sábado, 30 de noviembre de 2019

El Día del Mate en el mundo de China


En esta nota Ezequiel de Freijo demuestra que “en el largo plazo el crecimiento de la economía argentina está notablemente ligada al crecimiento de la producción agrícola”.
Podría estar a favor de que nos dejemos de pensar en un sino histórico de industrializarnos y, mirando el futuro, nos dediquemos sólo a la agricultura.
Ustedes han escuchado mil veces frases como esta (esta es de Young Kong, presidente del Grupo Bloque Asia): “Estamos viviendo la decadencia de Occidente y el resurgimiento de Asia. América y Europa en su totalidad son 1.500 millones de población, pero en China hay 1.800 millones y otros 1.300 millones en India. Van a necesitar cada vez más alimentos, y ¿de dónde los van a sacar? De Brasil y de Argentina”.
El sino histórico de la industrialización era un vector contra la dependencia imperialista dentro de otro orden mundial.
Vamos entrando en uno nuevo, y entonces renace el antiimperialismo, ahora en resguardo de China, porque el orden será otro, pero la función de Argentina sería calcada a la anterior.

Bien. Esta disyuntiva Argentina-granero del Imperio vs. Argentina-autosuficiente es una disyuntiva excluyente que tiene como presupuesto el mandato moderno del desarrollo.
Desde que fue eliminado de la Marcha Peronista el verso "combatiendo al capital", las dos alternativas son modelos que tienen como premisa el desarrollo.
Llegar lo más lejos posible lo antes posible.

No quisiera descartar que uno de los factores por los cuales ni un modelo ni el otro nos llevó a ser Australia, Nueva Zelanda o Sudáfrica ha sido, más que nuestras limitaciones, una decisión de no desarrollarnos como el mundo manda.
“Éramos uno de los países más ricos del mundo, mirá dónde estamos ahora”, dice la consciencia nostálgica de derecha.
Esa consciencia explica la falta de desarrollo por la negativa. “No supimos, no pudimos, nos enredamos, nuestros políticos son corruptos”.

Pero nada dice que no hayamos tenido, en cambio, una actitud positiva. 
A partir de la sospecha de que el desarrollo capitalista trae mayor desigualdad y mayor dependencia, trancarnos y resistir, poner distancia.
Una actitud positiva, basada en razonamientos como “nos dicen que nos deslomemos trabajando, que así vamos a mejorar, pero nos deslomamos y cada vez cobramos menos, mientras ellos se llevan el producto de nuestro trabajo”.
Esta actitud es la que le hacía hervir la sangre de odio a Sarmiento y al enano fascista del que todos estamos embarazados, que sintoniza bien ese político Olmedo al aborrecer a los pobres concibiéndolos como haraganes: “¡agarrá la pala!”.

Estoy hablando de una actitud positiva de querer vivir todos tranquilos y bien.
Y listo.
Sin estar dispuestos a sacrificar esa tranquilidad y bienestar en pos de un desarrollo del que desconfiamos, en principio porque viene de afuera, no es deseo nuestro, y luego porque la experiencia nos dice que, adonde se produce, el desarrollo es aprovechado por otros.
Acaso es esa actitud positiva la que se ha impuesto en las pujas interiores de Argentina en pos y en contra del desarrollo, la que explica que no nos hayamos convertido en una potencia agrícola ni en una potencia industrial.

Es lógico que el tema vuelva a desparramarse sobre la mesa en este momento en que el nuevo mundo que tendrá a China como potencia organizadora, vuelve a prever que seamos granero (el Granero de la Franja y la Ruta), pero sobre todo, sigue dentro del paradigma del Desarrollo.
China está diciendo que Argentina debe desarrollarse.
Debe.
No hay otro camino.

Comento esto hoy, que es el Día del Mate.
Fecha establecida no por entusiastas materos silvestres, sino por el Senado y la Cámara de Diputados de la Nación Argentina, mediante la Ley 27.117, ​ sancionada el 17 de diciembre de 2014, promulgada de hecho el 20 de enero de 2015, y publicada en el Boletín Oficial de la República Argentina, el 28 de enero de 2015.
De acuerdo al Instituto Nacional de la Yerba Mate, cada año los argentinos beben cerca de 100 litros de mate por persona, y la yerba está presente en el 90% de los hogares argentinos.
Ayer, hoy y mañana se está celebrando en La Rural la feria Matear 2019.
Es de notar que la costumbre del mate es indolentemente anticapitalista: con un puñado de unas hojas trituradas de una planta silvestre y un poco de agua de la canilla calentada con un mínimo de combustible, se conforma el hambre de varias personas.
¿Cómo puede una economía desarrollarse si su gente toma mate?




