jueves, 11 de noviembre de 2010

Eva

‎- Eva se peleó con el novio hace como seis meses y lo echó. Lo echó de la casa, lo eliminó de su vida. Ahí se enteró que estaba saliendo con otra.


- ¡Uh!

- Le agarró un ataque de presión y estuvo internada tres días. Cuando se cura, lo llama y le dice: ELLA O YO.

- ¡Pero lo había echado ella!

- Eva es así. Re-Eva.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Noticia de Ernesto Fowles



Ernesto Fowles nació en una estancia de la provincia de Chubut, en medio de la infinita estepa patagónica. Vivió intensamente; cada uno de sus días estaba lleno de muchas cosas. Así, aún no había cumplido dieciocho años cuando ya escribía para la Estrella de Comodoro Rivadavia. Rebalsaba talento para escribir.
Rápidamente alcanzó el tope de sus etapas como escritor: la romántica, la clásica, la moderna, la vitalista. Por los 30 años ya había llegado a la madurez como autor, lo que no significó el final de su experimentación. Un lector capaz de concentrarse sólo en la historia (el lector a quien le escribía Fowles) no habrá de descubrir pero disfrutará de sus juegos, siempre arriesgados y a la vez garantizados por su maestría. Tempranamente en el siglo XX entretenía su virtuosismo explorando los temas más hondos de la condición humana en relatos aparentemente muy simples, macizos y puntuales. Hemingway promulgaría muchos años después la fórmula de Fowles: un buen relato está hecho de la tensión interna que obliga al escritor a escribir y que no aparece en las palabras sino en la entrelínea.
Fowles escribió mucho para entender las relaciones entre un hombre y una mujer. “El cuerpo de la araña” es un ensayo sobre aquel tortuoso aspecto de algunas relaciones que se materializa en el rompimiento por parte de uno de los dos: el relato detalla el modo en que una araña atrapa una presa, le inyecta una droga que deja a la presa embelesada; describe cómo ésta, pudiendo escapar, prefiere la dulzura del estado extático; cómo la araña comienza a sorber sus jugos mientras le va suministrando más droga, cómo los dos viven adictos uno al otro en ese estado de intercambio vicioso durante varios días, posiblemente los días más felices de sus vidas, y finalmente cómo agotada la presa de toda vitalidad que nutra a la araña, la araña, sin remordimientos, sin conciencia, la olvida para siempre.

martes, 9 de noviembre de 2010

Una hereje

La oculta determinación del yo más tiránico e impío de Gabriela es zamparse unas historias henchidas de sentido, sin importarle las consecuencias que le traen a ella y a los demás. Cuando se le acaban, se levanta y sigue, hasta dar con otra.

viernes, 5 de noviembre de 2010

El gourmet de la tele

En una época le dio a mi madre por poner a la gente ante dilemas como un boxeador muy fuerte pone a un rival mequetrefe entre las cuerdas: “dejá de dar vueltas, decime ya, ¿hago papas fritas o fideos?” Si uno osaba cuestionar la ofensiva, “qué sé yo, sos vos la que cocina”, mi madre montaba en cólera. “¡No! ¡Decime vos! ¡Vos sos el invitado!”. Como ya aprendí, al ser abordado respondo instantáneamente. “¡Puré!”. Claro, no es tan fácil. No es cuestión de decir cualquier cosa, porque inmediatamente después de la respuesta uno tiene que responsabilizarse: “Pero, puré me pedís, si no tengo nuez moscada”. Sin embargo, les aseguro que es preferible ser el culpable de su indignación que convertirse en objeto de su ira.
A la que tiene en jaque a cada rato es a su hermana Tita. Mi madre la cuida porque Tita tuvo dos derrames cerebrales y quedó medio parapléjica. Además de que tiene más de ochenta años. Y demencia senil. “¡Tita, respondeme!”, le demanda mi madre, olvidando que Tita no puede hablar. Sólo hace unas señas, unas indicaciones con la mano y algún sonido gutural. Por ejemplo, cuando una vez mi madre le preguntó “¿Querés ir a ver la televisión o querés ver cómo cocina Gustavo?”, respondió algo así como “ao” y mi madre puso la silla de ruedas de Tita orientada a que me observara. Yo sé que Tita no me quiere mucho y no tenemos ninguna comunicación, pero no soy tan descorazonado, y me apena un poco verla derrumbada y la vida que lleva, de modo que aquella vez se me ocurrió imitar a los cocineros parlanchines y vivaces de la televisión, muy ocurrentes, algo locos, siempre simpáticos, y empecé a relatarle todo lo que estaba haciendo e hilar pavadas en un discurso sin fin. “Ahora vamos a rehogar la carne junto con el pimiento en aceite de oliva, porque se ha puesto de moda el aceite de oliva, ¡carajo!, ahora el aceite de oliva es el jugo de los dioses, cura todo, es lo más rico que sale de la naturaleza, cuesta una fortuna y con sólo mencionarlo ya sos una persona distinguida. Hay que ver lo que puede el aceite de oliva; será porque lo sacan de unas cositas tan chiquitas como las aceitunas”… O: “¡Pero qué pollo tan extraño me han traído! No es un pollo cualquiera este, fíjensé que es un bailarín (hago bailar el can can al pollo). ¡Ay, Dios mío! ¿De qué ballet lo habrán sacado? Es muy preocupante, porque una compañía de ballet no es lo mismo si le falta el primer bailarín pollo. Ahora tengo que untarlo de mostaza, miren como queda. Pero él debe estar acostumbrado al maquillaje. Y si al salir del horno volviera con los otros pollos bailarines, ¿qué le dirían? «¡Primer bailarín, dónde has estado! Seguro que en el Caribe, con ese bronceado tan bonito que tienes». No, no vamos a dejar que se burlen de él, de modo que lo comeremos”. Y así. Vi que Tita estaba de lo más entretenida. Se reía de mi tono y de que me hiciera el loco. Me pregunto qué pensaría de la escena el gato viejo que siempre duerme por ahí, sobre la ropa recién planchada o en lo alto de una alacena. Cada tanto veo que nos mira y me ha parecido que de algún modo nos reprueba. Como sea, con Tita hemos persistido en nuestro encuentro. Cuando llego a la casa, ya mi madre me tiene preparados los utensilios de cocina y en cuanto elijo qué comeremos, aunque refunfuñando, dispone los ingredientes y ubica a Tita para que pueda verme en primera fila.

