jueves, 10 de julio de 2014

Como en el 86


La invocación al Mudo fue eficaz.


Danielito en el 86 tenía 21 años.

Tomatín en el 86 tenía 11 años.

Gustavito en el 86 tenía 23 años.

Fernandito en el 86 tenía 23 años.

Rodolfito en el 86 tenía 17 años.

28 años después la selección parece la misma, se encamina a jugar la final del campeonato mundial con el objetivo de maniatar al rival con una llave doble Nelson, y si ocurre sin querer un gol, será San Messi o San Cualquiera.

La selección es la misma, en cambio Fernandito, Tomatín, Danielito, Rodolfito y Gustavito han involucionado bastante bien. Todos están por debajo de la edad mental de 3 años.



El Mudo lo hizo.
El Mudo fue la inspiración de Mascherano.




A todos hizo sonreír. 

Drogados, los sujetos confunden a Malacara con El Mudo.







viernes, 4 de julio de 2014

El partido en lo del hermano del Tuno


El Tuno lo torea al Fino, “eh, papachata, venite a ver el partido con los muchachos, no seás maricón”. El Fino dice que no se puede ir de la verdulería, que lo ve ahí. “Ese patrón que tenés te tiene cagando, ¿eh?” El Fino no dice nada. Siempre lo gasta el Tuno. Pero ahora que el partido cae sábado, va y le dice al Tuno que irá verlo con él. “No, ¡eh! ¡que mañana no puedo!”, “si siempre lo ves”, “sí, pero mañana lo veo en casa de mi hermano, que me ha pedido. Va a quedar solo mañana, tiene que cuidar los pendejos”. El Tuno no lo dice: su hermano tiene que quedarse con los chicos porque su mujer, a la hora del partido, tiene clase de “yoga”. Y su hermano es más guapo que él.





 

jueves, 3 de julio de 2014

Urano


De repente me colgué y ahora que vuelvo, no sé quién soy —sí sé quién soy, pero no importa, lo que importa es lo que estaba mirando, este gris con sectores tornasolados que se mueven sobre otro gris rígido, salpicado por trozos de grasa blanca y rugoso. Y también sé que es una paloma caminando sobre los adoquines, pero no importa. Importan los colores, la sustancia, la textura, la luz interior, el movimiento, otras cosas, infinitas más, tantas, tantas, que no puedo decir, que sólo puedo empezar a contemplar, presagiar.
En fin, salgo trastornado del taller de Teode, viendo sólo colores, luces, formas en tensión. La realidad es otra, como si estuviera loco, y en carne viva. Es porque me hundo adentro de lo que pinto hasta que toda mi sustancia está hecha de ese mundo, y también es porque sé vivir el espacio que propone Teode, pero sobre todo, lo que me lleva a este estado de puro sentido es el taller.

Teode debería tomar nota de esto. Podría formalizar los talleres y cobrar la entrada con un ticket que diga: PASAJE A URANO.






El mismo frío


Una mañana de diciembre pasado fui a sacar fotos al Lower Manhattan. Caminé por la zona alrededor del Ground Zero, donde un día se descargó el infierno y el alma de millones de personas de todo el mundo quedó congelada. Ese frío como un espanto de un momento eterno no se irá nunca de aquel lugar. Tomé fotos de los edificios, los señoriales que sobrevivieron, los que levantaron nuevos, ágiles, fluidos; edificios de hierro, vidrio y piedra, gigantes, helados en el viento que los envuelve sin cesar. Mis manos y mis pies estaban congelados, me dolía la cara.
Ayer en un momento sentí ese frío en Buenos Aires. Era el mismo frío. Quiero decir, no un frío como aquel, sino el mismo frío.










