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domingo, 26 de enero de 2025

Escribir para cerrar

Hay personas que escriben para poder cerrar las cosas.

Si no las escriben se le quedan abiertas, crudas, a medio hacer, a medio vivir.

Es como la charla después de la fiesta, o del funeral, como en el cuento Liliana llorando, de Julio Cortázar.


viernes, 29 de noviembre de 2024

Un espejo oscuro



Una suerte de robo de Gregorio Samsa: el caso de Franco Schldt, que trabajaba escribiendo solo en su casa, una casa que se le hacía tan grande que perdía noción de su geografía y a veces no sabía en qué lugar estaba; y allí trabajaba con tal vehemencia y quedaba tan absorto que si por casualidad pasaba delante de un espejo —no los había muchos, y todos eran oscurísimos, casi negros—, asombrábase grandemente ante su imagen, porque se daba cuenta de que podía haber visto ante sí un mapache, su propia madre, el librero muerto en su adolescencia, un actor de cine italiano o, previsiblemente, el insecto de Kafka. Se veía a sí mismo, se reconocía —no estaba alienado, o por lo menos no estaba loco—, pero descubría que se había olvidado por completo de cuál era su aspecto, y de que si en algún momento de esos días en que no había visto su reflejo, hubiera tratado de recordar su rostro, habría fracasado. 


domingo, 10 de noviembre de 2024

Nada queda afuera

El culto peronista cool casi casi se agota. 

¿Quién le regala todavía a la hija de su amiga una Evita de trapo que cuesta 50 mil pesos? 

Y aún así, si surge algo, deberá integrar el paso por el peronismo cool.






Digitalización

El hijo de mi prima, que vive de hacer operaciones con bitcoins y en el año ganó más que su papá —aunque aún vive en la misma casa de él—, se rió de mí cuando le conté que tengo una pila de un metro y medio de alto de cuadernos con notas que fui tomando desde hace años para escribir cuentos.

— ¿Y por qué no los digitalizaste? —me preguntó sorprendido.

Era tan obvio. ¡Como no se me ocurrió!

En los días siguientes pensé menos en los cuadernos y su contenido que en las razones por las que nunca se me ocurrió digitalizarlos.

Me dije que era obvio que por viejo. Es decir, por la misma razón por la que escribí los textos a mano en los cuadernos. Uno tiene en la mente las herramientas que usaba cuando empezó y que más usó; hay muchas herramientas nuevas que uno se olvida de que las tiene, porque su mente y su mano se han hecho a aquellas viejas herramientas básicas.

Me pregunté si todo el pensamiento no procede de esa manera.

Luego, con los días, una idea fue cobrando forma en mí como respuesta.

El trabajo que me ahorraría haciendo digitalizar los textos es enorme. No es nada menos que el trabajo que me propongo hacer en la última etapa de mi vida los 20 o 30 años que me quedan —y ojalá me alcance el tiempo.

En vez de digitalizar los textos lo que hago es lo siguiente: llevo la escalera a la biblioteca, bajo un par de cuadernos, los meto en la mochila y los llevo al lugar más adecuado para transcribirlos, es decir, elegir textos de cada cuaderno y reescribirlos en otro cuaderno —o debería decir escribirlos, porque lo que hay en los cuadernos son mayormente anotaciones, del tipo: “contar la historia del hombre que cazó y devoró a su muerte. La vio sentada en un rincón mugriento de Chan Chan, a la noche, en la forma de una anciana. Le pegó con una piedra en la cabeza, cargó el cadáver hasta su casa, lo trozó, hizo charquis con la carne, le dio los huesos a sus perros y se fue comiendo el charqui durante mucho tiempo.” Eso, lo convierto en un texto verdadero.

Ahora bien, ¿cuál es el lugar más adecuado para hacer ese trabajo? No lo decido yo, más bien permito que surja en mí la ocurrencia. Puede ser el Parque Saavedra, que tengo enfrente de mi casa, o puede ser un bar del barrio de la Aduana Vieja de Montevideo, o un tren a Mar del Plata, un cementerio de París, o una cabaña en el Delta del Tigre, o un banco en un parque del Bajo Manhattan, o una iglesia de Estambul o una terraza de Valparaíso.

Allí, entonces, escribo lo que tenía anotado. En el mismo lugar también dicto lo que escribo a mi celular (y ese dictado, es siempre una edición).

Al regresar a mi casa, le permito a mi computadora trascribir el audio, tomo el texto y vuelvo a darle forma. Que puede ser definitiva, aunque posiblemente no. Posiblemente deje que el texto trabaje y lo tome más adelante. Entonces seguramente le pida a algunos amigos que lo lean conmigo, o en privado y luego me comenten. Es decir, de algún modo escribimos de modo cooperativo.

Y así sigo, entre dejar y retomar el texto, hasta que me aburro de buscarle la mejor forma o alguien lo publica.

Este proceso, largo, costoso, engorroso, complicado es lo opuesto a lo que me recomendó el hijo de mi prima.

Involucra tiempo, involucra mi cuerpo, muchísimas pequeñas y grandes decisiones y también relaciones con otras personas. Es decir, el texto final es la consecuencia de una especie de aventura.

Bien. Llegado a esta conclusión, un día que nos vimos se la conté al hijo de mi prima.