La Tía Tita y su sobrina nieta Paulina. Muchas veces Paulina ha oficiado de ayudante de cocina, pero debo echarla porque se pone muy disparatada.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Sobredosis de Chabela Vargas

No me he querido ir 
para ver si algún día
que tú quieras volver
me encuentres
todavía.

*    *    *

Llegaré hasta donde estés
yo sé perder, yo sé perder
quiero volver, volver, volver.

*    *    *

Pero nadie me llame cobarde
sin saber hasta donde la quiero.

Por favor, ayúdenme a quitarme este machete que me metí por una oreja y me saqué por el pecho.

Aquel dáimón de los Unger

En el momento en que iba a salir del monasterio se soltó el diluvio. Me recosté contra una pared, a la espera de que amainara. Al rato, mirando el agua que corría por el piso, recordé esta historia.

No es una cosa de otro mundo, sino algo absolutamente familiar. De hecho, es literalmente un asunto de nuestra familia. Por alguna razón desconocida u oculta, los Unger reciben cuando niños un dáimón que tiene dos características. La primera, que cumple deseos —si estos son impecables y el Unger logra concentrarlos como la luz se condensa en un rayo láser. La segunda, que cada Unger debe aprender por sí mismo la existencia del dáimón y su poder formidable. Hay algunos Unger que han muerto sin siquiera probarlo.
En la antigüedad todo era diferente. El dáimón era objeto de culto familiar y había ritos para celebrar el ingreso del dáimón en un niño o una niña, en las ocasiones de los deseos colectivos en que estaba en juego el destino de la familia, en agradecimiento por los deseos cumplidos, etc. El dáimón de cada Unger recibía un nombre particular y al morir el Unger, una ceremonia libraba al dáimón y le propiciaba un feliz regreso al mundo de los espíritus.
Pero con el advenimiento del realismo científico todo aquello fue despreciado como superstición y al fin se desvaneció. O mejor, se hizo subterráneo. Los dáimón siguen entrando en los Unger y están ansiosos porque su Unger desee algo con fervor y sin contradicciones.


lunes, 1 de noviembre de 2010

Carlitos y Rodolfo


Carlitos lo primero que mira de una chica son sus ojos. El alma está toda en los ojos. En los ojos se sabe que los humanos son ángeles. Mira los ojos y la carita. Carlitos se enamora entregadamente, y entonces sufre y es feliz, y vive en un estado de irrealidad.

“Su mambo”, dice de él Rodolfo, su hermano. Rodolfo no presta atención a los ojos, mira directamente las voluptuosidades. En movimiento. De la cara, mira fija y tranquilamente, acaso con cierta perversión, los labios. Si Rodolfo fuera ético o piadoso le propondría a la mujer que le gusta, no más que unos revolcones sin hablar, ni siquiera un affaire. Pero porque ellas lo rechazarían, les dice lo que quieren oír: que está enamorado como un bobo, que las va a querer siempre, que nunca más estarán solas, que quiere que se duerman mientras él las abraza, que quiero que tengamos un hijo. Entonces, unos revolcones sin hablar, ni siquiera un affaire, y a otra cosa. Ellas lo aborrecen, confirman que todos los hombres son una mierda y él, sin hablar: no te hagás la inocente, me rogabas que te engañara.

Muchas, con ojos de ángel desconsolado, lloran en el hombro de Carlitos.