El juramento de mi tía Irma



Mi tía Irma no era maternal en el sentido de la mamá del monumento a la Madre en el Día de la Madre, buena, con niños, esposa abnegada, toda esa perversión.
Mi tía Irma era maternal en lo derecha que era.
Cuando se iba a dormir, pensaba en algunas personas que estaban enfermas o desdichadas.
Tenía un sentido fuerte de la desdicha porque era enfermera del hospital de San Nicolás, adonde iban a parar los apuñalados en una pelea, los niños de tres años que se tiraron una sartén de aceite hirviendo encima, las viejas que se habían quebrado la cadera bombeando agua, la mujer a la que el marido le había partido cuatro costillas a trompadas.
En ellos pensaba mi tía. Y también en personas queridas, que no la pasaban tan mal, pero que eran cercanas. En una tía que había enviudado hacía poco, en una sobrina que le daba demasiado trabajo a sus padres, en una amiga que se había enamorado de un hombre casado.
Revisaba la situación de cada uno, sopesaba alternativas para una solución, le pedía a Dios que ayudara a esta o aquella persona.
Al día siguiente, si se le había ocurrido algo que ella pudiera hacer, lo hacía.
Así era como le deseaba el bien a otras personas.
Yo tuve la suerte de que una parte de mí estaba dentro de esa tía.
Soy plenamente consciente de que mi vida ha marchado bien porque esa tía me deseó que me fuera bien.

En once días empezará un nuevo gobierno.
Yo estoy a favor de éstos que ganaron, porque su idea de sociedad puede permitir la solidaridad más que el gobierno que está terminando, que favorece más el bienestar de cada uno sin pensar que ese bienestar sólo puede ser completo si otros también están bien, especialmente las personas queridas.

Mi tía Irma era enfermera, había hecho un juramento con el que estaba enteramente comprometida y deseaba que la gente estuviera bien.
No hace falta mucho más que eso.
Y quiero decirles, hoy que mi tía Irma está muerta hace muchos años, que eso solo es una revolución.


martes, 26 de noviembre de 2019

El nombre del día




¿Hay mayor locura en que cada conducta sea diferente, sin lógica, o en repetir un patrón indefinidamente?
Cada día se me presenta con una impronta propia, como si cada día fuera una persona. El día resulta lo que yo hago con la realidad, que está impregnada de la personalidad del día. 
Podría decir que hay días tristes, vivaces, anodinos, cansados, saludables.
Si me pusiera perspicaz, podría distinguir las sutilezas de algunos días que tienen personalidades muy ricas.
Así, a cada día podría ponerle un nombre propio, Elizabeth Morales, Carla Alarcón, Ricardo Rossi, Mariana Rizo, Juan José Pinto.
Esto es lo que hizo en una de sus novelas un escritor de ciencia-ficción muy bueno, y en definitiva es lo que hacen los católicos con el santoral.


Cumpleaños 60


Estoy cumpliendo la sexta década de mi vida.

Es asombroso cómo las personas de la familia a la que pertenezco continúan siendo niños hasta que mueren; a los 50, 60, 70, 80 años o más.
Durante mucho tiempo vi esto como un defecto. Luego me he preguntado si no es una táctica inteligente. Como niño, uno siempre está abierto a que la realidad sea diferente de lo que uno cree, tiene la inteligencia ágil, todo el tiempo tiene ganas de jugar.

Algunos amigos muy entrañables me preguntan cómo voy a festejar mi cumpleaños. Me lo pregunto a su vez, a mí mismo, porque no me sale una respuesta automática.

Digo: “con sexo y drogas”.
Por supuesto que es literal. Pero no sólo. Sexo y drogas ¿qué significa?

