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miércoles, 25 de febrero de 2026

El vecino

 Un señor, un vecino, que nunca supe su nombre, aunque sé que era italiano, vivía solo. Estaba muy grande. Se había quedado viudo hacía una vida entera. Dicen que tenía un hijo que se había ido a otro país y no tuvo más contacto.

Este vecino no era un tipo muy sociable. A su vecina le parecía que no le importaba ser amigo de nadie, ni caer simpático ni entablar conversación con nadie.

Sin embargo, eso no significaba que se sintiera bien estando solo. Tanto que un día superó su apatía, o antipatía, y le contó a ella que se sentía muy mal, tan solo.
Le dijo que le hubiera gustado tener familia o amigos, o conocidos, pero no los tenía.
A la vecina le dio pena y cuando barría la vereda o cuando volvía de hacer algún mandado y tenía tiempo, le tocaba el timbre y le preguntaba al hombre cómo estaba.

Con el tiempo, el vecino le dijo si quería pasar. Y así, poco a poco, fueron tratándose.

Como vecinos.
Hasta que un día el vecino le agradeció a la señora que se tomara molestias por él y le hizo una propuesta. Le dijo que él estaba bien de salud, pero se olvidaba de muchas cosas, y a veces se quedaba sin comer porque no tenía ganas de ir a comprar comida. No le pedía que lo acompañara ni nada de eso, nada más le proponía que ella lo escuchara y lo ayudara, porque se iba a ir poniendo más viejo y empeoraría.

Y a cambio él le dejaría la casa.
Y así hicieron.
Cuando el vecino murió, la señora recibió la casa y ahora está viviendo ahí su hijo.

 

 


martes, 9 de diciembre de 2025

Cruzar la plaza

Cuando salí del hospital Muñiz crucé con lentitud la enorme plaza que lo separa de avenida Caseros. 

La plaza se me hacía interminable. 

En un lugar encontré un perro.

No tenía aspecto de bueno. No mostró interés en mí. 

Me detuve junto a él, estuvimos los dos muy quietos y al fin le acerqué el dorso de la mano con cuidado, observando su reacción. Apenas me la olió. 

Pero no hizo problema cuando le acaricié la cabeza. 

Lo acaricié un rato, no le hablé, le di unos golpecitos en la cabeza. 

Él se mantuvo inexpresivo.

Sin embargo, cuando me empecé a alejar me siguió, y desde atrás mío metió el hocico en el hueco de mi mano mientras yo caminaba.

Me paré otra vez y volví a acariciarlo.

Me dieron muchas ganas de invitarlo a mi casa.

Fueron cuatro meses allí dentro. 

Pensé que tengo muchas ganas de tener un perro.




jueves, 20 de noviembre de 2025

A la mañana

“Esta me va a decir que tengo razón cuando digo que estoy hecha para vivir sola, pero entonces de qué me quejo, me va a decir, de qué me quejo de mi soledad. No entiende mucho, no entiende que no aguantar a nadie no tiene nada que ver con la amargura de la soledad. ¿O tengo que estar con cualquiera, para no estar sola?”

Esto piensa Mabel, luego de darse cuenta de cuánto le hubiera gustado despertarse con el barullo de los cubiertos en el cajón que hace alguien revolviéndolos, buscando algo, porque está haciendo el desayuno.






lunes, 10 de noviembre de 2025

Al despertar

Me pongo mordaz con una mujer que vive sola, que hace rato nunca tendrá hijos, que no les habla a las plantas porque es una idiotez, que es totalmente lúcida, sensata, racional, centrada, una científica muy destacada en su momento; me burlo de ella en mi interior cuando me cuenta que a la mañana vive un momento de “un infierno cadavérico, un infierno muerto” porque no hay nadie en su cama, ni en su casa. Ni ninguna persona que necesita que ella la llame, ni necesita llamarla. 

Le digo que tiene a su gato. 

Ni me mira. 

Sólo hace silencio. Sabe que sé lo que piensa: no hay consuelo para esto. 

Entonces le digo que es una pavada, sólo un momento. 

