martes, 12 de julio de 2022

Charlando con la amiga araña

Si no fuera por los eructos horrorosos que suele omitir, me enternecería la desesperación que sienten muchas personas —científicos, intelectuales, religiosos, artistas— por necesitar que los humanos seamos diferentes del resto de los seres vivos.

Un anhelo angustioso por ser diferentes, únicos, un fenómeno singular en la historia de 13.770 millones de años del Universo.

Recurrimos a todo para decirnos, demostrarnos rotundamente que somos únicos.

Nos decimos que somos extraordinarios, sorprendentes, insólitos, asombrosos, porque fabricamos y usamos herramientas, tenemos cultura, somos bípedos, tenemos un lenguaje complejo, nacemos muy temprano, somos hijos de Dios, somos capaces de destruir o de crear el planeta, tenemos alma, viajamos al espacio exterior, somos simbólicos, nos vestimos, creemos en el más allá, tenemos tabú del incesto, somos artistas, enterramos a nuestros muertos, inventamos el fuego, inventamos la agricultura, inventamos la industria.

Y éstas son mis dos favoritas: tenemos el pulgar opuesto a los otros dedos y somos conscientes, y por lo tanto, somos la conciencia del universo.

Quizás nos haga únicos ese delirio y narcisismo portentoso —pero estoy seguro de que si aflojáramos con esta egolatría tan desopilante y desmesurada como la de un argentino, y pudiéramos realmente prestar atención a algunos bichos, encontraríamos que nos superan.


No sé si esta obsesión pertenece a todas las sociedades, o si es un berretín occidental, de hijos que quieren seguir siendo únicos, tal como los convencieron sus papás.


Y no sé si no es un asunto de varones más que de mujeres.


Sí veo dos objeciones.

Primero que existe la tendencia, contraria, de encontrar parecidos.

El nene al que le dicen “Pablo chico” porque se parece al padre. La búsqueda de constantes, convergencias, emparentamientos genéticos y de otra índole.

Segundo, asoman vocaciones que prestan atención a los animales para encontrar en ellos algunos rasgos que creemos privativos del hombre. Hay investigaciones enfocadas en los delfines, los pulpos, los chimpancés, que a medida que se desarrollan, van relativizando la inteligencia, el lenguaje, la cultura, la conciencia.

Si esta inclinación se afirmara y ganara espacio y materialización, tendríamos un mundo muy diferente y mejor por delante.

Un mundo en el que, lejos de asesinatos en masa a “otros” con el justificativo de que siendo únicos, somos superiores y tenemos derechos sobre la vida de los demás, nos relacionaríamos con las ranas, las rosas, los ciempiés, las torcazas, los bosques de caldenes, las amebas, las jirafas y las polillas.

De hecho, estamos invirtiendo millones para intentar hacer contacto con seres extraterrestres —claro que suponiendo que son tan únicos y especiales como nosotros.





No hay comentarios:

Publicar un comentario