lunes, 27 de junio de 2022

Ella

De repente se me aparece la imagen de una chica.

Es una mulata, de ojos enormes y largas pestañas muy gruesas y muy negras, con una cicatriz que le brilla en la frente.

Siempre sonríe, pero tiene un pensamiento serio riguroso, que se le ve en la mirada y en la forma en que se peina, con el pelo tirante hacia atrás.

¿Quién es? 

No la recuerdo.

No puedo entender que no recuerde quién es, porque esa chica es tan familiar como si fuera mi hermana o mi novia.

¿Es la novia de un amigo?

¿Alguien que vive con una una amiga?

¿La soñé?

¿De repente tengo problemas de memoria?

Sigo viendo a la chica delante de mis ojos. Es orgullosa e inteligente.

¿ Vivo en mundos paralelos y ella pertenece a otro mundo?


Acostados

Tengo la impresión de que las chicas pueden acostarse juntas y es parte de la amistad, no tiene por qué involucrar algo sexual.

Pero con los varones no es así.

Una vez nos acostamos juntos con Marisa y se enojó conmigo para siempre porque la busqué, siendo que éramos amigos.

Cuando me separé de Rosario, muy triste me emborraché con mi amigazo Pedro, me tiré en el piso en posición fetal y Pedro, viéndome llorar, me consoló haciéndome cucharita. Pero al rato tuve que irme porque no sé si despierto o dormido, empezó hacer movimientos que iban a terminar mal y yo no quería.

Nos acostamos para charlar, lado al lado, el día que nos conocimos con Brígida. De esa noche nació Iñaki.

Con mi prima Nora nos acostamos en la cama de nuestra abuela, que había muerto hacía unos días. Yo vivía en la misma casa de mi abuela con mi familia, y Nora había llegado para el velorio con su familia desde Trelew y se quedaron unos días. Una tarde se habían ido todos y quedamos solos Nora y yo, y nos acostamos a charlar. No sé porque nos acostamos en la cama de mi abuela, quizás porque nos gustaba esa intimidad. La intimidad era porque era nuestra abuela, o sea nuestra familia, y porque estábamos solos en la casa en silencio, con todas las luces y el televisor apagados, y porque nos gustábamos. Éramos chicos, íbamos a la secundaria. Nos acostamos mirando el techo y charlamos de todo, pero en un momento, Nora se dio vuelta y se acostó mirándome. Yo también me puse de costado y quedamos mirándonos a los ojos, con las caras muy cerca. Mientras hablábamos, yo me colgué mirándole la boca y ella siguió hablando, pero se sonrió porque se dio cuenta, y entonces la besé y ella también me empezó a besar.

Con Adri veníamos con un embale tremendo, pero cuando nos acostamos estuvimos tan tranquilos como dos perros viejos. Nos pusimos los dos mirando para el mismo lado, yo le puse la mano arriba de la panza como para darle calor, y nos quedamos dormidos así.

Cuando nos acostamos con Mario yo estaba aterrorizado de que se le ocurriera empezar, porque me lo había anunciado. Pero se portó bien.

Cuando estábamos en pareja con Rosario, una vez nos acostamos con su hermana. Era su hermanita, siempre habían dormido juntas. Cuando nos acostamos los tres, Rosario y yo teníamos 21 años y la hermanita tenía 17. Rosario estaba en el medio. Entre la hermana y yo nos empezamos a tocar por arriba de Rosario. Quizás la hermana estaba dormida. Quizás Rosario también. O quizás los tres estábamos despiertos.

Cuando nos acostamos con Juli yo le tenía mucho respeto, mejor dicho, le tenía miedo, y entonces me dormí duro con la orden de no zarparme. Al otro día me dijo “qué hacés, cagoncito”.





miércoles, 22 de junio de 2022

La conexión profunda

En “La intimidad de las islas” cuento de un compañero de la escuela secundaria que luego de tratar con el padre Daniel McGrath, entró el seminario y se hizo cura.

En la novela no relato una conversación que tuve años después con aquel compañero.

