Este tipo es George Carlin. Dice lo que pienso:
La gente que te habla mucho:
Salvemos el Planeta:
Gracias Fer por recomendarlo.
Ligeras anotaciones que hace Gustavo Ng de asuntos que piensa o encuentra escritos en libros mientras va en colectivo y luego comenta con tal o cual persona.
jueves, 5 de mayo de 2011
miércoles, 4 de mayo de 2011
Algo sin nombre
“Eso de amor —decíase Ramiro ahora— sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma.
(La tía Tula, Miguel de Unamuno).
martes, 3 de mayo de 2011
Villa Pehuenia
Me llegó carta de mi tía Herminda, la mujer de mi tío Mocho, el que vive en Villa Pehuenia, provincia de Neuquén, en el límite con Chile.
Me cuenta que ellos andan todos bien de salud, gracias a Dios.
Me escribe lo que le dicta mi tío, un recitado que, dice, es de su autoría y con el que venció en un duelo de payada a un mulato:
Aquí estamos en la villa
Arriba del parejero
Es un zaino que, de bueno,Ya ni pisa la gramilla.
A mí la estrofa me suena conocida, y no vi muchos mulatos en la Patagonia. No le confío al tío Mocho. La última vez me mostró una laguna y me dijo "es muy playita, ¿no ves que el agua le llega al pecho a los patos?". También me contó que él pesca las truchas con pimienta. "Yo tiro pimienta al agua, cuando las truchas salen para refregarse los ojos, las agarro con la mano".
Aquí encontrarán las fotos de Villa Pehuenia que manda la tía Herminda:
https://picasaweb.google.com/gustavoemiliong/OtonoErnVillaPehuenia#
jueves, 21 de abril de 2011
La foto de la gallina
No es que la gallina tiene un sentido y lo descubro.
Ni es que tengo un sentido en mi cabeza que no percibo hasta haberlo proyectado sobre la gallina.
El sentido es el arco voltaico que ocasionalmente se produce entre la gallina y yo.
Ego
Me corté el lado interno de la mejilla y hablar me causa dolores horribles. Tengo una reunión tras otra. De ello depende que pueda sobrevivir los próximos meses. No hay remedio. Lo más que puedo intentar es no hablar en las reuniones, pero mis intentos fracasan indefectiblemente. No puedo parar de hablar. Constato que cara a cara, hablo tanto como si estuviese hablando por teléfono. Concluyo, al fin, que no existo yo-sin hablar. Hablar soy yo.
Lo mismo sucede con la computadora.
Y lo mismo con Internet.
Nombro estas tres partes de mí; creo que podría hacer una lista de otras. Ahora, esas otras ¿serán cada parte de mí, todas las partes de mí? ¿La lista debería incluir mi barba, mis 86 kilos, la salud de mis rodillas, las piedras de mi riñón, mi apéndice? ¿Debe incluir mi gusto por el gin tonic, el asado y los camarones?
¿Mi imagen en el espejo?
¿Mi sombra?
¿Mis recuerdos de la bicicleta anaranjada (¿la bicicleta anaranjada, esté donde esté?), el monte de eucaliptos?
¿Mis recuerdos de Tina?
¿El recuerdo que improbablemente tenga Tina de mí?
O sea, ¿dónde termino? Y si los límites de mí son tan inciertos, ¿por qué me creo tan indudable?
¿Puedo decir “yo” si no sé dónde empiezo ni dónde termino?
martes, 19 de abril de 2011
Buenos Aires, abril de 2011
Tan europeo
Tipo de 50, cabeza rapada para anular la imparable pelada, arito en una oreja, lentes modernos, barba candado esmeradísima, dibujada sobre la piel lisa, remera con cuello en V, jeans, suecos, cadenita fina en el tobillo. Relajado.
La Tarjeta
Una chica, luego un muchacho con camisa bien planchada y pantalón de vestir, luego otro, y otra chica, y otra, y más chicos: todos con la tarjeta magnética colgada de la cartera o de un precinto del pantalón. Es la tarjeta que registra todos sus movimientos en el trabajo, las horas de entrada y salida, cada vez que entran al depósito, cada salida de su oficina, cada visita a la sala de impresiones, cada paso por el edificio. Y ellos quieren que por la calle otros vean que portan la tarjeta. Ciudad PRO. Se abrazan a la exhibición con cierto orgullo. Me da escalofríos.
Aporte de madre
Las viejas, ahora andan todo el día con la botellita de agua en la mano. Se las dio la nutricionista. Ahora las viejas van a la nutricionista. Y dicen “te quiero”. “Ay, chau, querida, te quiero, te quiero”.
Amigo
Se puso de moda decir “amigo”. Creo que es porque ha resultado comodísimo. Tiene ventajas sobre “señor”, “señora”, “señorita”, “pibe”, “che”, “flaco”, “jefe”, “tío”, “doña”, “maestro”. Es más abarcativo. Tiene algo de darse la mano. Conmina a la confianza y a la igualdad. Establece una distancia muy conveniente. Recoge tradiciones urbanas y rurales que casi se habían perdido.
El fenómeno “amigo” sucede en momentos en que la comunidad china ha afincado su peso en Buenos Aires. Nada menos conectados que estos dos acontecimientos. Los chinos evitan indefectiblemente el contacto con los nativos. Forzados a hacerlo, resultan desconfiados, hoscos, secos, hasta groseros. No puede ser verdad un disparate que escuché: que los chinos carecen de sentimientos, y que aprenden a desarrollarlos como herramienta de comunicación con los occidentales, dado que un lenguaje no son sólo las palabras, sintaxis, etc., sino también las formas del pensamiento e inclusive los sentimientos. Los chinos carecerían de sentimientos de la misma forma que los occidentales carecemos del sentido social asiático en el que las individualidades no son suprimidas para que reine la libertad, sino porque no surgen con la condición de la libertad. Insisto, esta idea me parece un dislate y no es necesaria para explicar que en un supermercado, cuando me llevaba a las cajas registradoras unas frutas que debía pagar en el sector de verdulería, escuché que el chino verdulero me grita “¡paga acá! ¡Amigo, paga acá!”
Onda bici
El chico arriba a Plaza de Mayo, donde la marcha es una marea sobrehumana, en bicicleta. Ha llegado conmovido por la convocatoria, que ha visto en la televisión o le llegó por Internet. De la misma manera se siente convocado por la nueva onda cívica de la bicicleta, hecha de todos buenos valores: andar en bicicleta es beneficioso para su salud, su conducta ecologista y su conciencia ciudadana. Pero ¿la bicicleta en la marcha? Avanzan los muchachos del gremio de la construcción, arrasan hacia la posición que pactaron, adelante, a la derecha, y el chico con su bicicleta aparatosa en el medio. Los muchachos lo empujan, él cae, ellos lo levantan mientras cantan algo de Cristina, pero le pisan la bicicleta. “¡Paren, che, la bicicleta!”, grita el chico, aún con el casco puesto. No los insulta “animales”, pero… no entiende.
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| Wang, el supermercadista que hace 10 años sufrió el saqueo, es consolado por una vecina. |
domingo, 17 de abril de 2011
Otra vida
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| En la ceremonia de Graduación, Hallandale, 1979. |
Por una necedad imperdonable no elegí con toda mi alma a Debbie. Me acaba de mandar esta foto, que vuelca sobre mí una nube cósmica de felicidad insoportable. No habría de recordar jamás cuán feliz fui en el momento de esta foto.
No reniego de uno solo de los días de mi vida. Hice lo que quise, soy responsable de cada una de las cosas que me tocaron. Pero ahora sé lo felices que hubiésemos sido con esta chica.
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