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domingo, 15 de diciembre de 2024

Amigos



 Antes la gente le ponía al hijo de nombre Rubén Darío, así nomás, como si Rubén Darío hubiese sido un cantante de la música tropical, o un corredor de autos exitoso. Y no era uno, eran muchos Rubenes Daríos. En mi división había tres. Con uno, con el Gordo Rubén Darío, quedamos amigos. Un día me vino con la queja de que yo había salido con la Flaca Silvia.

— ¿Pero cuál es el problema, Gordo? ¿Te gusta, la Flaca? Nunca me dijiste nada, boludo.

— Lo que pasa es que sale con todos mis amigos, y conmigo no.

— ¿En serio?

— Y, como vos. Ahora anda con Rubén Darío.

— Sí, Rubén Darío Cejas. ¿Y vos le tiraste onda, le dijiste?

— Lo que pasa es que somos amigos.

— Los amigos también a veces se pueden poner de novios.

— No, no. No queremos perder nuestra amistad.

— Y bueno, entonces no te quejés.

— Pero ¿con todos mis amigos tiene que salir?

— No sé, no la volví a ver mucho.

— Es así. Amigo mío que conoce, se pone de novia.

— Sos como su proveedor de novios.

— Me da bronca.

— ¿Por qué?

— Nunca nada conmigo, nada, ni una teta, ni un piquito.

— Una amiga es un amigo con tetas, Gordo.

— ¿Y no me dijiste que a veces los amigos se pueden poner de novios?

— Sí, cierto. Y, tirale onda.

— No, no, me va a sacar cagando. La puta madre.

— Mirá si está esperando.

— No, no queremos ser amigos siempre.

 

 

domingo, 24 de noviembre de 2024

Pienso en otros

 Lo Yuao, cuyo padre murió cuando él nació, que no recordaba su madre porque lo abandonó cuando murió su padre, no hizo familia. 

Tuvo una novia por correspondencia, una chica que vendría de China a casarse con él, pero al cabo de 12 años de noviazgo, ella le anunció que se casaría con un hombre en China. Lo Yuao nunca más tuvo novia. 

Siempre estuvo solo. Tenía sus amigos artistas como él, porque se hizo artista, en lugar de formar una familia y de prosperar. 

Vivía en un departamentito tan pequeño que no podía recibir de vista más de una persona.

No tenía cocina, sino una mínima kitchenette. Una vez que fui a visitarlo él estaba en cama, enfermo. Fui a prepararle un té y me sorprendió que, siendo un hombre muy pulcro, la kitchenette estuviera tan sucia. Pensé que no tenía a nadie para quien tener la kitchenette limpia. Las personas más íntegras se abandonan, cuando sólo tienen la soledad. 

Cuando le serví el té le pregunté si le pesaba estar solo. 

Me dijo que sí, pero que no sentía mucha angustia. 

— Me entretengo pintando. 

Pensó en silencio y al fin me dijo:

— A veces, sí, estoy muy solo. Me siento mal. Entonces me pongo a pensar en algunos amigos que están mal. Algunos están peor que yo. Pienso en ellos, qué puedo hacer para ayudarlos. Así, ya me olvido de mi soledad.







sábado, 23 de noviembre de 2024

Si alguien está triste

Creo que si alguien está triste, la primera onda que se le puede tirar es recibir la tristeza. Acompañar. Ayudar a esa persona a atravesar todo el camino de la tristeza. En ese camino, uno puede comprender por qué el otro está triste.  Con el tiempo, si el otro pide consejo y si uno tiene algo para decir que cree útil sólo para el otro, entonces sí, aconsejar. 





viernes, 10 de febrero de 2023

El señor Draco

Publicado en Revista REA

Nunca escuché decir que el humano y el perro tienen una relación especular. Sí se dice usualmente que el perro toma el carácter de su amo. Sin embargo, posiblemente los perros nos formaron como humanos en más de un sentido, en tantos miles, quizás millones de años de convivencia.

Una amiga me pidió que me quedara a cuidar su departamento, con sus plantas y con el Sr. Draco.

El Sr. Draco es un perro viejo, que fue rescatado o encontrado por una asociación protectora de animales y luego “dado en adopción” a mi amiga.

Llegó con la personalidad acabada: viejo, pacífico, sumiso. Parece más bien la estatua de un perro. No ladra, no rompe nada, aunque tiene hambre todo el día porque su ama le da estrictamente la poquísima comida que le indica el veterinario, no vuelca el tacho de la basura. No pide, no se queja, no llora. Está completamente vencido.

Lo saco a pasear a la mañana y a la noche.