Segundo día de la Biblioteca de Retiro


Cuando llegamos había en los tres televisores del comedor un partido del Mundial de Fútbol. En los hogares de Argentina las familias comen delante del televisor; aquí se han provisto televisores enormes para repetir la escena. Quizás nadie haya pensado en la conveniencia de la replicación, tal vez surgió naturalmente, de la forma en que realmente se transmiten las tradiciones.
En una época escandalizaba que la televisión matara la lectura, pero algunos entendieron que había un momento para la televisión y otro para los libros. Aún con el partido en sus minutos más candentes (el equipo que perdía quedaba eliminado), la fe nos hizo distribuir los libros sobre la mesa, e inmediatamente volvió a producirse el milagro del tumulto.
Una vez que Umberto Eco dio una conferencia en el Centro Cultural San Martín, la cola para entrar se extendía por tres cuadras. Aquí, entre estos hombres que tienen la vida destartalada, casi todos afuera, muchos por dentro, ocurre la misma avidez por la palabra, el pensamiento, el espíritu. Replicación también de los sustantivos abstractos.

Soy cronista, no quiero perder detalle de lo que pasa para contárselo a otras personas, cuya realidad está muy lejos de la de este Parador.
Ya llegaré a la sutileza de captar los significados fundamentales, imperceptibles a primera vista; por ahora sólo registro las notas más obvias, las destacadas: me llama la atención un joven alemán, aparecen un brasileño que dice que le gusta “lo bueno, nada más” y se lleva algo de Kafka, y el hombre que vuelve a pedir libros de segundo año de Medicina —y le encontramos un La vida de un cirujano, que se lleva con una sonrisa de satisfacción. Hay gran cantidad de devoluciones. Un tipo despotrica contra los demás alojados: “acá son animales, ninguno sabe leer”, y explica que no se lleva ningún libro porque su hijo es encargado de una biblioteca y allí él lee todo lo que quiere. Se nos acerca alguien y busca trabar amistad bromeando, luego un pibe que dice dar clases de apoyo, un petizo que cuenta que él no se va a las 8 sino a las 4 de la mañana, porque trabaja de changarín en el Mercado Central, el hombre de los ojos enrojecidos que se lleva un libro sobre la vida de un santo y al rato regresa a preguntarme al oído si tengo un trabajo para él. Quiero contar del chico alto, que pregunta si “consiguieron un diccionario inglés-español”, le digo que no, pero mi compañero, que le pone a la biblioteca una onda imbatible, le ofrece, en cambio, un libro de cuentos de Charles Dickens, que está en español y en inglés. El chico se lo lleva contento y un par de horas más tarde, cuando casi todos han pasado al pabellón de las camas, lo veo solo en una mesa, leyendo y cada tanto escribiendo algo. Me llego hasta él. Ha estado anotando una lista de palabras en inglés y el significado en español de cada una. Me cuenta que descubrió el significado de las palabras comparando los textos.
—    En la escuela me iba muy mal en todas las materias, menos en inglés.
—    ¿De dónde sos?
—    De Salta, señor. Y ya sigo viaje. Mañana me voy a Trelew. Ya tengo trabajo allá.
—    ¿Vas a estudiar inglés?
—    Sí. Quiero estudiar para guía de turismo, y el inglés me sirve.
Si no se fuera mañana, le traería mi diccionario de inglés español —lo traeré, de todos modos.
Nuestra compañera ha quedado sola con los libros; veo que el otro voluntario también anda por las mesas. Me contará que buscaba al tipo que la semana pasada pidió la Biblia con tanta insistencia y Ángeles, como si hubiera oído sus ruegos, mandó un ejemplar, magnífico, con una lupa además, porque el pedido era “que tenga letras grandes, así puedo leerla”.

Ahora nos quedamos con la Biblia, buscando su lector.









martes, 1 de julio de 2014

Ídolo


Acaba De terminar el partido de Argentina contra Suiza.
En el bar, con mi hijo.
—    Vos algo viste del Diego. En partidos como este se ve la diferencia con Messi.

—    Totalmente. A Messi lo quieren todos. A mi ídolo quiero que los rivales lo odien. 

Una base


No les dejo a mis hijos una base material. Es una falta grave. Es como dejarlos sin calzado en un lugar donde deberán caminar mucho para sobrevivir.

Espero dejarles la necesidad de que cada cosa que vivan tenga sentido, tanto que los encienda y apasione, jueguen en ello, con certeza de dementes todo lo que tienen, y aún más; les arrebate la voluntad y las horas, les haga quemar todas las naves.