miércoles, 7 de septiembre de 2022

El espacio memorial de Nanjing sigue buscando la paz


En este septiembre se cumplirán 91 años del comienzo de la inversión de Japón a China. El caso más flagrante de las atrocidades cometidas por el ejército japonés fue el de la masacre de Nanjing en 1937. 

Visité el Memorial de las Víctimas en esa ciudad de China.


El enorme espacio para recordar la masacre y no olvidar los sucesos y las víctimas inaugurado en 2014 está diseñado con el cuidado necesario para evitar cualquier sensacionalismo. Las dimensiones no tienen límites, la arquitectura es de una perfección que la dota de la sobriedad más digna.

Aunque algunas fotos quiebran en el interior de quien visita el memorial, perturban para siempre una inocencia que se ha querido preservar, el lugar no es un puro show del horror y la destrucción.

Es un mausoleo. El respeto no pretende ser modesto, sino que es gigante, de un tamaño descomunal que expresa la magnitud del sufrimiento.

No se siente un horror revulsivo, pero el dolor es aplastante.

Y es demoledor porque se está ante la verdad de lo que pasó y sigue pasando.

“Japón nunca pidió disculpas“, dijo la guía al final del recorrido. “Hablan de ‘incidente’, lo consideran un ‘episodio de la guerra’”.

Pero el demonio que a veces encarna en los humanos, se incubó en los militares japoneses para desatar una carnicería de asesinatos de soldados desarmados, familias, violaciones y robos que hace pensar que tal vez hubiera sido mejor que los humanos no hubieran existido jamás.





El dolor es opresivo porque los muertos no acaban. A cada paso hay más y más y más. 

Hay un retrato de dos soldados japoneses que competían en la cantidad de personas que mataban con un sable.

Están expuestas excavaciones recientes que revelan esqueletos de ancianos y niños.

Luego hay otras excavaciones en la que cada conjunto de huesos tiene un número. Pero uno no quiere saber de números. Ha leído 300.000 al entrar al museo y ya no quiere leer más números.

Hay un salón enorme con fotos de caras. Miles y miles. De rostros de los muertos de aquel momento, rostros de los que sobrevivieron y nunca salieron del infierno, rostros de quienes aún viven.

Están las fotos de las paredes, los nombres en piedras en un muro que no acaba, hay infinitas luces en la oscuridad, en una pantalla flotan en el espacio negro los caracteres chinos de los nombres de los muertos.

Se lee 300.000 afuera y adentro se termina de sentir lo que se temía antes de entrar: que son 300.000 muertos nuestros.

No son nuestros porque pertenezcan al mismo bando que nosotros. También son nuestros los muertos de Hiroshima y los de las Torres Gemelas, y los de Auschwitz, los palestinos, los del Congo, los del Estadio Nacional de Chile, los de la dictadura militar de la oligarquía argentina.


Un año después de que fuera inaugurado el memorial, la UNESCO incorporó los “Archivos de la Masacre de Nanjing” a la “Memoria del Registro del Mundo”.


Son muertos nuestros porque fueron personas. Son los que andan por la calle, son nuestros compañeros de trabajo, son nuestras hermanas y nuestra esposa, nuestro padre, nuestros amigos de toda la vida. Son nuestros hijos.


Un panel está dedicado a una sobreviviente viejita hoy, que pide recordar la historia sin odio.

Los japoneses, asesinos allí, le han enseñado a las nuevas generaciones que no deben odiar a los norteamericanos por Hiroshima y Nagasaki, porque “el culpable fue la guerra”.

En el predio de la capital de Jiangsu se suceden la “Exhibición de la Masacre de Nanjing” y “Las esclavas sexuales en la Segunda Guerra Mundial”, pero también los espacios que se llaman “La Justicia y el Pueblo prevalecen” y “Hechos históricos de la victoria de los antifascistas en el teatro de operaciones de China y el juicio a los criminales de guerra japoneses”.

El museo informa que integra un millar de fotos, unas diez mil reliquias y más de 260 videos para exhibir “la violencia, la resistencia, la victoria, el juicio y la paz”.

Algo hay que hacer con ese dolor.

El Parque de la Memoria de Buenos Aires presenta el padecimiento incurable en los murallones insoportablemente interminables que tienen grabados en piedra los nombres de 30.000 secuestrados, torturados y asesinados, en un campo de un verde pacífico, bajo el cielo enorme y junto al río que todo se lleva.





