domingo, 15 de diciembre de 2024

Un lugar

Quizás la chica me miró un instante sostenidamente.

Tal vez lo imaginé.

Pero la diferencia entre mi imaginación y la brevedad de un gesto es infinitamente sutil. Y no quiero quebrar mi ilusión, como no se quiere tocar con los dedos el ala de una mariposa para no quedarse con las escamas mágicas, de esa delicadeza de otro mundo, en la yema de los dedos. 

Preferiría atesorar la duda, preservar el instante perfecto y puro como la Luna entera puede verse dentro de una gota de rocío. 

Preferiría. 

Pero me conozco. 

No me aguanto. 

Si ahí está el agua y yo estoy al borde, no resisto el impulso de arrojarme. Antes de pensar, antes de escucharme, ya me he arrojado y ya estoy sumergido.

Pienso que ella es tan joven y que la vi en actitudes muy vulgares, y que su gente es tan bestial, y entonces no sé. 

En otra parte de mí alguien ya está pensando en lugares de la ciudad adonde invitarla para que nos encontremos. Un bar hecho con muchos años, el puente de hierro de una estación de tren, un museo vacío, el patio de una librería, un club de ajedrez, la terraza de un hospital, una iglesia perdida, un pequeño parque junto al río.

Si la que aceptara es aquella chica que me resultó tan desagradable, me preguntará por qué la llevé allí, qué hay allí. 

Me estaría preguntando qué valor turístico tiene el lugar. 

Y entonces no me interesaría decirle que el lugar tiene lo necesario para que creemos un momento. 

Que el lugar no es lo que fue, ni lo que es, ni lo que se le atribuye, sino que el lugar será, si sucede entre ella y yo algo que no olvidaremos, que quedará vivo nosotros y nos dará de vivir. El lugar nos parecerá algo más que hermoso: lo guardaremos como un sentimiento. Un lugar como un sentimiento un día, único, para siempre.


Mi abuelo fue un chino. Se casó con una criolla. Mis otros abuelos eran esa mezcla de europeos del sur, tan común en mi país. 

Mi padre fue un pastor presbiteriano, como lo fue también mi abuelo.

Mi madre fue una enfermera y tal vez la persona más inteligente que conocí.

La hija de mi abuelo chino, mi tía, me dijo que lo mejor que tengo es lo que heredé. 

Me dijo que lo que yo inventé, lo que hice de mí, lo que hago de original, no vale nada. Sólo tiene valor lo que se recibe de los padres. 

Hago películas, mi alma entera está en mis películas. Mi tía no intentó lastimarme, pero tampoco le preocupó si lo hacía.

Comprendo lo que dijo si pienso en su vida. Desde niña hasta que murió mi abuelo, ella fue la sirviente de ese padre déspota. Para entonces, ya no le quedaba otra fibra que la amargura.

No sé cuál es la vida de esta chica que me clavó la mirada y la sostuvo un instante largo. Era soberbia y ordinaria hace algunos años, pero esa mirada me mostró otra persona. 







Con Tatiana

 



Con Tatiana lo hacemos livianito.

Un beso como un chocolate.

Una mirada como la sonrisa de un bebé.

Una caricia como dejar que el mar te moje los pies desnudos.

Un amor como acostarse en el piso a la noche y mirar el cielo que arde de estrellas, cada tanto una estrella fugaz y sentir el fresco y los aromas que sólo se liberan cuando el sol parece que nunca haya existido.

No hay más consecuencias que el momento feliz.

No tenemos que ser novios, ni saber de la vida del otro, ni tenemos que vernos otra vez.

 

Tampoco está prohibido vernos otra vez.


miércoles, 11 de diciembre de 2024

¿Es o no es?

Delicia de película, “Marcello mio”.

Suyo Marcello, suya la película, de la hija de Mastroianni.



No es una ficción, no es un documental, no es una biopic, no es nada que haya existido.

Absolutamente inclasificable.

Incluso las relaciones entre las personas en la película son inclasificables.

Desde que una persona es ella misma, pero está hecha de otras, ¿cuánto tiene de sí y cuánto tiene de otros?

¿Se puede decir que la identidad (la clasificación) de Chiara es puramente Chiara, si tiene los rasgos de su padre —y su madre, en la película, le reprocha “tenés los gestos de tu padre, sí, pero también te me parecés”?

¿Cuánto es Chiara y cuánto es Marcello, y cuánto es Catherine?


Es necesario refugiarse en la clasificación, en la etiqueta, el nombre, qué soy.

Santi tenía a su papá y de repente me empezó a tener a mí, con quien su mamá tuvo otra hija. Muy chico ya filósofo, Santi me dijo “no sos mi papá, pero tampoco sos mi no papá. Sos mi Gus”.


Es una manera de vivir.

Vivir en crudo.

Nos resignamos a que nos pongan un rótulo —alumno, hipersensible, varón, periodista, chino, clase 62, soberbio, extranjero, vital.

Aceptamos que nos encierren en una categoría dentro de un cuadro —hermanos, amigos, socios, amantes, colegas, jefe-subordinado, cónyuges.


Pero no deberíamos dejar de sentir con la mano la arcilla fría y mojada que amasamos, que aún no tiene nombre, no tiene gobierno, no tiene vergüenza, no tiene juicio.


martes, 3 de diciembre de 2024

La mirada en el zoom

 Hablame, pero no me hables.

