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martes, 9 de diciembre de 2025

Cruzar la plaza

Cuando salí del hospital Muñiz crucé con lentitud la enorme plaza que lo separa de avenida Caseros. 

La plaza se me hacía interminable. 

En un lugar encontré un perro.

No tenía aspecto de bueno. No mostró interés en mí. 

Me detuve junto a él, estuvimos los dos muy quietos y al fin le acerqué el dorso de la mano con cuidado, observando su reacción. Apenas me la olió. 

Pero no hizo problema cuando le acaricié la cabeza. 

Lo acaricié un rato, no le hablé, le di unos golpecitos en la cabeza. 

Él se mantuvo inexpresivo.

Sin embargo, cuando me empecé a alejar me siguió, y desde atrás mío metió el hocico en el hueco de mi mano mientras yo caminaba.

Me paré otra vez y volví a acariciarlo.

Me dieron muchas ganas de invitarlo a mi casa.

Fueron cuatro meses allí dentro. 

Pensé que tengo muchas ganas de tener un perro.




jueves, 6 de noviembre de 2025

Alegría de perro

Cuando yo era adolescente estaba de moda el libro "Escoge la vida", que registraba la charla entre Arnold Toynbee y Daisaku Ikeda. Me parecieron dos malos filósofos, lo que ya era evidente en la onda autoayuda del título.

Ahora pienso que era imposible que en la adolescencia ese título me pareciera otra cosa que una basura, porque cuando uno es joven es eterno, y para comprender "escoge la vida" hay que tener otra opción, que dicotómicamente es la muerte. Sólo cuando se está frente a la muerte uno puede pensar en escoger la vida.

Estos días mi amiga tuvo que despedir de la vida a su perro. Como todo perro, él no era consciente de que se iba a morir, pero lo sabía como saben los animales. Como saben que algo les causará dolor, es peligroso, o apetitoso o lo que sea. 

Cuando se enfermó tuvo mucho miedo porque sentía la muerte adentro, y entonces decidió resignarse. Hasta entonces yo lo creía un animal vencido. Que lo habían humillado hasta anularlo. De hecho, lo habían capado. Sin embargo, una vez pasamos dos días en un lugar donde había otro perro, más chico y muy sexópata, que todo el tiempo quería sodomizar al perro de mi amiga. Él lo dejaba hacer, con esa sumisión penosa que le habían forjado. Yo lo echaba al otro, pero él ni le gruñía. Así todo el tiempo que estuvimos. El chiquito era insoportable y el de mi amiga lo toleraba, lo soportaba, lo aguantaba, hasta en un momento en el que el chiquito hizo algo que lo sacó. De un instante a otro se convirtió en una fiera imparable, la atenazó el cogote con su boca feroz de dientes gigantes y lo zamarreaba con una violencia asesina. Empezaron a revolcarse mientras echaban sangre y así fueron a parar a un arroyo, y aunque estaban medio sumergidos, seguía apretándole el cuello. Me costó mucho hacer que soltara al chiquito.

Luego volvió a su aplacamiento perfecto. 

Y así asumió su enfermedad. Sin lloriqueos ni desesperación. No pedía ayuda ni se deprimía. Yo, que soy una marica y hago un drama del mínimo malestar, lo admiré con todo mi asombro, casi desconcertado. Era mi héroe. Un varón estoico. Sobre todo, un sabio. Sólo un sabio con un espíritu de valor impecable es capaz de permanecer calmo cuando ve venir su muerte. Y la anécdota del perrito sexópata me convenció de que esa entereza era una decisión suya.

Su dueña, desmoronada de tristeza como está ahora, extraña sobre todo su alegría. La alegría con que la recibía, la alegría con que la despertaba a la mañana, la alegría con que le agradecía cada cosa, una caricia, una palabra, una mirada. Tan alegre sólo porque ella era su amiga. Una alegría humilde, obediente, tranquila y pura. Absolutamente pura.

Pienso que así como decidió aceptar que habría de morir, también decidió estar alegre. Entre muchos estados de ánimo posibles, enfermo, ya muy maltrecho, elegía estar alegre.

En la recta final de mi vida, recuerdo aquel libro y pienso que es posible escoger la alegría. 

Ese perro, aún padeciendo algo muy malo, vivía momentos de una alegría eterna. 




lunes, 3 de noviembre de 2025

El destino de frente

 Me calzo las alpargatas, agarro la reposera y me voy con la bicicleta al parque, a escribir sobre el pasto, a la sombra de un árbol grande y viejo, con una brisa como una bendición.