Algo hay que hacer con ese dolor.

No hay que escapar, pero algo hay que hacer. No se puede escapar, pero tampoco pareciera que se aprende.

Hay nietos de asesinados en los campos de concentración nazi que bombardean con saña las casas de las familias palestinas.

Quizás no haya superación posible.

Quizás vuelva una y otra vez el demonio a encarnar en unas personas, en los nuestros también, para cometer atrocidades.

Ahí está el hambre en América Latina, en África; ahí está Siria, Ucrania, la sombra de la destrucción sobrevolando el Indo-Pacífico, rondando otra vez a China.

En el museo de la memoria de Nanjing el cónsul argentino en Shanghai, Luciano Tanto Clement, fue invitado a escribir unas palabras en un gran libro. Escribió en español: “Memoria. Verdad. Justicia”.

Él conoce esto, conoce otros museos del holocausto, padeció el genocidio en Argentina. Quiere la paz.

La gente quiere la paz. Los ocho millones de personas que visitan el museo cada año buscará la paz. También el ángel encarna en el humano.

Pero aquellos niños muertos, aquel terreno del museo que es un campo de piedras, sólo piedras, que dice que ese es nuestro destino, los escombros de nosotros mismos, la pura esterilidad, la destrucción de la vida hasta la nada, puede hacernos desear que los humanos jamás hayamos existido.


lunes, 5 de septiembre de 2022

Varón, molécula y pizza

No puedo comparar cuánto me gustan algunos hombres con cuánto me gustan casi todas las mujeres.

Por represión o por cuestión de gusto –me gusta el melón más que la banana, el café con leche con medialunas más que el té con tostadas, la pizza más que el locro —muchas mujeres me agitan las moléculas y me pongo a temblar, y en cambio eso no me pasa con los varones.

Pero tengo en mi casa un placar, tosco, robusto, noble, hermoso que guarda en su interior a un putín al que algunos varones lo hacen sonreír y se pone medio loquita.

Ese mozalbete es el que entendió la explicación del Ángel Gigante Camilo sobre la masculinidad China.

Camilo me contó que al llegar a China los hombres chinos no le atraían, “porque me gustaban lo que para nosotros son los hombres de verdad: musculosos, peludos, rudos, machos, que arremeten. Los que concebimos en América Latina como varonil. En cambio, los varones chinos me parecían más andróginos, de cuerpos gráciles, leves, de movimiento fluidos, de carácter mesurado, sin la necesidad de imponerse. Sin embargo, con el tiempo los empecé a percibir de un modo diferente. Aunque no parecían forzudos, no eran menos firmes. No tenían menos coraje por no tratar de ganar todas las peleas. No necesitaban armar un conflicto para ganarlo y demostrar que eran más fuertes. En sus cuerpos más delicados fui encontrando, más sutil y determinada, la cosa varonil. Eran varones. No menos varones. Me cambiaron la idea de qué es un varón”.


Camilo me tiraba en China una clave atrás de la otra.

¿Por qué hacía eso?

Porque estábamos en el camino de comprender a los cientos de millones de personas que nos rodeaban: los chinos.


Para una pregunta puede haber una respuesta.

Una respuesta resuelve muchas preguntas, es una clave.

Una clave es una llave que abre muchas puertas.

Permite comprender muchas cosas (y en China, naturalmente, hay muchísimas cosas para comprender; la realidad entera es algo que debe ser comprendido).


Claro que una de las claves es la clave misma.

Esto que estoy escribiendo.

Debería haber claves que respondan preguntas que vayan más allá de los chinos.

Claves que respondan asuntos de los asiáticos.

Y claves que respondan asuntos de los humanos.


Quizás cada palabra es una clave.

Las palabras “varón”, “molécula”, “pizza” son claves.

Designan cosas, pero no sólo.

“Pizza” es mucho más que “pan con tomate y queso horneado”. Es la canción “Pizza conmigo”, es la pizzería donde comía Ringo Bonavena, es el día que mi hijo amasó y cocinó pizza por primera vez, etc.

La palabra “pizza” para mí en este momento es una clave para comprender una porción del mundo.

