jueves, 13 de agosto de 2020

Episodio con poetas

"Jamás querría ni quise herir a nadie, menos aún a los los poetas. Lejos está mi ser sensible de ello", dijo ayer la presidenta del Fondo Nacional de las Artes.

Así pidió disculpas por haber dicho que los poetas pusieron el grito en el cielo porque este año no habrá dinero para poetas .

"Están acostumbrados a que el Fondo es una especie de proveedor permanente", había dicho.

Quizás es un poco triste para mi mamá, pero hablo desde la impunidad que me da no existir, sabiendo que este comentario llegará en esta red cualunque, que muchos no soportan por grasa, a 74 personas y será leído por 14, de los cuales 1 se interesará.

Desde la asquerosa impunidad que me da el anonimato, quiero decir que una persona que se llame a sí misma "poeta" me hace aparecer inmediatamente la imagen de una batata vestida con el atuendo de un juez inglés, con la peluca y todo.

Hay personas que necesitan decir cosas, a quienes los cosas las urgen a que las escriba, y que tienen una aplicación fuerte en la manera de escribirlas, hasta que las palabras se les transforman en seres. Escriben, así, en una piedra, en el caparazón de un animal, en un papel, en la arena, en un iPad.

Muchas de esas inscripciones quedan en soledad total hasta que las barre el tiempo. Algunas son leídas por otras personas, la mayoría de las cuales sigue de largo pensando en otra cosa, salvo algunas pocas, inspiradas, más inspiradas que aquellas que escribieron, que al leer las palabras escritas crean un mundo.

Este será el verdadero momento mágico.

 

Y siento, en mi triste anonimato, que nada más alejado de esta pequeña historia, que una persona que tenga la pretensión tan triste y patética que se moriría de vergüenza si se mirara al espejo, de ser reconocida como "poeta".

Si además se entrega al gozo de odiar porque no le pagan por eso, creería estar asistiendo a un brote psicótico.


El encuentro con el libro

Un amigo quiere publicar un libro.

Me pregunta qué me parece.

Charlamos, le cuento mi experiencia con mi librito Mariposa de Otoño:

que creí que el fin del proceso hasta el libro era todo lo que se hacía hasta que el libro salía de la imprenta,

pero que me equivoqué de pé a pá,

porque esa es la parición del libro.

A partir de ese momento, el libro empieza su vida.

Entonces me atreví a decirle a mi amigo que quizás le convenía pensar a quién quiere que llegue, primero,

y segundo adónde imagina que irá a parar,

y pensar la forma del libro (todo: tapa, título, papel, imágenes, tamaño, edición e incluso el texto) desde ese deseo e intuición.

El libro no existirá realmente hasta que se encuentre con alguien.

 

 

Gracias Gisela por la foto.
Gracias por la foto Gisela, y gracias a la sacrificada modelo.

martes, 11 de agosto de 2020

La distribución de los chanchos

 

Cómo me gustó SimCity la primera vez que lo jugué, hace 30 años. Hice una sociedad de 50 millones de habitantes, que contaba con 2,78 millones de kilómetros cuadrados, por lo que a cada persona le correspondían 5,6 hectáreas, de las cuales 0,62 hectáreas eran de buena tierra, en la que se podrían producir alimentos para varias personas, sin contar los pescados, mariscos y algas que podían pescar, cosechar o cultivar en el mar, lagunas y ríos.

Argentina tiene esas proporciones y con lo que produce actualmente podría alimentar entre 600 y 800 millones de personas.

El hecho de que teniendo una población de sólo 50 millones, haya una proporción enorme de pobres que ni siquiera comen bien demuestra que la distribución de las riquezas es un mamarracho.

Si fuera repartida con un mínimo de sentido de la decencia, la riqueza que genera Argentina, aún a medio industrializarse, debería garantizar una muy buena vida a todos sus pocos habitantes.

Ahora ha surgido un proyecto de producción de chanchos con la inversión y la venta garantizada por China.

Algunos empresarios y políticos lo bancan, pero se ha levantado una nube de opositores. Para aportar a esta discusión quiero presentar este razonamiento.

*          *          *

Los términos que conforman el esquema de consumo son: recursos (riquezas), personas y lo que conecta a recursos y personas, que es la distribución.

Los recursos son creados, en mayor o menos cantidad, más o menos sofisticados, aplicándose en ellos más o menos medios y más o menos trabajo.