Me mirarás a los ojos cuando me hablás, pero no mirarás qué me pasa, qué te responde, qué pienso de lo que decís, qué siento.

A lo mejor me mirarás, pero no me ves.

Por zoom las personas no pueden mirarse a los ojos una a la otra. 

Si les miras los ojos a alguien, esa persona ve que estás mirando a otro lugar, y si quieres decirle algo a los ojos, miras al vidrio circular de la cámara y no ves qué le pasa a la persona a la que le hablás.

Y a todo el mundo le parece perfectamente normal.

Todo el tiempo la gente se habla sin ver qué hay dentro del otro.

El diálogo requiere conocer qué es lo que le causa al otro lo que yo digo. Lo que digo responde a la reacción del otro. De otro modo es soliloquio.

No se crea algo entre dos. 

Cada uno baila solo, coge solo, piensa solo, habla solo.




Un cigarrillo

 La mujer iba por el pasillo del avión bufando, como si le molestara todo. Era petisa y casi esférica, y llevaba demasiados bártulos. Vestía sólo colores estridentes de papagayo, una Banda a verde que le aplastaba los cabellos teñidos de amarillo y lila, de aspecto grasoso e Indomable, y en los labios apretaba un cigarrillo.

Avanzaba trabajosamente, golpeándose contra los pasajeros, los asientos y las azafatas, como si rodara a los tumbos por el interior de un caño. Sin embargo, parte de su problematización era que la angustiaba molestar. No disfrutaba molestando, ni le daba lo mismo. Sentí que le habían civilizado; que era naturalmente turbulenta, lo que en inglés se dice trouble-maker, y que a fuerza de conflictos fue de algún modo aceptando que no debía perturbar tanto con su agitación y tropelía a todos cuántos tenía alrededor. De alguna manera había llegado a transigir con el mundo, de modo precario, pero voluntarioso de su parte, en causar una molestia mínima, estética, a cambio de no alterarlo todo. 


Quizás el mundo en su conjunto aceptaba este acuerdo. Pero era de esperar que apareciera alguien intransigente y rompiera el trato. 

Una azafata europea se detuvo ante la señora sentada, que respiraba trabajosamente y bufaba mientras devoraba entero algo parecido a un pan dulce, y le preguntó si eso que tenían los dedos era un cigarrillo.

La señora asintió con la cabeza.

— No puede encenderlo.

— ¡Claro! —exclamó la señora, expulsando algunas migas que salieron disparadas como pequeñas balas.

— Pero no puede llevar el cigarrillo.

— No voy a encenderlo.

— De todos modos. No está permitido.

— ¿Por qué? —preguntó la señora y vi cómo se esforzaba por mantener tras las rejas a su bestia, y preví que si no lograba reprimirla, lo que sucedería no sería agradable. 

— Son las reglas —insistió la azafata.

— ¿No hay nadie más en todo este avión que tenga cigarrillos?

— Sí, pero no se puede tener un cigarrillo en la mano.

La señora se había puesto roja del color de una mora y sus ojos se le iban saliendo desde el interior de sus cuencos, como dos huevos duros a punto de ser expulsados. 

— ¿¿Hay una regla que dice eso?? ¿¿Por qué no se puede llevar apagado??.

— Porque molesta a los demás pasajeros.

Todo estaba al borde. La señora vivía al borde, la azafata había llevado las cosas al borde.


Al fin la señora guardó el cigarrillo y la azafata se fue, con un aire triunfal sutilmente expresado en su eficiencia.

Unos minutos más tarde, la señora tenía nuevamente el cigarrillo entre sus labios.




domingo, 1 de diciembre de 2024

Cantar

Cantar bien es soltar cómo se sueltan las almas que guardamos secuestradas, 

para expresar algo tan fuerte 

y que tanto necesitamos expresar.

Liberamos esas almas, 

esas almas que eran nuestra vida, 

y las soltamos con entusiasmo y alegría. 





Suecia

 En el primer año de la facultad le dije a una amiga que nació en Argentina pero se crió en Suecia porque la dictadura, que yo quería vivir en Suecia porque los entiendo y me identifico con algo de ellos como no me sucede con ninguna otra gente.

Mi amiga se burló de mí.

— ¿Y qué sabés de Suecia, las películas de Bergman? —me dijo, y yo:
— Sí.

— ¿Qué más?

— Nada más.

— ¡Ja! Qué tarado.

Hoy le hubiera dicho que no debía subestimar mi perceptividad, pero en ese momento no podía articular ese pensamiento. Sin embargo, me quedé con que yo tenía razón porque no creo que se puede conocer mejor a una gente que a través de lo que hace un tipo como Bergman.

Aún pienso lo mismo.

Y aún estoy enamorado de esa chica.

Ojalá lea esto (aunque no creo que me recuerde, ni que esté en facebook, ni que recuerde aquella conversación, e incluso no estoy seguro de que aquella conversación realmente haya sucedido).

Pero quise vivir en Suecia.

Quiero.

No quiero ser eterno, pero quiero que mi alma sea eterna y que reencarne por lo menos hasta vivir las vidas que me habrán faltado vivir cuando muera como Gustavo, y que una vez reencarnada, recuerde todo lo que deseo en esta vida, mejor de lo que recuerdo ahora, que me olvido tantas cosas.