Fui a saludarlo porque hacía poco que lo habían ordenado sacerdote.

Nos alegró muchísimo encontrarnos y estuvimos muy parlanchines, como dos gorriones que charlan en el piso.

Me contó que lo más fuerte que le había pasado en el seminario fue la amistad con un compañero.

— Nos hicimos amigos el primer día que entramos al seminario. Nos entendimos como si nos conociéramos de siempre. Como los hermanos. Y sentíamos lo mismo por la vida, por los demás, por Dios. Vivíamos a Dios de la misma forma. Todos los años del seminario fue como si hubiésemos caminado de la mano para llegar a estar frente a Dios y entregarle juntos nuestras vidas.

La emoción le impidió seguir hablando.

Cuando se recuperó, dijo:

— Esa noche volvimos juntos a la habitación que compartíamos. Nos sentamos cada uno en su cama, frente a frente. Nos miramos a los ojos en silencio. Éramos una sola persona. ¿Como podíamos estar más unidos? ¿Cogeríamos? No, no nos uniría más. Sólo nos uniría más cada día que viviéramos con Dios adentro nuestro.






Quedé preguntándome si es posible alguna conexión entre dos personas más profunda, más estar uno adentro del otro, que la relación sexual.


domingo, 19 de junio de 2022

Pá

Son lindas las imágenes edulcoradas de los padres. Un papá metiéndose dentro del moisés de su bebé que no se quiere quedar solo, otro disfrazado de flor, haciendo el ridículo para que su hijita no se sienta expuesta solita en un acto escolar.


* * *


Mi hijo me ha traído con osadía el cuestionamiento de la figura del padre, cuando yo le dije que se estaba comportando como una madre.

— No es lo mismo —le dije—. Un hijo vive en el agua de la madre y tiene que robarle el fuego al padre. Eso es lo que lo constituye como persona.

— Comprendo lo que decís —me dijo—, y sé cuáles son tus fundamentos, pero ¿sabés qué? Me parece una fe. Es tu fe en el psicoanálisis y en el análisis simbólico y todo eso. No tengo por qué atenerme a tus supersticiones.


* * *


No sé por qué me dio por observar cómo eran los padres entre los Wichi con los que conviví algunos meses en la selva de Formosa. Eran indios bastante de verdad. No hablaban español. 

Como antes hubiera traído de una cacería, uno llegó con unos kilos de carne de la ciudad (se llegaba a la ciudad con un viaje en tractor de 15 horas). Hicieron un asado. Primero comieron los hombres, después le daban huesos con mucha carne a las mujeres, y al final las mujeres le daban huesos con un poquito de carne a los chicos, que andaban todo el día royendo los huesos y pateando los perros que se los querían disputar. 

Era una estrategia despiadada, pero la que mejor garantizaba la supervivencia del grupo. 

Los hijitos del que había traído la carne se nutrían de lo que había hecho su padre para conseguirla. Comían la vida de su padre. Si el padre no hubiera conseguido la carne, lo hubieran pasado mal. 


Conocí a un padre que se fue a vivir a un cerro, en Córdoba. Su hijo de 14 años se quedó en la ciudad con su madre. Yo lo llevé a visitar a su papá, un par de años después. Él no había ido. Su papá vivía como un croto, muy bohemio, plenamente artista. Vivía con otras personas.

Conocí a otro padre que era muy hijito de su mamá. Su mamá lo crió diciéndole que era el mejor nene, el mejor alumno, el más especial, el más inteligente. Lo crió como a un privilegiado, por arriba de su marido, de su familia, de todos los amiguitos de su hijo. Hoy, a los 60 años, en una casa modesta, él tiene una pieza a la que llama “escritorio”, adonde es el rey. Allí todo es lujoso y no deja entrar ni a su esposa ni a sus hijos. Una vez que descubrió que uno de sus hijos entró, le dio una paliza.

Nuestros hijos crecen con la vida de sus papás, hagamos lo que hagamos los papás. 

