jueves, 22 de noviembre de 2012

Ciego o sordo



Camino a quedarse completamente sordo, Luis Buñuel explicó aquello de que los ciegos mueven a la compasión y en cambio los sordos irritan.

Los ciegos son el pobre cieguito, los sordos son el sordo de mierda.

El ciego mueve a la compasión y provoca la caridad y solidaridad. A un ciego parado en una esquina concurrirá apresuradamente cualquier humano para ofrecerlo a cruzar la calle.
El sordo, en cambio, es sospechado de no escuchar porque no quiere. El dicho no hay peor sordo que el que no quiere oír, no es precisamente a favor del sordo. Implica, en Principio, que hay sordos malos y sordos peores.
Tiene que pasar algo escandaloso para que uno sospeche que el ciego no ve porque no quiere ver.

Es más, no hay medio ciegos. Aunque haya personas que anden con bastones verdes para señalar que son disminuidos visuales, el sentido común dicta que el ciego no ve nada, sólo ve negro.
El sordo, por su parte, tiene que andar siempre nadando en las aguas de la indefinición: nunca sabe si no escucha porque está medio sordo o porque le hablan bajito.

Unos anteojos negros y un bastón avisan a todo el mundo que se está ante un ciego, y por tanto, son despertadores de la conmiseración, la piedad y la buena educación.
En cambio, ¿qué signo convoca el altruismo para tratar con dignidad y consideración a un disminuido auditivo?

Buñuel sonríe por las dudas: han dicho algo pero no distinguió
qué le dijeron.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La asimilación del chino



En una encuesta que hice sobre la enseñanza del idioma chino en Argentina, alguien mencionó las dificultades que importa para qué quiere aprenderlo cada alumno. O sea, ¿se puede enseñar de la misma forma a quien quiere saber algo de la lengua, a quien necesita saber “las 10 frases indispensables para moverse en Beijing”, o quien anhela leer el Tao Te Ching en chino? O más aún, ¿son esos tres chinos el mismo idioma?
Robi Villarruel, director del Centro Universitario de Idiomas, fue rotundo: “enseñamos pragmáticamente. El alumno tiene que poder encontrarse con un chino y comunicarse; bien, poco —pero comunicarse”.
Mariana Padilla, por su parte, me dice que le interesa la lengua en sí. No quiere pronunciarla ni entender a alguien que le hable en chino.
Miguel Ángel Petrecca lo aprende, incluso viajando a China, para traducir a poetas que intuye admirar.
Yo estoy cerca de Mariana: me gusta contemplar los vericuetos, la ocurrencia, la poesía y la riqueza del idioma chino. Quizás pueda comunicarme alguna vez, pero sólo será como un efecto lateral que he renunciado a buscar.

La clasificación que planteo es espontánea y sólo me aparece para desarrollar este argumento, aunque alguien debería hacerla bien en algún momento, ya que el aprendizaje del chino está teniendo una demanda masiva.

A pesar de su tosquedad, sin embargo, la clasificación permite ubicar los diferentes esquemas de aprendizaje en una línea de progresión de la influencia que tiene el aprendizaje del chino sobre el alumno.
La incorporación acrítica del rasgo mujer puede ser inmediata y permitirá la comunicación rápida. En cambio, detenerse en que las palabras bien, negación, esclavo, deseo, apellido, cobarde, tranquilo, fiesta y perspicaz están formadas con el rasgo mujer puede llevar a un tiempo indefinido de estudio, hermenéutica y reflexión.

En el primer extremo, la modificación que sufrirá la estructura lingüística, cosmovisionaria, mental, será mínima. El alumno podrá inclusive hablar un chino indio, traduciendo literalmente el español al chino.
En el otro, la digestión del nuevo elemento provocará que toda su estructura se vea modificada acaso irremisiblemente.




         女


martes, 20 de noviembre de 2012

Programas y planes



Quizás con la excepción de los psicóticos y otros desgraciados, todos tenemos un programa de existencia humana.
Por otro lado, algunos tenemos un plan.

