Resistí diez años usar audífonos para no terminar dependiendo de unos aparatos. Bastante con depender de cuatro pastillas al día.
Al final los compré, pero no me sirven. Estoy dando esta batalla para tratar de mejorar el esquema, pero aunque oigo con mucho volumen, lo mismo no entiendo lo que dicen los demás.
He observado a los sordos en las reuniones. Si tienen un alma caritativa al lado, le cuenta algo que dijeron.
Al final, el sordo ya no pregunta.
En el epílogo, está a un costado, solo, sin participar.
En el posepílogo, ya no va a las reuniones.
Estoy en la etapa de hacer el esfuerzo por entender qué dicen. Un esfuerzo muy grande, desde hace ya muchos años.
Estoy cansado.
Me siento culpable de no oír. Pero les juro que hago un esfuerzo enorme. Quiero oír lo que dicen, para recibir lo que tienen para decir y para nutrirme de lo que dicen, y de lo que me genera lo que dicen.
Y también quiero compartir lo que siento y las cosas que me pasan.
Pero estoy muy cansado.
Nada más quería avisar que posiblemente en las próximas reuniones llevaré los audífonos, pero no podré comprender las cosas que digan.
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