Crecen con lo que les damos y, sobre todo, con lo que ellos toman de nosotros, nuestros deseos inconfesables, nuestras hazañas de integridad, nuestras mentiras, nuestros actos nobles, nuestro aburrimiento, nuestros entusiasmos, nuestros vicios, nuestro amor, nuestros aciertos, nuestros fracasos, nuestras pasiones. 


* * *


Mi novela “La intimidad de las islas” tiene el capítulo que sigue.


PADRE E HIJO


Dice el hijo del padre


Anoche llamé a mi papá.

Debería llamarlo más seguido. Está grande.

Debería llamarlo nada más para escucharnos, estar juntos

unos minutos. Darle eso.

Anoche resultó crudo que no tuviéramos nada que decirnos.

Era como si no hubiera nada entre nosotros.

Era como una de las rocas que vi en el archipiélago fueguino, en un paisaje infinito de rocas peladas, lisas, brillantes, sobre las que llueve torrencialmente cada día del año desde hace cien mil años.


Traté de acercarme a mi papá, hace un tiempo.

Tuve un recuerdo de cuando yo era muy chico. Jugábamos, él me abrazaba muy fuerte.

Hace poco alguien me dijo “tomá té, vos que sos chino”, y pensé, “¿en qué sentido soy chino?” Me han puesto de sobrenombre “Chino” toda mi vida en cada lugar al que llegué,

y luego quise ser chino, quise acercarme a mi papá. Fui a conocer su pueblo, del otro lado del mundo; hice muchas cosas.

Cuando les hablaba de nuestro origen chino a mis hijos, ellos me miraban como diciendo, “ah, hoy te disfrazaste de canguro”. Yo lo acepté. Tenían razón.


Sin embargo, después de todo eso, ahora cuando llamo a mi papá, no tenemos nada para decirnos.

Busco en mi cabeza algún tema, trato de inventar algún

recuerdo, pero sé que no va a resultar para llenar el vacío de la charla.



El padre mira al hijo


Podés hacer lo que quieras de tu vida, hijo.

Sos un pibe que se llena de inspiración.

El entusiasmo se expande en vos igual que nace un día, y sos pura fuerza, como un caballo en el momento en que salta.

Te admiré siempre.

Me hiciste tan feliz.

Siempre vi en vos los ojos de Dios.

Cuando eras chico, jamás dudaste de quién eras.

Eras, nada más.

Andabas con la ropa que te ponían, con tu pancita, tus pelos chuzos.

Cuando te enfermabas, llorabas y te cuidábamos, y no había más que eso.

Cuando querías algo, lo pedías.

Ahora ya no.


Sólo te pido que no te dejes tratar mal.

No te quedes junto al que no valore lo que sos. Sos un animal hermoso.

No busques a quien te use.

Te di todo, y eras feliz.

No permitas que alguien te desprecie, no dejes que alguien quiebre a mi pibe.


sábado, 18 de junio de 2022

Algo más

Dividir realidad y ficción es como asesinar a la realidad, condenarla a la muerte de la repetición eterna, a la mesa del club en que los muchachos jubilados dicen siempre lo mismo, repitiendo lo que vieron en la televisión; es aceptar que la vida no tiene sentido, sentenciar el cotidiano al vacío.

Prefiero creer que en los pliegues de la realidad de eternidad opresiva, se esconden tesoros por descubrir, nuevos sentidos, hechos, pensamientos, criaturas, emociones que pueden hacerte vivir.

Escribo porque desde chico descubrí que escribiendo es donde aparecen esos bichos, como si en un museo de anatomía humana hubiera una sala que exhibe algo que sólo se ve con el microscopio: que nuestro cuerpo está integrado por entre 6000 y 7000 especies diferentes de seres vivos. Además de nuestro ADN, hay entre 6000 y 7000 otros ADN de gusanos, bacterias, ácaros, virus (la prueba más patente, incluso no necesita microscopio: los piojos). Nos creemos que somos uno y somos una multitud de bichos de una variedad increíble.

Yo soy más que yo. 

La realidad es más que la realidad.





Discusión


Mi papá y mi tío Juanca, su hermano, siempre andan juntos, como mellizos —de todos modos, compartieron el vientre de mi abuela.

