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viernes, 23 de febrero de 2018

The Shower Club



Ružica, curadora de arte, vive en una casa bastante grande en un barrio de Novi Sad, Serbia. Es una casa de su familia paterna, donde vivió con su pareja, hasta que se separaron y él se fue a Moscú. No tuvieron hijos, y Ružica cree que ya no los tendrá. Sus actividades son intensas, viaja bastante, no ve que haya lugar para hijos. Sus amigos tienen vidas bastante parecidas, muy lejos de asentarse, formar una familia, todos han hecho más o menos lo que les ha gustado hacer, sin trabajos estructurados, sin rutinas rígidas, y dedicados con pasión a lo suyo. En otra época, se habría dicho que eran bohemios, pero ellos trabajan muchísimo, no viven abandonados a la poesía, sino que militan como una profesión aquello que hacen. No han sentido la presión por seguir un camino seguro, consolidado, una carrera, progresar. Sus propios padres han dudado de todo eso, y ellos partieron de ese cuestionamiento.
Cuestión que una tarde Ružica se cae cuando baja del tren y se rompe la clavícula en tres pedazos y se fisura dos costillas. En el hospital le dan analgésicos y le dicen que tiene que irse a su casa a esperar que puedan operarla, en diez o quince días. Le preguntan qué familiar la va a ir a buscar, Ružica llama a su amiga Marina. Su hermano está en Belgrado, no quiere molestarlo, y no tiene mayor trato con los parientes que conserva en Novi Sad. En cambio, Marina es como una hermana. Piensa, además, que tiene confianza con sus amigos para pedirles que la ayuden. En esos días hasta la operación, su brazo inutilizado y el dolor le impedirán limpiar la casa, hacer las compras, cocinarse, vestirse.
Marina va a buscarla en su auto y en el camino a casa arman una lista con los amigos que la ayudarán. El ejercicio les resulta interesante, porque es una forma nueva de ver a sus amigos.
— Vamos a hacer un calendario —dice Marina. No sirve que cada quien venga cuando se le antoje, necesitás alguien fijo cada día. Y no sirve que vengan "de visita", como si estuvieras bien, o como si estuvieras en el hospital, porque no estarás de ánimo para hacer sociales, ni habrá alguien para atenderlos, ni que limpie todo cuando se hayan ido.
Marina es una chica con mucha personalidad. Convoca a los amigos, les habla claramente. Todos entienden.
De repente, aquel estilo de vida que tienen en común, ha tomado forma en un esquema de emergencia.
Y es un episodio único, algo singular, pero destinado a revelar algo de la nueva sociabilidad que protagonizan.
El tema podría ser teórico (de hecho Nenad, el antropólogo, está bastante obsesionado explicándoselo a todos), salvo que se vuelve intensamente real en un punto: la ducha.
Es verano, el calor no es agobiante en Novi Sad, pero Ružica necesita bañarse todos los días. Al principio, sólo la baña Marina, pero un día Marina no está, y está Gordana. No es que necesite gran ayuda, pero hay partes del cuerpo adonde no llega, con una sola mano. Gordana, a quien apenas ha tratado, la ayuda.
Al otro día, vuelve a bañarla Marina. Cuando salen del baño, Nenad y Stefan están tomando unos tragos que prepararon y sacan el tema de la ducha.
— ¿Ustedes...? —bromea Nenad, como implicando una complicidad homosexual.
— Sos un anticuado. No, pero si la pasáramos bien, ¿qué?
— ¿Nunca se habían bañado una a la otra?
— No. ¿Vos bañaste a un hombre?
— No, pero mi padre bañó a mi abuelo y yo los vi. Mi abuelo decía "bañame como si fuera un animal". Creo que fue una frase amable, para quitarle incomodidad a mi padre, pero mi padre disfrutó, porque quiere mucho a mi abuelo.
— ¿Te podría bañar yo? — le pregunta Stefan a Ružica.
— Sí, ¿por qué no?
— ¿No implicaría un contacto demasiado íntimo, sexual?
— ¡Por Dios, los hombres! — dice Marina. Implicaría que la estás ayudando.
 Todo contacto o no contacto es sexual —dice Nenad.
 Bueno, es un tema muy interesante — dice Stefan. Quizás esta lista que hizo Marina de los amigos que vienen cada día a ayudarte, podría sincerarse. Podría ser la lista de quién te ducha el martes, quién el miércoles...
Todos ríen. Y todos se lo empiezan a tomar en serio.
— ¿Qué decís, Ružica? — pregunta Marina.
 Que está muy bien.
Marina manda un mensaje a todos los amigos, que están en un grupo de whatsapp: "será importante que los que le comprometieron ayuda a Ružica, cumplan. Cada uno que vaya a su casa, deberá ayudarla a ducharse. Si alguien tiene algún prurito con eso, avise, así es reemplazado".
Se formaliza, así, lo que de un modo algo jocoso, Stefan bautiza The Shower Club.
En los días siguientes, las relaciones que Ružica tenía con sus amigos habrán ganado la extraña experiencia de la ayuda en la ducha.










