Un grupo de amigos de Fernando Fazzolari nos reunimos para tratar de hacer algo con los que nos pasa con su muerte. En la reunión surgieron estas palabras.
Hay un cuento de Julio Cortázar que se llama "Liliana llorando", de la época en que Cortázar escribía mucho sobre el folclore de Buenos Aires.
Hace una descripción precisa de un velorio y sobre todo permite que nos identifiquemos contándonos lo que todos observamos cuando estamos en un velorio. Identificamos al que se entusiasma con la caña Legui que da la casa de velatorio, al que cuenta chistes, a los que van solo por una formalidad, a los que están tristes de verdad, a la mujer que llega sola, va directo al cajón, no saluda a nadie, y todos la miran y se miran entre ellos, al filósofo de velorio, que es el encargado de decir “parece mentira, los otros días lo vi y estaba vivo”, o dice “hoy estamos, mañana no estábamos”, o: “qué va a ser, no somos nada”.
El velorio termina siendo la mezcla de todos los ánimos, las personalidades y todo lo que pasa en esas horas, y en total es muy necesario.
Es muy necesario el velorio para que la parte nuestra que necesita hacer contacto con la muerte de alguien, haga contacto.
En este momento preferimos dejarle las circunstancias de la muerte de Fernando a quien corresponda, y también a nosotros mismos, pero más adelante, cuando decante la ocasión de la muerte.
Preferimos guardar eso en algún rincón y pensar más en la vida de Fernando. Como dice Antonio Machado: “No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar.”
Lo primero que pensó uno de nosotros cuando supo que había muerto Fernando fue que el martes Fernando no iba a acompañar a una amiga a su sesión de quimioterapia, como había anunciado.
Le importaba más que esa amiga no estuviera sola el martes que el hecho de que Fazzo estuviera muerto.
Una insensatez completa, porque era obvio que alguien lo cubriría el martes.
Y sin embargo, era una típica insensatez de Fazzo. Es lo que Fazzo pensaría o lo que le estaba pasando al alma en pena de Fazzo.
Eso es vida. Lo mismo ese proyecto que había iniciado de escribir a máquina y hacer dibujos, y lo mismo el desbande de proyectos que tenía para todas partes, con mucha gente, de los cuales nos enterábamos de casualidad, a veces por un posteo en Facebook, y que cuando nos juntábamos él no comentaba.
Nos preguntamos si Fernando murió o si no murió.
Hay un hombre muy íntegro que fue a reconocer a un amigo al que habían acribillado a balazos y cuando vio el cadáver dijo: “No es mi amigo. No lo reconozco”.
Por otro lado, está “El libro tibetano de los muertos” que es una larga oración de varios días, que tiene la función de guiar al muerto hacia la liberación o la reencarnación. En ese acompañamiento al alma, el guía hace que el muerto pueda tomar conciencia de que está muerto. El libro no lo dice, pero es obvio que también tiene la función de que los que recitan la oración puedan tomar conciencia de que el que murió está muerto.
Y por otro lado más, Fernando era un tipo increíblemente fecundo, era como un árbol que largaba como un loco nubes de semillas todo el tiempo.
El árbol se puede morir, pero las semillas quedan vivas, y entonces no sabemos si Fernando está vivo o está muerto.
El cuerpo de él está muerto, pero ¿cómo vamos a decir que las semillas vivas que dejó no son Fernando?
También era un artista abstracto.
Las semillas que dejó son abstractas.
Fernando como semilla era arte abstracto, lo cual a algunos les producía ofuscación, porque no entendía lo que me decía.
Quizás no le importaba comunicar porque total no podía hacerlo, o si como no le importaba, no hacía esfuerzos por comunicar.
Se daba esa situación de que él mostraba a alguien algo que hacía y la gente tendía a encontrarle la figuración, como se hace como una nube o una mancha de humedad.
Si uno le decía a Fernando: “es un dragón” o “es una sirena”, él decía: "¡no! Es lo que es”.
Y claro, muchos nos ponemos nerviosos porque queremos saber qué es lo que vemos en los términos que ya conocemos.
Pero Fernando demostró que el arte, e incluso los negocios, no son menos fecundos por ser abstractos.
Fernando regalaba cosas todo el tiempo.
Era una persona que quería mucho. Lo que impulsaba al árbol que era Fernando a largar nubes de semillas, era el amor.
A lo largo de toda su vida fue comprendiendo muchísimo.
Comprendía todo lo que hacía —después no lo comunicaba, pero lo comprendía.
Y comprendió que es mejor el amor que cualquier otra actitud.
Es mejor el amor que cualquier otra estrategia, que cualquier otro sentimiento, que cualquier otra conducta.
Esto no significa que fuera un santo —comprender algo no significa lograrlo.
Se fracasaría si se intentara convertir a Fernando en bronce, o si lo hace un ángel, o siquiera que era bueno, porque se murió.
La depresión a la que se había entregado en los últimos tiempos parecía equivocada. No tenía derecho a darse una panzada de bajón.
Tenemos este pensamiento desbronceador porque creemos que Fernando no se merece el insulto de ser glorificado en vano.
Fernando vivió bien.
A los 75 años no tenía todo consumado, pero tenía muchísimo consumado, muchísimo logrado, muchísimo vivido a fondo, muchísimo terminado.
La muerte de él es un naufragio.
Un filósofo de velorio dijo que la muerte de un viejo es la llegada al puerto, mientras la muerte de un joven es un naufragio.
En el caso de Fernando, era viejo y sin embargo su muerte es un naufragio.
El barco se hundió y quedan muchas cosas flotando.
Pero sobre todo queda todo lo que dio mientras estaba navegando.
Si no somos hipócritas, si no andamos diciendo que estamos tristes sin estar tristes, para honrarlo o para quererlo o para devolverle algo del amor que nos dio, podemos cuidar las semillas que nos dejó, y si alguna llega a brotar, regarlas.
Podemos cultivar lo que nos dejó Fazzo mientras él, como dijo Angie Ascasubi, “negocia con San Pedro, de panzón barbudo a panzón barbudo, un terrenito que preparará para cuando vayamos con él, un lugar con mucho sol y muchos árboles al lado del río”.
