domingo, 30 de julio de 2023

Messi en Miami

La cursilería de Miami es infinita.

Y encierra lo peor de los argentinos.

La misma semilla de la que brotan millones de preferencias por la payasa asesina de Patricia Bullrich.

Tabarovsky vuelca de tanta razón que tiene.

En esta nota es un dulce de leche, lo mismo.

Debería incluir a Punta del Este entre los lugares donde la mersada te ahoga.

Y a lo mejor no es lo suficientemente viejo para poder decir que toda esa cosa barata y de mal gusto hace mierda el fútbol.

Eso es lo que a mí me da pena.

Messi hizo un camino de fútbol que fue glorioso (y “glorioso” en fútbol es más que en la religión, porque es humano, es lo que hubiera sido de mí o de mis hijos si hubiéramos sido buenos, y es de algún amigo que llegó lejos); Messi hizo un camino futbolero glorioso desde Sampaoli hasta Qatar, y me apena muchísimo que lo manche con esta basura.

Lo mismo hubiera pasado si hubiera ido a China o a Arabia.

Messi podría haber hecho lo que está haciendo Zanetti, o lo que está haciendo Scaloni o Menotti.

No soy el único que pienso esto, lo que pasa es que no lo decimos por respeto a lo que sintieron los argentinos el año pasado y lo que hizo Messi hasta ahora.

Veo que los que pensamos así, nos gusta el fútbol. Preferiríamos que Messi se vaya yendo como se van los jugadores de fútbol. Algunos vuelven a su club como un cementerio de elefantes. A algunos le hacen un partido de despedida. Otros, los más dignos, terminan jugando en clubes de pequeñas ciudades que nadie conoce el nombre, hasta que se rompen y ya no pueden volver. Con dolor, aceptan que ya está. Porque así es la vida, un día ya está.

Es un asunto de dignidad.


https://www.perfil.com/noticias/columnistas/lo-que-me-desagrada-de-messi-en-miami.phtml



viernes, 28 de julio de 2023

El tamaño

En un programa de radio un conductor entrevistaba a una profesora de ESI.

— Está eso de entender que el clítoris es un pene pequeño. ¿Es así? —le preguntó el conductor.

La profesora respondió:

— Disculpame, pero ¿cómo es eso de no poder aceptar que los hombres y las mujeres no son iguales? Tiene algo de absurdo pensar el clítoris como un pequeño pene. Si esa es la única manera que tenemos de comprender qué le pasa a una mujer, sólo a modo didáctico podrías figurarte que el pene de la mujer es gigantesco en comparación con el pedazo de carne que tienen los hombres. Las mujeres lo tienen distribuido en el pubis, el interior de los muslos, la parte de atrás de las rodillas, los senos, las orejas… En realidad, en cualquier parte del pueblo cuerpo, porque cada mujer tiene sus lugares sensibles y esos lugares tienen una dimensión física, pero no sólo física, porque en la mayoría de las mujeres lo físico no es lo único y es necesaria la suavidad, la dulzura, la amabilidad, no técnica, sino surgida del deseo, no de la calentura, de las ganas de ponerla de los varones, sino del deseo que el varón tiene —y de ella, no de cualquiera, no de otra, sino específicamente de ella. Si es necesaria la bobería de pensar que la mujer tiene una pija, es necesario entender que lo que la para, la erecta, es el deseo de otro o de otra por tener una relación con ella. El amor, ponele. ¿Y cuál es el tamaño del deseo, del amor?

— Se me hace difícil la idea —dijo el conductor.

— Quizás te aburriste por no entender el juego. Pobres varones. Allá ustedes. Arréglensela como puedan. Las mujeres tenemos a otras mujeres.

 


jueves, 27 de julio de 2023

George, Miriam y David



George Michael fue quedándose cada vez más solo porque descartaba las relaciones con personas que no aceptaban llegar a la intimidad.

No le interesaba relacionarse con alguien con quien no pudiera tener intimidad.

Miriam y David pudieron avanzar sólo hasta cierto punto en su relación, porque allí donde ella quería entrar, él no.

George Michael habría comprendido a Miriam.

Lo que Miriam quería abrir, David quería cerrar.

Lo que ella necesitaba contemplar, pensar, experimentar, saborear, estudiar, David sólo quería resolver.

Para él solucionar era necesario para avanzar hacia un objetivo; para Miriam el objetivo era lo que hacía con aquello que David clausuraba.