“Después no te alcanza el día, como no te alcanzan los años por venir para hacer todo lo que querés hacer”. 

Sonríe, me dice que es cierto.

Quizás alguna mañana me despierte antes de lo que suelo despertarme —ella se levanta muy temprano— y la llame.

Es tan hermosa.




lunes, 3 de noviembre de 2025

El destino de frente

 Me calzo las alpargatas, agarro la reposera y me voy con la bicicleta al parque, a escribir sobre el pasto, a la sombra de un árbol grande y viejo, con una brisa como una bendición.

Una situación como la de quien está de vacaciones.

Voy solo, y en el parque estoy solo.

Bueno no tan solo. Hay palomas alrededor mío.

Y vengo de acompañar a una amiga a entregar a su perro Draco al Cielo de los Perros. Y a cada rato me llega un mensaje de un amigo o de una hija. Además, podría estar viviendo con alguien. Y muchas personas más de las que merezco quieren mi bien y estarían en el rito de entregarme al Cielo.

Esto no es estar solo.

Pero no sé, estoy aquí, con tantos árboles, dignos y buenos, con el sol haciéndoles brillar las hojas, y con los gritos de las cotorras y el cielo sin una nube, y me parece que esto es la eternidad. Y entonces pienso que quizás se esté solo en la eternidad.

Pero nada. Sabemos que es nada más que mi complacencia en la pena de mí mismo. Ni estoy solo ni lo que vendrá después de la muerte tiene por qué ser una soledad eterna.

Hasta ahora podemos decir lo que se nos antoje sobre qué nos encontraremos. Vale lo mismo la certeza amarga del que tiene la pupila clavada en un vértice del ojo, que el dibujo que hizo una monja a quien se le desalinearon los patitos, de la Momia de Titanes en el Ring jugando en el aire, volando, con serafines y con largas africanas desnudas, lunas de colores y entre ellos el zapatero de su infancia, don Ricardo.

Nadie ha vuelto de la muerte para decirnos qué hay allí, así que nadie tiene más autoridad que otro en este asunto. Sea lo que sea que creamos o inventamos, razonamos, intuyamos, vale. Todo vale igual. Y es por eso que sé que el señor Draco, ya mismo, no ha pasado una hora, pero ya mismo, ha encarnado en otra criatura. E incluso tengo una prueba para fundar esta afirmación, una prueba que es irrefutable. El señor Draco era un perro, es decir, un animal, poco inteligente, y sin embargo, no he visto en mis siete décadas, una persona más sabía. El aplomo que ha mostrado el señor Draco todos estos años ante situaciones que sacarían de sus cabales al más centrado, no lo he visto en ninguna persona. Aceptó el sufrimiento no sin susto, no sin miedo, pero sin escándalo ni tilinguerías. Sin tener pena de sí mismo. Parecía domesticado por la muerte por venir, pero en realidad lo suyo era una maciza integridad. Con la muerte adentro, el señor Draco vivió la vida con toda la intensidad que era posible.

Esa dignidad no se alcanza en una sola encarnación. Ni en dos ni en tres. Yo estoy lloriqueando, inventándome una soledad, cuando debería estar aprendiendo del señor Draco.

Debería aprender la lección de mirar a los ojos al destino que me ha tocado.

 


*          *          *

 

Extrañamente, desde hace varios días estuve escuchando en mi cabeza una canción, que hoy cobra sentido.
La canción es Todos hablan, Everybody’s talking, y les recuerdo la letra.

Todos me hablan, pero
no escucho ni una palabra.
Solo los ecos de mi mente.

La gente deja de mirarme fijamente.
No puedo ver sus rostros,
solo las sombras de sus ojos.

Voy donde el sol sigue brillando,
incluso bajo la lluvia torrencial.
Voy donde el clima se hace a mi ropa.
Me alejo del viento del noreste,
navego con la brisa de verano,
reboto sobre el océano como una piedra.

No dejaré que me abandones, mi amor.

No dejaré que te vayas.

