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jueves, 20 de noviembre de 2025

Lo que importa

Jorge recordó esta escena en silencio, no le contó a nadie: su mamá iba con él y con su hermano menor paseaban por el Jardín Botánico. Por el camino en el que caminaban venía caminando un hombre. El hombre miró a su mamá de lejos y se quedó como desconcertado. Jorge supo que se había quedado sin respiración ante la hermosura de su madre. Su madre era una mujer de una belleza que no era de este mundo. Era probable que fuera la mujer más hermosa que ese hombre hubiera visto en su vida. Tenía unos ojos enormes, tranquilos, como los ojos de un animal que tiene un perfecto control de sí mismo y de todo lo que tiene alrededor. Con esa mirada debe haber penetrado hasta el fondo del alma de aquel sujeto, como hacía con cualquiera, y él no podía hacer absolutamente nada. Era un tigre atrapado por un poder misterioso, que lo había reducido a la dimensión de un conejo que había caído en una trampa. Jorge, que era un gurrumín de ocho años, vio cómo el hombre caminaba como un autómata hacia ellos, con la boca abierta mirando hipnotizado a su madre y cuando llegó cerca le dijo: “¿qué mira, señor? ¿No tiene respeto?” 

Jorge no tiene trastornos cognoscitivos. Si quiere recordar algo, como el nombre de una canción, la fecha en que su hermano tuvo el accidente, el nombre de un compañero de la carrera, 40 años atrás, lo recuerda. Sin embargo, no le interesa recordar nada. No sabe cómo se llama el perro de su compañera, ni la calle donde vive su hijo, ni la marca de su auto, ni el nombre de ninguna herramienta. Le gusta el fútbol, es un observador muy agudo, puede anticiparse con agudeza a cómo jugará tal jugador o qué cambios hará el técnico, o cómo cambiará la táctica en el segundo tiempo, pero no sabe el nombre de ningún jugador. Ni del presente ni del pasado. No le importa. 





Dibujo de Juan Aiello.


domingo, 28 de septiembre de 2025

Piedras preciosas

En cada persona hay piedras preciosas.

Todos somos monstruos perfectos.

Si alguien descarta a una persona por completo, esa parte que descarta no es una piedra preciosa.

Más le convendría que hubiera decidido su parte abierta a la maravilla, su capacidad de encontrar en los demás las piedras preciosas, únicas en el universo, las piedras que emiten vida.

Conviene hacer contacto con esas piedras. Conviene observarlas.

Observarlas es como abrir la ventana un día de verano en el momento en que recién sale el sol. La luz entra en la casa, llega hasta el último rincón, la transforma por entero.

Conviene permitir que algo portentoso de otra persona te llene de Dios.

Deponerte un instante y maravillarte.

Contemplar, comprender y dejarte encantar.

En algunas personas esas piedras están a la vista, incluso te chocan, necesitás pasar por sobre el encandilamiento para poder apreciarlas.

En otras, en cambio, están escondidas, enterradas en la tierra del centro de su planeta.

O simplemente no están expuestas; están detrás de la puerta.

Es la estupidez lo que impide saber que están en algún lado.

En general ni siquiera es necesario buscarlas. Basta tener los ojos abiertos cuando se trata con alguien. Saber que en algún momento aparecerán.

Ni siquiera es necesario activar la fe. Alcanza con poner a un lado la propia necedad.

En todos hay piedras preciosas.

 




miércoles, 14 de marzo de 2018

La florista




Esto es algo que no quiero contar, pero necesito contárselo a alguien muy íntimamente, porque me puse a llorar en la calle. No podía parar, ni podía esconderlo, hasta un tipo me miró y casi se detiene a preguntarme si estaba bien.

Para caminar, todavía tengo que llevar el brazo inmovilizado con el cabestrillo, porque el movimiento me sacude la clavícula en recomposición y al rato me duele mucho. Hoy iba camino a la casa de Eva, a escribir. Es una de las primeras salidas que hago para trabajar. Eva gana diez veces más que yo, me paga para escribir, tiene toda la vida resuelta, ahora y para todo el viaje. Pero vive sola, y me parece que está bueno que una mujer que se queda sola en algún momento pueda sentir la presencia de unas flores o mirarlas, tocarlas. Me paré en un puesto de flores muy arregladito para llevarle flores. En esta época las flores abundan, y además en el puesto las tenían hermosas. Había como una marea de rosas blancas en jarrones en el piso y a la altura de los ojos estallaban en colores los ramos de sanvicentes. La señora que atendía era muy, muy, muy bajita. Su delantal azul estaba tan limpio como las flores, y planchado, y su pelo estaba tirante y brilloso. Era una mujer joven, y la felicité por el puesto. No dijo nada, sólo sonrió, y pareció complacida de que yo apreciara los diferentes tipos de flores que vendía. Le pregunté cuánto costaba el ramo de unos sanvicentes de varios tonos de lila y le pedí que me lo preparara. A la vez me salió, antes de que se le ocurriera a mi voluntad, pedirle si podía hacerme el favor de atarme el cordón de la zapatilla, ya que con el cabestrillo me era imposible. Estaba preocupado por eso desde que estaba arriba del colectivo que me llevó al lugar. Temía caerme, porque entonces me volvería a romper todo, me volverían a operar, sería un desastre. Le pedí mil disculpas a la señora por mi atrevimiento y le expliqué con el mejor detalle que pude por qué le estaba pidiendo, que jamás pido ese tipo de cosas y tal, pero la señora no prestó atención a mis explicaciones, simplemente dio una vuelta para salir del interior del puesto y me ató el cordón con practicidad y deferencia. Hizo un nudo velozmente y como vio que quedó largo, le dio otra vuelta para que no se me desatara y luego regresó a su lugar a entregarme el ramo. Me hizo el favor de una manera tan rápida, sin la mínima sombra de servilismo, tan solícitamente, por pura solidaridad, que me sentí ante una persona infinitamente superior. Me dijo “adiós” con una expresión tan pura que apenas hube dado unos pasos me largué a llorar como un idiota.