sábado, 18 de abril de 2020

El que se va


Cuando Carlos se dio cuenta de que yo me di cuenta de que se iba, hacia un costado me dejó una frase casual. "Fijate que la nena necesita zapatillas", me dijo.

Me quedé donde estaba, mirándolo. Se iba lentamente, tranquilo, inexorablemente hacia el mar.  No se volvió para mirarme. Iba como quien va hacia el galpón a buscar los enseres para ensillar el caballo.

No sé qué estaría sintiendo él, pero cuando metió los pies en el agua, sentí la necesidad de que no hiciera eso solo. Fui hasta su lado y caminé con él.

Caminamos hasta que el agua nos tapó. La pollera se me subió, me envolvió la cara.
Entonces lo perdí.  

Yo me quedé sumergida, cada tanto sacando la cabeza fuera del agua para respirar.








lunes, 13 de abril de 2020

Tiempo Maestro





Me tocó pasar unas semanas en un pueblo Santa María, de un país muy latinoamericano. Cada día que estuve allí la pasé de muy buen humor porque la gente era especialmente amable. Todas las personas con que me cruzaba por la calle me saludaban, “buenos días”, “buenas tardes”, adonde entraba a comprar algo me atendían sonriendo y jamás me cobraban demás, en cualquier bar o plaza que iniciaba una conversación con alguien, se armaba una charla reposada y encantadora.
Sin embargo, de todo nuestro continente, era el pueblo en que más asesinatos se cometían. Por la guerrilla, por el narcotráfico, por secuestros, robos y otros delitos, y por cuestiones domésticas. Eran la mar de afables, pero parecía que si se pasaban al campo de las discusiones, el recurso que tenían más a la mano para resolverlas era ponerle un tiro al otro en la cara.
Eran dos cosas las que yo no podía entender. Primero, el contraste. Segundo, que vivieran tan livianamente algo tan trágico, absoluto, como la muerte.
Sólo con los años fui comprendiendo que lo que sucedía en Santa María era que a su gente la muerte en realidad no le resultaba lo más tremendo que puede sucederle a alguien y a sus allegados.
Claro que era dramático el momento de la muerte, pero pasado el amargo trago violento, la vida seguía igual.
Con los años comprendo que en aquel lugar la muerte no valía nada porque la vida no valía nada.
El escandaloso pánico por el virus que se expande por todo el planeta resulta estos días un buen Maestro de la Muerte para muchas personas.
Nos enseña nuevamente que moriremos.
Nos da tiempo para que nos preparemos para morir.
Y sobre todo, nos pone a pensar para qué vivimos, qué sentido le damos a nuestras vidas, qué hacemos con nuestro tiempo.
Algunos no estamos del todo cómodo escondidos del virus, preservando nuestros cuerpitos en reclusión, cuando podríamos estar haciendo algo que sirva para quienes no están bien.
Algunos estamos esperando una eclosión de la epidemia que demande manos para atender situaciones en lugares complicados. Entonces pensamos que podríamos ayudar a cargar cadáveres, por ejemplo.
Luego comprendemos que nos vamos un poco al carajo con ese pensamiento, pero entonces, ¿qué estamos haciendo de nuestra vida que sea un aporte tan crítico como el de juntar cadáveres?



viernes, 10 de abril de 2020

La armónica


Vivo en un departamento que da al pulmón de la manzana, que es un verdadero pulmón, no verde, pero hay unos talleres del Gobierno de la Ciudad que están desactivados, de manera que es un pulmón de silencio.
Alejado de la calle, ni aún en los días de ciudad enloquecida escucho los autos, de manera que en pleno centro, tengo la bendición de carecer de contaminación sonora. Además, soy medio sordo.
Si no pongo música yo, no escucho nada.

En la cuarentena, este silencio, exagerado, da una sensación de irrealidad.
En el silencio perfecto, a veces pienso, o a veces mi mente está también en silencio. Entonces, agarro la armónica e improviso algo.