Es notable cuánto cambia la imagen de un hombre si en lugar de andar solo, lleva un perro. Aún no sé explicar bien en qué consiste el cambio, salvo que en las plazas se gana instantáneamente el ingreso a la familia de quienes tienen perro.

De repente las personas le hablan a quien lleva un perro sin que sea necesaria una presentación.

La presentación es tener un perro. El perro es un facilitador eficacísimo de la comunicación. No se busca un tema de conversación, ni la política, ni la noticia del día, ni la inseguridad, ni el fútbol ni el clima.

— ¿Cuántos años tiene?

— Este es un alfa bárbaro.

— ¡Ah, es amistoso!

— Esta raza es muy buena con los chicos.

Me da la impresión de que se genera una charla fluida y que puede durar indefinidamente.

El Sr. Draco es un boxer. Me paro frente a un vidrio, observo nuestra imagen juntos y me surge esta extraña pregunta: ¿este perro me queda bien?




Es una pregunta políticamente incorrectísima.

Siempre me sentí bien con un airdale terrier que tuve. Aunque su raza era una raza a la que yo aspiraba, por así decirlo, pertenecer, la verdad es que no es la mía.

¿Qué raza me representa, entonces? (esto es un juego que algunas personas juegan). 

Pues ninguna. Soy un bastardo. Si fuera un perro, sería agradable para los que le gustan los perros morrudos, tendría ganas de ser macho alfa y seguramente sería muy comprador.

La combinación de una persona con el perro que lleva parece un buen tema para un ensayo fotográfico. Una anciana enclenque que pasea el rottweiler del nieto, una bestia que podría dispararse hacia otro perro para matarlo, tirando a la anciana al piso. Un muchacho fornido, vestido de cuero negro brillante y tachas de metal, barbudo, con una mandíbula prominente y casi tapado de tatuajes, que tiene en brazos a un diminuto Chihuahua. Un viejo muy, muy viejo, que va con un perro muy, muy viejo que parece embalsamado y cubierto por un felpudo. Y así.

En la plaza no puedo soltar al Sr. Draco, porque es completamente tonto con los autos. Si se fuera a la calle, un auto lo atropellaría, sin ninguna duda. No tiene chances de sobrevivir si uno lo suelta. Quiere jugar con los otros perros, pero no puede, porque lo tengo agarrado de la correa.

No lo sueltes jamás, me dijo su ama, y soy tan obediente como él, que acepta con santa resignación no poder jugar porque no lo suelto.

La resignación es el sello del Sr. Draco. Quizás eso, además de la edad avanzada, me hace  identificarme con él. No soy tan resignado, pero voy en camino a serlo. Él pareciera encarnar la resignación de un modo tan consumado porque ha sido castrado.

Siendo viejo, soy muy machista superconstruido. Creo que las bolas son lo que hacen macho a un macho, en el sentido en que es una persona. Un castrado es alguien a quien le cortaron el fundamento de su persona.

Otra vez estoy derrapando hacia lo políticamente incorrectísimo. Parece ser que el Sr. Draco y yo ya tenemos marcas incorregibles. Jamás le cortaría las bolas a un macho. A ningún macho. Preferiría matarlo.

Por otro lado, esta posición radical, ¿no expresa cierta preocupación de que en algún sentido a mí me caparon, también?

Ahora que lo pienso, ciertamente temo que la gente, al vernos juntos al Sr. Draco y a mí por la calle, caminando con gravedad y civilizadamente, con una educación que revela que somos inofensivos, piense "ahí van los dos machos castrados, pobres".

No imagino que las personas supongan que mientras paseo el perro, en mi casa está mi esposa, mis hijos, mis suegros, mis hermanos. La gente sabe que somos dos solitarios.

Ver a un hombre solo con un perro solo paseando silenciosamente es algo a la vez triste y consolador. Es triste la soledad irremediable que los condena, pero uno se alegra de que estén juntos, porque por lo menos tienen un amigo, se tienen uno al otro.

Yo me siento cordial con el Sr. Draco y muy cívico al levantar con una bolsita de nylon que uso como guante, los asuntos que larga cuando llegamos a la plaza y olfatea el pasto, cerca de otros asuntos que parecen inspirarlo.

Yo nunca había hecho esta tarea. Bueno, lo hice con mis hijos, pero era muy diferente.

El Sr. Draco me da la oportunidad de servir a alguien. Es  cierto que él no tiene lo que se diría conciencia de qué es lo que estoy haciendo. Como hombre no deconstruido, aunque castrado, como macho, no he servido mucho a los demás. Vengo de una familia de enfermeras. Mi madre, mis tías, ellas sí han servido. Han curado, limpiado, tenido la mano, charlado, consolado a miles de personas.

