En un momento del cine la “historia” se volvió sagrada. Se instaló un dogma que dotaba a las historias de un poder inefable. Se buscaba la historia en cada película, se hizo generalizada la superstición de que para filmar cualquier cosa, la historia era el requisito que determinaba si se había hecho una película o no.
“Cuenten historias”, les recomendaban los grandes directores, los próceres, a los jóvenes, para marcar un camino de redención de un cine que había perdido el rumbo.
Esto tuvo su replicación en la literatura, por ejemplo, llevando a Paul Auster a un lugar casi sagrado, y estableciendo un canon tiránico.
El dogma no necesitó justificarse. Apenas se enunció, la gran masa lo asumió como verdad trascendental.
Por supuesto que no hay cine ni literatura sin historias, desde la Odisea a Mo Yan, cuando dice que no sabe si es un escritor pero sí sabe que es un contador de cuentos, pasando por el Cantar del Mio Cid y todos los narradores junto a un fogón desde que éramos cavernícolas.
Las historias son maravillosas, pero, impuestas como obligatorias, entronizadas, acabaron siendo cosificadas. Los temas de las películas se forzaban como historias. Importaba más la historia que cualquier otro aspecto de la película y se terminaron metiendo historias de cualquier manera. La historia comenzó a ser un artefacto que solo existía por obligación. Se le notaban los hilos.
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