miércoles, 21 de febrero de 2018

El ojo bollo me mira mal



Cuando le comenté a una amiga que estaba fracturado y cómo me fracturé, me dijo "igual que Alberto, otro boludo que se quebró andando en bicicleta".
Yo pienso igual. Pienso que si alguien tiene un problema por haber andado en bicicleta, encima rápido, el problema es de él. Más aún, pienso que se lo merece. Incluso me alegra, porque pienso que un hombre grande andando en bicicleta es bastante un boludo, que merece algún tipo de castigo.
Parte de ser un boludo es estar solo en la vida.
Estos días me ha resultado bastante humillante que algunas personas no me preguntaran cómo estaba, o que me dijeran "avisame si necesitás algo" y que cuando les avisé, hicieran silencio, o que cuando les preguntara si pudieran venir, me contestaran "sí, cuando puedo paso, lo que pasa es que estoy tapado de trabajo".
Pero creo que estoy hipersensible. La palabra "humillación" es desmesurada, quizás tan reprobable como accidentarse andando en bicicleta.
Más justo es entender la humillación como una condición que me regalo a mí mismo al vivir solo.
Otra amiga vino ayer, encendió sahumerios, barrió el polvo del piso, le sacó las manchas blancas de dentífrico a la bacha del baño, me dio conversación. Me dijo que cuando alguien está enfermo, es importante renovar el aire. Cambiar las sábanas. Recordé a mi ex mujer cambiando las flores de la habitación de alguien que estuvo convaleciente en una cama varios días. Entonces tomé conciencia de que en mi departamento el aire está tan quieto como un bollo de papel que hay abajo de la cama desde hace meses, desde que lo tiré antes de que viajara el año pasado a Valparaíso. Ese viaje fue para escribir un libro; el libro está en las librerías y el bollo de papel aún está mirándome desde su lugar. Habré usado una hoja para escribir algo, no estuve de acuerdo con lo que escribí, hice un bollo, lo arrojé y allí está.
Aunque decir la palabra "humillación" me parece incorrecto, no es otra cosa lo que sentí esta mañana cuando salí a la calle con la camisa muy desacomodada, camino a hacerme los exámenes prequirúrgicos. El tufo que mi amiga debe haber sentido en el interior de mi departamento se me hace igual a la falta de decoro de mi camisa mal puesta. Cuando uno vive solo, acaba perdiendo la dignidad.
Y sin embargo, hay amigos, gente que tiene algo de ángel en su interior, que tienen la capacidad de rescatarte. Amigos que no te hacen caso cuando les decís "no vengas, no te necesito"; vienen lo mismo porque lo que quieren no es saludar a la bandera, sino que hacen lo que sienten, las ganas de que vos estés un poco mejor.
Y entonces, está justificado que uno sea un boludo que se accidenta en bicicleta, que uno utilice impropiamente la palabra "humillación", e inclusive que uno viva solo, con ese bollo de papel abajo de la cama.