viernes, 2 de abril de 2021

Alguien nos maneja



"Sangre mezclada", 2021

Está mañana me levanté y me puse a retratar una escena vegetal que hay en mi ventana.

Cuando termine la pintura, me di cuenta de que respondía a una de las técnicas de la pintura clásica china.

No había decidido pintar y mucho menos hacer una pintura china, en un estilo que jamás hice -y a hice como si supiera.

Yo creo qué hay gente que nos maneja.

Artículo 25

La Constitución Argentina aclara de modo indudable que “los extranjeros gozan en el territorio de la Nación de todos los derechos civiles del ciudadano; pueden ejercer su industria, comercio y profesión; poseer bienes raíces, comprarlos y enajenarlos; navegar los ríos y costas; ejercer libremente su culto; testar y casarse conforme a las leyes.”

También prohíbe al Gobierno “restringir, limitar” o “gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes.”

Pequeño detalle incidental —en la Constitución de hoy, que es de 1994—: informa, en su Artículo 25, que “el Gobierno federal fomentará la inmigración europea”.

EUROPEA.





jueves, 1 de abril de 2021

Shtisel y Los gauchos judíos

Cuando yo tenía 12 se estrenó la película “Los gauchos judíos”, con la que Juan José Jusid puso en cine el libro en el que Alberto Gerchunoff había contado, 65 años antes, las peripecias e integración a la Argentina de los judíos que fueron traídos a Entre Ríos desde Rusia.

Jusid hizo una película maravillosa, con un guión maravilloso, en el que el ángel de Oscar Viale trenzó de modo asombroso la serie de anécdotas que es el libro de Gerchunoff.

El Tanaj, base del Antiguo Testamento de los cristianos, tiene esa estructura: una bolsa de anécdotas. No es una historia compuesta por partes, sino historias completas, que pueden funcionar perfectamente autónomas, que se tienden en un espacio. El hilo conductor es el Pueblo Judío, lo que en el libro de Gerchunoff es los inmigrantes judíos de Rusia que llegaron de la mano del Barón Hirsch y los fundadores de la Argentina que aborrecía a los nativos y anhelaba un país blanco. 

Gerchunoff cuenta los cuentos que se contaban, que escuchó, y no se preocupó por estructurarlos en una sola historia, lo que sí hizo Viale para la película.

El mismo esquema tiene la serie Shtisel.

Adoro esa serie. Sé que los judíos haredíes pueden ser gente difícil, pero no hay cómo ver la serie y no adorar su vulnerabilidad y su amor por los suyos —en un mundo que se desbarranca hacia el espanto del individualismo hedonista.

Shtisel son anécdotas hiladas con dos tipos de hilos. El primero es el espacio sobre el que las historias se desarrollan: los Shtisel, la comunidad haredí de una ciudad de Israel. 

El segundo, es el de la narrativa cinematográfica. En este último plano, me tomo el atrevimiento de advertir que los guionistas de Shtisel han conseguido algo que está por debajo de lo que hizo nuestro genial Oscar Viale en Los gauchos judíos. 






sábado, 27 de marzo de 2021

El masacote

 Estamos juntos y estamos separados, igual que como estamos con los muertos.

Pero con los muertos hay cosas que ya no podemos hacer cosas, y entre nosotros sí podemos.

Sin embargo, las limitaciones que ha impuesto la pandemia nos enfrenta a la boba realidad de que no las hemos hecho.

No nos hemos dicho todo lo que teníamos para decirnos.

No fuimos a aquel lugar.

No regalamos lo que quisimos regalar.

No nos tocamos cuando pudimos.

No confesamos los sentimientos que teníamos en el corazón.

No tuvimos frío juntos.

No nos dijimos verdades.

No hemos jugado todo lo que pudimos.

No le tomamos la mano a alguien que lo necesitaba.

No nos acostamos en la misma cama.

No preguntamos si era verdad lo que nos dijeron cuando éramos chicos.

No hemos tenido a alguien en brazos, aún cuando sabíamos que sólo podríamos tenerlo en brazos un suspiro, tan poco tiempo.

No nos miramos adentro de los ojos todo lo que pudimos.

No hemos preguntado “¿cómo estás?”, cuando sabíamos que el otro necesitaba esa pregunta.

No hemos llevado unas facturas para tomar unos mates, nada más que para tomar unos mates juntos.

No nos hemos dicho “¡ahora!” como quisimos.

 

Espero no olvidar esto cuando afloje la pandemia y podamos estar juntos, abrazados, saltando, gritando, besándonos, chivando, riéndonos como el masacote que siempre deberíamos ser.

 



Cosas que no se ven en esta foto




 Cosas que no se ven en esta foto:


El agua marrón que corre muy despacio.


