Mi tía Rosita no sabe nada de política. Recuerda que cuando
era chica Evita era muy buena, y muy brava defendiendo a los humildes, como su
familia. Recuerda que su mamá la amaba. Ella, que ahora está viejita, la ama
igual. Siempre le regalo una foto de Evita y ella le sonríe, le toca la cara en
la foto, con sus dedos torcidos, y le da un beso.
Ligeras anotaciones que hace Gustavo Ng de asuntos que piensa o encuentra escritos en libros mientras va en colectivo y luego comenta con tal o cual persona.
martes, 7 de mayo de 2019
Llovió en las islas
Llovió en las islas y los colores se afirmaron más intensos,
velados por la humedad, que se transforma en una niebla muy tenue.
Los mosquitos se sienten más dueños del mundo.
Apenas para la lluvia los pajaritos ya andan como los chicos
que se despiertan y ya se ponen a jugar mientras los grandes aún duermen.
Todo está más quieto.
Sólo un avión remoto y el motor insoportable, tan ansioso,
de la lancha colectivo escapa al silencio que se hace cuando los árboles y la
tierra mojada absorben todo el sonido.
Todo es olor a fresco, a agua fresca y a tronco de sauces.
Y a las sábanas todavía, y al mate.
jueves, 2 de mayo de 2019
Chavos
¿Viste cuando te fuiste de vacaciones a un lugar, al que
llevaste para gastar, ponele 600 dólares y ya te estás volviendo y te quedan 50,
pero si te quedaran 40 o 30 los quemarías igual?
Bueno, eso es lo que siento con los años que me quedan.
Hasta hace poco me quedaban infinitos, ahora me quedan como
los caramelos de vuelto que te da el chino del supermercado: no importa cuántos
son.
Es tan fácil odiar
Con deseo y tiempo, la estructura
elemental que establece que unas personas son superiores a otras, deviene progreso.
El progreso permite
que quienes hoy son inferiores, mañana puedan ser superiores.
La idea
del progreso suele materializarse con el rechazo de los superiores a los inferiores.
Como el progreso es dinámico y es motorizado por el deseo, también aquellos que quieren ser superiores rechazan a quienes consideran inferiores.
Ese rechazo muchas
veces toma la forma del odio.
martes, 30 de abril de 2019
Súbete a mi barco, vida mía
“Dejame invitarte
a mi libertad”, dice la francesa Zaz.
Es un poquito
sobrebio, ¿no?
Soberbia de joven;
puede decirlo así, tan suelta de cuerpo, porque son sus padres los que pagan su
libertad. Es más, son los negritos del hambre en África, las mujeres
destrozadas en México, la gente humillada en Venezuela los que pagan pòr su
libertad.
Sin embargo, la
declaración de Zaz también nutre la vocación por la justicia. ¿Quién dice que
ella no está dispuesta a pagar por su libertad?
Yo pago mi
libertad con el achicamiento de mi deseo de una vida material hasta lo ridículo,
con la resignación del éxito social y con la marginalidad.
— ¿Por qué estás
acá? —me preguntó una amiga con quien éramos uno cuando chicos, al entrar en mi
departamento— ¿Por qué vivís como un perdedor?
No me lo dijo
para agredirme, sino por amor. Le dolió el estado en que vivo.
— Pago mi
libertad. Así puedo vivjar a China todos los años.
— ¿No te estás
justificando? Yo puedo viajar a China también, todos los años, y vivo como la
gente.
— Hago lo que
quiero. No me someto a una tarjeta de plástico colgada de un precinto del
pantalón.
— Yo también hago
lo que quiero, y no tengo ninguna tarjeta de plástico.
En fin, jaque
mate. Pero bueno, no es mentira que trato de hacer lo que quiero.
Invito a algunas personas a mi libertad.
Podemos hacer
cualquier cosa, uno a uno o en grupo.
Podemos cocinar,
decirnos secretos, jugar a las escondidas, leer, mostrarnos rincones mágicos de
la ciudad, salir a caminar, hacer gimnasia juntos, ir a escuchar a un rabino que
descubrimos que es un sabio, sacar fotos, cantar, hacer un fuego, invertir
dinero, aconsejarnos con la ropa, jugar a un juego de roles, andar en
bicicleta, etcétera.
lunes, 29 de abril de 2019
Carta Política del Día - El indio
Hace dos años hubo un evento ecologista en un salón de la
Reserva Costanera Sur. Todos los que fueron eran directivos de fundaciones
ecologistas y funcionarios de Nación y Ciudad del área de medioambiente.
En una conversación, cinco personas estaban hablando de
Bolivia. Cada tanto decían "el indio" con repugnancia, con un
desprecio tan violento como penoso.
Se referían a Evo Morales.
Algunos tienen poder de decisión, otros poder de
comunicación y de reflexión. Éstos últimos tienen la obligación de entender ese
odio a los indios, los negros, los pobres y los peronistas.
El asco contra Evo es parte de ese odio. Hay que agregar a
los bolivianos a esa lista y entender que una de las claves del éxito del
liderazgo de Evo es que hasta el último boliviano entiende que su mensaje es
"yo podría estar donde estás vos, vos podrías estar donde estoy yo".
A las personas que decían "el indio" en la Reserva
Costanera Sur les resulta insoportable que Bolivia, que estaba lastrada por la
miseria, y por la discriminación social y racial contra los indígenas, con el
gobierno de un indio semianalfabeto haya registrado un crecimiento sin
precedentes, que ha cimentado la reducción de la pobreza y la mejoría de los
que estaban más postergados.
