sábado, 8 de marzo de 2014

Ganas


Dos muchachos y dos chicas se han hecho amigos en un tour para periodistas. Todo el contingente era de gente mayor, adultos, gente seria, y estos cuatro, circunspectos al principio como alumnos de principio de año, fueron apartándose del resto y escapándose de las actividades programadas. Un mangrullo de utilería los encontró contándose sus vidas, nadaron a la noche, dejaron en una tapera abandonada perfumes de flores.
De regreso del tour, los muchachos se hicieron compinches, se vieron algunas veces con una de las chicas, y la otra nunca respondió a los llamados del reencuentro. El saldo de este tipo de viajes, conocidos como famtours o presstours, es que los integrantes mantienen a su regreso un contacto distante, muy diferente del que tuvieron en el viaje. A veces suceden cosas que deben ocultarse, a veces se quiere preservar lo que pasó de la rutina de la vida cotidiana. Y a veces algunas personas encaran el viaje abiertas, dispuestas a que le sucedan cosas que le cambien algunos aspectos de su vida.
Aquel grupo de cuatro no hizo locuras, no se fue de control, y sin embargo, tres de ellos quisieron incorporar a sus vidas lo que pasó. Volvieron a verse, tenían ganas de algo.
¿De qué? Fácilmente alguno pensará que tenían ganas de sexo, pero la verdad es que el sexo no era un asunto. Eran ganas de otra cosa, de estar juntos, de seguir la joda... Ganas de algo más.
Siempre esas ganas de algo más.




Vector




Crew, prepare for take off.


En problemas


Era una persona que en cuanto hacía algo que verdaderamente lo entusiasmaba, se arrepentía de lo que había hecho.




En otro país


Hay quien se apasiona por decirse todo. Se propone, un día, decirse todo lo que  le sucedió cuando vivió, de niño, en otro país.


Concluye, así, que estar en otro país es fundamentalmente no comprender los códigos que garantizan la reproducción de la realidad.

Quien está en otro país, piensa, está básicamente en babia, no comprende nada de lo que pasa. Tal como lo muestra Polanski magistralmente en "¿Qué?"

Un estado en el que todo es posible.

Su conclusión es: "muchas veces me encuentro en ese estado, en otro país o en el mío".


Taller de cuentos una mañana en La Boca



Cerca de donde hacemos el taller de cuentos, en el mismo gran comedor, alrededor de dos mesas varios viejos miran la televisión. Ven un canal en el que están pasando Hijitus.
Hoy volvió el boxeador. No tiene la mirada perdida, pero pasa un tiempo, pequeño y a la vez muy difícil de soportar porque parece eterno, entre que resuelve qué decir y cuando finalmente lo dice. En el encuentro anterior hizo un repaso despiadado de los nocauts que tuvo. Escuchándolo, nos resultaba inconcebible que siguiera vivo.
Hoy eludió sentarse a la misma mesa con los demás escritores de la tercera edad que viven aquí luego de haber sido recogidos de la calle, y se ubicó en otra. Vi que frente a él, pegado en la mesa, donde se apoya el plato, había un papelito que decía HIPOLITO. Era su lugar.
Por primera vez estuvo Silvia, que llegó al Refugio hace dos semanas. Con excelente disposición Silvia hizo y rehizo su historia, como si hubiese empezado la historia corrigiéndola.
Silvia tenía la cabellera de una chica de 20 años, la cara típica de las intervenidas con cirugía plástica y unos lentes elegantes, aunque les faltaba una patilla. Escribió una historia de amor en la que María Delia perdía los zapatos, desesperaba porque tenía que volver a su casa a las once de la noche y al fin aparecía un príncipe Luis que los encontraba en un pozo.
Luis también era el nombre de otro nuevo integrante, que escribió casi la misma historia que Silvia. Había llegado en silla de ruedas, vestido con una prolijidad extraña al lugar —camisa clara, bléiser de impecable azul y pañuelo rojo que asomaba del bolsillo. Se presentó como un hombre culto; posó sobre la mesa un libro de logosofía y un cuaderno en el que dijo guardar sus escritos.
Estuvo Isabel, que está siempre. "Te estaba esperando", me dijo al verme, con una sonrisa que emerge desde el fondo de ella, un fondo que no alcanzo a ver. Isabel está en una realidad diferente, imposible de sintonizar, salvo cuando escribe. En sus relatos, su mundo de allá dentro, sus seres, sus lugares, aparecen en una trama que le permite compartirlos. Las consignas que dicté hoy  fueron: "En la milonga, María Delia no podía encontrar sus zapatos" y "Una nube de mariposas blancas cubría el pozo de agua". Los participantes debían integrarlas en una historia. El cuento de Isabel comenzaba con María Delia perdiendo los zapatos, luego viendo el reflejo de una nube de mariposas en la superficie del agua del pozo, y luego en la blancura de las mariposas emergía Jesucristo, hasta que se instalaba definitivamente un mundo divino, el formado por los "colores en torno de la vida humana' y poblado de "mariposas en el infinito".
Los ancianos que miraban Hijitus en el televisor parecían estar en una sala de espera eterna. El barullo de un televisor perturbaba el taller, de modo que me acerqué, les expliqué por qué era necesario que bajara el volumen y los invité al taller. Nadie dijo nada, y cuando bajé el volumen siguieron mirando la pantalla con la misma expresión de antes.

