Hay personas que escriben para poder cerrar las cosas.
Si no las escriben se le quedan abiertas, crudas, a medio
hacer, a medio vivir.
Es como la charla después de la fiesta, o del funeral,
como en el cuento Liliana llorando, de Julio Cortázar.
Ligeras anotaciones que hace Gustavo Ng de asuntos que piensa o encuentra escritos en libros mientras va en colectivo y luego comenta con tal o cual persona.
Hay personas que escriben para poder cerrar las cosas.
Si no las escriben se le quedan abiertas, crudas, a medio
hacer, a medio vivir.
Es como la charla después de la fiesta, o del funeral,
como en el cuento Liliana llorando, de Julio Cortázar.
Una suerte de robo de Gregorio Samsa: el caso de Franco Schldt, que trabajaba escribiendo solo en su casa, una casa que se le hacía tan grande que perdía noción de su geografía y a veces no sabía en qué lugar estaba; y allí trabajaba con tal vehemencia y quedaba tan absorto que si por casualidad pasaba delante de un espejo —no los había muchos, y todos eran oscurísimos, casi negros—, asombrábase grandemente ante su imagen, porque se daba cuenta de que podía haber visto ante sí un mapache, su propia madre, el librero muerto en su adolescencia, un actor de cine italiano o, previsiblemente, el insecto de Kafka. Se veía a sí mismo, se reconocía —no estaba alienado, o por lo menos no estaba loco—, pero descubría que se había olvidado por completo de cuál era su aspecto, y de que si en algún momento de esos días en que no había visto su reflejo, hubiera tratado de recordar su rostro, habría fracasado.
El culto peronista cool casi casi se agota.
¿Quién le regala todavía a la hija de su amiga una Evita de trapo que cuesta 50 mil pesos?
Y aún así, si surge algo, deberá integrar el paso por el peronismo cool.
Digitalización
El hijo de mi prima, que vive de hacer operaciones con bitcoins
y en el año ganó más que su papá —aunque aún vive en la misma casa de él—, se
rió de mí cuando le conté que tengo una pila de un metro y medio de alto de cuadernos
con notas que fui tomando desde hace años para escribir cuentos.
— ¿Y por qué no los digitalizaste? —me preguntó sorprendido.
Era tan obvio. ¡Como no se me ocurrió!
En los días siguientes pensé menos en los cuadernos y su
contenido que en las razones por las que nunca se me ocurrió digitalizarlos.
Me dije que era obvio que por viejo. Es decir, por la misma
razón por la que escribí los textos a mano en los cuadernos. Uno tiene en la
mente las herramientas que usaba cuando empezó y que más usó; hay muchas
herramientas nuevas que uno se olvida de que las tiene, porque su mente y su
mano se han hecho a aquellas viejas herramientas básicas.
Me pregunté si todo el pensamiento no procede de esa manera.
Luego, con los días, una idea fue cobrando forma en mí como
respuesta.
El trabajo que me ahorraría haciendo digitalizar los textos
es enorme. No es nada menos que el trabajo que me propongo hacer en la última etapa
de mi vida los 20 o 30 años que me quedan —y ojalá me alcance el tiempo.
En vez de digitalizar los textos lo que hago es lo
siguiente: llevo la escalera a la biblioteca, bajo un par de cuadernos, los meto
en la mochila y los llevo al lugar más adecuado para transcribirlos, es decir,
elegir textos de cada cuaderno y reescribirlos en otro cuaderno —o debería
decir escribirlos, porque lo que hay en los cuadernos son mayormente
anotaciones, del tipo: “contar la historia del hombre que cazó y devoró a su
muerte. La vio sentada en un rincón mugriento de Chan Chan, a la noche, en la
forma de una anciana. Le pegó con una piedra en la cabeza, cargó el cadáver
hasta su casa, lo trozó, hizo charquis con la carne, le dio los huesos a sus
perros y se fue comiendo el charqui durante mucho tiempo.” Eso, lo
convierto en un texto verdadero.
Ahora bien, ¿cuál es el lugar más adecuado para hacer ese
trabajo? No lo decido yo, más bien permito que surja en mí la ocurrencia. Puede
ser el Parque Saavedra, que tengo enfrente de mi casa, o puede ser un bar del
barrio de la Aduana Vieja de Montevideo, o un tren a Mar del Plata, un
cementerio de París, o una cabaña en el Delta del Tigre, o un banco en un
parque del Bajo Manhattan, o una iglesia de Estambul o una terraza de
Valparaíso.
Allí, entonces, escribo lo que tenía anotado. En el mismo
lugar también dicto lo que escribo a mi celular (y ese dictado, es siempre una
edición).
Al regresar a mi casa, le permito a mi computadora trascribir
el audio, tomo el texto y vuelvo a darle forma. Que puede ser definitiva,
aunque posiblemente no. Posiblemente deje que el texto trabaje y lo tome más
adelante. Entonces seguramente le pida a algunos amigos que lo lean conmigo, o
en privado y luego me comenten. Es decir, de algún modo escribimos de modo
cooperativo.