El sonido de la armónica puede ser muy vivaz, pero también muy melancólico.
Cuando toco para mí, la música le hace bien a mi corazón y a la vez me hace sentir que estoy solo.
Es como si me hubiera tirado de un tren de cargas en el que me colé, luego hubiera caminado hasta un río, y en la orilla, mirando el agua pasar, hubiera sacado la armónica y me hubiera puesto a tocar.

Quizás, el sonido sale por la ventana y se cuela como un filamento en el silencio del pulmón de manzana. Puede ser que alguien de alguno de los cientos de departamentos que dan al pulmón de la manzana, escuche el sonido triste y vivo de mi armónica.
Y a lo mejor cuando termine la cuarentena,,encuentre en la verdulería o en el supermercado chino, o también en una fiesta, o en un recital, a alguien que escuchó la armónica estos días, alguien que dice “ahí está la armónica otra vez“, y se detiene a escuchar. Tal vez encuentre a esa persona, que no sabrá que yo era el músico, y yo no sabré que esa persona escuchaba mi armónica.

Anoche soñé que alguien había agarrado la armónica y se había puesto a tocarla, aquí en mi departamento del silencio.
No la veía, pero sabía que era una mamá con un bebé. En el sueño, me alegraba; ahora que estoy despierto, me hubiera gustado que fuera real.
Me hubiera gustado en esta cuarentena, estar con una esposa y un bebé.

Cuando acabo de tocar la armónica, el sentimiento melancólico se disuelve casi apenas se termina la reverberación de la última nota.
Inmediatamente me pongo a hacer cosas. Tengo tantas cosas que hacer, que no me alcanzarían siete cuarentenas para terminarlas.
Trabajar solo en mi casa no es novedad para mí. Hace una década que me vengo preparando para trabajar desde cualquier lugar del mundo, de manera que hacerlo desde la comodidad de mi casa, es casi la mejor hipótesis.







jueves, 2 de abril de 2020

Pampa de los Guanacos





Mi papá, 84 años, está en su casa de Nueva York, la metrópoli planetaria hoy sumergida en la oscuridad de una distopía amarga. Desde el cielo se ve en el mar la Estatua de la Libertad y, cerca, el barco hospital abarrotado de enfermos. Descendientes de quienes llegaban en barcos y lloraban al ver la estatua, que les daba la bienvenida a la Tierra del Mañana.
Hace unos días, antes de la época de la cuarentena, mi papá me mandó un mensaje retándome porque estuve mucho tiempo sin comunicarme con él.
Le pedí disculpas y lo empecé a llamar seguido. Al principio, me cortaba medio rápido. El hombre siempre es un chico. Ahora me llama un par de veces al día.  Hace un rato me preguntó si yo conocía Pampa de los Guanacos.
Era una pregunta un poco desconcertante. Le dije que conocía una chacarera con el mismo nombre y quise saber por qué me preguntaba por ese lugar.
Me dijo que buscara un video turístico de Pampa de los Guanacos en YouTube.
Entonces, miramos el mismo video en YouTube, él en Nueva York y yo en Buenos Aires.
Pero ¿por qué estábamos viendo Pampa de los Guanacos?
“Me puse a mirar YouTube y me pareció interesante”, me respondió.
Estábamos viendo un episodio de un programa de turismo, bastante humilde. El conductor había viajado en su auto (una escena transcurría en de la gomería “Rodar”, donde el auto se proveía de neumáticos) a Pampa de los Guanacos, un pueblo en la frontera de Santiago del Estero con Chaco. Un pueblo que tiene sólo una iglesia. Menos de 5.000 habitantes. Ningún hotel. Pero tiene una comunidad menonita.
Mi papá me empezó a contar de los menonitas, porque ya había visto el programa. Me extrañó aún más, porque no le interesa la gente rara.
“Son alemanes, o no sé de dónde. Se hace la ropa entre ellos. Los chicos no van a la escuela. No usan celular, ni nada de la tecnología”, me relataba.
Estaba interesadísimo. Era la primera vez que sabía de la existencia de aquella gente.
Y yo tenía mucha intriga. No podía adivinar qué estaba viendo que le llamaba tanto la atención.
Tuve la sensación de que quizás mirar a los menonitas le hizo pensar que nos podríamos arreglar sin máquinas, dinero, electricidad y Estado.