Con la misma inmediatez con la que me había mandado digitalizar los cuadernos, me preguntó:

— Ajá. ¿Y ahora qué vas a hacer con el texto?

— Mi idea final, como te dije, puede ser que sea publicado.

— ¿Y qué haces con el libro?

— Bueno, otras personas lo pueden leer.

— ¿Hay gente que lee tus libros? ¿Hay gente que lee libros? —me preguntó sin agresividad, sólo conectado con la sensatez y la verdad. Y los bitcoins.

 

 

Discusión

Los del Centro Vasco nos reunimos para celebrar una fecha patria. Se cocinó, se comió, se charló, se bailó. Viejos y jóvenes.

Al día siguiente comentamos la jornada en nuestro almuerzo familiar de los domingos. Las fiestas son importantes en sí, pero no son menos importantes las charlas sobre las fiestas que se hacen los días siguientes. Se repasan todos los temas: cómo estaba cada uno, qué hizo tal o cual, cómo resultó tal actividad, como estuvo la comida, por qué faltó tal familia, todo.

En el almuerzo los grandes criticamos la nueva música que eligieron para el baile, que no tenía nada que ver con una música vasca, criticamos que se hubiera suprimido el concurso de hacheros, que se haya decidido que las clases de euskera fueran sólo online y otros temas.

Los chicos se ofuscaron. Les había parecido todo bien lo que a nosotros nos parecía mal. El nieto menor de mi hermana dijo entonces:

— ¡Nada le gusta! No tienen que venir más los viejos a las reuniones. Miren: las cosas cambian. Va a ser así desde ahora. Si no les gusta, no vengan.

Mi hermana le respondió que adónde había aprendido a no discutir.

— Te estoy discutiendo —dijo su nieto.

— No, no estás discutiendo. Estás haciendo lo contrario, estás diciendo que o nos gusta o no vamos. Discutir es justamente decir lo que vemos, intercambiar lo que pensamos, ponernos de acuerdo o no, pero enriquecernos charlando juntos sobre el tema. Quizás vos termines más seguro de tu posición y yo de la mía, pero será una seguridad enriquecida, más fundamentada, que ha sido contrastada con otro punto de vista. Discutiendo, ganaremos una experiencia, pensaremos, nos relacionaremos, tendremos sentimientos, intuiciones, recordaremos cosas que pasaron, que algunos no sabrán que sucedieron, nos conoceremos más entre todos. Todo eso no sucederá si lo único que hacemos es reducirnos a “si no les gusta, no vengan”. 

El nieto ni le respondió. Me dio la impresión de que cuando le toque organizar una reunión, no invitará a los viejos.


martes, 15 de octubre de 2024

El que escribe en un cuaderno

Siempre escribo en cuadernos.

—Bueno, no sólo en cuadernos. También escribo en el celular, en la MacBook, en mi PC de escritorio.

— Y bueno (otra vez), no siempre: siempre sólo en los intersticios. Cuando viajo en ómnibus, avión, tren o ferry; cuando espero en un consultorio o en cualquier fila; en un café en otra ciudad; en un parque o una iglesia que encuentro cuando camino hacia algún lugar; en cualquier reunión por zoom. En fin, cuando paso de un lado a otro. 


Una tarde iba en un subte de Nueva York, línea D, la anaranjada, que estaba muy lleno y escribir parado y apretado era sumamente incómodo, pero es exactamente el tipo de escenas que me exprimen haciendo brotar de mí ocurrencias que me urgen a que las escriba, de un modo tan acuciante que no tengo voluntad contra ellas. 

De manera que saqué mi cuaderno de la mochila y me puse a inscribir.


Al rato noté que una adolescente, de 16 o 17 años, me observaba con un interés tan vivaz como si yo fuera una mezcla de pulpo con tortuga, o como si tuviera ojos de cabra, o si un manojo de ardillas jugara en mi cabeza. 

Estaba fascinada porque un fulano escribía a mano en un cuaderno, y esa fascinación le producía una sonrisa, bastante hermosa. 

Le comentó de mí y me señaló a un chico y otra chica que estaban con ella. Sus amigos me echaron un vistazo con algo de interés y luego siguieron con lo suyo, pero la chica quedó fija en mí. 

Quizás pensaba que yo era un afgano, un uzbeko o un mongol sin civilizar. De hecho, me creo un sudamericano sin civilizar. (Ella tampoco parecía muy civilizada).


No se atrevió a tomarme una foto con el celular, pero le hice el día.




jueves, 15 de marzo de 2018

El tiempo de escribir



Vivo el escribir igual que un clavadista.
El tiempo de estar escribiendo es el tiempo que transcurre entre que abandono el trampolín y entro al agua.
Sin todo el resto del tiempo, jamás podría hacer eso.












viernes, 9 de febrero de 2018

Fue Sergio Pérez



En las películas, con uno basta para que caiga muerto instantáneamente.
A Ricardo Jáuregui le metieron dieciséis tiros, en la casa de su hermana, en Casilda.
Dieciséis tiros, y quedó vivo.
No murió como en las películas, pero como en las películas, escribió en un papel “fue Sergio Pérez”.
Lo que tengo para decir me urge tanto decirlo, y tengo tanto para decir, que no tengo tiempo para escribir.
No me queda otro remedio que dejarle esa tarea a otro.
Tengo que utilizar el tiempo que me queda para llegar a escribir “fue Sergio Pérez”.