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martes, 21 de octubre de 2025

El pecado original de Martín Fierro

Hay uno que dice que no le gustan los poemas en verso, sino escondidos en los prospectos de los remedios, los edictos judiciales y obituarios.

Recordé estos versos del Martín Fierro y me di cuenta de que, escondido, hay un cuento.

Quizás es uno de los mejores cuentos cortos que se escribieron en Argentina.


A mis hijos infelices

pensé volverlos a hallar

y andaba de un lao al otro

sin tener ni qué pitar.


Supe una vez por desgracia

que había un baile por allí,

y medio desesperao

a ver la milonga fui.


Riunidos al pericón

tantos amigos hallé,

que alegre de verme entre ellos

esa noche me apedé.


Como nunca, en la ocasión

por peliar me dio la tranca,

y la emprendí con un negro

que trujo una negra en ancas.


Al ver llegar la morena

que no hacía caso de naides

le dije con la mamúa:

«Va... ca... yendo gente al baile».


La negra entendió la cosa

y no tardó en contestarme

mirándome como a perro:

«más vaca será su madre».


Y dentró al baile muy tiesa 

con más cola que una zorra

haciendo blanquiar los dientes

lo mesmo que mazamorra.


«—Negra linda»... dije yo,

«me gusta... pa la carona»;

y me puse a talariar

esta coplita fregona:


«A los blancos hizo Dios,

a los mulatos San Pedro,

a los negros hizo el diablo

para tizón del infierno».


Había estao juntando rabia

el moreno dende ajuera;

en lo escuro le brillaban

los ojos como linterna.


Lo conocí retobao,

me acerqué y le dije presto:

«Po... r... rudo… que un hombre sea

nunca se enoja por esto».


Corcovió el de los tamangos

y creyéndosé muy fijo:

«—Más porrudo serás vos,

gaucho rotoso», me dijo.


Y ya se me vino al humo

como a buscarme la hebra,

y un golpe le acomodé

con el porrón de giñebra.


Ahi no más pegó el de hollín

más gruñidos que un chanchito,

y pelando el envenao

me atropelló dando gritos.


Pegué un brinco y abrí cancha

diciéndoles: «—Caballeros,

dejen venir a este toro;

solo nací..., solo muero».


El negro después del golpe

se había el poncho refalao

y dijo: «—Vas a saber

si es solo o acompañao».


Y mientras se arremangó

yo me saqué las espuelas,

pues malicié que aquel tío

no era de arriar con las riendas.


No hay cosa como el peligro

pa refrescar un mamao:

hasta la vista se aclara

por mucho que haiga chupao.


El negro me atropelló

como a quererme comer;

me hizo dos tiros seguidos

y los dos le abarajé.


Yo tenía un facón con S

que era de lima de acero;

le hice un tiro, lo quitó

y vino ciego el moreno.


Y en el medio de las aspas 

un planaso le asenté

que le largué culebriando

lo mesmo que buscapié.


Le coloriaron las motas

con la sangre de la herida,

y volvió a venir furioso

como una tigra parida.


Y ya me hizo relumbrar

por los ojos el cuchillo,

alcansando con la punta

a cortarme en un carrillo.


Me hirvió la sangre en las venas

y me le afirmé al moreno,

dándole de punta y hacha

pa dejar un diablo menos.


Por fin en una topada

en el cuchillo lo alcé,

y como un saco de güesos

contra el cerco lo largué.


Tiró unas cuantas patadas

y ya cantó pa el carnero.

Nunca me puedo olvidar

de la agonía de aquel negro.


En esto la negra vino,

con los ojos como ají,

y empesó la pobre allí

a bramar como una loba.


Yo quise darle una soba

a ver si la hacía callar;

mas pude reflesionar

que era malo en aquel punto,

y por respeto al dijunto

no la quise castigar.


Limpié el facón en los pastos,

desaté mi redomón,

monté despacio y salí

al tranco pa el cañadón.


Después supe que al finao

ni siquiera lo velaron

y retobao en un cuero

sin resarle lo enterraron.


Y dicen que dende entonces

cuando es la noche serena

suele verse una luz mala

como de alma que anda en pena.


Yo tengo intención a veces,

para que no pene tanto,

de sacar de allí los güesos

y echarlos al camposanto.






domingo, 9 de marzo de 2025

Relato de una línea

Un policía confiesa: “yo tenía una novia. Se emborrachó. Pasó la noche afuera. Volvió a la mañana. Casada”.

Se puede escribir un cuento de varias páginas con ese mínimo relato de una línea.

Pero ¿para qué?


martes, 4 de marzo de 2025

El sentido de un cuento

 Escuché a Borges contar un cuento. Mencionó quién era el autor y el nombre del cuento, pero resultó un detalle inútil. Un tipo vuelve del trabajo y encuentra dentro de su casa un zorro. El zorro lo mira asustado pero no se escapa. Él se queda estático. Se miran a los ojos. El hombre ve que además de susto, en los ojos del zorro hay angustia y pena. Y también se da cuenta de que es la mirada de su esposa. Su esposa se había convertido en un zorro. Ahí empieza todo el asunto de qué decide hacer el hombre, hasta que decide que seguirá la vida que habían tenido siempre. Claro, la mujer ya no cocina, ni habla, no nada. Es un zorro. Pero en su mirada, el tipo ve que entiende. Se comunican él hablándole y ella mirándolo. Terminan resignándose, se adaptan, aceptan los cambios y al fin estabilizan la relación. Él le lee poemas, la esposa escucha, duermen en la misma cama, ella le lame la cara a veces, él la peina con el peine de carey que ella ha usado desde joven. Pasa el tiempo. En un momento él empieza a notar que la esposa está menos atenta a los poemas. No le dice nada pero la observa, y entonces comprueba lo que sospechaba. Hasta que empieza a irse mientras él lee. Ahí empieza otra fase, que termina cuando el marido encuentra el gallinero hecho un desastre, todas las gallinas muertas, entra en la casa y la mujer echada en el piso tiene sangre y plumas en el hocico. Días después desaparece. Vuelve tres o cuatro veces, y él nota que no se entienden. Y entonces desaparece ya para siempre. Él la busca, no la encuentra, consigue perros para rastrearla, y finalmente da con ella. Está dentro de una madriguera, como las que hacen los zorros en la tierra. En la cueva hay tres cachorritos. Mientras la mente del tipo sólo está azorada, los perros la matan, como matan a los zorros.

Un escritor debería aspirar a escribir historias que la gente pueda contar como se chismosean las cosas más banales en el interior de una familia. Que la gente pueda repetir sus cuentos haciéndolos propios, modificándolos, sin que le importe quién los escribió, porque lo importante es el sentido que tienen.