La tela de araña en las ramas de un pino, con la araña con los ojos abiertos.


Quizás mañana esté nublado y no se verá el sol iluminando con esta luz que pronto será viscosa, mientras baja.


El silencio de los martes en que no pasan lanchas.


Pensar en el encierro de la pandemia.


La intimidad del muelle de enfrente.


El amigo que murió de covid, que no debería haber muerto, que podría estar, al lado mío.


El brillo del pasto al que le da el sol.


La pelusa blanca que sueltan los sauces en esta época y flota en el aire como copos de nieve. 


Dueños e inquilinos

(Artículo aparecido en la Revista NOBA, San Nicolás, 26 de marzo, 2021)


San Nicolás me concedió la comprensión de que las ciudades tienen dueños. No es que lo aprendí de un día para el otro. Son cosas que no se aprenden en un determinado momento, porque se nace sabiéndolas. Crecí sabiendo que había dueños y, por tanto, no dueños. Era algo natural. Lo que sí puede pasar es que un día uno tome conciencia de aquello que ha sido perfectamente natural.

En una reunión en la casa de un amigo, en un barrio cerrado muy paquete del gran Buenos Aires, un ámbito que para mí no tenía nada que ver con San Nicolás, me encontré charlando con un muchacho agradablemente campechano y coincidimos con que éramos nicoleños. Teníamos relaciones muy diferentes con la ciudad. Ambos teníamos allí nuestras raíces familiares, pero yo me había ido al principio de la adolescencia y él solo había pasado afuera unos años para completar una carrera universitaria. Sin embargo, el sentimiento de pertenencia a la ciudad era puro en los dos y pasamos un largo y agradable rato hablando de San Nicolás.

He sido periodista toda la vida. No puedo encarar una conversación sin que el vicio de querer saber la contamine. En aquellos días, me había enterado de un colega que estaba revisando el caso de la muerte del obispo Carlos Ponce de León durante la dictadura militar del 76. El caso había fue caratulado como “accidente automovilístico”, pero luego la Justicia recibió la denuncia de que había sido un atentado de los militares (la muerte por accidente de auto era el modus operandi con que los militares atacaban a los curas opositores, con el notorio caso del arzobispo Angelelli). Cuestión que le pregunté a mi nuevo amigo si estaba al tanto del caso de Ponce de León —que había ocurrido 24 años atrás. Sin tapujos y sin ánimo de chusmerío, me habló de la situación como si fuera para él un asunto perfectamente doméstico y familiar.

“Desde siempre el expediente está arriba del escritorio de”… (nombró a una mujer por su nombre de pila, cargadamente íntimo, como “Mimicha”, o “Chichi”), y a continuación me relató el sinuoso derrotero del expediente, que había pasado de las manos de tal a las de tal (todos secretarios de funcionarios judiciales, políticos, fiscales) refiriéndome sus nombres o sobrenombres , pero nunca sus cargos. Me iba ofreciendo explicaciones precisas de las motivaciones que cada quien había tenido para esconder o sacar a la luz el expediente en determinado momento.

En unos minutos, me trazó una admirable trama que explicaba qué había sucedido y qué estaba sucediendo con el caso. La trama que incluía a jefes militares que habían mandado en la sociedad durante la dictadura y los negocios del poder que la dictadura había activado en la alta sociedad nicoleña.

Ante mis ojos fue apareciendo una San Nicolás que no había sospechado, hecha de personas muy conocidas entre sí, como si fueran miembros de una familia muy asentada y cerrada, que vivieron siempre todas juntas, unos empresarios industriales, otros jueces, dueño de clínicas, abogados, dirigentes de clubes deportivos, emprendedores inmobiliarios, dueños de campos. 

De chico yo había aprendido qué significaba que un nombre era sagrado al escuchar ciertos apellidos. Alguna vez osé comentar “¿qué se yo quién es?” y mis amigos, aún niños, ya tan adoctrinados, me amonestaron. El respeto sagrado no estaba basado en saber por qué un apellido era célebre, sino justamente en no saber, en rendir honor sin saber por qué. Yo debía otorgar el honor sin fundamento ni razón, tener fe en que las personas de esa familia eran honorables, dignas del mayor respeto porque sí, por una historia que yo no tenía derecho a conocer porque la ciudad no era mía. No pertenecía a mí, ni yo a ella.

Aprendí que San Nicolás tenía sus dueños y por tanto, el resto de los habitantes éramos no dueños: una ciudad de dueños y de inquilinos.

Los dueños son los dueños de las propiedades estratégicas y de las decisiones políticas. Son los detentores del acervo, con sus apellidos de familia que operan como títulos nobiliarios. Y son los dueños del saber, el saber secreto que desplegó ante mí como un tesoro aquel amigo casual, y el saber con el que se maneja a los inquilinos, a través de las escuelas y el diario.