Pero eran mujeres. La experiencia de servir es importante para un hombre. Supe de un militar retirado, cuya esposa padeció desde bastante joven una enfermedad que la dejó postrada. El hombre la bañaba, la alimentaba, la acostaba, la paseaba. Estuvo más de 30 años de su vida dedicado a cuidar de su mujer, quien, como el Sr. Draco al yo levantar lo que deposita sobre el pasto, no sabía qué era lo que hacía su marido, porque su mente estaba en otra parte.

Le deseo a todos mis colegas machos que la vida le dé la oportunidad de servir a alguien.

Para mí, madurar fue asumir que los humanos me interesan muchísimo, pero que la gran mayoría de aquellos con quienes trato, no ponen en juego su humanidad.

Así, he comenzado a evitarlos, porque me aburren. En cambio, con los niños y los perros puedo comunicarme directa y plenamente. No hay necesidad de hablar. A un niño le hago una cara y eso ya fue una charla.

Con los perros, es sólo la acción, darle una galleta, palmearle la cabeza, pegarle una patadita. A veces al Sr. Draco le ladro. No entiende, pero sabe que es algo que hago con él.

Con los niños y los perros puedo ser yo, sin tener que presentarme de ninguna manera, diciendo a qué me dedico, vistiéndome con determinado estilo, escuchando determinada música, diciendo que conozco a tal o cual persona, hablando de determinada forma.

Con los niños y los perros estoy como si estuviera desnudo. Pero si invitara a otras personas a que nos desnudáramos para poder ser nosotros como soy con los niños y los perros, las personas interpretarían mi invitación como una forma de presentarme y yo debería fundamentar mi propuesta, todo lo cual me agota antes de siquiera pensar en hacerlo. (Sin embargo, una vez lo hicimos con una amiga. Los dos habíamos perdido a nuestras novias y estábamos devastados, con una tristeza que rebalsaba de angustia y reclamaba que hiciéramos algo, y lo que hicimos fue desnudarnos y pasar así todo un día juntos. Resultó muy grato. Fue como darnos un abrazo).

Yo dejo hacer a los niños, en parte porque corro con la ventaja de que, no siendo su padre, no me hago cargo de las consecuencias de darles libertad. Lo mismo hago con los perros. Si el Sr. Draco tiene deseos intensos de quedarse horas oliendo un palo, allí me quedo parado. Algo le interesará de ese palo. He leído que un perro es capaz de conocer todo de otro perro, su historia, su salud, su dieta, su personalidad, sólo oliendo su orina. Imagino que oler el palo es para el Sr. Draco el equivalente a leer una novela de Tolstoi.

Si, como le sucede a cualquier perro, se le ocurriera comer los asuntos que otros han entregado y sus poco cívicos dueños no han recogido, miraré hacia otro lado porque me dará asco, pero bueno, si él siente que está comiendo trufas en el Savoy, ¿quién soy yo para dictarle los gustos?

En unos días regresará la ama del Sr. Draco, que lo estima muchísimo, y él tiene auténtica veneración por ella. Nos despediremos con el Sr. Draco sin decirnos nada. Yo pensaré que volveré a verlo pronto, mientras él, en cambio, no pensará nada. El futuro no es un asunto.

Como en tantas otras cosas, cuando parece tonto por animal, tendrá razón. Pensaré en ese último mensaje suyo, mientras vuelva caminando a mi casa, solo.





domingo, 5 de diciembre de 2021

Amigos

La novela del Quijote no tiene moraleja.

Sin embargo, las últimas palabras de Sancho Panza a don Quijote, que yace en la cama a punto de morir enfermo, las escuchamos en el oído. 

Le dice: “no se muera usted”.

Le pide que no se muera, que se levante, que tiene muchas aventuras para vivir aún, que mucha gente lo necesita, que muchas damas necesitan que batalle por ellas, que el mundo necesita que él acometa contra la injusticia, que él, Sancho, lo necesita para vivir. 

No lo consuela, no le dice que va a estar bien, no le aconseja que descanse y que viva una vida tranquila, ya que cumplió su misión. 