Una situación como la de quien está de vacaciones.

Voy solo, y en el parque estoy solo.

Bueno no tan solo. Hay palomas alrededor mío.

Y vengo de acompañar a una amiga a entregar a su perro Draco al Cielo de los Perros. Y a cada rato me llega un mensaje de un amigo o de una hija. Además, podría estar viviendo con alguien. Y muchas personas más de las que merezco quieren mi bien y estarían en el rito de entregarme al Cielo.

Esto no es estar solo.

Pero no sé, estoy aquí, con tantos árboles, dignos y buenos, con el sol haciéndoles brillar las hojas, y con los gritos de las cotorras y el cielo sin una nube, y me parece que esto es la eternidad. Y entonces pienso que quizás se esté solo en la eternidad.

Pero nada. Sabemos que es nada más que mi complacencia en la pena de mí mismo. Ni estoy solo ni lo que vendrá después de la muerte tiene por qué ser una soledad eterna.

Hasta ahora podemos decir lo que se nos antoje sobre qué nos encontraremos. Vale lo mismo la certeza amarga del que tiene la pupila clavada en un vértice del ojo, que el dibujo que hizo una monja a quien se le desalinearon los patitos, de la Momia de Titanes en el Ring jugando en el aire, volando, con serafines y con largas africanas desnudas, lunas de colores y entre ellos el zapatero de su infancia, don Ricardo.

Nadie ha vuelto de la muerte para decirnos qué hay allí, así que nadie tiene más autoridad que otro en este asunto. Sea lo que sea que creamos o inventamos, razonamos, intuyamos, vale. Todo vale igual. Y es por eso que sé que el señor Draco, ya mismo, no ha pasado una hora, pero ya mismo, ha encarnado en otra criatura. E incluso tengo una prueba para fundar esta afirmación, una prueba que es irrefutable. El señor Draco era un perro, es decir, un animal, poco inteligente, y sin embargo, no he visto en mis siete décadas, una persona más sabía. El aplomo que ha mostrado el señor Draco todos estos años ante situaciones que sacarían de sus cabales al más centrado, no lo he visto en ninguna persona. Aceptó el sufrimiento no sin susto, no sin miedo, pero sin escándalo ni tilinguerías. Sin tener pena de sí mismo. Parecía domesticado por la muerte por venir, pero en realidad lo suyo era una maciza integridad. Con la muerte adentro, el señor Draco vivió la vida con toda la intensidad que era posible.

Esa dignidad no se alcanza en una sola encarnación. Ni en dos ni en tres. Yo estoy lloriqueando, inventándome una soledad, cuando debería estar aprendiendo del señor Draco.

Debería aprender la lección de mirar a los ojos al destino que me ha tocado.

 


*          *          *

 

Extrañamente, desde hace varios días estuve escuchando en mi cabeza una canción, que hoy cobra sentido.
La canción es Todos hablan, Everybody’s talking, y les recuerdo la letra.

Todos me hablan, pero
no escucho ni una palabra.
Solo los ecos de mi mente.

La gente deja de mirarme fijamente.
No puedo ver sus rostros,
solo las sombras de sus ojos.

Voy donde el sol sigue brillando,
incluso bajo la lluvia torrencial.
Voy donde el clima se hace a mi ropa.
Me alejo del viento del noreste,
navego con la brisa de verano,
reboto sobre el océano como una piedra.

No dejaré que me abandones, mi amor.

No dejaré que te vayas.

 

https://open.spotify.com/intl-es/track/1jcPcDu2YawPfLhwjYnqK2?si=6987edd49b4c4da3

 

*          *          *

 

Finalmente, les dejo algo que escribí sobre el señor Draco hace algunos años.

 

https://bitcoraenba.blogspot.com/2023/02/el-senor-draco.html

 

miércoles, 22 de octubre de 2025

El perro según tres tayikos

En Xinjiang encontré a tres tayikos con un perro. 

Hablaban sobre el perro. 

Se decían que los perros son buenos porque son tontos. 

Que si fueran inteligentes, serían muy malos y atacarían a los hombres.




viernes, 10 de febrero de 2023

El señor Draco

Publicado en Revista REA

Nunca escuché decir que el humano y el perro tienen una relación especular. Sí se dice usualmente que el perro toma el carácter de su amo. Sin embargo, posiblemente los perros nos formaron como humanos en más de un sentido, en tantos miles, quizás millones de años de convivencia.

