martes, 18 de agosto de 2026

A la mitad del Año del Caballo

 Está siendo un típico Año del Caballo: quilombo.

 Cambios que tienden a la desmesura.

 A esta altura, lo que podría estar empezando a suceder, o ya sucede a pleno, es que llega la ola de la gran desorientación.

 Como el Caballo no tiene mecanismo de recule, no tiene marcha atrás, podría aparecer la sensación de que no hay lugar adonde volver.

 No hay pertenencia a la que se pueda regresar para refugiarse.

 La vida es sólo avance, sólo adelante.

 Los intentos de aferrarse a la madriguera, donde todo es previsible y seguro, no resultan, porque la madriguera se ha vuelto desconocida o ya no está.

 En su lugar, hay un vacío.

 Conviene sufrir esta falta.

Conviene desesperarse por perder lo que hasta hoy hacía de uno, propio.

Conviene llorar hasta que nos sequemos de lágrimas.

Llegará el momento de ponerse de pie.

Y entonces, tendremos frente a los ojos un mundo nuevo.

Será entonces la hora de detenerse unos instantes, de suspender el tiempo, y mirar todo, hasta elegir un punto al que dirigirse.

Por favor, paren el tiempo, Caballos y animales influidos por el Caballo, antes de largarse a correr. No permitan que su impaciencia e impulsividad les haga elegir cualquier cosa.

Porque el impulso de galopar en una dirección, el cauce en el que entren, puede permanecer más allá del Año del Caballo— de hecho, por lo menos unos cinco años.




Para decidir adónde ir tenemos el mundo entero.

Más que el mundo: tenemos el Paraíso.

Toda la realidad es una invitación a que hagamos algo con ella.

En el Año del Caballo, todos somos Adán y Eva.


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