Y así sigo, entre dejar y retomar el texto, hasta que me
aburro de buscarle la mejor forma o alguien lo publica.
Este proceso, largo, costoso, engorroso, complicado es lo
opuesto a lo que me recomendó el hijo de mi prima.
Involucra tiempo, involucra mi cuerpo, muchísimas pequeñas y
grandes decisiones y también relaciones con otras personas. Es decir, el texto
final es la consecuencia de una especie de aventura.
Bien. Llegado a esta conclusión, un día que nos vimos se la
conté al hijo de mi prima.
Con la misma inmediatez con la que me había mandado
digitalizar los cuadernos, me preguntó:
— Ajá. ¿Y ahora qué vas a hacer con el texto?
— Mi idea final, como te dije, puede ser que sea publicado.
— ¿Y qué haces con el libro?
— Bueno, otras personas lo pueden leer.
— ¿Hay gente que lee tus libros? ¿Hay gente que lee libros? —me
preguntó sin agresividad, sólo conectado con la sensatez y la verdad. Y los
bitcoins.
Discusión
Los del Centro Vasco nos reunimos para celebrar una fecha
patria. Se cocinó, se comió, se charló, se bailó. Viejos y jóvenes.
Al día siguiente comentamos la jornada en nuestro almuerzo
familiar de los domingos. Las fiestas son importantes en sí, pero no son menos
importantes las charlas sobre las fiestas que se hacen los días siguientes. Se
repasan todos los temas: cómo estaba cada uno, qué hizo tal o cual, cómo
resultó tal actividad, como estuvo la comida, por qué faltó tal familia, todo.
En el almuerzo los grandes criticamos la nueva música que
eligieron para el baile, que no tenía nada que ver con una música vasca, criticamos
que se hubiera suprimido el concurso de hacheros, que se haya decidido que las
clases de euskera fueran sólo online y otros temas.
Los chicos se ofuscaron. Les había parecido todo bien lo que
a nosotros nos parecía mal. El nieto menor de mi hermana dijo entonces:
— ¡Nada le gusta! No tienen que venir más los viejos a
las reuniones. Miren: las cosas cambian. Va a ser así desde ahora. Si no les
gusta, no vengan.
Mi hermana le respondió que adónde había aprendido a no
discutir.
— Te estoy discutiendo —dijo su nieto.
— No, no estás discutiendo. Estás haciendo lo contrario,
estás diciendo que o nos gusta o no vamos. Discutir es justamente decir lo que
vemos, intercambiar lo que pensamos, ponernos de acuerdo o no, pero
enriquecernos charlando juntos sobre el tema. Quizás vos termines más seguro de
tu posición y yo de la mía, pero será una seguridad enriquecida, más
fundamentada, que ha sido contrastada con otro punto de vista. Discutiendo,
ganaremos una experiencia, pensaremos, nos relacionaremos, tendremos
sentimientos, intuiciones, recordaremos cosas que pasaron, que algunos no sabrán
que sucedieron, nos conoceremos más entre todos. Todo eso no sucederá si lo
único que hacemos es reducirnos a “si no les gusta, no vengan”.
El nieto ni le respondió. Me dio la impresión de que cuando
le toque organizar una reunión, no invitará a los viejos.
Siempre escribo en cuadernos.
—Bueno, no sólo en cuadernos. También escribo en el celular, en la MacBook, en mi PC de escritorio.
— Y bueno (otra vez), no siempre: siempre sólo en los intersticios. Cuando viajo en ómnibus, avión, tren o ferry; cuando espero en un consultorio o en cualquier fila; en un café en otra ciudad; en un parque o una iglesia que encuentro cuando camino hacia algún lugar; en cualquier reunión por zoom. En fin, cuando paso de un lado a otro.
Una tarde iba en un subte de Nueva York, línea D, la anaranjada, que estaba muy lleno y escribir parado y apretado era sumamente incómodo, pero es exactamente el tipo de escenas que me exprimen haciendo brotar de mí ocurrencias que me urgen a que las escriba, de un modo tan acuciante que no tengo voluntad contra ellas.
De manera que saqué mi cuaderno de la mochila y me puse a inscribir.
Al rato noté que una adolescente, de 16 o 17 años, me observaba con un interés tan vivaz como si yo fuera una mezcla de pulpo con tortuga, o como si tuviera ojos de cabra, o si un manojo de ardillas jugara en mi cabeza.
Estaba fascinada porque un fulano escribía a mano en un cuaderno, y esa fascinación le producía una sonrisa, bastante hermosa.
Le comentó de mí y me señaló a un chico y otra chica que estaban con ella. Sus amigos me echaron un vistazo con algo de interés y luego siguieron con lo suyo, pero la chica quedó fija en mí.
Quizás pensaba que yo era un afgano, un uzbeko o un mongol sin civilizar. De hecho, me creo un sudamericano sin civilizar. (Ella tampoco parecía muy civilizada).
No se atrevió a tomarme una foto con el celular, pero le hice el día.