El programa deja pocas decisiones en el vacío. ¿Fumamos por primera vez a los 11 años en el campamento o decimos que no? El programa prevé criterios para decidir.
¿Ignoramos la Iglesia?
Nos hacemos de un capital, ¿lo invertimos, lo perdemos, lo ahorramos?
Acusan a nuestro amigo, ¿decimos la verdad o lo defendemos?
¿Nos mudamos?
¿Tocamos el piano?
¿Buscamos tener un hijo?
¿Buscamos la candidatura?
¿Pedimos patear el penal?
Nuestro programa prevé criterios para cada una de estas decisiones, inclusive la pasividad de no decidir.
También nos dota de personajes: cómo seremos como compañeros, jefes, esposos, súbditos, famosos.
Nos provee mapas: lugares por donde andaremos, lugares nuestros, lugares a conquistar, lugares prohibidos.

Los planes, en cambio, son elaborados por cada persona. Si el programa indica tales decisiones, el plan toma las propias.
Diseñando un plan decidimos quién seremos.
Y cuáles serán nuestros espacios y cómo los usaremos.
En total, el plan contradice al programa (si no, no haría falta que exista).

Hacerse un plan y cumplirlo es cosa de gente de pelo en pecho.
Se hace en contra de los intereses del programa.
A veces quedándose solo.
En general perdiendo herencias.
Siempre pagando precios.




martes, 13 de noviembre de 2012

Los seres más bellos de la creación

Los seres más bellos de la creación hacen cada cosa...

Y cuando se juntan, ¡ni te cuento!

Lástima que hoy no es el Día de la Mujer. Justo se me ocurrió homenajearlas un día que no sé qué es.






























A la una, a las dos, a las tres, a las cuatro


50 a la una
Cuestan los 50. Es como resignarse a que los boqueteros se llevaron todo de la caja de seguridad y andá a cantale a Magoya.


50 a las dos
—    Yo era muy atolondrado y muy necio. Dediqué mi vida a temperarme.
—    Y de tanto temperarte, observarte, intervenirte, podarte, regularte, someterte, cuidarte, gobernarte, reprimirte, encausarte, sublimarte, fiscalizarte, preocuparte, ya no vivís. Me parece que se te acabó el tiempo para controlarte.


50 a las tres
“Mi terapia es el escenario”, dijo el santiagueño que se ha mandado todas las macanas que se puede mandar un hombre, pero cuando sube a cantar entra en estado de gracia.


50 a las cuatro
Sabía que mi vida comenzaría a los 50, de modo que planamente desperdicié mis años hasta hoy.
Ahora llega el verdadero tiempo de la fecundidad, de sembrar y dar fruto, de crear el mundo, dar de vivir a los demás. Aunque no sé por qué tengo la seria sospecha de que seguiré con el desperdicio.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Lo que vi en la marcha del 8N


Vi mucha gente regia. 
Toda gente que no se ve en los colectivos. 
Sólo esa gente. 
Vi muchas banderas argentinas. 
Vi las consignas vacías que nombró muy bien Urtizberea*. 
Vi mucha gente. 
Vi católicos en muchos lugares. 
Vi la gente que avanzó hacia la destitución del Gobierno en 2008, la que celebró la fiesta de  Menem y la que le dio un cheque en blanco a los militares para que dieran el Golpe de Estado en el 76 e instauraran una dictadura que torturaría y asesinaría a miles de personas. Sin embargo, pensé que el tema no es tanto las personas, cada persona, sino como anclaje de la defensa de los intereses de los sectores privilegiados. 
Las consignas eran horrorosamente vacías, pero eran muy claros los intereses que se defendían -ya sea porque se los tiene o porque se los quiere tener-: la propiedad privada, la potestad política legal o ilegal, los privilegios de las clases acomodadas.