Las personas tienen necesidades y deseos. Hasta cierto punto, el límite es difuso, pero las necesidades son más aptas para ser cuantificadas, de modo que es posible cierta adecuación entre algunos recursos y algunas necesidades.

Entre los recursos a las personas media la distribución. Ésta puede ser igualitaria (cada persona recibe lo mismo), equitativa (cada persona recibe lo que necesita) o injusta (algunos reciben más de lo que necesitan, otros menos).

Con este simple esquema es posible comprobar por qué la idea del desarrollo económico en un país con pobres puede ser percibida como indispensable o como una táctica de explotación: si la distribución es equitativa, el desarrollo beneficiará a todos, si es injusta, mantendrá o profundizará la desigualdad, y por tanto la pobreza.

Esto no es SimCity: no es un esquema teórico, sino lo que sucede en la realidad.

Todo desarrollo es beneficioso para una sociedad si los recursos creados son distribuidos de modo equitativo.

El desarrollo fue bueno para China porque el sistema socialista generó una distribución muy equitativa.

El desarrollo basado en la producción de bananas fue malo para Panamá porque los beneficios quedaron concentrados en muy pocas personas.

Si la distribución es injusta, el desarrollo o no sirve, o será perjudicial para gran parte o la mayoría de la sociedad.

Si la distribución es equitativa, podría suceder que el desarrollo no fuera necesario.

Si para una sociedad con pobres se plantea un proyecto de desarrollo como el de las granjas de cerdos, a lo que debería prestarse atención, ante todo —si se busca que todos estén bien—, es al modo en que serán distribuidos los recursos que genere.

Quienes no mencionen el tema de la distribución son aquellos que se beneficiarán más de lo que se beneficiarían si la distribución fuera equitativa.

 


lunes, 10 de agosto de 2020

Los pequeñitos yo en los ojos de los demás

 

 

Me gusta mirarme en los ojos de las demás personas.

Los otros son espejos.

Mi mente se enfoca en los dos pequeños yo que veo cuando miro a otra persona a los ojos.

Pero esos yo no son todos iguales. Hay grandes diferencias entre los yo que veo reflejados en los ojos de los demás.

En la mayoría, no me reconozco.

En algunas personas sí. Soy más yo.

Y en el yo que se refleja en Mara, puedo ver las verdades de mí que no encuentro cuando me observo solo, aunque tenga todo el tiempo del mundo, en el espejo.

Necesito verla cada tanto, para no perderme. Pienso que si alguna vez pasara demasiado tiempo sin verla, yo dejaría de existir.

De algún modo, le pertenezco.

Y mirándome, me da pertenencia.

sábado, 8 de agosto de 2020

Cómo entender que los chinos aprueben a su gobierno

1. Un centro de estudios de la Universidad de Harvard detectó que los chinos aprueban la acción de su gobierno de manera enorme y creciente.

¿Esto a qué se debe?

 

2. Fue un presidente norteamericano, John Fitzgerald Kennedy, quien dijo: “dejen de pensar qué es lo que su país puede hacer por ustedes y empiecen a pensar qué pueden hacer ustedes por su país”.

 

3. Ahora bien, en los primeros días de la guerra de Malvinas, me anoté como voluntario. (Qué mal entré en esa curva).

Si pienso qué hago hoy por mi país, pienso en que pago mis impuestos, aporto la parte del territorio argentino que me corresponde, invierto algo de mi capital y obedezco las leyes.

Pero ¿a quién beneficio?

Al país, claro, pero ¿qué es el país?

¿Es lo mismo aquel Estados Unidos de Kennedy, que el actual de Trump?

¿Es lo mismo la legendaria Islandia que El Salvador?

¿Es lo mismo Brasil que Nueva Zelanda?

Un aspecto que diferencia a los países es cómo se reparten las ganancias que generan sus recursos —sus capitales, el trabajo de la gente, sus recursos naturales.

No es lo mismo un país como Cuba, que reparte de un modo muy equitativo (aunque es obvio que la equidad no es perfecta) entre toda su población, que un país como Chile, que tiene una clase millonaria y una masa general de pobres.

Aportando impuestos, trabajo, la parte que me corresponde de las riquezas naturales, capital y obedeciendo las leyes de Argentina, ¿a quiénes beneficio?

Como del total de la riqueza, una parte sustancial va a parar a unas pocas manos, pues a esas manos va la parte sustancial de mi aporte.

Eso es mi país.

Eso es Argentina.

No me cuesta entender mi poco entusiasmo cuando pienso en qué puedo hacer yo por mi país.

