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sábado, 27 de septiembre de 2025

Vuelve, vuelve (primavera primavera primavera)

El achaquismo es una estación de la vida como una estación del año.

Es cuando se pasan los 60, 70 y llegan todos los achaques.

Es el invierno, cuando los árboles pierden las hojas, los animales merman, el cielo se hace gris y el sol desaparece, arrecian las lluvias que todo lo moja y arruina.

Hay personas que reaccionan ante la idea de que el invierno es la estación de la muerte. Gritan: “¡También tiene su belleza!” o “¡Pero vendrá la primavera!”.

Si los que gritan son jóvenes, tienen razón: lo malo pasará y vendrá la primavera.

Sí, en cambio lo dice un viejo, podemos advertirle que está resistiendo su senectud.


Tal es el nombre de esta estación de la vida.

La vida es primavera, verano, otoño, invierno y muerte.


Hay quienes lo resisten, comprensiblemente, porque tienen vida y la vida quiere perpetuarse.

Y hay quienes aceptan.

Vi gente del pueblo uigur, aceptando que sus hijos les cortaran trozos de melones de Hami, los más tiernos, que es lo que pueden comer, porque ya no tienen dientes.

Vi viejos caminando lentamente, otros caminando con el aparato en el que se apoyan, otros siendo empujado en su silla de ruedas, sin rabiar por no poder andar como cuando eran jóvenes. 

Vi los viejos que se hacen sacar la corona de pelos que le queda alrededor de la pelada sin sufrir. “Es así”.

A un viejo un joven le subió al baúl de su auto unas cajas que estaba subiendo. No se resistió. Humildemente le dijo “gracias” al muchacho. Aceptó que le venía muy bien la ayuda. Aceptó que ya no tenía edad para levantar cajas pesadas.

Aceptó la senectud.

No la resistió usando palabras que inventan los jóvenes, usando Viagra, usando pilates, usando amantes jóvenes, usando cirugías, usando, en fin, maquillaje.

Hay personas que sufren la angustia de que se les escurre la juventud y gastan mucha energía en tratar de retenerla, en rechazar la senectud.


Los otros dejan ir la juventud.

Sufren los dolores de la senectud con resignación sabia. 

Por supuesto que toman analgésicos y se ponen implantes dentales, si pueden, porque no son masoquistas, sino que tienen la entereza de aceptar las limitaciones, los dolores, la pérdida de la memoria, la pérdida de la agilidad, la pérdida de la fuerza. 

Se comen la senectud.

Se la ponen. 

Tienen la sabiduría de aceptar la realidad y encarnarla.


Finalmente, por supuesto que está la opción de irse antes de todo esto.


Con lo cual, estamos hablando de tres opciones: resistir la vejez, ser viejo, o irse antes de que llegue la estación del achaquismo.





martes, 29 de abril de 2025

El cachorro

Es un morocho magro, de líneas rectas. Es recio y orgulloso y tiene un atractivo que hace que uno no pueda dejar de mirarlo.

Está sucio. Ha andado, ha trabajado, han pasado varios días y no se ha lavado, ni cambiado de ropa. No tiene dónde. Hace mucho tiempo que vive en cualquier lugar. A veces vende medias, o pañuelos descartables, o alfajores. A veces consigue una changa de un rato, lava un auto, limpia un jardín, ayuda a descargar un camión. Alguien de una pizzería le da una porción de pizza que dejó un cliente o va a la noche adonde los de la iglesia reparten comida. No tiene más de 40 años.

Está sentado en una vereda. Tal vez termine durmiendo allí. Tiene un perrito sobre el regazo. Un cachorro. Me advierte que es inteligente. Le digo que va a ser guardián y él lo observa. Le digo “mirá cómo me mira, me vigila”. No sonríe mostrando ternura por el cachorrito. Le digo que parece cómodo: “este sí que la pasa bien, no tiene que trabajar, le dan de comer, lo tratan bien, duerme”, y me responde que no está siempre encima de él, que sabe caminar. Que camina mucho. Que no es ningún vago. Que siempre está al lado de él, y que no necesita correa. Me habla con seriedad.

En ningún momento me pide nada, ni me mira a los ojos. Con los dedos ennegrecidos le agarra al cachorro la patita con mucha delicadeza y hace silencio. No quiere hablar más.