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lunes, 3 de noviembre de 2025

El destino de frente

 Me calzo las alpargatas, agarro la reposera y me voy con la bicicleta al parque, a escribir sobre el pasto, a la sombra de un árbol grande y viejo, con una brisa como una bendición.

Una situación como la de quien está de vacaciones.

Voy solo, y en el parque estoy solo.

Bueno no tan solo. Hay palomas alrededor mío.

Y vengo de acompañar a una amiga a entregar a su perro Draco al Cielo de los Perros. Y a cada rato me llega un mensaje de un amigo o de una hija. Además, podría estar viviendo con alguien. Y muchas personas más de las que merezco quieren mi bien y estarían en el rito de entregarme al Cielo.

Esto no es estar solo.

Pero no sé, estoy aquí, con tantos árboles, dignos y buenos, con el sol haciéndoles brillar las hojas, y con los gritos de las cotorras y el cielo sin una nube, y me parece que esto es la eternidad. Y entonces pienso que quizás se esté solo en la eternidad.

Pero nada. Sabemos que es nada más que mi complacencia en la pena de mí mismo. Ni estoy solo ni lo que vendrá después de la muerte tiene por qué ser una soledad eterna.

Hasta ahora podemos decir lo que se nos antoje sobre qué nos encontraremos. Vale lo mismo la certeza amarga del que tiene la pupila clavada en un vértice del ojo, que el dibujo que hizo una monja a quien se le desalinearon los patitos, de la Momia de Titanes en el Ring jugando en el aire, volando, con serafines y con largas africanas desnudas, lunas de colores y entre ellos el zapatero de su infancia, don Ricardo.

Nadie ha vuelto de la muerte para decirnos qué hay allí, así que nadie tiene más autoridad que otro en este asunto. Sea lo que sea que creamos o inventamos, razonamos, intuyamos, vale. Todo vale igual. Y es por eso que sé que el señor Draco, ya mismo, no ha pasado una hora, pero ya mismo, ha encarnado en otra criatura. E incluso tengo una prueba para fundar esta afirmación, una prueba que es irrefutable. El señor Draco era un perro, es decir, un animal, poco inteligente, y sin embargo, no he visto en mis siete décadas, una persona más sabía. El aplomo que ha mostrado el señor Draco todos estos años ante situaciones que sacarían de sus cabales al más centrado, no lo he visto en ninguna persona. Aceptó el sufrimiento no sin susto, no sin miedo, pero sin escándalo ni tilinguerías. Sin tener pena de sí mismo. Parecía domesticado por la muerte por venir, pero en realidad lo suyo era una maciza integridad. Con la muerte adentro, el señor Draco vivió la vida con toda la intensidad que era posible.

Esa dignidad no se alcanza en una sola encarnación. Ni en dos ni en tres. Yo estoy lloriqueando, inventándome una soledad, cuando debería estar aprendiendo del señor Draco.

Debería aprender la lección de mirar a los ojos al destino que me ha tocado.

 


*          *          *

 

Extrañamente, desde hace varios días estuve escuchando en mi cabeza una canción, que hoy cobra sentido.
La canción es Todos hablan, Everybody’s talking, y les recuerdo la letra.

Todos me hablan, pero
no escucho ni una palabra.
Solo los ecos de mi mente.

La gente deja de mirarme fijamente.
No puedo ver sus rostros,
solo las sombras de sus ojos.

Voy donde el sol sigue brillando,
incluso bajo la lluvia torrencial.
Voy donde el clima se hace a mi ropa.
Me alejo del viento del noreste,
navego con la brisa de verano,
reboto sobre el océano como una piedra.

No dejaré que me abandones, mi amor.

No dejaré que te vayas.

 

https://open.spotify.com/intl-es/track/1jcPcDu2YawPfLhwjYnqK2?si=6987edd49b4c4da3

 

*          *          *

 

Finalmente, les dejo algo que escribí sobre el señor Draco hace algunos años.

 

https://bitcoraenba.blogspot.com/2023/02/el-senor-draco.html

 

martes, 13 de febrero de 2018

Así es el Cielo



La persona con la que estaba hablando le preguntó algo.
¿Estaba hablando con un hombre o una mujer?
Esto es igual que un sueño, pensó. Uno sabe que está con alguien, a veces claramente identifica quién es, a veces no sabe nada de esa persona.
— ¿Por qué? —oía que le estaba preguntando.
 ¿Por qué, qué?, pensó.
— ¿Por qué pusiste tu corazón en todo lo que hiciste, Roxana?
— ¿No era lo que se supone que debía hacer? ¿No pedía Jesús que amáramos, y que le dejáramos a Dios lo demás?
— No fuiste prudente.
— ¿Debía serlo? ¿Cómo se entrega uno al amor, con prudencia?
— Las consecuencias fueron muy malas, a veces.
— Eso es lo que decidió Dios, ¿o no?
— ¿No tiraste sobre los hombros de Dios aquello de lo que debías responsabilizarte vos?
— Cada vez que me arrojé sabía que nos arrojábamos juntos.
— ¿Quiénes?
— Dios y yo.
— Nunca pensaste mucho en Dios, y ahora hablás como si hubieses sido una mística perfecta.
— Lo digo ahora. No pensaba en Dios en ese momento, sino que pensaba en la gracia. Si algo valía mi arrojo, el acto era jubiloso. ¿Qué es Dios, sino el júbilo de amar, sin prestar atención a las consecuencias?
— Hace un rata estabas quejándote. Terminaste sola, te mataste.
— Es cierto. ¿Qué puedo decir?
— Nada. Está bien. Esto es el Cielo. Así es el Cielo.