 

https://open.spotify.com/intl-es/track/1jcPcDu2YawPfLhwjYnqK2?si=6987edd49b4c4da3

 

*          *          *

 

Finalmente, les dejo algo que escribí sobre el señor Draco hace algunos años.

 

https://bitcoraenba.blogspot.com/2023/02/el-senor-draco.html

 

domingo, 24 de noviembre de 2024

Pienso en otros

 Lo Yuao, cuyo padre murió cuando él nació, que no recordaba su madre porque lo abandonó cuando murió su padre, no hizo familia. 

Tuvo una novia por correspondencia, una chica que vendría de China a casarse con él, pero al cabo de 12 años de noviazgo, ella le anunció que se casaría con un hombre en China. Lo Yuao nunca más tuvo novia. 

Siempre estuvo solo. Tenía sus amigos artistas como él, porque se hizo artista, en lugar de formar una familia y de prosperar. 

Vivía en un departamentito tan pequeño que no podía recibir de vista más de una persona.

No tenía cocina, sino una mínima kitchenette. Una vez que fui a visitarlo él estaba en cama, enfermo. Fui a prepararle un té y me sorprendió que, siendo un hombre muy pulcro, la kitchenette estuviera tan sucia. Pensé que no tenía a nadie para quien tener la kitchenette limpia. Las personas más íntegras se abandonan, cuando sólo tienen la soledad. 

Cuando le serví el té le pregunté si le pesaba estar solo. 

Me dijo que sí, pero que no sentía mucha angustia. 

— Me entretengo pintando. 

Pensó en silencio y al fin me dijo:

— A veces, sí, estoy muy solo. Me siento mal. Entonces me pongo a pensar en algunos amigos que están mal. Algunos están peor que yo. Pienso en ellos, qué puedo hacer para ayudarlos. Así, ya me olvido de mi soledad.







viernes, 21 de junio de 2024

Una cuerda

 Vivo solo.

Salgo poco. 

Estoy lejos y no tengo muchos amigos.

Si voy a encontrarme con alguien o si recibo a alguien, espero que nos toquemos una cuerda de adentro.

Me horroriza verme seco cuando salgo del mar.

Me hace saber que mientras me creía vivo, he estado muerto.

Para salir seco luego de estar con otra persona, mejor no la veo.

Quizás por eso es que estoy solo.



viernes, 10 de febrero de 2023

El señor Draco

Publicado en Revista REA

Nunca escuché decir que el humano y el perro tienen una relación especular. Sí se dice usualmente que el perro toma el carácter de su amo. Sin embargo, posiblemente los perros nos formaron como humanos en más de un sentido, en tantos miles, quizás millones de años de convivencia.

Una amiga me pidió que me quedara a cuidar su departamento, con sus plantas y con el Sr. Draco.

El Sr. Draco es un perro viejo, que fue rescatado o encontrado por una asociación protectora de animales y luego “dado en adopción” a mi amiga.

Llegó con la personalidad acabada: viejo, pacífico, sumiso. Parece más bien la estatua de un perro. No ladra, no rompe nada, aunque tiene hambre todo el día porque su ama le da estrictamente la poquísima comida que le indica el veterinario, no vuelca el tacho de la basura. No pide, no se queja, no llora. Está completamente vencido.

Lo saco a pasear a la mañana y a la noche.

Es notable cuánto cambia la imagen de un hombre si en lugar de andar solo, lleva un perro. Aún no sé explicar bien en qué consiste el cambio, salvo que en las plazas se gana instantáneamente el ingreso a la familia de quienes tienen perro.

De repente las personas le hablan a quien lleva un perro sin que sea necesaria una presentación.

La presentación es tener un perro. El perro es un facilitador eficacísimo de la comunicación. No se busca un tema de conversación, ni la política, ni la noticia del día, ni la inseguridad, ni el fútbol ni el clima.

— ¿Cuántos años tiene?

— Este es un alfa bárbaro.

— ¡Ah, es amistoso!

— Esta raza es muy buena con los chicos.

Me da la impresión de que se genera una charla fluida y que puede durar indefinidamente.