* No digan por un país no sé cuánto, por una provincia no sé qué. Digan cómo. Digan un plan. Digan qué idea. Digan el proyecto. Digan los pasos. No digan para terminar con tal cosa, para continuar con tal otra. Digan cómo. Digan con qué recursos. Digan con qué criterio. Digan con qué medidas. No digan frases vacías. No digan palabras tan generales. No digan “seguridad” si no dicen cómo. No digan “educación” si no dicen cómo. No digan “cambio” si no dicen cómo. Digan cómo. Concretamente cómo. Sinceramente cómo. Digan las respuestas; las preguntas las conocemos todos. Digan visiones reveladoras. Digan algo de los pensadores que leyeron, cuáles rescatan, con cuál disienten. Digan qué saben de filosofía política, digan qué saben de los problemas de la gente. Digan qué saben de economía, digan qué recetas ya fallaron y cuáles aún no se han probado. Digan la historia, las causas. Digan cómo saben lo que saben. Digan algo que no
haya dicho nadie, algo que no sepamos. No digan discursos que no dicen cómo. No digan obviedades. No digan vaguedades. No digan sólo los titulares de las cosas. Digan las cosas. Digan con qué cálculos. Digan de qué manera. Digan con qué medios. Digan por cuál camino. Digan cómo. Específicamente cómo. Técnicamente cómo. Detalladamente cómo. Sabiamente cómo. No digan sólo eslóganes. No digan por arriba. No digan “salud” si no dicen cómo. No digan “vivienda” si no dicen cómo. No digan “empleo” si no dicen cómo. No digan lo que ya escuchamos mil veces, lo que ya sabemos de memoria. Digan una que no sepamos todos. Digan y sorpréndannos por lo ilustrados, por lo preparados, por lo sensibilizados. Digan y sorpréndannos por lo creativos, por lo comprometidos, por lo bienintencionados. Digan lo que quieren hacer, pero digan cómo. No digan palabras recitadas. No digan frases hechas por los asesores de imagen. No digan discursos de cartón. Digan cómo. Simplemente cómo. Claramente cómo. Particularmente cómo. Responsablemente cómo. Digan un plan. Digan qué idea. Digan el proyecto. Digan los pasos. Por cuál camino. Con qué recursos. Con qué criterio. Con qué medidas. Digan cómo. Los estamos escuchando.

martes, 6 de noviembre de 2012

Mansamente




Concurre Damiana al taller de cuentos que coordino en el Centro de Jubilados de Recoleta. Entre las señoras paquetas Damiana es modesta y servicial. Le encanta recordar la vida de antes en los barrios de Buenos Aires. Siempre trabajó. Cuando yo pregunto si tienen frío, Damiana va a cerrar la ventana y si alguna de las otras concurrentes al taller pregunta si alguien golpeó, Damiana se levanta y va a ver, y a todos les parece natural que sea ella quien se levante.
Cada semana dicto una consigna sobre la que escribirán un relato; la semana pasada la consigna fue: “el pescado se dejó sacar del agua mansamente”. Damiana escribió sobre un marinero, “un hombre muy mayor ya”, que estaba sentado quieto. Dejó Damiana al marinero un largo rato allí donde estaba, sobre una silla vieja y robusta y con un codo sobre la mesa, para describirlo con la precisión en la que se complace extenderse la literatura costumbrista. Al final reveló que el marinero pensaba “en aquel pescado que se había dejado sacar tan mansamente”. El marinero se preguntaba, no obsesivamente, quizás sólo por un instante, por qué el pescado no se había resistido. En el relato de Damiana se sentía que la pregunta había perseguido al hombre toda su vida.
No hacía falta que Damiana dijera en su relato escrito si acaso el marinero se entregaría, cuando le llegara la hora, mansamente a la muerte.
Yo elegí esa consigna porque la frase sigue rebotando adentro de mi memoria, y reaparece cada tanto. Se la escuché decir a mi tío Luis en un relato de pesca. “El patí es así. Es un bicho manso. No pelea. Al dorado necesitás un rato largo para sacarlo, porque si te ponés firme, corta la tansa de un tirón. Pero el patí se deja traer tranquilito. Apenas sentís un peso, casi ni se sacude. Y es tan hermoso, con la panza blanca un poco celestita. Te morís de pena”.
Era un buen relato, el de mi tío.