Hay infinitas motivaciones para escribir, cada escritor es incomparable con otro escritor, todo es relativo.
Sin embargo, quizás se puedan distinguir dos actitudes para escribir.
Hay quien escribe porque el tema que escribe lo quema por dentro, no puede reprimirlo, si no lo escribe se volverá loco, se pegará un tiro, se quedará vacío, muerto, corrupto.
Quizás escriba de modo pueril, quizás muy bien, tal vez mal. Le importará haber escrito bien, pero ese no es el asunto —o sí lo es, en tanto escribir bien es haber podido decir lo que necesitaba decir de un modo cabal.
Otra actitud es la de quien escribe para avanzar en su carrera, para competir en un concurso, para ganar dinero, por egocentrismo o cualquier otra motivación suya, pero no porque haya un tema que es algo que no es exactamente él, pero entra en él.
Cuando uno lee algo escrito con esta actitud puede fascinarse con la perfección con que fue urdido, puede maravillarse con su labrado, tal vez milagroso, puede admirar cómo ha sido tomada cada decisión, la destreza para construir un artificio, una estructura infinitamente compleja, una sofisticación maravillosa.
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