miércoles, 31 de julio de 2019

La armónica

Un viejo va con guardapolvo azul y guantes de trabajo. Se detiene y se sienta. Da unas pitadas a un pucho. De una bolsa para hacer los mandados saca una bolsa de plástico más pequeña, y de ésta saca una armónica. Se pone a tocarla. En la otra mano sostiene el pucho. No está pidiendo dinero. No tiene público y toca en un volumen inaudible.
Hay infinitos mundos en este mundo. 
A los pocos minutos se levanta y se va. 


Hay algo allí


Hay algo allí dentro.
Pasé cerca. Era una cabina como de seguridad o una casilla para vivir, muy pequeña.
Estaba cerrada, clausurada. Casi hermética. No tenía ventanas y no vi dónde estaba la puerta.
No lo olí realmente, pero era como haber olido algo.
Sentí la presencia de un animal allí adentro.
Como si la hubiera olido, pero era otra cosa.
Pensé “ahí dentro hay un oso”.
No tenía sentido, pero era patente, de una realidad más precisa que esta realidad. Como cuando de repente hace frío o cuando levantás instantáneamente la vista y descubrís a alguien que te está mirando. Algo en vos lo sabía, pero vos no lo sabías. Algo en vos lo sabía, por eso buscaste a quien te estaba mirando.
Había algo vivo allí dentro. Algo como un animal, que no era un animal, pero era enorme, impredecible, feroz.
Ya hacía dos años que vivía en el pueblo, pero no había visto la casilla. Pensé que podían pasar otros dos años sin que pasara por ahí, pero ahora sabía que estaba, con aquella cosa  encerrada.
Podía hacerme el distraído, pero ya el pueblo no sería el mismo.
No podría dejar de preguntarme qué pasaría si se liberara aquello.
Le pregunté a otros, pero casi nadie recordaba la casilla.
Algunos habían notado  su presencia, pero no le prestaron atención. No percibieron nada especial.
Unos pocos se extrañaron y una señora había sentido lo mismo que yo.
Le propuse ir a encontrar la puerta y liberar lo que había allí dentro.
Ella ya había pensado en eso. “No tiene puerta”, me dijo.
“Hace años, desde antes que vos nacieras, que estoy esperando que la fuerza contenida ahí quiebre las paredes y aparezca en esta realidad. Cuando eso suceda nuestras vidas realmente cambiarán. Ya no será una sensación”.
“¿Está mal que las rompamos nosotros?”
“No. No está mal. Yo no me atrevía, pero ahora siento que hay en vos y en mí  parte de eso que está encerrado, y que somos necesarios para liberarlo”.
“Vamos”, me dijo al fin, y fuimos, sin tener idea de cómo haríamos lo que queríamos hacer ni cuáles serían sus consecuencias.







martes, 30 de julio de 2019

Gauchos

Ayer, unos gauchos arremetieron a caballo contra unas chicas indefensas que se habían metido a protestar con unos carteles en una pista de la Sociedad Rural, catedral de la oligarquía argentina, mayor expresión de la civilización en nuestro país.

 O sea, independientemente del origen y motivo de la protesta, estos gauchos son los lacayos de los dueños de los campos de Argentina.
Lacayos, vasallos, sirvientes, pajes, domésticos, obedientes, siervos, capangas, capitos, perros, laderos, falderos, chupamedias.
Es difícil conciliarlos con aquellos otros gauchos, que pelearon en las guerras  de la independencia.
Y es mucho más difícil conciliarlos con los gauchos renegados, hijos de un blanco y una india (de un blanco que violó a una india), que estaban fuera de la ciudades, fuera del trabajo, de la educación, de la nación.
Esos que no buscaban someter a nadie, pero que no se dejaban someter.
En una época, se pensó en ellos. Se los reivindicó cuando había un poco más de dignidad y menos vocación por el lacayismo.
Esos gauchos eran la barbarie: los peronistas, los negros, los pobres, los inmigrantes de los países limítrofes.
Lo que hoy quiere exterminarse.
Quedan canciones que cantaba Cafrune y aún las canta, como mostrando unas reliquias que pocos quieren ver, José Larralde. 



lunes, 29 de julio de 2019

Nos buscamos


Hace miles de años que bailamos está angustia.
Cada vez que nos encontramos, la realidad estalla. Luego nos volvemos a perder.
Nos buscamos porque sabemos que somos parte de una misma cosa.
Nos buscamos porque nos pertenecemos.
Nos buscamos como dos ángeles se buscan en la oscuridad.