El Sr. Draco es un boxer. Me paro frente a un vidrio, observo nuestra imagen juntos y me surge esta extraña pregunta: ¿este perro me queda bien?




Es una pregunta políticamente incorrectísima.

Siempre me sentí bien con un airdale terrier que tuve. Aunque su raza era una raza a la que yo aspiraba, por así decirlo, pertenecer, la verdad es que no es la mía.

¿Qué raza me representa, entonces? (esto es un juego que algunas personas juegan). 

Pues ninguna. Soy un bastardo. Si fuera un perro, sería agradable para los que le gustan los perros morrudos, tendría ganas de ser macho alfa y seguramente sería muy comprador.

La combinación de una persona con el perro que lleva parece un buen tema para un ensayo fotográfico. Una anciana enclenque que pasea el rottweiler del nieto, una bestia que podría dispararse hacia otro perro para matarlo, tirando a la anciana al piso. Un muchacho fornido, vestido de cuero negro brillante y tachas de metal, barbudo, con una mandíbula prominente y casi tapado de tatuajes, que tiene en brazos a un diminuto Chihuahua. Un viejo muy, muy viejo, que va con un perro muy, muy viejo que parece embalsamado y cubierto por un felpudo. Y así.

En la plaza no puedo soltar al Sr. Draco, porque es completamente tonto con los autos. Si se fuera a la calle, un auto lo atropellaría, sin ninguna duda. No tiene chances de sobrevivir si uno lo suelta. Quiere jugar con los otros perros, pero no puede, porque lo tengo agarrado de la correa.

No lo sueltes jamás, me dijo su ama, y soy tan obediente como él, que acepta con santa resignación no poder jugar porque no lo suelto.

La resignación es el sello del Sr. Draco. Quizás eso, además de la edad avanzada, me hace  identificarme con él. No soy tan resignado, pero voy en camino a serlo. Él pareciera encarnar la resignación de un modo tan consumado porque ha sido castrado.

Siendo viejo, soy muy machista superconstruido. Creo que las bolas son lo que hacen macho a un macho, en el sentido en que es una persona. Un castrado es alguien a quien le cortaron el fundamento de su persona.

Otra vez estoy derrapando hacia lo políticamente incorrectísimo. Parece ser que el Sr. Draco y yo ya tenemos marcas incorregibles. Jamás le cortaría las bolas a un macho. A ningún macho. Preferiría matarlo.

Por otro lado, esta posición radical, ¿no expresa cierta preocupación de que en algún sentido a mí me caparon, también?

Ahora que lo pienso, ciertamente temo que la gente, al vernos juntos al Sr. Draco y a mí por la calle, caminando con gravedad y civilizadamente, con una educación que revela que somos inofensivos, piense "ahí van los dos machos castrados, pobres".

No imagino que las personas supongan que mientras paseo el perro, en mi casa está mi esposa, mis hijos, mis suegros, mis hermanos. La gente sabe que somos dos solitarios.

Ver a un hombre solo con un perro solo paseando silenciosamente es algo a la vez triste y consolador. Es triste la soledad irremediable que los condena, pero uno se alegra de que estén juntos, porque por lo menos tienen un amigo, se tienen uno al otro.

Yo me siento cordial con el Sr. Draco y muy cívico al levantar con una bolsita de nylon que uso como guante, los asuntos que larga cuando llegamos a la plaza y olfatea el pasto, cerca de otros asuntos que parecen inspirarlo.

Yo nunca había hecho esta tarea. Bueno, lo hice con mis hijos, pero era muy diferente.

El Sr. Draco me da la oportunidad de servir a alguien. Es  cierto que él no tiene lo que se diría conciencia de qué es lo que estoy haciendo. Como hombre no deconstruido, aunque castrado, como macho, no he servido mucho a los demás. Vengo de una familia de enfermeras. Mi madre, mis tías, ellas sí han servido. Han curado, limpiado, tenido la mano, charlado, consolado a miles de personas.

