miércoles, 24 de junio de 2020

La realidad no dulcificada


Un escritor dijo, cuando lo acusaron de tergiversar datos, o lisa y llanamente de mentiroso, o peor, de traidor de la realidad; cuando le hicieron esas acusaciones, fundadas judicialmente, el tipo contestó: “¿usted está conforme con esta realidad que se ha vuelto normal. de millones de humanos asesinados por unos pocos, con una bomba nuclear o por hambre? Y si esta realidad le parece horrible, ¿qué lo escandaliza de que yo la edite?”
Ese escritor no hacía una edición para evadirse, no dulcificaba Caperucita Roja cambiándole el final para que los chicos no sufrieran, sino al contrario, usaba la sombría realidad, la manipulaba, la retorcía, la exageraba, la falseaba, para poner de manifiesto verdades.
En una de sus novelas un mafioso que era dueño de clubes de fútbol, jueces, medios de comunicación y políticos, mandaba matar a su hijo. Cuando se demostró que su hijo se había suicidado, los lectores ya sabían la verdad sobre el mafioso. Era más verdadero que hubiese matado al hijo que la realidad del suicidio.






domingo, 21 de junio de 2020

La Muerte reprocha al papá


Uno de los temas por lo que me da pena morirme es que no voy a poder seguir viendo esa película All that jazz.
Uno de los éxitos más fuertes que tiene en mi interior es que me puedo identificar con el director que siente que la película no está terminada, que es una porquería, que puede conservar algunas cosas, pero que tiene que hacerla toda entera de nuevo.
Entre aquellas cosas que puede conservar hay productos de la inspiración que no son inventos de él, sino que le han llegado desde otro lugar.
Por ejemplo, la escena final en que está despidiéndose de todas las personas de su vida, que están en las gradas viendo el espectáculo final.
Todos los saludan felicitándolo por su vida, pero su hija, de 11 o 12 años, lo abraza llena de dolor y no lo deja ir.
Entonces hay un flash de la cara de la Muerte observando la situación.
Recuerdo que la muerte era la bella Jessica Lange. Era una muerte hermosa, que el protagonista había perseguido toda su vida.
La idea recalcada de “el eterno Enamorado de la Muerte” es una de los ingredientes más descartables de la película, y sin embargo, la mirada de la Muerte ante la nena que sufre la muerte de su papá, una mirada que es a la vez cruel y humana, sufre por la nena, reprocha al tipo “te hubieras cuidado un poco, idiota, y no dejarías a tu hija sin padre”, es algo que espero retener una vez que me haya ido yo.




jueves, 18 de junio de 2020

La fábrica de Christian



Ubaldo no salía nunca de su casa.
Vivía con su mamá.
Sufría de Síndrome de Gottfried-Schmidt, por lo que pensaba de un modo muy diferente al resto de las personas. Pensaba mucho, muchísimo más, pero no se entendía con los demás humanos.
Una vez su primo Christian, que era mayor que su mamá, lo llevó a su fábrica.
Era una fábrica de bicicletas.
Christian le hizo una visita guiada por la fábrica. Se tomó todo el tiempo del mundo para darle minusciosas explicaciones de cada detalle del proceso de producción, las máquinas, los materiales, los tiempos. También le habló del mercado de las bicicletas, las tendencias de la moda, la historia de las bicicletas, el futuro que preveía. Y también le habló de la empresa: su funcionamiento, su economía, el personal, las relaciones con el gremio, con el gobierno, con su competencia.
Ubaldo parecía no escuchar y sólo dirigía miradas casuales en dirección de lo que Christian le señalaba.
Tenía 21 años.
Hasta que murió, 63 años más tarde, Ubaldo escribió sobre aquella tarde.
No hizo nada más. Escribía todo el día.
Cuando se cumplieron 100 años de la fundación de la fábrica de bicicletas, muerto ya Ubaldo, uno de los muchos nietos de Christian, hombre ya muy mayor, editó los textos de Ubaldo.
“La fábrica de Christian” fue la mayor obra dedicada a un establecimiento industrial de Argentina. Fueron 16 tomos.







miércoles, 17 de junio de 2020

Hay gente íntegra que paga sus cuentas



La vida se paga con la muerte.
Si no se quiere pagar la muerte, no se vive.