Los dos se irritaban mucho con la actitud del otro.


miércoles, 26 de julio de 2023

Monos con navaja

Patricia Bullrich tira cualquiera.

Dice que va a vender todas las empresas del Estado.

Dice que va a prohibir los reclamos.

Dice que va a hacer una revolución impositiva.

Dice que va a aplicar el bimonetarismo.

Dice que va a levantar el cepo tomando una deuda más grande con el FMI.

Dice que va a meter bala.

Adora la pistola que electrocuta.


Dice cualquier cosa.

Su insensatez es peligrosa.

Es un mono con navaja.


Pero es la que más gente la quiere de presidenta.


Entonces el mono con navaja es la sociedad argentina.


Y a Patricia Bullrich se le suma Milei, que es igual de negligente y violento.


Algunos periodistas confiesan que no han sabido crear un sentido común que vea a Patricia Bullrich y a Milei como una amenaza.

Otros periodistas le echan la culpa a la dirigencia política.


En total, se quedan pensando en ellos, en los dirigentes y en el poder económico.

Piensan que los millones de votos que hoy tienen los payasos asesinos hijos de Videla, son de la gente cabeza de tarro, estúpidos que repiten lo que dice la televisión. 

Sólo los descalifican.


Quizás los periodistas, intelectuales, académicos, analistas, encuestadores, podrían utilizar su inteligencia en tratar de comprender qué tienen esos millones en la cabeza, en la intuición, en el sentimiento, en la sensación, cuáles son sus deseos .




martes, 25 de julio de 2023

El anafe

Mi tío José se quedó viviendo en la casa de sus padres, una muy modesta casita lejos de la ciudad, que tenía agua que se bombeaba de un pozo, se calentaba con leña, la letrina estaba lejos y el teléfono en un futuro lejano.

Su hermano Rubén, en cambio, tenía un buen pasar, con una casa muy bonita en una ciudad grande.

Un día hablamos de José con Rubén, y Rubén me llamó la atención sobre la humildad extrema en que vivía su hermano.

— Es croto, ¿no? —me dijo, implicando que vivía pobremente porque así lo quería.

Aunque el resto de la familia no lo dijera, notamos que José había elegido vivir de aquel modo despojado o dejado. Pensé en la milonga “Los ejes de mi carreta”: “Porque no engraso los ejes me llaman abandonao, si a mí me gusta que suenen, ¿pa qué los quiero engrasaos?”


Me identifico con mi tío José. Me han reprochado que me privo de comodidades mínimas, por miserable, por dar pena, por no saber vivir bien.


Yo acepto esas razones y agrego otras.


En algún momento de mi vida me hice marxista y ecologista, y me convencí de que el consumo injustificado sostiene el capitalismo y su explotación social y un sistema económico que destruye los recursos naturales de un modo acelerado y violento. Comprar lo que no es indispensable, es contribuir a la maquinaria de una sociedad brutalmente injusta.


Por otro lado, lucho contra mi vocación burguesa, que me llena de vergüenza, de querer ser más, teniendo más, aparentando más.

Y también lucho contra ser el hijo consentido, que todo lo que quiere, la madre se lo da —especialmente si es contra la voluntad de su padre.


Fuera de esto, todo lo “bonito”, “la decoración”, el “buen gusto”, lo “limpio”, lo “bien arreglado” me resulta muy barreta, barato, aburrido, afectado, falso. Acaba dándome pena.


Obviamente, todas estas son justificaciones para ser pobre como manda mi moral católica: la pobreza dignifica. 

Bienaventurados los Pobres, porque de Ellos será el Reino de los Cielos.




Así, termina gustándome vivir al borde. 

Al borde de no tener, al borde de la pobreza.

Y también disfruto ese riesgo porque me produce un profundo gozo saberme capaz de soportar las consecuencias de vivir una desventura. En definitiva, para mí una desventura es sólo una aventura al revés.

Cuando se rompe algo en mi casa, el caño que sale del bidet, unas manchas de humedad en la pared, un burlete de la ventana, tardo siglos en arreglarlo. Y en tanto va pasando el tiempo, le voy tomando cariño a la botella de gaseosa cortada que puse abajo del caño del bidet para atajar las gotas que caen. Me gusta que esté un poco cachada una parte de mi casa. 

