Mostrando entradas con la etiqueta música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta música. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Los ángeles eligen a los ambombados



Piazzolla fue poseído por la música desde niño. Fue poseído por el piano y muy temprano por el bandoneón. Desde que era un gurrumín se dedicó por completo a aprender y a tocar, tocar, tocar. Fue una bestia. Y no era solo trabajo: había nacido superdotado para la música. En cambio, como persona, la egomanía lo estancó en la típica inmadurez de quién se sabe genial. Pensando, era un estúpido. Decía cualquier dislate sobre cualquier tema, como si el hecho de que fuera un músico superlativo lo hiciera inteligentísimo y experto en todo. Hablaba bien de la dictadura militar y opinaba sandeces infinitamente irritantes sobre temas de los que no tenía idea. Llegó a creer que la música que salía de él era su mérito. No era consciente de algo que un músico cercano a él observó. Cuando tocaba, una tropilla gigantesca de seres entraba en él, y él la largaba a este mundo, con su talento increíble, a través de su bandoneón. En un momento esas criaturas lo llevaban a emocionarse, emociones tan maravillosas, como si lo hicieran volar sobre el mundo. Se emocionaba más allá de lo que era capaz. Era atropellado por lo que viene de otro mundo. ¿Qué me está pasando?, se preguntaba. Muy idiota, se respondía: “esto es porque soy un prodigio”. Respondía cabalmente a una descripción de Sócrates de los poetas, que “me parecieron estar en el mismo estado que los adivinos y los profetas: dicen grandes cosas y admirables, pero no saben nada de lo que dicen.”

Si hubiera tenido una pizca de sensatez, hubiera dicho como otros: “abrí la boca y Dios puso en ella las palabras”.


Los chicos cantan

Cada vez que volvía en mis años de universitario a mi pueblo, me parecía cada vez más chato, más mediocre. Veía que todos se conformaban con una vida sin ninguna pretensión más que hacer algo de dinero, conservar lo que tenían, meterse los cuernos, chismosear, envidiar, tener más que los otros. Se me hacían todos timados, cortos, vulgares, mezquinos, cobardes. 

Me apenaba volver. Era el último lugar del mundo al que podía pensar ir a vivir. El lugar donde había nacido me causaba vergüenza, rabia y desprecio. 

Sólo iba a visitar a mi madre. Paraba solo en su casa, jamás paseaba, y si tenía que ir a algún lugar por obligación, hacía lo que tenía que hacer mecánicamente, en el menor tiempo posible.

Pero un día me ocurrió algo asombroso. En el parque del edificio donde vivía mi madre, vi una bandada de pibes de nueve o diez años. Jugaban como todos los chicos, pero en un momento empezaron a corretear todos juntos, como perros, y cantando el estribillo de una canción muy linda, quizás uno de esos estribillos más lindos que se crearon en Argentina, bastante complejo, muy alegre, pero nada infantil en el sentido de “hecho para chicos”. 

Los chicos corrían riéndose y cantando a viva voz aquella canción. Y la cantaban maravillosamente bien. ¿Por qué la cantaban? ¿Cómo gente de ese pueblo cantaba tan bien? ¿Quién se las había enseñado? En ninguna versión la había escuchado tan bien, era como si hubiera sido escrita para ellos, o como si la estuvieran inventando mientras la cantaban. Entendían desde muy adentro lo que decía el ánimo de la canción y el significado de su letra. Yo no podía entender de donde había salido aquello, en ese pueblo estéril.