¿Cómo se paga la muerte?
Aceptándola.
Aceptando que las personas que querés y murieron, están muertas, y aceptando que las personas que están vivas, van a morir.
Aceptando que vas a morir.

Algunos resistimos la muerte con una fuerza descomunal, desesperada e inútil.
Nos negamos a pagar el precio de la vida.

Sólo si decidiéramos pagar el precio de admitir que moriremos, podríamos olvidarnos del asunto y dedicarnos sólo a vivir.




El toque





Dicen que El toque es la peor película de Bergman.
No sé, puede ser, lo que sé es que no concibo un mejor tema para una película.
Una mujer va a visitar a su mamá al hospital. Va sola, como todas las tardes. La mujer es sueca, la madre es sueca, están en Suecia, donde todo es eficiente, pero la calidez no es prioridad.
La mujer llega y la mamá ha muerto. Entra a la habitación y la encuentra sobre la cama de siempre, pero está toda entera tapada. Se queda parada allí. La angustia empieza a inundarla desde adentro. Entonces llega, algo rauda, una enfermera. Le dice unas palabras “fue esta mañana”, “no sufrió”.
La enfermera no toca a la mujer. Le ofrece unos anillos en su mano extendida.
La mujer toma los anillos, la enfermera se va, la mujer se queda clavada en el mismo lugar, mirando los anillos que sostiene.
No se puede ir. No puede pensar. Ni siquiera puede llorar.
Finalmente da media vuelta y sale de la habitación. Quizás salga y vuelva a entrar. Quizás se vaya a su casa, o a una iglesia, o a un banco de un parque, o a caminar sin rumbo. En un pasillo del hospital, por el que anda acaso sin saber dónde está, encuentra a un hombre. El hombre tiene la mirada extraviada igual que ella. No se sabe por qué. Los dos se quedan mirándose. No tienen nada más qué hacer en el mundo. Él se acerca a ella, la toma y la besa. Es algo completamente absurdo, desquiciado, insensato. Tan insensato como es el momento que están viviendo. Lo aberrante no puede ser abordado sino de modo insano.
Se meterán en un rincón, un depósito, un cuarto abandonado, no saben, y harán el amor. Luego ella irá a su casa, encontrará a su marido trabajando con las plantas en el jardín, le contará de su madre. Él la abrazará y de ahí en más la normalidad se hará cargo de todo.
Sin embargo, entre ella y aquel hombre del hospital se habrá atado algo en un lugar inalcanzable, y al contrario, ella ya no podrá tener con su esposo ni con el resto de sus seres queridos la unión natural que habían tenido hasta entonces, porque ellos no vivieron con ella aquel instante. Un instante único y eterno. Aquel hombre la enloquecerá, pero sin él estaría completamente perdida.