domingo, 29 de marzo de 2020

Lo peligroso de los poetas


El Maestro Ibn Sĩna nos enseñó de esta manera:
“Los poetas, que no transigen granos ni vacas, ni espadas, que sólo beben licor y se olvidan de comer, esos seres inútiles como parásitos de la sociedad, sin embargo son el verdadero peligro. Los gobernantes más lúcidos lo saben y por eso los matan”.
“Pero ¿cuál es el peligro que entrañan estos espíritus, la mayoría cobardes, incapaces de levantar un martillo, inútiles a la hora del trabajo, molestos con su música y sus palabras a la hora en que todos quieren dormir?”, inquirió uno de sus discípulos.
Sin levantar la vida, el Maestro Ibn Sĩna respondió:
“Su amenaza consiste en que crean la realidad”.
“¿Y cómo es posible eso, Maestro, si no pueden siquiera arreglarse un zapato?”, le preguntó otro de los discípulos.
“Porque crean la realidad en sus delirios”, respondió el Sabio, y quedó callado.
Quienes estábamos allí nos mirábamos unos a los otros, preguntándonos con la mirada, a ver si alguien entendía la enigmática respuesta.
Quizás el Maestro esperó que pensáramos unos minutos por nosotros mismos, o quizás estuvo aquel tiempo buscando la mejor manera de decirlo. Al cabo, volvió a hablar:
“Os daré un ejemplo. Al escribir sus versos en contra del emir Sama' ad-Dawla, el escritor Ibn an-Nafis dijo: «Quien se acerque a él, sentirá que huele como las berenjenas que ya están pasadas». No es haberse opuesto al sultán lo que lo hizo peligroso, sino la calidad de lo que dijo, lo penetrante y corrosivo de la imagen sensorial que presentó, que luego se expandió hasta que finalmente la imagen del sultán fue primero contaminada y más tarde tomada por ella, afectándolo tanto que influyó grandemente en su ánimo y en el de sus oponentes. Y fijaos que es una imagen sólo surgida de la fantasía del escritor, porque en la realidad las berenjenas no hieden cuando se pasan. Sin embargo, nadie se fijó en eso, lo que la gente ya no se pudo sacar de la cabeza era una realidad que fue inventada por Ibn an-Nafis: que el sultán tenía el olor de las berenjenas pasadas”.






sábado, 28 de marzo de 2020

Vuelven a pedir el fin del bloqueo a Cuba



Tengo una amiga psicoanalista que trabaja en el área de salud mental de un hospital del Estado en Rosario, específicamente atendiendo los casos de maternidad en problemas. Mujeres pobres, destrozadas por la vida.
Tengo un amigo que tiene una FM en Bariloche. Desde que la puso, hace más 20 años, en buenas épocas y en épocas de Argentina infame, nunca aflojó con decir la verdad de modo comprometido, nunca dejó de fustigar a los que abusaron del poder y de promover la solidaridad.
También en Rosario, otra amiga trabaja en un espacio de contención en uno de los barrios más peludos. La vida es dolorosamente violenta y miserable, el futuro es negro. Y ella, que como la otra y como el de Bariloche, podría haberse hecho una vida acomodada, elige seguir allí, no sé si con esperanzas, pero sí con fe.
Los tres tienen mi edad, han pasado los 50, y ninguno ha traicionado los ideales que tuvo cuando eran jóvenes.
Y no es que los han mantenido en el chamuyo, en el café. Viven sus vidas guiados por esos ideales.
Los tres creen que las personas deberían vivir dignamente.
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Cuando tuve 27 años, fui a Cuba. Ya se había apagado en Argentina la Primavera Democrática de la manera más penosa. Los que fuimos adolescentes durante la dictadura militar habíamos aprendido que el sueño de una sociedad justa se había terminado. Sabíamos que Cuba era un sueño eterno, ya habíamos depuesto el brote revolucionario que una vez nos había encendido.
Pero cuando llegué a Cuba mi desorientación fue total. Estaban todos los problemas que se mencionaban en Buenos Aires como argumento de que no había más que una dictadura de Castro, y sin embargo, la gente trabajaba dos horas por día, todos tenían casa, todos discutían de política horas y horas, todos discutían en sus trabajos las condiciones en que trabajaban. La gente tenía la cabeza libre. Todos, pero todos, los chicos iban a la escuela con una decencia que aún hoy, recordándola, me desarma.
¿No era que estaba muerto el sueño del socialismo?
No.
Y los chiquitos podían ir a la escuela no por artes de magia, sino porque hubo gente que mantuvo en alto sus ideales, trabajando por ello duramente, haciendo que el país pudiera resistir un bloqueo criminal.

