jueves, 4 de junio de 2026

La maduración perdida

 La ciencia que Occidente ha sabido llevar a un grado superlativo, puede ser un recurso bendito, por ejemplo, si se usa para operar del corazón y salvar a un bebé recién nacido, o una maldición si se usa para matar con una bomba atómica a decenas de miles de inocentes.


La sentencia “la ciencia no es ni buena ni mala, depende de para qué se la use”, peca un tanto de rudimentaria.


Una bomba o una máquina para torturar nunca serán buenas, una vacuna contra el cáncer nunca será mala.


Puede argumentarse que la bomba puede ser buena si es defensiva y que la vacuna puede ser utilizada para la especulación capitalista farmacéutica en contra de los enfermos, pero en sí una bomba es mala y una vacuna es buena.

Lo mismo sucede con un martillo: es una gran solución para la construcción y el arreglo de cosas, pero cualquiera lo puede usar para hundirle la nariz en la cara a otra persona. 


Un invento de la ciencia es bueno o malo según el objetivo para el que es creado. Es decir, en sí nace bueno o malo. 


Algo de esto es lo que dice sobre la inteligencia artificial el nuevo Papa en su primera encíclica.


Si la ciencia es usada por un sector social que somete al resto, difícilmente sea buena, porque es una herramienta de explotación. Es concebida, fabricada y utilizada como un aparato de sometimiento y expoliación. 


Esa ciencia crea una visión del mundo y un modo de conducirse en el mundo. 

Crea un tiempo. 

Crea un espacio. 

Crea una sociedad y crea un individuo. 


Por ejemplo, ha suprimido en la gente la noción, que aún sentimos tan natural, del proceso. En la realidad creada por la ciencia, se aprieta un botón y se obtiene inmediatamente un resultado.


Para dar un ejemplo brutal, hace dos siglos, para tomar leche, había que mantener una vaca, hacer que su cuerpo produjera leche, ordeñar la leche, y al fin hervirla. Hoy se va al supermercado y se agarra una caja se paga con el celular. En la cabeza del comprador, el proceso entero que va de la vaca a la ingestión de la leche se ha perdido.


Así, el candidato irracional convenció prometiendo como solución a la crisis economía, darle un mazo a una maqueta del Banco Central.

Y así la oposición creyó a los tres meses de su gobierno, que sus abusos acabarían con su gestión en pocos días. 


Nos hemos vuelto supersticiosos de la causa-efecto. 

Nos creemos que para conseguir algo alcanza con generar su causa. Una sola causa, que produce sin mediaciones un solo efecto. 

Perdimos la noción de la maduración que lleva una fruta en el árbol, del paso a paso que lleva la elaboración de una comida, de la serie de pequeñas conclusiones de la que está hecha un pensamiento, del paciente y constante trabajo que lleva convocar a los vecinos hasta reunirlos para debatir un tema del barrio, del labrado metódico que lleva un tejido. 





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