lunes, 15 de junio de 2020

Sumergidos


Nadie del grupo de periodistas había buceado antes. El instructor se concentró en la posibilidad de que el miedo nos tensara cuando hiciéramos el descenso. Le vi una sombra de preocupación en la cara. Habló con sus asistentes y luego nos dijo:
— Vamos a ir bajando de a uno. Uno de nosotros los va a acompañar. Agárrense de su brazo. Sólo el brazo, recuerden por favor. No lo agarren de otro lugar ni lo abracen. Van a estar bien. Procuren respirar normal. Si respiran normal van a tener el aire que necesitan. Si se asustan o se agitan se les puede interrumpir la entrada de aire, así que, por favor, respiren con normalidad.
Insistió con la respiración dos veces más, y entonces bajó con la primera periodista, una chica muy gorda, a quien le había costado mucho ponerse el traje de neoprene.
Minutos después uno de sus ayudantes bajó con el hombre grande, luego esperamos media hora hasta que volviera el instructor. Cuando llegó, llevó a bonita.
La siguiente vez me preguntó si me bancaba ir último, le dije que sí, y llevó al chico alto de La Nación y más tarde al fotógrafo del diario cordobés.
Dos horas después de que bajara la primera, fue mi turno.
Cuando nos sumergimos, sentí el repentino frío del agua congelada que entraba por los intersticios del traje. Tuve un escalofrío, pero no duró mucho. Me concentré en respirar con calma.
El instructor me llevaba del brazo. Bajamos unos 15 metros y nadamos contra el fondo. Las patas de ranas multiplicaban mi esfuerzo de modo increíble. La luz llegaba bien hasta allí aunque el agua estuviera turbia. Una multitud de placas blancuzcas la reflejaban en el fondo. Observé las placas: eran piedras. Entre ellas había un mundo de algas, y entre las algas nadaban peces.
El frío se me había pasado y el mundo que me rodeaba me resultó hermoso. La falta de gravedad, la densidad del agua, la luminosidad mágica, la lentitud, todo se me hizo familiar a los pocos minutos. Apareció un mero gigante, nadando a nuestra altura, viniendo en línea recta a cruzarse con nosotros. Iba tranquilo y oscuro, mirándonos. Cuando llegó cerca se desvió apenas hacia arriba. Con mi mano le toqué la panza y no me hizo caso. Sentí una paz enorme. Era como si me hubiera drogado.
Cuando llegamos a una plataforma donde estaban los demás, ya tenían un bote semirrígido para partir. Subieron todos y cuando iba a subir yo, el instructor me detuvo. En voz baja me preguntó al oído:
— Te dormiste cuando veníamos, ¿no?
Admití que sí.
Habló por un intercomunicador y le dijo algo al ayudante, el ayudante piloteó el bote alejándose en dirección a un peñón que se erguía negro en el horizonte de agua.
— Estuviste muy tranquilo. Quiero mostrarte algo, ¿te animás?
— Sí —le dije, y volvimos a sumergirnos.
Buceamos hasta una especie de valle. Llegamos un lugar en que la luz era más fuerte y todo era como una nube. En el fondo había una sucesión de largas fosas paralelas. Cerca de una angosta, de unos tres metros de ancho, me hizo señas para que nos metiéramos. Luego me dijo que esperaríamos allí. Mi interior estaba tan apaciguado como cuando era chico y pasaba las tardes con mi abuela. Al rato me quedé dormido.
El instructor me despertó apretándome levemente el brazo. Lo miré para saber qué pasaba y me señaló en una dirección. Algo de un tamaño descomunal se acercaba. Pensé que me había llevado al lugar por donde pasaba uno de los barcos que surcan el golfo llevando turistas para que observen a las ballenas. Luego descubrí que lo que se acercaba lentamente, pero no tan lentamente, era una ballena.
No tuve miedo, pero su tamaño era aterrador. Había algo muy diferente del mero. La ballena no era un ser automático. Sentí que tenía voluntad. Sentí que hacía las cosas porque tenía un por qué. No podría decir cómo, pero tuve la certeza de que nos había percibido.
Se fue, pero al rato volvió, y entonces vino otra, desde otro lugar. Y entonces ocurrió algo increíble: empezaron a pasar una y otra vez sobre nosotros. Cuando una estuvo cerca, descubrí que con su ojo nos miraba. Fue algo hermoso y estremecedor. Sentí que hicimos contacto. Su mirada revelaba entendimiento. Casi sentí que podíamos comunicarnos. Allí adentro de la fosa, en el fondo del mar, me puse a llorar.
Cuando volvimos a la plataforma, el instructor me preguntó si había visto cómo nos habían mirado.
— No estamos solos —me dijo.
 









jueves, 11 de junio de 2020

Estado, individuo, Andy Warhol y la propaganda comunista





En “Sujeto y poder”, Foucault explica que desde el siglo XV el Estado en Europa se orientó hacia una función totalizadora e individualizadora.

También explicó que ese Estado es heredero del poder pastoral de la Iglesia, potestad que extendió hasta un grado al que ningún Estado había llegado, ni aún el de la antigua China.

En lo específico en cuanto a individualización, hay una diferencia respecto del Estado chino, en tanto éste pertenece a una concepción social en la que el peso está en lo colectivo en desmedro de lo individual.
Foucault habla de la necesidad de "liberarnos de lo individualidad que se nos ha impuesto".  De algún modo, podría considerarse como un germen de esa liberación la industrialización capitalista que creó una masa de individuos indiferenciados, con su expresión en las obras de Andy Warhol, tanto como en la patronización de las personas en la propaganda comunista, basada en la repetición de un individuo prototípico y anónimo, o sea, de un no sujeto.