Así es como quizás se pueda llegar a amar a todas las palabras que inventan los animales humanos.


domingo, 28 de agosto de 2022

Lo que quiso decir el profesor

No era el titular de la cátedra de Antropología Filosófica, pero se comportaba con una arrogancia como si fuera un profesor de una universidad europea que venía a esclarecer colonos que apenas hablaban un idioma civilizado.
Las ideas del titular, Mario Camaly, me encendían fuegos artificiales. Mi mente se disparaba hacia todos los rincones. Aún hoy, cuarenta años después, me siguen siendo fecundas. 
Pero lo que decía aquel payaso se me escurría inevitablemente, básicamente porque sentía que no decía nada. 
Yo tenía 19 años, quizás era efectivamente un colono que apenas hablaba un idioma civilizado. Como negro salvaje, no tenía dinero, y me ganaba la vida grabando y transcribiendo las clases. Eran mediados de los 80. Dos o tres empresas contrataban estudiantes para que grabaran las clases con un grabador de periodista y les pagaban las transcripciones, que luego vendían como apuntes al resto de los estudiantes. La actividad era furtiva: los profesores no revisaban las transcripciones, las empresas no le pagaban derechos a la Universidad de Buenos Aires por sacar provecho de las clases y a los estudiantes nos pagaban unas monedas.
Cuestión que entre las clases que me tocaban a mí estaban las del Gran Profesor Europeo.
Dado que yo transcribía ideas que para mí no tenían sustancia, sólo registraba palabras y por intuición lingüística ponía comas y puntos donde me parecía.
Y no sólo eso. Con el tiempo fui sabiendo que soy medio sordo.
Aquello no podía dar bien.
Una clase el Herr Professor llegó desencajado de la furia, arrojó con fuerza su bolso y libros sobre la mesa, produciendo un estruendo, y rugió:
– ¿Quién es el que transcribe mis clases?
Tras un instante en que permanecí duro como una estatua de piedra, le dije que era yo.
Empezó a gritarme como nunca alguien me había gritado. Ni siquiera mi padre, ni el animal de mi abuelo. El aula estaba llena de estudiantes, y yo tengo el problema de que necesito que me quieran, y soy hipersensible. Además había tres chicas que andaban siempre juntas y me gustaban las tres, y tenía esperanzas de que algún día, pudiera conquistar aunque fuera a una de ellas.
La humillación a la que me sometió aquel hombre me dejó en shock. Terminó ordenándole a los demás estudiantes que jamás, “¡JAMÁS!”, compraran las transcripciones que hacía yo.
No atiné a decirle que hacía aquello para poder pagarme los estudios –y no sé si le hubiera importado.

Cuarenta años después le recordé el episodio a una de aquellas tres chicas.
No lo recuerda en absoluto.
Casi ni recuerda al profesor.
La charla derivó hacia la fantasía de fidelidad de la transcripción. Si alguien habla, ¿dice exactamente lo que quiere decir?
Y sus interlocutores, ¿qué entienden?
No es posible la transmisión exacta de una enunciación. No es posible que la enunciación no sea ambigua, ni que sea recibida con la misma forma que fue emitida, ni, por tanto, es posible que sea retransmitida en la misma forma en que fue recibida. 
Lo que hay, entonces, es el flujo de un mensaje que va atravesando una cantidad de condiciones (como mi sordera o mi falta de conocimiento del contexto de los temas que hablaba el profesor). Las condiciones metamorfosean el contenido a lo largo del proceso de la comunicación.
Estos días que estoy en China, fracasando sistemáticamente en el intento de hablar con la gente, me resulta interesante que este proceso no observa diferencias entre la comunicación entre personas que hablan el mismo idioma y la traducción. 
Por otra parte, dado que en este proceso la fidelidad, siendo la plataforma que lo sostiene como intención, es algo imposible, mientras que su realidad es la transformación del contenido, resultaría útil prestar atención a las condiciones, los elementos y los mecanismos de esa transformación. 
O sea, por qué al transmitir un mensaje se comete determinado error y no otro, o por qué el contenido se mejora de determinada manera y no de otra.




viernes, 26 de agosto de 2022

San Nicolás y la guerra del Paraguay

 Quizás resultaría fértil para San Nicolás comprender su rol en la Guerra del Paraguay, que fue tan fundante de la Argentina como Pedro de Mendoza y Juan de Garay, Sarmiento, Cepeda y Pavón y el genocidio que empezó en la pampa y sigue hoy.

Quizás Pablo Makovsky debería escribir esa historia, ya que es oriundo de Paysandú, ciudad que fue el ojo del huracán de aquella guerra, y encuentra que San Nicolás es un manojo de claves.