Por egoísmo y porque lo ama, ama a su amigo loco, le dice que no se puede morir allí en la cama, que por favor muera en la batalla.








viernes, 23 de febrero de 2018

The Shower Club



Ružica, curadora de arte, vive en una casa bastante grande en un barrio de Novi Sad, Serbia. Es una casa de su familia paterna, donde vivió con su pareja, hasta que se separaron y él se fue a Moscú. No tuvieron hijos, y Ružica cree que ya no los tendrá. Sus actividades son intensas, viaja bastante, no ve que haya lugar para hijos. Sus amigos tienen vidas bastante parecidas, muy lejos de asentarse, formar una familia, todos han hecho más o menos lo que les ha gustado hacer, sin trabajos estructurados, sin rutinas rígidas, y dedicados con pasión a lo suyo. En otra época, se habría dicho que eran bohemios, pero ellos trabajan muchísimo, no viven abandonados a la poesía, sino que militan como una profesión aquello que hacen. No han sentido la presión por seguir un camino seguro, consolidado, una carrera, progresar. Sus propios padres han dudado de todo eso, y ellos partieron de ese cuestionamiento.
Cuestión que una tarde Ružica se cae cuando baja del tren y se rompe la clavícula en tres pedazos y se fisura dos costillas. En el hospital le dan analgésicos y le dicen que tiene que irse a su casa a esperar que puedan operarla, en diez o quince días. Le preguntan qué familiar la va a ir a buscar, Ružica llama a su amiga Marina. Su hermano está en Belgrado, no quiere molestarlo, y no tiene mayor trato con los parientes que conserva en Novi Sad. En cambio, Marina es como una hermana. Piensa, además, que tiene confianza con sus amigos para pedirles que la ayuden. En esos días hasta la operación, su brazo inutilizado y el dolor le impedirán limpiar la casa, hacer las compras, cocinarse, vestirse.
Marina va a buscarla en su auto y en el camino a casa arman una lista con los amigos que la ayudarán. El ejercicio les resulta interesante, porque es una forma nueva de ver a sus amigos.
— Vamos a hacer un calendario —dice Marina. No sirve que cada quien venga cuando se le antoje, necesitás alguien fijo cada día. Y no sirve que vengan "de visita", como si estuvieras bien, o como si estuvieras en el hospital, porque no estarás de ánimo para hacer sociales, ni habrá alguien para atenderlos, ni que limpie todo cuando se hayan ido.
Marina es una chica con mucha personalidad. Convoca a los amigos, les habla claramente. Todos entienden.
De repente, aquel estilo de vida que tienen en común, ha tomado forma en un esquema de emergencia.
Y es un episodio único, algo singular, pero destinado a revelar algo de la nueva sociabilidad que protagonizan.
El tema podría ser teórico (de hecho Nenad, el antropólogo, está bastante obsesionado explicándoselo a todos), salvo que se vuelve intensamente real en un punto: la ducha.
Es verano, el calor no es agobiante en Novi Sad, pero Ružica necesita bañarse todos los días. Al principio, sólo la baña Marina, pero un día Marina no está, y está Gordana. No es que necesite gran ayuda, pero hay partes del cuerpo adonde no llega, con una sola mano. Gordana, a quien apenas ha tratado, la ayuda.
Al otro día, vuelve a bañarla Marina. Cuando salen del baño, Nenad y Stefan están tomando unos tragos que prepararon y sacan el tema de la ducha.
— ¿Ustedes...? —bromea Nenad, como implicando una complicidad homosexual.
— Sos un anticuado. No, pero si la pasáramos bien, ¿qué?
— ¿Nunca se habían bañado una a la otra?
— No. ¿Vos bañaste a un hombre?
— No, pero mi padre bañó a mi abuelo y yo los vi. Mi abuelo decía "bañame como si fuera un animal". Creo que fue una frase amable, para quitarle incomodidad a mi padre, pero mi padre disfrutó, porque quiere mucho a mi abuelo.
— ¿Te podría bañar yo? — le pregunta Stefan a Ružica.
— Sí, ¿por qué no?
— ¿No implicaría un contacto demasiado íntimo, sexual?
— ¡Por Dios, los hombres! — dice Marina. Implicaría que la estás ayudando.
 Todo contacto o no contacto es sexual —dice Nenad.
 Bueno, es un tema muy interesante — dice Stefan. Quizás esta lista que hizo Marina de los amigos que vienen cada día a ayudarte, podría sincerarse. Podría ser la lista de quién te ducha el martes, quién el miércoles...
Todos ríen. Y todos se lo empiezan a tomar en serio.
— ¿Qué decís, Ružica? — pregunta Marina.
 Que está muy bien.
Marina manda un mensaje a todos los amigos, que están en un grupo de whatsapp: "será importante que los que le comprometieron ayuda a Ružica, cumplan. Cada uno que vaya a su casa, deberá ayudarla a ducharse. Si alguien tiene algún prurito con eso, avise, así es reemplazado".
Se formaliza, así, lo que de un modo algo jocoso, Stefan bautiza The Shower Club.
En los días siguientes, las relaciones que Ružica tenía con sus amigos habrán ganado la extraña experiencia de la ayuda en la ducha.