Pero eran mujeres. La experiencia de servir es importante para un hombre. Supe de un militar retirado, cuya esposa padeció desde bastante joven una enfermedad que la dejó postrada. El hombre la bañaba, la alimentaba, la acostaba, la paseaba. Estuvo más de 30 años de su vida dedicado a cuidar de su mujer, quien, como el Sr. Draco al yo levantar lo que deposita sobre el pasto, no sabía qué era lo que hacía su marido, porque su mente estaba en otra parte.

Le deseo a todos mis colegas machos que la vida le dé la oportunidad de servir a alguien.

Para mí, madurar fue asumir que los humanos me interesan muchísimo, pero que la gran mayoría de aquellos con quienes trato, no ponen en juego su humanidad.

Así, he comenzado a evitarlos, porque me aburren. En cambio, con los niños y los perros puedo comunicarme directa y plenamente. No hay necesidad de hablar. A un niño le hago una cara y eso ya fue una charla.

Con los perros, es sólo la acción, darle una galleta, palmearle la cabeza, pegarle una patadita. A veces al Sr. Draco le ladro. No entiende, pero sabe que es algo que hago con él.

Con los niños y los perros puedo ser yo, sin tener que presentarme de ninguna manera, diciendo a qué me dedico, vistiéndome con determinado estilo, escuchando determinada música, diciendo que conozco a tal o cual persona, hablando de determinada forma.

Con los niños y los perros estoy como si estuviera desnudo. Pero si invitara a otras personas a que nos desnudáramos para poder ser nosotros como soy con los niños y los perros, las personas interpretarían mi invitación como una forma de presentarme y yo debería fundamentar mi propuesta, todo lo cual me agota antes de siquiera pensar en hacerlo. (Sin embargo, una vez lo hicimos con una amiga. Los dos habíamos perdido a nuestras novias y estábamos devastados, con una tristeza que rebalsaba de angustia y reclamaba que hiciéramos algo, y lo que hicimos fue desnudarnos y pasar así todo un día juntos. Resultó muy grato. Fue como darnos un abrazo).

Yo dejo hacer a los niños, en parte porque corro con la ventaja de que, no siendo su padre, no me hago cargo de las consecuencias de darles libertad. Lo mismo hago con los perros. Si el Sr. Draco tiene deseos intensos de quedarse horas oliendo un palo, allí me quedo parado. Algo le interesará de ese palo. He leído que un perro es capaz de conocer todo de otro perro, su historia, su salud, su dieta, su personalidad, sólo oliendo su orina. Imagino que oler el palo es para el Sr. Draco el equivalente a leer una novela de Tolstoi.

Si, como le sucede a cualquier perro, se le ocurriera comer los asuntos que otros han entregado y sus poco cívicos dueños no han recogido, miraré hacia otro lado porque me dará asco, pero bueno, si él siente que está comiendo trufas en el Savoy, ¿quién soy yo para dictarle los gustos?

En unos días regresará la ama del Sr. Draco, que lo estima muchísimo, y él tiene auténtica veneración por ella. Nos despediremos con el Sr. Draco sin decirnos nada. Yo pensaré que volveré a verlo pronto, mientras él, en cambio, no pensará nada. El futuro no es un asunto.

Como en tantas otras cosas, cuando parece tonto por animal, tendrá razón. Pensaré en ese último mensaje suyo, mientras vuelva caminando a mi casa, solo.