Una amiga me pidió que me quedara a cuidar su departamento, con sus plantas y con el Sr. Draco.

El Sr. Draco es un perro viejo, que fue rescatado o encontrado por una asociación protectora de animales y luego “dado en adopción” a mi amiga.

Llegó con la personalidad acabada: viejo, pacífico, sumiso. Parece más bien la estatua de un perro. No ladra, no rompe nada, aunque tiene hambre todo el día porque su ama le da estrictamente la poquísima comida que le indica el veterinario, no vuelca el tacho de la basura. No pide, no se queja, no llora. Está completamente vencido.

Lo saco a pasear a la mañana y a la noche.

Es notable cuánto cambia la imagen de un hombre si en lugar de andar solo, lleva un perro. Aún no sé explicar bien en qué consiste el cambio, salvo que en las plazas se gana instantáneamente el ingreso a la familia de quienes tienen perro.

De repente las personas le hablan a quien lleva un perro sin que sea necesaria una presentación.

La presentación es tener un perro. El perro es un facilitador eficacísimo de la comunicación. No se busca un tema de conversación, ni la política, ni la noticia del día, ni la inseguridad, ni el fútbol ni el clima.

— ¿Cuántos años tiene?

— Este es un alfa bárbaro.

— ¡Ah, es amistoso!

— Esta raza es muy buena con los chicos.

Me da la impresión de que se genera una charla fluida y que puede durar indefinidamente.

El Sr. Draco es un boxer. Me paro frente a un vidrio, observo nuestra imagen juntos y me surge esta extraña pregunta: ¿este perro me queda bien?




Es una pregunta políticamente incorrectísima.

Siempre me sentí bien con un airdale terrier que tuve. Aunque su raza era una raza a la que yo aspiraba, por así decirlo, pertenecer, la verdad es que no es la mía.

¿Qué raza me representa, entonces? (esto es un juego que algunas personas juegan). 

Pues ninguna. Soy un bastardo. Si fuera un perro, sería agradable para los que le gustan los perros morrudos, tendría ganas de ser macho alfa y seguramente sería muy comprador.

La combinación de una persona con el perro que lleva parece un buen tema para un ensayo fotográfico. Una anciana enclenque que pasea el rottweiler del nieto, una bestia que podría dispararse hacia otro perro para matarlo, tirando a la anciana al piso. Un muchacho fornido, vestido de cuero negro brillante y tachas de metal, barbudo, con una mandíbula prominente y casi tapado de tatuajes, que tiene en brazos a un diminuto Chihuahua. Un viejo muy, muy viejo, que va con un perro muy, muy viejo que parece embalsamado y cubierto por un felpudo. Y así.

En la plaza no puedo soltar al Sr. Draco, porque es completamente tonto con los autos. Si se fuera a la calle, un auto lo atropellaría, sin ninguna duda. No tiene chances de sobrevivir si uno lo suelta. Quiere jugar con los otros perros, pero no puede, porque lo tengo agarrado de la correa.

No lo sueltes jamás, me dijo su ama, y soy tan obediente como él, que acepta con santa resignación no poder jugar porque no lo suelto.

La resignación es el sello del Sr. Draco. Quizás eso, además de la edad avanzada, me hace  identificarme con él. No soy tan resignado, pero voy en camino a serlo. Él pareciera encarnar la resignación de un modo tan consumado porque ha sido castrado.

Siendo viejo, soy muy machista superconstruido. Creo que las bolas son lo que hacen macho a un macho, en el sentido en que es una persona. Un castrado es alguien a quien le cortaron el fundamento de su persona.

Otra vez estoy derrapando hacia lo políticamente incorrectísimo. Parece ser que el Sr. Draco y yo ya tenemos marcas incorregibles. Jamás le cortaría las bolas a un macho. A ningún macho. Preferiría matarlo.

Por otro lado, esta posición radical, ¿no expresa cierta preocupación de que en algún sentido a mí me caparon, también?

Ahora que lo pienso, ciertamente temo que la gente, al vernos juntos al Sr. Draco y a mí por la calle, caminando con gravedad y civilizadamente, con una educación que revela que somos inofensivos, piense "ahí van los dos machos castrados, pobres".

No imagino que las personas supongan que mientras paseo el perro, en mi casa está mi esposa, mis hijos, mis suegros, mis hermanos. La gente sabe que somos dos solitarios.

