a unos amigos suyos.
Sus amigos eran pastores nómades. Marchamos largas distancias por las montañas, en camioneta hasta donde pudimos llegar y luego caminando. Al final dimos con los pastores que buscábamos. La ladera de una montaña parecía tener una nube blanca dispersa: eran sus ovejas. Nos invitaron a tomar té con leche fuera de su carpa, hablaron mucho, siempre riéndose, con sus caras marrones oscuras por el sol directo, igual que la gente del altiplano.
Luego entramos a la carpa donde la familia vivía y nos acomodamos sobre unos almohadones muy confortables. Habíamos andado mucho, con mucho frío en ese aire puro y excesivo de las montañas. Sentirnos en un lugar tan placentero, tibiecito por el calor que emanaba de un fogón en el centro de la carpa, fue una delicia. La charla se me volvió un arrullo y me quedé dormido sin darme cuenta. Soñé algo intenso y me desperté de golpe. Vi los niños mirándonos seriamente, percibí ese olor reconcentrado de hollín y grasa, observé a los adultos charlando sin parar, recorrí con la mirada los enseres de los nómades, antiquísimos, y sentí que estábamos en un tiempo eterno.
Fue un momento de mi largo viaje de dos meses, en que toqué fondo. Hice contacto con una realidad última.
Sentí que mi amigo sabría que me pasaría lo que me estaba pasando, y pensé que por eso me llevó hasta allí.


El regreso fue algo desconsolado. Los tres hubiéramos querido quedarnos más tiempo, en aquellos lugares y también queríamos seguir juntos.
La tarde en que llegamos la señora nos esperaba en un magnífico restaurante en Lanzhou. Además de nosotros, llegó una cantidad nutrida de amigos que el matrimonio había invitado para que conocieran a un periodista que había viajado de muy lejos para conocer la tierra de sus ancestros. Para ellos, era un acontecimiento.
Algunos hablaban algunas palabras en inglés, con lo que la comunicación fluyó bastante bien. Fluyó tanto como el baijiu, licor chino de alta gradación alcohólica que se bebe de breves traguitos, pero durante horas, de modo que la alegría y desinhibición de los comensales crece, mientras la amistad se exacerba.
Es lo que sucedió aquella noche, que era mi despedida de Lanzhou y de aquella gente maravillosa.
Yo estaba feliz y a la vez sentía tristeza en mi interior. Esas personas, puras y buenas, se había convertido en mi gente, y no sabía si alguna vez volvería a verlas.
Entonces, siguiendo la tradición, el amigo Feng Qiu invitó a que cantáramos. Se exaltaron y comenzaron a cantar antiguas canciones que todos conocían, entre brindis, abrazos y risas.
En un momento alguien me señaló y dijo algo. Feng Qiu me tradujo:
— Dicen que quieren escucharte cantar una canción de tu país.
El pedido me tomó por sorpresa. No tenía idea de qué podría cantarles, si una canción de Charly García, una zamba, o tal vez la Marcha de San Lorenzo.
Me apuraron y entonces se me ocurrió que quizás alguno de ellos podía haber visto la película Evita, y entonces si yo cantara No llores por mí Argentina, haría la conexión.
En un rapto de inspiración, además, le pregunté a Feng Qiu, que era el que cantaba más fuerte y con más vocación, si la conocía. Dijo que no, pero cuando empecé a cantarla gritó:
— Yes! Yes! —y empezamos a cantarla juntos.
Los dos recordábamos sólo el estribillo, así que lo cantamos varias veces, abrazados, a veces mirándonos, con una mano moviendo un vasito con el temible baijiu, primero tímidamente, luego con toda la voz.
Ahí estabas, entonces, Eva, mi amor, en el fondo de la China, entre platos con pescados enteros y mariscos gigantes, entre chinos que fueron a conocer un argentino, entre vapores de baijiu, entre sopas de oveja, bocadillos de algas y orejas de cerdo; allí nos tenías, cantando y abrazados, sudorosos, descamisados, felices y unidos por vos.





Buenos Aires, 8 de mayo de 2020

Por favor no me digas eso

Por favor, no me digas que querés coger conmigo.
Decime que querés cocinarme.
Decime que querés acompañarme a comprarme zapatillas.
Decime que querés leerme un cuento.
Decime que querés caminar conmigo.
Pero no me digas que querés coger conmigo.
(Los días con Zoe, Aluminé Peralta)

Bienaventurados






No es posible decir que la película Yesterday (2019) sea buena, pero tiene una idea interesante.
Ocurre algo que hace que The Beatles queden borrados de la historia de la humanidad. Ubicada en el presente, sólo recuerda sus canciones un pibe que es buen músico, pero fracasado, y entonces de la noche a la mañana se vuelve la mayor estrella de la música del mundo, cantando las canciones de The Beatles
En un momento aparecen otras dos personas que también recuerdan a la banda. Cuando se le presentan, el chico se asusta, pero le dicen "no estamos enojados con vos, al contrario. Nosotros no somos músicos, vos quedaste encargado de darle al mundo esa música que el mundo perdió".
A fines del siglo XIX el catalán Pau Casals descubrió unas obras perdidas de Bach (suites para violonchelo solo, BWV 1007-1012), que resultaron unas obras maravillosas entre todas las de la historia de la música.
Bienaventurados los que comparten los que tienen.



lunes, 4 de mayo de 2020

Todos esos cuentos de Shtisel




Creo que entre la trama y los acontecimientos hay un diálogo.
Para algunos, la armonía se evidencia en que el lector o espectador no percibe ni la trama ni los acontecimientos.
Pero en el caso de algunos relatos de la tradición judía pareciera que se quiere destacar la anécdota, como si se dijera: "a nosotros nos gustan las anécdotas".
Es algo tan visible en la serie Shtisel como lo fue en la película Los gauchos judíos, basada en una cantidad de anécdotas que escribió Alberto Gerchunoff a principios del siglo XX.
Hace unos años me tocó andar por los lugares de EntreRíos donde se asentó la colonia judía rusa en la segunda mitad del siglo XIX. Fue una de las recorridas más emocionantes que hice en Argentina, porque hice contacto no con la belleza del paisaje, ni con el placer del descanso que me deparaba, ni el asombro por la cultura, sino que hice contacto con la pertenencia. Me metí en un cementerio casi abandonado, y entre los apellidos que fui leyendo había muchos conocidos. Quizás allí estaban enterrados bisabuelos o tatarabuelos de compañeros míos de la universidad. Me fue de allí con una necesidad muy grande de abrazar a alguien.
Y eso que de judío no tengo más que algún amor pasado (pero no cualquiera; mi mamá me decía: “ella es para vos, y vos lo sabés”). Pero pienso que el modo de vivir el mundo y sobre todo de vivir a las personas que tienen judíos y cristianos va más allá de la cuestión religiosa, y que ambos han marcado tan fuerte la Argentina, que así como todos los judíos que se criaron en Argentina, tienen algo de cristiano, todos los cristianos tenemos algo de judío.
La zona de la vieja colonia judía en Entre Ríos que conocí era donde ocurrieron todas las historias que contó Alberto Gerchunoff. Casi cien años después, Juan José Jusid hizo con esas historias Los gauchos judíos. De la misma forma que yo podía distinguir en la película los acontecimientos referidos por Gerchunoff, apenas modificados en función de la trama, puedo distinguirlos en Shtisel. Me siento amigo de Ori Elon y de Yehonatan Indursky, dos chicos que han urdido el guión.