martes, 17 de abril de 2018

San Martín y el hombre solo



El héroe puede andar con otros, ser parte de una banda, tener amigos, amigotes, incluso esposa.
Pero no es héroe si en el fondo no está solo con aquello a lo que se enfrenta y lo hace héroe.
Llama mucho la atención una nota publicada por José María Puente en un boletín de la Sociedad Sanmartiniana de la ciudad de Santa María (Nº23, agosto de 1965).
No soy historiador ni ando buscando documentos como este; estaba entre una pila de libros que donaron para una biblioteca en la que yo trabajaba hace unos años y ahora reapareció en el fondo de una caja.
El tal José María Puente, de quien no hay más referencia que su mero nombre como autor del artículo, cita palabras que San Martín le dijo, ya muy maduro, en Bulogne Sur Mer, a su hija Merceditas. Me puse a leerlo para recordar y revisar aquello que me había llamado la atención en mi adolescencia. Se habían puesto de moda esas frases sentenciosas, solemnes, como pensadas para que fueran grabadas en la piedra que basara sus futuras estatuas, que soltaba San Martín a su hija. Se las llamaba “máximas”. No recuerdo a quién se las transmitió Merceditas y cómo fueron difundidas.
En el boletín estaba la colección de aquellas frases, “Serás lo que debas ser; si no, no serás nada”, etc., pero aparece en el medio de ellas una reflexión en otro tono: “El hombre que es empujado a las tinieblas de la soledad vive el infierno de que los temas más nimios lo compliquen hasta la pesadilla y de que sus enfermedades, incluso inexistentes, aún las más inofensivas, crezcan hasta matarlo”.
Ninguna de las otras máximas tenía esta carga de vulnerabilidad. O las demás fueron pensadas o retocadas para hacer de San Martín un héroe de bronce o era una reflexión autobiográfica que había colado José María Puente.







miércoles, 21 de febrero de 2018

El ojo bollo me mira mal



Cuando le comenté a una amiga que estaba fracturado y cómo me fracturé, me dijo "igual que Alberto, otro boludo que se quebró andando en bicicleta".
Yo pienso igual. Pienso que si alguien tiene un problema por haber andado en bicicleta, encima rápido, el problema es de él. Más aún, pienso que se lo merece. Incluso me alegra, porque pienso que un hombre grande andando en bicicleta es bastante un boludo, que merece algún tipo de castigo.
Parte de ser un boludo es estar solo en la vida.
Estos días me ha resultado bastante humillante que algunas personas no me preguntaran cómo estaba, o que me dijeran "avisame si necesitás algo" y que cuando les avisé, hicieran silencio, o que cuando les preguntara si pudieran venir, me contestaran "sí, cuando puedo paso, lo que pasa es que estoy tapado de trabajo".
Pero creo que estoy hipersensible. La palabra "humillación" es desmesurada, quizás tan reprobable como accidentarse andando en bicicleta.
Más justo es entender la humillación como una condición que me regalo a mí mismo al vivir solo.
Otra amiga vino ayer, encendió sahumerios, barrió el polvo del piso, le sacó las manchas blancas de dentífrico a la bacha del baño, me dio conversación. Me dijo que cuando alguien está enfermo, es importante renovar el aire. Cambiar las sábanas. Recordé a mi ex mujer cambiando las flores de la habitación de alguien que estuvo convaleciente en una cama varios días. Entonces tomé conciencia de que en mi departamento el aire está tan quieto como un bollo de papel que hay abajo de la cama desde hace meses, desde que lo tiré antes de que viajara el año pasado a Valparaíso. Ese viaje fue para escribir un libro; el libro está en las librerías y el bollo de papel aún está mirándome desde su lugar. Habré usado una hoja para escribir algo, no estuve de acuerdo con lo que escribí, hice un bollo, lo arrojé y allí está.
Aunque decir la palabra "humillación" me parece incorrecto, no es otra cosa lo que sentí esta mañana cuando salí a la calle con la camisa muy desacomodada, camino a hacerme los exámenes prequirúrgicos. El tufo que mi amiga debe haber sentido en el interior de mi departamento se me hace igual a la falta de decoro de mi camisa mal puesta. Cuando uno vive solo, acaba perdiendo la dignidad.
Y sin embargo, hay amigos, gente que tiene algo de ángel en su interior, que tienen la capacidad de rescatarte. Amigos que no te hacen caso cuando les decís "no vengas, no te necesito"; vienen lo mismo porque lo que quieren no es saludar a la bandera, sino que hacen lo que sienten, las ganas de que vos estés un poco mejor.
Y entonces, está justificado que uno sea un boludo que se accidenta en bicicleta, que uno utilice impropiamente la palabra "humillación", e inclusive que uno viva solo, con ese bollo de papel abajo de la cama.