En Argentina, hemos conseguido la formidable situación de
usar el gas, comprar carne y hasta leche, con angustia.
sábado, 27 de abril de 2019
Entre nosotros
Si meto el celular en una cajita, en silencio, sin vibrador,
y lo dejos tres minutos allí, puedo pensar.
Voy a comprender que me algo me está faltando hacer con este
amigo que es un poco impresentable, con aquel tío ya viejo, siempre medio
gorila, con esta amiga tan mamá de sus pitufos.
Con los tres estamos conectados por en Facebook, también
participamos en algún grupo de WhatsApp, pero la verdad es que nos vemos menos
que las ganas que tenemos de vernos.
Unas ganas que están por allá abajo, como las velitas esas
que no se apagan, que le ponen a los santos.
Nos decimos que estamos tan ocupados.
Y es verdad.
Pero tenemos cosas para contarnos, y esas cosas no terminan
de aparecer en los mensajitos. Ni siquiera pueden brotar hablando por teléfono.
Tenemos expresiones, miradas que mirarnos.
Hay cosas que sólo salen con el rato de estar juntos,
físicamente juntos.
Algunas de esas cosas, que son las que hacen la relación de
tenemos, cosas que nos nutren, nos cambian la opinión, nos hacen ver esto o
aquello; algunas de esas cosas se van a pasar si no nos la decimos en el
momento, o poco después, y cuando al fin nos veamos ya no habrá quedado nada de
ellas.
Cosas para decirnos, y también tenemos comidas que nos
debemos cocinarnos.
Tenemos una casa en Los Nonos para estar un verano. En el
mar, en el delta del Tigre. Y pasan las vacaciones, una, otra, y no vamos y no estamos
unos días, como era antes.
Tenemos libros para contarnos, bandas y canciones para
hacernos escuchar. Tenemos callecitas, parques, noches que nos esperan para
caminar, nada más que por caminar.
Y a lo mejor ya ni se nos ocurre llamarnos, “che, ¿nos vemos?”,
porque ¿quién tiene a esta altura un rato libre? Ya no nos hacemos aquella
pregunta “¿estás al pedo?”, ya no estamos jamás al pedo.
Y la vida nos lleva uno para acá, el otro para allá, cada
vez más lejos. Como dos arroyos que corren juntos, pero un día uno va para
abajo y el otro gira hacia afuera y se van perdiendo.
Crecen los chicos y cuando los vemos no podemos creer lo
grandes que están.
Perdemos el cotidiano.
Después perdemos el hilo.
Al fin, mi amiga es la de siempre, pero perdí de vista el
panorama de su vida.
“¿Qué es de tu vida?”, le preguntaré cuando la vea, y
sentiré una amargura, porque esa pregunta se la hago a conocidos, no a los amigos.
Con los amigos se habla de otra cosa, no se habla de “qué es de tu vida”,
porque ya lo sabés, y estás medio adentro de su vida. No le preguntás por sus
hijos, porque el domingo los tuviste toda la tarde, no le preguntás por su
trabajo, porque esta mañana te contó para decirte que no aguanta más a ese
compañero que es un pesado.
Y en fin, ya no es posible recuperar los años. Se va
perdiendo la vida.
Y sin embargo, aún está aquella sensación de que tenemos
algo para hacer.
Si pudiéramos volver al día siguiente de cuando empezamos a dejar
de vernos, tendríamos algo fresco pendiente, algo para hacer ya.
Algo que nos quedaría pendiente para siempre si estuviéramos
muertos y girando lentamente en la eternidad.
Pero estamos vivos. Menos lozanos, medio resignados, menos
explosivos, con el deseo un poco distraído, pero vos ahí y yo acá.
Aún podemos hacerlo.
Nada más tenemos que caminar un rato, sentarnos en el banco
de la pequeña placita sin sol, pasar por el viejo andén de la estación de tren,
y descubrir qué tenemos para hacer.
Porque a lo mejor tanto demoramos el encuentro porque algo dentro
de nosotros nos decía “no lo veas aún, tengo miedo”.
Quizás nos da miedo ese algo que está pendiente entre
nosotros, tío, amigo impresentable, amiga tan linda, con tus críos agarrado uno
a tu cuello, el otro atrapándote la pierna.
Quizás es eso lo que un día nos llevó lejos del otro.
Y entonces tenemos que descubrir qué es.
Descubrir qué es lo que tenemos para hacer.
Quizás es decirnos unas palabras.
O darnos un abrazo.
O decirnos que no queremos ser ni amigos ni nada.
O bailar.
O aconsejarnos cómo vestirnos.
O regalarnos algo.
O nada más estar.
Pero no quiero que esto quede en el lirismo, así, un poco
sentimental, un poco realista.
Estoy pidiéndole a mis amigos que descubramos qué tenemos
para hacer.
No en abstracto, no “dos amigos”, “un tío y un sobrino”,
“dos humanos”, no: vos, vos-vos y yo.
Descubrirlo del mismo modo en que se resuelve un acertijo.
Como buscar un tesoro y encontrarlo.
Descubrirlo y hacerlo.
Después, Bueno, después ya se verá.
Siempre la vida es ahora.
Bueno, permiso, voy a sacar el celular de la cajita.
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