Por supuesto que casi todo el mundo es dueño de algo, una casa, un auto, un comercio, una empresa, pero son bienes cerrados sobre sí, como el saber sobre su familia o el poder de su decisión. Las propiedades de los verdaderos dueños, que insisto, incluyen el conocimiento como principal bien, afectan a toda la ciudad, a todos los habitantes, a la historia de San Nicolás, a las generaciones por venir.

Por supuesto que los inquilinos disputan poder, desde dentro del ámbito de los dueños si consiguen entrar, o desde el sindicalismo o desde enclaves telúricos, como las villas miseria que consiguieron armarse. Siempre San Nicolás, además, estuvo envuelta en inmigrantes, vascos, genoveses, gallegos, turcos, correntinos, santiagueños, entrerrianos, chaqueños, que confirmaban con su condición de ajenos el abolengo de los locales. Pero el poder de los dueños ha sido tan conservador que todos los intentos quedaron en los márgenes. Nunca atravesaron el muro que defiende el poder estratégico de los dueños.

Cuando yo era chico mi familia vivía en la calle León Guruciaga. Le pregunté a mis padres quien había sido ese hombre y no supieron responderme. Una amiga de mi edad, directora de una escuela en un barrio de las afueras, tampoco lo sabe hoy. 

¿Por qué no sabemos? La vida de León Guruciaga está en los libros de historia de la ciudad y está en el Museo Histórico, pero ignoramos que existen esos libros y negamos el museo, aunque todos los días pasemos por la puerta. 

Renunciamos al conocimiento porque aprendimos que saber sobre San Nicolás no es cosa de inquilinos. El inquilino no toca. Habita, paga, y un día, cuando lo desalojan, se va, aunque haya vivido toda la vida allí.





jueves, 25 de marzo de 2021

Unas alpargatas


No sé cuándo las compré.

Como al oriental sanducero Makovsky, esas Rueda Luna negras con suela de yute me parecen una creación que no ha ocurrido dos veces en el mundo, como el jazz, el tango o el cante jondo.

Las usé por donde anduve, acá y allá, hasta que encontraron su lugar en el mundo en la casa de Camilo Sánchez en el Delta del Tigre, a orillas del río Caraguatá. 

Unas alpargatas no son el mejor calzado donde hay mucha agua, porque cuando se mojan se ponen duras como troncos; sin embargo, ellas y aquella casa parecía que se pertenecían desde siempre.

Las habré usado dos años allá.

Cada vez que me iba, las dejaba colgadas de un clavo en un tirante de madera debajo de la casa. Ahí se quedaban quietitas, esperándome.

Las tuve puestas cada vez que hice un asado, con la perra marrón echada por ahí, esperando un hueso. Después las tuve puestas cuando escribí sobre esos asados y sobre los días que iba a pasar a aquella casa.

“Las bigotudas”, les han dicho a esas alpargatas, porque en la punta se les despelecha un poco el yute y se les hacen bigotes que se les parecen a los bigotes de los bagres. Eso es porque los que las usan, las usan hasta que las alpargatas no pueden más. Son calzado de paisanos pobres. Causan simpatía en algunos. Las miran un rato. Piensan en ellas. Les gusta cómo expresan que se puede ser pobre y ser digno. Pobre con la frente en alto. Eso crea algo que no existe en ningún otro lugar del mundo. 

Yo extremé el uso de estas alpargatas, también. Se le fueron haciendo agujeros en la tela en los costados de afuera. Un agujero por cada uña de un dedo del pie.

“¡Tirá esa mugre!”, me dijo una amiga de esas que cree que la leche sale del supermercado. “Mugre mía”, pensé para mis adentros.

Estos días fui a despedirme de la casa de orillas del Caraguatá. Descolgué las alpargatas del clavo, me las calcé y ya se me hicieron parte del cuerpo.

Ayer andaba por unos galpones abandonados buscando leña, y por ahí me sorprendió un dolor en el pie. Un clavo fiero había atravesado el yute y se me había clavado adentro, entre los huesitos largos. Cuando me saqué la alpargata, el yute estaba teñido de rojo bermellón del lado de adentro.

Mi pie se curará; a la alpargata el clavo le atravesó el corazón. 

Y hoy fue el último día. Llevé las alpargatas al muelle y las revoleé al río. La perra marrón me miraba. Después miró el agua cuando las alpargatas dieron contra la superficie.

No se fueron flotando río abajo, se hundieron ahí nomás. Se fueron al fondo fangoso, por donde andan bagres que tienen bigotes igual que ellas. Creerán que son unos bagres viejos, que han andado mucho por el mundo.













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