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lunes, 3 de agosto de 2026

La insoportable encrucijada de San Nicolás

Estuve de visita por San Nicolás, la ciudad donde nací.

Estas impresiones que comparto no tienen valor periodístico. Nadie me pagó por contarlas.


 

Un clásico de la política

De “roban pero hacen” a “no roban pero no hacen”.

De “no roban, hacen pero no sabemos”, a “no robarán, pero no sabemos si harán o no”.

Huey Long, gobernador de Luisiana, Estados Unidos, fue acusado de corrupción, clientelismo y autoritarismo, pero hasta hoy muchos lo recuerdan como el mejor gobernador de la historia del Estado porque construyó miles de kilómetros de rutas, hospitales y escuelas.

Como primer ministro de Singapur, Lee Kuan Yew limitó libertades políticas mientras conseguía uno de los mayores aumentos de bienestar social del siglo XX.

Los opositores fustigan al gobernador de Formosa, Gildo Insfrán, por concentración extrema del poder, clientelismo, represión.  Por otro lado, sus seguidores hablan de gran mejora de los servicios públicos, electrificación, rutas, más educación.

Quizás las mayorías soporten casi cualquier cosa con tal que haya empleo, que las calles estén limpias, que funcionen los hospitales, que se hagan obras, que exista seguridad, que el gobierno responda rápidamente.

Si estas cosas funcionan, la democracia se vuelve algo teórico, un lujo progre, y la legalidad es fácilmente relativizada. 

 

San Nicolás de los Arroyos

Desde 2011 la mayoría de la ciudad de San Nicolás vota por una especie de monarquía, los Passaglia. 

Varios de mis familiares y amigos los tienen como criminales, pero a la vez me cuentan que han recuperado plazas, parques, paseos y sectores degradados, por ejemplo, el Ecoparque, para que las familias anden por la naturaleza, hagan picnics, etc. Vi unos juegos gigantes para chicos de buena calidad junto al río, con mesas y bancos alrededor y baños, todo gratis. También había puestos de comida móviles. 


Me dicen que esta política no la limitaron al centro sino que alcanzaron barrios y localidades de todo el partido. 

Que están eliminando barreras físicas que separaban a la ciudad del río Paraná, por ejemplo, disponiendo para toda la sociedad de los terrenos de un cuartel militar. 

Que desarrollaron un plan extensivo de pavimentación, iluminación pública, acceso al agua potable y cloacas. Fue compulsivo: muchos al principio se quejaron, pero la mayoría terminó aprobándolo.

Me dicen que mejoran los sistemas de escurrimiento de agua en un partido donde las inundaciones han sido traumáticas (intervenciones en el zanjón La Cautiva; trabajos hidráulicos en La Emilia; limpieza y ampliación de zanjones y desagües).

Que hacen planes de vivienda social. 

Que construyeron tres hospitales descentralizados y también implementaron un seguro de salud que se saca con el DNI —las personas tienen gratis casi todos los servicios médicos de San Nicolás. 

Que hicieron o terminaron un autódromo (donde se hace cada año la ExpoChacra, lo que deja ganancias importantes), un estadio de fútbol para 25.000 personas, habilitado por la AFA, donde además de jugarse partidos con equipos como Boca y River, se hacen espectáculos artísticos, y que también construyeron otros espacios deportivos y recreativos.

Me dicen que trabajan en el patriotismo local, para que todos los nicoleños se sientan orgullosos de San Nicolás.

No niegan que los Passaglia han hecho obras, pero enfatizan que hay una investigación judicial seria y prolongada por presunto enriquecimiento ilícito y lavado de dinero. 

Que hubo medidas de prueba y falta de mérito, pero no hay un sobreseimiento definitivo.

Que abusan de las contrataciones directas. 

Que instauraron un poder dinástico de caudillos. 

Que muchas de las obras avanzaron sobre terrenos de privados que harán juicios y en el futuro la ciudad deberá pagar fortunas cuando los pierda.

 

En fin, que hacen, pero roban.

Protagonizan la incómoda paradoja de sobornar al pueblo con felicidad.

 

Para mis familiares y amigos detractores de los Passaglia, más que incómoda, esta encrucijada histórica es insoportable.

Mi primo Héctor lo dijo de esta manera: “estos tipos son unos chorros y son los representantes de los poderosos. Le roban al Pueblo. El problema es que, de lo que roban usan una parte para tener a la negrada feliz, y eso es mucho más que lo que vemos que hacen los políticos que nosotros apoyamos. Al final, fueron estos delincuentes los que terminaron con el poder de los militares en San Nicolás, sacándoles el cuartel. Tenemos en el gobierno al vendepatria de Milei, que se cae con un soplido, pero no tenemos ni a uno solo que sople prometiendo hacer lo que estos malandras demuestran que se puede hacer. Si nuestros líderes hicieran lo que hacen los Passaglia, encima sin robar, haríamos un gobierno muy bueno".


domingo, 8 de abril de 2018

Yo lo vi



Aunque yo era muy chico, debía tener siete años, supe claramente que las ropas del tipo eran las más finas que había visto en mi vida. Tenía una camisa blanca de una blancura luminosa, de otro mundo, y un traje gris oscuro de una tela que caía de un modo tan hermoso que aún siento placer al recordarla. Y calzaba unos zapatos marrones hechos con una precisión increíble, que tenían el balance perfecto entre nuevos (si hubieran estado perfectamente nuevos hubieran llamado la atención groseramente por pretenciosos) y gastados (era obvio que cuando se le gastaban un poco demás, ya no los usaba).
Esa ropa maravillosa, llegada de una realidad que yo sólo podía imaginar, era vestida por un pequeño hombre que tenía una expresión noble, una manos grandes, un corte de pelo perfecto y una borrachera muy desagradable. Apenas se mantenía parado, en el andén de la estación de tren de San Nicolás, a las cuatro de la tarde.
Cholulo, mi padre me dio un papel y una lapicera y me dijo, riendo, andá pedile un autógrafo.
Yo no sabía qué era un autógrafo.
Mi padre y las personas que estaban con él, entre ellos mi madre, me explicaron y me dictaron las palabras para decirle.
Decile "Campeón, ¿me firma un autógrafo?"
Fui hacia él automáticamente.
El hombre me sonrió con una sonrisa muy buena. Tomó el papel, lo firmó, me puso una de sus manos en la cabeza y me sonrió, mientras me miraba con esa fijeza vacía de los borrachos.
- ¿Vos cómo te llamás?
- Gustavo.
- A mi querido amigo Gustavo -dijo, como si estuviera escribiendo.
Entonces ya nos rodeaban varias personas, todas con papeles para que Pascualito Pérez les firmara.
Yo me acordé de la ropa y de la amistad con que me miró, y de la frivolidad de mi familia, pero me llevó años entender que ese hombre borracho había llegado a ser lo más que podía ser, que había corrido miles de kilómetros entrenando, que había pasado años en los gimnasios como casi nadie se dedica a lo que ama hacer, que había recibido cientos de trompadas en las costillas, en la boca, en los ojos, en la nariz, en la cabeza, que eran capaces de poner en coma al tipo más robusto. Me enteré que ganó la medalla de oro en las Olimpíadas y que fue campeón del mundo durante seis años; que peleó en el ring 92 veces, ganó 84, 57 por nocaut. Defendió nueve veces el título mundial. Muchos dicen que él y Monzón fueron los mejores de la historia del boxeo argentino.
Me había puesto una mano en la cabeza alguien que era más que humano. Mi padre debió explicarme eso. Con siete años, sólo lo entreví en la ropa.