Quiero decir que sobre los 60 años ya no puedo tragar sapos, tratar con personas ante las que deba sonreír hipócritamente porque tienen un pensamiento que no soporto y con quienes no tengo nada que intercambiar, nada mío que las nutra, nada de ellas que me interese.

“Sexo y drogas” es estar en pelotas, para poder decirte la verdad.

Llego entonces a los 60 años, con la urgencia de dejar atrás las relaciones de compromiso, las relaciones inútiles, que obedecen a morales a las que yo no adscribo. 

Por lo menos, no quiero esas relaciones dentro de mi casa, el día de mi cumpleaños.

Y sí quiero estar con personas que necesiten que el contacto con otras las trastorne. 






Carta política del día: la alternativa legalista



Algunos nos hemos impacientado con lo que hemos entendido como un michaelmoorismo en el estilo de Cristina Fernández de Kirchner: una fe en que la solución de todo pasa por atenerse a la ley. Sabemos que la ley es el resultado, aunque provisorio, de la victoria de unos sectores sociales sobre otros, y la herramienta de esos sectores para someter a los demás. Pensar en modificar este estado de cosas a través de las herramientas construidas para su implementación y defensa, parece contradictorio.

Así, hemos visto a Cristina más como una primera ministra que como una caudilla. Más como una administradora que como una líder. 

Nos impacientamos porque sospechamos que por esa vía sólo se sustanciaba el statu quo y jamás se habilitarían cambios sociales en favor de una justicia social.

Sin embargo, ante lo que está sucediendo estos días en América Latina, la estrategia legalista de la ex presidenta parece ser la correcta. 

Como sociedad política, desde la instauración de la dictadura de 1976 tocamos tres extremos.

Primero, la atrocidad de los militares que actuaron promovidos por y en connivencia con la oligarquía.

Segundo, la reacción ante el embate de la violencia.  Si bien la dictadura tuvo un apoyo masivo, sustentado por el nacionalismo y los valores más conservadores, también  hubo una reacción en contra. Se ha discutido y se discutirá cuán determinante resultó esa resistencia en la caída de la dictadura. Lo cierto, es que la resistencia existió.

Tercero, los crímenes de la dictadura no generaron actos de venganza. No hubo conductas ilegales: nadie le pegó un tiro a un torturador, no hubo una sola bomba en la casa de un militar asesino. Todo se resolvió en el marco de la Justicia, o sea, con la aplicación de la ley. Esto fue visto como una máxima expresión de civilización

Esta tercera tesitura es la base de la política de Cristina Fernández de Kirchner —y el presidente Alberto Fernández pareciera compartirla cabalmente.
En momentos en que el imperio nos empuja a la paradoja de vivir sometidos o entrar en una guerra civil, o sea, perder sí o sí, la alternativa legalista podría ser una opción válida.







lunes, 25 de noviembre de 2019

"Escucha, hijo"

Un padre, una madre, a veces declama algo contrario a lo que actúa.
"Las personas son todas iguales. No hay que hacer diferencias", le dirán a su hijo, pero el hijo los escuchará decir "es un negro de mierda".
¿Qué aprende el hijo?
Uno. Que la gente es diferente. Unos son superiores a otros. Nosotros somos superiores a los negros de mierda. Hay que odiar a los negros de mierda.
Dos. Que se le miente a los hijos y a otras personas.
Tres. Que lo están sometiendo a una psicopateada, ordenándole que haga lo contrario a lo que ellos hacen, mientras le juran que actúan de otra manera.
En cuanto imite a sus padres, hará estas tres cosas.
Llevarlas al extremo será una manera de serle fiel y honrarlos.
Ser buen padre, buena madre, en fin, quizás tenga que ver más con la coherencia que con cumplir con la imagen social del matrimonio que no se separa, la mamá perfecta o el gran padre.