domingo, 28 de julio de 2019

Sacrificio



Por deporte de pueblo, por machitos —también deporte de pueblo—, íbamos a cazar al bañado.
Una vez tumbé una gallareta y cuando la encontré se estaba revolviendo desesperada aleteando como si le estuvieran prendiendo fuego los hijos, pataleando sin coordinación y abriendo el pico como si gritara, pero no emitía ningún sonido. Giraba en el agua playa y se enredaba con la vegetación, y miraba la nada con unos ojos enajenados de animal mecánico. Estaba cerca de la muerte, pero no acababa de morirse. No soporté la escena. Podía haberla agarrado nada más y metido en la bolsa, pero le apunté a la cabeza y le disparé para terminar su suplicio. Le volé el maravilloso pico rojo entreabierto, se sacudió un poco más y al fin se quedó quieta.
Juré nunca más matar un ser vivo.
Algunos años después, cuando pasé una temporada en un asentamiento junto al río Bermejo, mi amigo de allí, un viejo que me llamaba “mi nieto” me llevaba a cazar vizcachas. Para él cazar era algo serio. Había muchas vizcachas, pero cuando tenía dos o tres, volvíamos. El primer día me dio la carabina. Mi primer tiro fue alto. No conocía la mira. Disparé bajo el segundo, para entenderla. Entonces el viejo me quitó la carabina de las manos. “Un tiro”, me dijo bajito. Estaba serio. Entonces tiró él. Con cada tiro mató una vizcacha. “Un tiro para cada vizcacha”, comprendí. Yo era su “nieto” porque le había llevado de regalo una caja de balas.
Cazar con él no me hizo mal. Era parte de la convivencia.
Nunca más anduve matando animales.
Quizás ya no puedo matar a sangre fría un pescado. De ningún modo podría matar una vaca. Matar un cordero sería un asesinato inmundo. Y desde hace un tiempo no me puedo sacar de la cabeza que un chancho es una animal humano. Más aún, me trastorna la idea de matar un pulpo, al que también he descubierto algo raro.

Raro en el sentido de aquello que tiene un ser al que se asesina. Lo que convierte el matar en un asesinato es eso raro que tiene la criatura.

Salgamos de acá un momento. A muchas personas les resulta hartamente desagradable el modo de tomar café como si el café fuera cualquier cosa.
Esas personas han pasado por la experiencia de sentir que el café es algo muy especial. Algo tan delicioso, tan sofisticado, de lo que sienten que ha de tomarse apenas un pocillo. Es perfecto el café así. A la temperatura precisa, hecho de la manera exacta, con la cantidad de agua y la cantidad de café medidas. Un café hecho como un ritual. Cuando el café toque los labios, será algo casi milagroso.
Frente a ese prodigio, ver jarras de café recalentado que se vuelcan como agua servida en tazones de un cuarto litro y se beben sin prestarle atención, mientras se grita, se corre, se usa el celular, es algo obsceno.
Tan obsceno como los indios norteamericanos observaban el modo en que los hombres de hoy fuman. Uno de ellos dijo que “el tabaco sólo era fumado en rituales. Su humo era el indicio de la paz entre dos pueblos. Lo han prostituido, lo han convertido en una mercancía. Se fuma brutalmente, sin saber por qué. Sin llegar a sentir que el tabaco es algo sagrado. Sólo para que unos pocos se queden con montañas de dinero. Y entonces el tabaco se venga creándoles vicio y cáncer”.

Comemos animales criados como monstruos porque su única función es generar lucro. Nada importa su sabor, ni sus efectos sobre la salud, ni siquiera su valor alimenticio. Son igual que el café en jarra.
Igual que la rúcula, el jengibre, los arándanos producidos para el consumismo.
Pensar que el problema son los químicos que se usan para agigantarlos y que pasan a nuestros cuerpos como toxinas o como veneno genético, es perder el foco. Criarlos “orgánicamente” no soluciona el tema, porque el tema de fondo es el lucro (lo “orgánico” no es más que una remanida maniobra de mercadeo).
El asesinato es el capitalismo.
Aquel viejo no amaba las vizcachas. No pensaba que eran buenas o lindas; no eran sus mascotitas. Ni las criaba orgánicamente, ni siquiera pensaba si se podían extinguir o no. Sólo no las mataba industrialmente para obtener ganancia.
Quizás hubiera querido obtener lucro, pero no estaba enganchado del todo con la economía capitalista.