Sería interesante comprender el lugar que ocupó  San Nicolás a través del genial Cándido López, que la ciudad ignora como pintor suyo, pero que ha sabido rescatar Benito Laren -a quien San Nicolás sí celebra como un gran artista.

Benito tenía el proyecto de ir a los sitios de Paraguay donde habían ocurrido las batallas para hacer una arqueología estrambótica, la de encontrar restos como obra de arte. 


viernes, 19 de agosto de 2022

Mi padre cumplirá 226 años

 226 años

 

Todo lo que decimos es algo que inventamos y le chantamos a la realidad. 

 

El animal perro existe sin necesidad de la palabra “perro”. 

 

La palabra “perro” es un invento de algunos humanos. 

 

Todo el lenguaje es invento. 

 

Incluso los números. 

 

Incluso las fórmulas físicas más sofisticadas. 

 

Entonces, ¿por qué creemos que cuando alguien nos dice “hay un espíritu en esta habitación” está mintiendo?

 

Todos mentimos en el sentido de que todos inventamos algo al hablar. 

 

Si alguien dice “mi padre cumplirá 226 años en noviembre”, miente pero dice algo tan verdadero como “el agua existe en estado líquido, gaseoso y sólido”.

 

Decimos que miente porque nos cerramos a leer qué está diciendo más allá de nuestra tristemente soberbia, lastimosa, violenta y limitada racionalidad. 



martes, 9 de agosto de 2022

Ver algo

 Si estás con una persona ciega en un hotel, que podría ser un hotel en un pueblo de Marruecos, y la persona te pregunta qué ves por la ventana, le dirás: “dos niños juegan corriéndose. Hay un viejo sentado en la puerta de su casa. El cielo es casi blanco. La casa del viejo es de adobe, del mismo color de la calle, un café con leche seco. Hay un auto estacionado. Es rojo, muy cuadrado, parece soviético, tiene mucho polvo encima“.

En un momento te darás cuenta de que si la persona no te hubiera pedido que le describieras lo que ves, no verías lo mismo que estás viendo. No te fijarías en los detalles, no comprenderías la escena, no te detendrías en la manera en que vive aquella gente, no sentirías el alma del lugar“.






lunes, 8 de agosto de 2022

Víctimas

Sabemos de China. Hemos venido a China. Informamos sobre China.

Pero llegamos a China y nos escandalizamos por el disciplinamiento implacable. Nos sale el hijo de mi mamá, ¿a mí me van a tratar así?

Nos sale.el norteamericano, "tengo derechos". Hasta casi nos sale el infobae Mirtha Legrand

Viviana Canosa: "ah, ¡esto es el régimen comunista!"

En el aeropuerto tienen la hermosa amabilidad de esperarnos en la puerta del avión, en el

principio de la manga para llevarnos a través de migraciones. Pero cuando llegamos a la aduana, nos espera un ejército de oficiales o agentes vestidos de astronautas. Algunos están detrás de un vidrio, otros detrás de unas rejas que nos impiden pasar. Inmediatamente nos sentimos encarcelados, arrebatado nuestro derecho de circulación.

Finalmente nos trasladan a un hotel lujoso para que hagamos la cuarentena. Al llegar al Hotel no viene a recibirnos una delegación formada de jóvenes sonrientes, sino que lo formado es  otro ejercito de astronautas que nos tratan con rigor marcial, nos gritan, nos hacen ir a traer las valijas

del colectivo nosotros mismos, nos rocían con layandina hasta empaparnos.

Nos enardece que más que tratarnos como invitados, nos tratan como presos, claramente como una amenaza, agentes patógenos extraterrestres. Pero sabíamos.

Sabíamos que sería así.

Nos advirtieron.

Y lo vimos por la tele, y lo contamos una y otra vez.

Cuando pedimos ser incluidos en el viaje, nos avisaron cómo serian los protocolos, nos

adelantaron que serían dos semanas de cuarentena, luego nos dijeron que la restricción se había reducido a 10 días, pero una vez en el hotel empezamos a decir: "y ahora a la cárcel" con mirada de estos hijos de puta".

Nos avisaron. Y lo aceptamos.

Y además mil veces hicimos esta evaluación: ¿qué tan amargo, ácido, desagradable es el precio a pagar para que en una población de 1400 millones de personas hayan muerto menos de 6.000 personas --sjendo que el país más poderoso como Estados Unidos, adonde pagamos para ir y no nos quejamos de nada, de 300 millones murió.más de un millón?