domingo, 24 de noviembre de 2019

La tienda de los aparatos

En el barrio de Kadiköy, Estambul, hay una calle de antigüedades, que tiene varios locales dedicados a aparatos mecánicos. Rompenueces, trampas para grillos, balanzas, termómetros, juguetes voladores, muchas máquinas de cocina -desplumadoras de gallinas, evisceradoras de pescados, aparatos para sacarle aceite a las almendras o para convertir en flores las zanahorias, los zucchini y las manzanas, o las cáscaras de frutas en cajitas, o para hacer turrones con dibujos interiores-, metrónomos, máquinas para fabricar zapatos, para desenmarañar redes de pesca, veladores de aceite para crear seres de luz.
Me detuve en una tienda que parecía especializada en autómatas. Abundaban las luciérnagas, los escorpiones y conejos, de pocos y simples movimientos y luego los había de mayor tamaño y de comportamiento más complejo, como un zorro que jugaba al ajedrez y una cabra que caminaba sobre una cuerda. Algunas asustaban: una tortuga lo seguía a uno con la cabeza y con los ojos y si uno pasaba cerca de una mantis religiosa del tamaño de una gallina, ella empezaba a seguirlo de lejos. Había, claro, autómatas humanos, unos más toscos, otros inquietantes. Uno tenía entre los dedos una chapita con una inscripción ilegible. Y había también una pequeña serie de autómatas de seres imaginarios, seres concebidos sólo para fabricar el autómata.
Lo que resultaba más fascinante eran los aparatos misteriosos. Aparatos que, cada uno es un género en sí mismo. Muchos de ellos tienen funciones tan misteriosas que los vendedores no saben dar cuenta de ellas. El visitante llega a dudar de que sirvan realmente para algo.
Uno de esos aparatos extraños es un medidor de distancia entre las personas.
Por supuesto, no mide la distancia en longitud física, o en diferencia de temperatura, o de hercios de la actividad cerebral. Es harto más complicado. Tiene en cuenta esas distancias o diferencias, pero también muchos otros factores que hacen a la confianza que hay entre dos o varias personas, incluso la que una persona tiene con sí misma.
El modo en que este aparato expresa la distancia entre las personas no carece de cierto lirismo lúdico. "Dos señoras que se han encontrado tendiendo la ropa y conversan", "enamorados en el momento en que desesperan por estar juntos", "médico que escucha los dolores que enumera un anciano pensando en otra cosa", "niño con su perro, aún no habiendo tomado consciencia de que pertenecen a razas diferentes", "soldados que se acobardan juntos en una batalla de pronóstico muy malo", "primos que recién se conocen y observan el cielo de la noche en silencio",  "madre que acompaña a su hija en el primer parto", y así.
"¿Para qué sirve este aparato?", le pregunté al vendedor.
"Para saber", me dijo seco, habiendo comprendido con sagacidad que yo no tenía dinero para comprarlo.
"¿Y para qué sirve saber?", volví a preguntarle.
Entonces me miró a los ojos, evaluando si valía la pena meterse en el tema sólo porque le gustaba hacerlo.
"El sentimiento es importante, ¿no?"
Asentí.
"También es importante ser práctico. Este aparato puede medir la distancia absoluta que hay entre las personas, pero también mide la distancia relativa. Vos podés sentir a una persona muy cerca de vos, pero si se mide desde ella, resulta que la distancia es muy grande. O al revés", especuló, con una dosis de pensamiento cientificista.
"Es importante que las personas no se engañen en cuanto a la distancia que tienen con las otras", continuó. "Es muy práctico saber a qué distancia estás realmente de alguien. Para los negocios, para saber con quién podés contar realmente, y aún para la relación sentimental".
"¿Podemos medir la distancia que hay entre usted y yo?", le pedí.
"Cuando te expliqué para qué sirve el aparato, estábamos muy cerca, pero no vas a comprar. Cuando tengas dinero, volvé y la probamos", me despachó.
En el camino a la salida, me detuvieron los maravillosos relojes. Relojes de arena de todas las formas imaginables, relojes que reproducen aquella calle de Kadiköy, iluminada según la hora, para que quien compre uno tenga, a la vez de un reloj, un recuerdo de haber estado allí; relojes de agua que cantan, relojes que van marcando la hora con brillos diferentes, relojes que son maquetas gigantes que representan mundos en los que suceden muchas cosas al mismo tiempo -uno sabe que son las dos y media de la tarde porque un gato salta de un techo a otro, las diez de la mañana cuando un autobús se detiene ante la luz verde de un semáforo y un motociclista que iba detrás insulta al chofer, que son las once de la noche porque una enfermera se tropieza a la salida del hospital, y así.