Cuando Kirchner se quedó parado supervisando que bajaran el cuadro de Videla, se me encendió algo adentro.
Como cuando había ido a Cuba, yo tenía por completo perdidas las esperanzas de que sucediera algo así.
"¿Cómo?", pensé de nuevo, "¿entonces la magia existe?"
No, no existe.
Lo que existe es la gente que no afloja, los más blanditos que no aflojan con la ilusión de justicia y los más polenta, como mis tres amigos, que entregan mucho, en el sindicato, en la militancia, en el comedor barrial.
Con toda la recriminación que le cabía a Kirchner —que las propiedades que compró como abogado, que la derecha que le daba a sectores de poder concentrado, que miraba para otro lado cuando algún gobernador hizo bestialidades—, con todo eso, no tenía arreadas las banderas que había llevado en los 60 y los 70.

Ahora sobrevuela la ilusión de que el final de la pandemia obligará a una distribución más justa de los recursos. Sé que es la misma ilusión de que las calles se llenen de unicornios, pero también hay gente como mis amigos y como Kirchner que, por ejemplo, hoy han exigido el fin del bloqueo a Cuba.

¿Quiénes fueron? Los del Grupo de Puebla, entre los que están Rafael Correa, Ernesto Samper, José Luis Rodríguez Zapatero, Lula, Dilma Roussef, Alberto Fernández, Jorge Taiana, Julián Domínguez, Pedro Brieger, Carlos Tomada, Felipe Solá, Fernando Haddad, Celso Amorim, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Fernando Lugo, Leonel Fernández, Evo Morales y Álvaro García Linera.




jueves, 26 de marzo de 2020

Conviene fortalecerse

Mi cuarentena es lejos de mis hijos.
Dos están en San Fernando, el otro en Escocia.
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Si esto me da una pausa para pensar cosas que no pensaría si no hubiera aparecido la bendita pandemia, me pregunto si hasta ahora hice por ellos todo lo que pude.
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Hoy lo que hago es aconsejarles que se fortalezcan.
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“Ustedes están en buena condición para enfrentar lo que sea. Usen este tiempo para fortalecerse más. Lo necesitaremos para encarar la reconstrucción”.
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Les estoy recomendando que usemos esta receta:
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Fortalecerse mentalmente:
- Pensar.
- Pensar enfocadamente.
- Ver bien lo que pasa.
- Anticipar lo que pasará, mañana, en seis meses, en un año.
- Planificar.
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Fortalecerse anímicamente:
- Tirarle una onda a otros.
-Cómo:
   ---pensar en ellos. No en todos, enfocarse en una persona cada día.
   ---comunicarse
   ---hacerle algo, que puede ser un retrato, un porrín, una canción, un plato, una técnica para encender el fuego para hacer el asado, un muñeco hecho con un cepillo de dientes, un poema. Lo que sea, se entiende
   ---mandarle una foto de lo que hicieron
   ---guardarlo para dárselo cuando se vean
   ---escuchar
   ---leer lo que escribe, si escribe, o escuchar su música, etc.
   ---si se enferma o necesita algo, hacer lo que corresponde
   ---estar atentos a las movidas de solidaridad que se armen para participar
   ---estar atentos a si se les ocurren movidas de solidaridad y si se les ocurren, ponerlas en marcha

Fortalecerse físicamente:
- Pensar qué comen y cuánto
- Hacerse una rutina de ejercicios
- Cuidarse de no tener un accidente tonto.
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Nada más.