Antes algunas personas tenían la costumbre de charlar con otras caminando.
Se iban a caminar para poder charlar.
“¿Caminamos un rato?”
“¿Me acompañás a la panadería de la otra cuadra?”, y la otra cuadra se hacían 30 cuadras.
Otras personas, cuando querían decirle algo a alguien, a veces lo invitaban a cenar.
Personas más especiales invitaban a un parque.
A la costa del río.
A un museo.
A un lugar particular, “¿Vamos a ver cómo están demoliendo el matadero?”, “¿vamos a ver cómo quedó el boulevard?”, “¿Vamos a ver cómo refaccionaron la confitería Gómez?”
Personas más especiales aún proponían ir al cementerio, a una laguna, a un lugar abandonado, o al patio de una iglesia.
Al contrario, las personas más normales, invitaban a un café.
O a tomar unos mates.
“Venite a tomar unos mates” es maravilloso.
No siempre se dice “vamos a charlar”.
A veces el otro entiende, a veces no.
La pandemia —cuya superación, recuerdo, no fue declarada— lastimó mucho esta hermosa costumbre.
Quizás valga la pena tomar consciencia de eso y retomar con la decisión lo que antes hacíamos naturalmente.
Y claramente vamos comprobando que no ha sido bien reemplazada por el whatsapp.

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