La mayor parte de lo que yo hago por mi país va a parar a esos yates grandes como edificios que he visto sólo alguna vez, a las cuentas que algunos tienen en Panamá, a mantener los hijos de tal familia que están estudiando en Londres, a pagarle la cocaína al marido de la heredera de la corporación mediática.

Pero si supiera que a ellos fuera una parte mínima de lo que produzco, de mi “ponerle el hombro a la Patria”, mientras que la mayor parte se distribuyera de manera equitativa en todo el resto de la población, y eso contribuyera a que ya no haya familias que viven en un toldo al lado de una vía del tren, a que los presos no mueran de tuberculosis en la cárcel, a que la gente no tenga que irse de su lugar hacia una villa miseria de Rosario, a que unos hermanitos no se tengan que quedar en la casa en vez de ir a la escuela porque la abuela que los cría está enferma, si ese fuera el caso, creo que contribuiría con ganas.

Y si un gobierno, aunque fuera un mamarracho de defectos, garantizara esa justicia social, tendría mi aprobación.

.

Fuera de la sumisión por la fuerza, más allá del lavado de cerebro, además de la obediencia que la ética confuciana graba en el adn de los chinos, creo que esto es lo que explica que los chinos apoyen masivamente la gestión de su gobierno.




viernes, 7 de agosto de 2020

Don León Guruciaga

Crecí en San Nicolás, una ciudad que tenía dos categorías de personas: los dueños y los demás.

Los demás habían llegado en olas migratorias -genoveses, vascos, gallegos, provincianos, bolivianos.

No hace falta que diga que los dueños han aborrecido y aborrecen con asco a los demás.

Los dueños saben todo de la ciudad.

Son dueños de la información.

Y de las decisiones.

Y de la mayor parte de las propiedades: campos, empresas, edificios, casas.

Mi familia estaba compuesta por inmigrantes.

Nuestros padres no nos enseñaron quién era aquel hombre León Guruciaga a cuya memoria estaba dedicada la calle donde vivíamos. No lo sabían.

Estoy seguro de que si hablara con alguien del círculo de los dueños, descubriría que conoce vida y obra del tal León Guruciaga, la que está en los libros de historia de la ciudad y sobre todo la que no, la que sólo conocen los de adentro.

Pero nuestros padres no sabían ni siquiera lo que dicen los libros de historia.

Ninguno de los hijos de los demás sabe nada de la historia de la ciudad.

Ni siquiera se la enseñan en la escuela.

Nuestros padres tampoco crearon un jardín en las casas donde vivimos, ni hicieron de las casas lugares lindos donde vivir cómodamente.

No teníamos casa propia, siempre alquilábamos, y, claro, uno no termina de apropiarse del lugar que alquila.

Los demás no terminan de apropiarse de aquella ciudad.

Les está prohibido.

La ciudad ya tiene sus dueños.

 

Add caption

El día que mi mamá vio una porno

 Mi mamá se llevaba pocos días de diferencia con John Lennon. Si hubiera nacido en otro lugar, quizás hubiera sido una hippie.

Amor libre, pelos, marihuana, paz, flores.

Conozco gente de mi edad que tiene fotos de sus padres disfrazados de ropa de colores, vinchas, descalzos. bailando o meditando.

Pero mi mamá se crió en una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires, en el campo, en una familia pobre, escuchando zambas por la radio, en un ambiente que festejaba a los militares —tanto, que todavía los festeja.

La Marcha de la bronca no tenía mucho lugar en aquel mundo, Y sin embargo algo de la juventud se había infiltrado en mi mamá, lo que la hacía siempre entusiasta y alegre.

 

Una vez vio una porno. No recuerdo cómo lo mencionó, pero yo, que tendría unos 25 años, pensé que era algo muy divertido. Estaba claro que ella no consumía porno, sino que había visto una película.

Le pedí su opinión: estaba indignadísima. Entendí que era por la asquerosidad de la película, y me dispuse a escuchar su proclama de condena moral, pero sólo gritó: “Era algo que no tenía nada que ver con el sexo, ¡era una cosa ginecológica!”

 

Es un gran regalo haber tenido una madre divertida. Otros, cuando piensan en su viejita, la ven planchándole los pantalones al parásito de su marido, o recuerdan una mujer a punto de morir de cansada, pero yo recuerdo a mi mamá cuando regresaba del hospital, de una operación, y se ponía a relatarnos los detalles de lo que había sucedido en el quirófano, como si fuera un western.

 

 

Add caption