Siempre andan juntos y siempre se pelean.

Los otros días caminaban por una calle del barrio de Once.

Mi padre decía que era el barrio más desastroso de Buenos Aires.

— Pero mira que edificios hay —le dijo mi tío Juanca—. Cuando se vino abajo y se hizo un barrio comercial, quedaron ocultos estos edificios que son formidables.

Le iba señalando uno y otro edificio, los viejos, de más de un siglo, señoriales, dignos, distinguidos.

Mi padre no le hacía caso.

— ¡Mirá! ¡Mirá! —decía mi tío, y mi padre miraba para adelante.

Frente a uno en particular mi tío dijo:

— ¡Fíjate ese, Horacio! Es una joya arquitectónica. Eso no es de acá, eso es arquitectura inglesa.

Aún sin mirar, mi padre dijo secamente:

— Sí, tenés razón, es un edificio inglés. Un edificio hecho por esos asesinos que nos han chupado la sangre y nosotros felices.

— ¡Pero la calidad, Horacio!

— Siempre sentís que son superiores los europeos. No hay gente más bruta en el mundo. Hay que ser bruto para vender, explotar y matar gente, y ellos son los campeones.

— Sos incapaz de apreciar. Sos un amargado. ¿Qué culpa tienen los edificios?

Siempre mi tío y mi padre tienen esta discusión.


viernes, 17 de junio de 2022

La paradoja de Borges y El sueño en el pabellón rojo

Borges decía lo que conviniera en el momento para poner a la gente en situación.

Inventaba.

Si era necesario, inventaba la verdad.

Es lo que hacía con la estrategia de vanagloriarse desintegrando su importancia personal.

“Disculpe mi ignorancia”.

Si alguien se le presentaba en la calle y le decía, para empatizar con él, que escribía, Borges le respondía: “caramba, usted es un escritor. Yo también escribo”.


No mentía cuando decía que era más lector que escritor.

Fue un escritor magnífico, pero en lo que escribe percibimos que fue un lector aún más portentoso.



Algunos críticos literarios chinos plantearon algo así como “la paradoja de Borges y El sueño en el pabellón rojo”. 

Borges dijo que había leído esa novela emblemática de la literatura china (hoy felizmente recuperada en Argentina con gran trabajo por Rubén Pose), de una traducción al alemán. Los críticos chinos concuerdan que la mejor versión a la que pudo acceder Borges era alemana; sin embargo, el uso que hizo Borges de la novela y sus comentarios delatan no sólo una lectura altamente sofisticada, sino que esa lectura no puede ser sino del original en chino. No encuentran otro modo de que Borges comprendiera, como hizo, algunos aspectos de la obra a partir de la versión alemana —y no hay ningún indicio de que Borges leyera chino, ni que se la hiciera traducir directamente del chino.


Esta paradoja nos convence de la estrategia de lectura de Borges. Sin sentir la mínima obligación de leer una obra hasta el final (recomendaba a los estudiantes no leer algo que no los atrapaba), leía lo suficiente para comprender, en sus palabras, la cifra de la obra. Luego, seguía leyendo, o volvía a leer, sólo por complacencia. 

Pero si la obra no le gustaba, apenas captaba su espíritu o si percibía que no lo tenía, de inmediato la abandonaba.


Esto nos hace pensar que quizás la mayoría de los libros que leyó, las leyó parado, junto al anaquel de la biblioteca de donde lo tomaba, picoteando pasajes al azar.


También vuelve a asombrarnos su memoria prodigiosa, porque lo que leía en ese pictoeo, eran frases que aprendía de memoria y repetía, para aponer a la gente en situación, tal vez años más tarde.


Sobre todo, quedamos pasmados, aturdidos y quizás espantados ante su inteligencia lectora. Encontraba en algunos párrafos claves tan profundas que no sólo iluminaban cada parte del libro como si todas sus hojas se desparramaran bajo el sol, sino que nos permiten captar con claridad todos los infinitos contextos de la obra.