La Boca, septiembre de 2013


Pérdida por no leer chino


La pérdida de quienes no leemos chino se comprueba al comprender que una fábula china sólo puede ser realmente leída en el lenguaje en que fue creada.




viernes, 7 de marzo de 2014

Paolo y la Marquesa di Bianco


De puño y letra de Marcel Schwob se encontraron apuntes que claramente prepararon sus Vidas Imaginarias. Entre las anotaciones hay una historia referida a Paolo di Dono, antes de que lo llamaran Uccelli, muchos años antes de que conociera a la Selvaggia mencionada en el libro. La historia refiere la separación de Paolo Dono de la Marquesa di Bianco. Expansiva socialité de la corte, ella dedicaba su vida a complacerse en su círculo noble, brillando y seduciendo. Sabía cultivar alianzas, crear intrigas, sembrar discordia, hacer de celestina, conseguir arrepentimientos y perdones, tejer redes hechas de emoción, poder, lujuria y también de verdadero amor. Todo aquello era lo que encendía a la Marquesa y la hacía sentir viva. En cambio, los caballos y los guerreros cruzados de una infinidad de rayas que superpoblaban y hacían vivir el estudio, el ojo y el alma de su marido, la dejaban impávida. No tenía sentido para ella, ni la alimentaba, la pasión de Paolo por reunir, combinar y fundir las formas buscando su transmutación en la forma simple de la cual dependen todas las otras. Lo dejaba allí con sus pinturas y partía al mundo cortesano.
Paolo, en tanto, que tenía el alma cruda y desnuda de protección, necesitaba estar todo el tiempo con ella. La amaba con locura y nada más le importaba del mundo que ella, y cuando le faltaba ya no se reconocía a sí mismo, y la realidad toda se le volvía extraña.
Un día la Marquesa viajó a Venecia y allí olvidó por completo a Paolo. Él no sintió simplemente que ella hubiera desaparecido, sino que vio llegar a los hermanos y primos de su esposa, quienes lo ataron a una columna de la iglesia donde trabajaba, le abrieron el costado con un cuchillo de matar cerdos, metieron sus manos en el tajo, asieron una costilla y tiraron de ella hasta que la arrancaron.
Habría de quedar, desde entonces, maltrecho, enfermizo, traumatizado entero. Pintar fue la única manera de seguir vivo. No lo hacía con voluntad, sino de puro instinto. No pudo parar de pintar, con su cabeza en blanco, sin consciencia, hasta muchos años después, cuando llegó Selvaggia. Lo demás está en Vidas Imaginarias.

No hay lugar, en el tiempo que se nos da de vida, para estar con otras personas que no sean aquellas con quienes se nos produce un encendido mutuo.





Paolo Uccello, Chalice,1450