Si comiéramos a los animales como los indios norteamericanos fumaban el tabaco, no los asesinaríamos.
Los sacrificaríamos, comprendiendo que son el milagro supremo, la vida.














sábado, 27 de julio de 2019

Carta política del día - Reconquista



Sentí que tenía plena razón una sobrina mía cuando me amonestó porque “no es que nada más te interese la política, ¡yo no te soporto porque estás fanatizado!“
Es cierto que todo el tiempo estoy pensando en los cientos de fábricas que cierran, en los comedores escolares abarrotados de chicos, en la gente que está comprando menos comida.
Regresé a Argentina hace más de un mes, y no puedo terminar de desembarcar.
Desde el 2015 siento que aquel apoyo masivo a la dictadura en 1976 nos ha robado el país.
Siento que estamos entre otra gente.
Me niego a despertar a esta pesadilla, pero dormido me doy cuenta de que es lo que está sucediendo en la vigilia.
Tenemos que ponernos de pie y reconquistar la realidad.
No podemos seguir viviendo en esta Argentina de la humillación ni dejársela así a nuestros hijos.


jueves, 25 de julio de 2019

Anita, te va a ir muy bien.


 Ayer hablamos con mi hermana Anita sobre el consentimiento a los hijos.
Decíamos que no siempre es bueno para ellos.

Estábamos los dos solos en el local que alquiló para abrir una pollería.
Es un local muy grande, y estaba vacío, salvo las grandes heladeras que ya compró.
Estábamos de acuerdo en todo lo que hablamos.
Le dije que sé que tiene todo lo necesario para que le vaya bien.
Le dije que debía pensar que tal vez los primeros meses son a pérdida, y que debía incorporar esa pérdida al cálculo de la inversión inicial.
Cosas que uno dice porque es el hermano mayor.

Le dije que la ubicación es muy buena.
Le dije que siempre la venta de comida anda bien, porque aún en las peores crisis, la gente necesita comer.
Ella estuvo de acuerdo en todo lo que dije.
Supe que ya había pensado cada cosa que le estaba diciendo.

Le dije que iba a demandar de ella su mente y su cuerpo. Iba a tener que vivir allí.
Le dije que cuando empezara a andar bien, le convenía empezar a reinvertir en ese negocio, arreglar el auto y arreglar la casa.
O sea, que comenzaría a tener una nueva vida.
Estábamos allí, en ese lugar vacío, en el comienzo de la nueva vida de Anita.

Hasta ahora, sólo había seguido la iniciativa del hombre que fue su marido.
Hasta ahora se apoyaba en nuestra mamá. Nunca sabía bien Anita cuánto ganaba ni cuánto gastaba. Nuestra mamá la cubría.
Hasta ahora, Anita siempre se las había arreglado para que la apañaran, la consintieran, y así evitó responsabilizarse.
Ahora empieza.

En la sociedad de nuestros abuelos, esto hacía la gente a los 21 años. Los tiempos han cambiado, la historia de nuestra familia cambió. Ella tiene 54, y está perfecto que empiece ahora.

Por primera vez se pagará un seguro de salud.
Por primera vez progresará por su trabajo.
Ya no vivirá consentida.
Estábamos los dos ahí, solos.
Sentí con mucho extrañamiento que nuestra mamá ya no estaba entre mi hermana y yo.

Entonces le dije que ante cualquier duda práctica que tuviera, tenía alguien que le daría el mejor consejo que iba a encontrar: nuestro padre.
Él es comerciante puro y tiene el don de conocer el funcionamiento de las cosas.

Saqué una foto de nosotros dos y se la mandé a él.
Más tarde él llamó. Dijo que el local estaba muy bien.
Le expliqué que le recomendaba a Anita que le pidiera consejo.
— ¿De qué?
— No sé… de qué hacer con la recaudación en efectivo, por ejemplo —imporvisé.
El dio un consejo perfecto. Anita asentía.
En realidad, su consejo era lo que Anita ya me había anticipado que ella haría.
Pero todos nos quedamos muy contentos.

Anita, te va a ir muy bien.