Ver a un hombre solo con un perro solo paseando silenciosamente es algo a la vez triste y consolador. Es triste la soledad irremediable que los condena, pero uno se alegra de que estén juntos, porque por lo menos tienen un amigo, se tienen uno al otro.

Yo me siento cordial con el Sr. Draco y muy cívico al levantar con una bolsita de nylon que uso como guante, los asuntos que larga cuando llegamos a la plaza y olfatea el pasto, cerca de otros asuntos que parecen inspirarlo.

Yo nunca había hecho esta tarea. Bueno, lo hice con mis hijos, pero era muy diferente.

El Sr. Draco me da la oportunidad de servir a alguien. Es  cierto que él no tiene lo que se diría conciencia de qué es lo que estoy haciendo. Como hombre no deconstruido, aunque castrado, como macho, no he servido mucho a los demás. Vengo de una familia de enfermeras. Mi madre, mis tías, ellas sí han servido. Han curado, limpiado, tenido la mano, charlado, consolado a miles de personas.

Pero eran mujeres. La experiencia de servir es importante para un hombre. Supe de un militar retirado, cuya esposa padeció desde bastante joven una enfermedad que la dejó postrada. El hombre la bañaba, la alimentaba, la acostaba, la paseaba. Estuvo más de 30 años de su vida dedicado a cuidar de su mujer, quien, como el Sr. Draco al yo levantar lo que deposita sobre el pasto, no sabía qué era lo que hacía su marido, porque su mente estaba en otra parte.

Le deseo a todos mis colegas machos que la vida le dé la oportunidad de servir a alguien.

Para mí, madurar fue asumir que los humanos me interesan muchísimo, pero que la gran mayoría de aquellos con quienes trato, no ponen en juego su humanidad.

Así, he comenzado a evitarlos, porque me aburren. En cambio, con los niños y los perros puedo comunicarme directa y plenamente. No hay necesidad de hablar. A un niño le hago una cara y eso ya fue una charla.

Con los perros, es sólo la acción, darle una galleta, palmearle la cabeza, pegarle una patadita. A veces al Sr. Draco le ladro. No entiende, pero sabe que es algo que hago con él.

Con los niños y los perros puedo ser yo, sin tener que presentarme de ninguna manera, diciendo a qué me dedico, vistiéndome con determinado estilo, escuchando determinada música, diciendo que conozco a tal o cual persona, hablando de determinada forma.

Con los niños y los perros estoy como si estuviera desnudo. Pero si invitara a otras personas a que nos desnudáramos para poder ser nosotros como soy con los niños y los perros, las personas interpretarían mi invitación como una forma de presentarme y yo debería fundamentar mi propuesta, todo lo cual me agota antes de siquiera pensar en hacerlo. (Sin embargo, una vez lo hicimos con una amiga. Los dos habíamos perdido a nuestras novias y estábamos devastados, con una tristeza que rebalsaba de angustia y reclamaba que hiciéramos algo, y lo que hicimos fue desnudarnos y pasar así todo un día juntos. Resultó muy grato. Fue como darnos un abrazo).

Yo dejo hacer a los niños, en parte porque corro con la ventaja de que, no siendo su padre, no me hago cargo de las consecuencias de darles libertad. Lo mismo hago con los perros. Si el Sr. Draco tiene deseos intensos de quedarse horas oliendo un palo, allí me quedo parado. Algo le interesará de ese palo. He leído que un perro es capaz de conocer todo de otro perro, su historia, su salud, su dieta, su personalidad, sólo oliendo su orina. Imagino que oler el palo es para el Sr. Draco el equivalente a leer una novela de Tolstoi.

Si, como le sucede a cualquier perro, se le ocurriera comer los asuntos que otros han entregado y sus poco cívicos dueños no han recogido, miraré hacia otro lado porque me dará asco, pero bueno, si él siente que está comiendo trufas en el Savoy, ¿quién soy yo para dictarle los gustos?

En unos días regresará la ama del Sr. Draco, que lo estima muchísimo, y él tiene auténtica veneración por ella. Nos despediremos con el Sr. Draco sin decirnos nada. Yo pensaré que volveré a verlo pronto, mientras él, en cambio, no pensará nada. El futuro no es un asunto.

Como en tantas otras cosas, cuando parece tonto por animal, tendrá razón. Pensaré en ese último mensaje suyo, mientras vuelva caminando a mi casa, solo.