Todo está en orden cuando la ruina es parte de mí. Pienso que todos tenemos ruinas, y que quien las niega vive asustado; yo prefiero mirarlas de frente, hablarles, acariciarlas.

Mis defectos me hacen ser yo. Las zapatillas muy gastadas y los jeans rotos me dicen que yo soy yo.


Hace algunos años cortaron el gas al edificio donde vivo. Para rehabilitarlo había que pagar bastante dinero, había que hacer un trámite engorroso y hacer modificaciones en el departamento. Preferí comprar artefactos eléctricos, entre ellos un anafe de una sola hornalla, donde cocino lo poco que me cocino a mí mismo, unos fideos cada tanto o un guiso. Una buena amiga se horrorizó al ver el anafe que monto sobre una tabla de cortar carne apoyada en la bacha de la mesada. Cuando miré el anafe con sus ojos, ciertamente me pareció un poco peligroso, bastante horrible —entre otras cosas porque nunca lo limpié— y me hizo acordar a mi tío José.


También me pareció del estilo de las cabañas donde vive la gente pobre del Delta de Tigre, adonde me gusta pasar unos días cada vez que puedo. 

Son cabañas hechas de maderas que siempre se están pudriendo por la humedad, en medio de una naturaleza desordenada, incontrolable, de plantas silvestres en lugar de césped bien cortado, en medio del barro en lugar del cemento, con agua sucia en lugar de agua potable, con la electricidad que se corta a cada rato, la comida de mala calidad, la ropa siempre la misma, la vida a merced de las tormentas, el calor, las mareas y los mosquitos. Una vida precaria.

Me gusta la precariedad, lo transitorio, lo que no durará.


Cuando nado, sólo voy de una costa a la otra. Lo más rápidamente posible, porque siento que si me quedo en el medio, me hundo y me ahogo.

La mujer con la que estuve casado me dijo un día: “siempre te estás yendo”. 

Otro día me dijo: “a veces me despierto y me estás mirando. ¿Qué pensás? Yo sería feliz si cuando terminamos de hacer el amor, te dormís como un oso y yo después no puedo despertarte. En cambio, estás siempre alerta”.

Tenía razón. Cuando estaba con ella, yo estaba en otro lugar. Estaba con ella un tiempo, pero tarde o temprano debía volver a mi casa.

Pero ¿dónde era mi casa?

De un modo figurado, mi casa estaba pegada a los muros externos del castillo donde mi madre era la reina. El castillo mismo no era mi casa, porque era la casa de mi padre. Por otra parte, el vasto mundo fuera del castillo me resultaba todo territorio ajeno y yo no me había construido allí un lugar propio.

Un sucucho en la parte externa del muro del castillo de mi madre era mi refugio. 

Si algo me sucedía, podría pedirle entrar.


Pero ella ha muerto y mi padre me ha mantenido expulsado.

Así, vivo refugiado en el pequeño departamento que mi madre me compró en Buenos Aires.

La pandemia lo ha consolidado como mi guarida. Tengo internet, comida, calor, la cama donde duermo, las pastillas.

Desde que las calles estaban llenas de peligros de contagiarme, sólo estoy afuera los minutos indispensables y apenas termino la misión que me hizo salir, corro a mi departamento.

Allí adentro me espera el anafe.



lunes, 24 de julio de 2023

Juanpi y Marce

Juanpi y Marce empiezan una partida de ajedrez.

Juanpi abandona por la mitad porque se aburre.

Marce le reclama terminar la partida.
A Marce, Juanpi le parece un inconsecuente.

A Juanpi, Marce le parece un denso.

 

 

Mónaco

Tuve un primo al que le pasaron tantas cosas. Todas malas. Vivió como cuatro o cinco infiernos. 

Cuando llegó a los 40 vivía solo, sin padre (que necesitaba desesperadamente) ni madre (que necesitaba desesperadamente), salido de 13 años en el Borda, su vida consistía en: uno, cobrar la pensión por invalidez; dos, pagar las cuentas y tres, comprar medicamentos.

Estaba completamente dedicado a eso.

Esas actividades lo llenaban. Casi lo rebalsaban.

Apenas podía con eso.

Era admirable el afán con se dedicaba a esos tres cometidos.

Esa vida la daba la misma intensidad que sentía Ayrton Sena en una carrera.



A propósito, mi primo amaba el automovilismo.