lunes, 25 de marzo de 2019

El búfalo de la mujer de Clarice


La mujer de Clarice Lispector fue al zoológico y halló la jirafa, un silencioso pájaro sin alas, más un paisaje que un ente, una carne que se distrajo en la altura y la distancia.
Luego vio al hipopótamo, húmedo, un arrollado rollizo de carne, carne redonda y muda, esperando otra carne rolliza y muda. Con la humildad de mantenerse sólo carne, en el dulce martirio de no saber pensar.
Vio a los monos felices como hierbas.
Encontró al elefante, una potencia que, sin embargo, se dejaba llevar al circo, un elefante de niños. Tenía una bondad de viejo en los ojos, apresados en la enorme carne heradada.
En el camello vio paciencia, paciencia, paciencia. Tenía un olor a polvo que ella olió, alfombra vieja dentro de la cual circulaba la sangre gris. Era un ser de estopa, estaba en trapos, masticándose a sí mismo, entregado al proceso de conocer la comida.
Finalmente encontró al búfalo, dentro de un sobretodo marrón, respirando sin interés. Estaba tranquilo de odio.
Ella había ido al zoológico para encontrar el animal que le enseñase a leer su propio odio. Quería odiar. Quería saber dónde aprender a odiar para no morir de amor.


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